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RECUERDOS DE MI VIDA
Santiago Ramón y Cajal (1852-1934)
TOMO I    Mi infancia y juventud

CAPÍTULO VIII
El padre Jacinto, mi dómine de latín. — Cartagineses y romanos. — El régimen del terror. — Mi aversión al estudio. — Exaltación de mi fiebre artística y romántica. — El río Aragón, símbolo de un pueblo.


No trato de disculpar mis yerros[1]. Confieso paladinamente que del mal éxito de mis estudios soy el único responsable. Mi cuerpo ocupaba un lugar en las aulas, pero mi alma vagaba continuamente por los espacios imaginarios. En vano los enérgicos apóstrofes del profesor, acompañados de algún furibundo correazo, me llamaban a la realidad y pugnaban por arrancarme a mis distracciones; los golpes sonaban en mi cabeza como aldabonazo en casa desierta. Todos los bríos del padre Jacinto, que hizo mi caso cuestión de amor propio, fracasaron lastimosamente.

Hecha esta confesión, séame lícito declarar también que en mi desdén por el estudio entró por algo el desacertado sistema de enseñanza y el régimen de premios y castigos usados por los padres Escolapios.

Como único método pedagógico, reinaba allí el memorismo puro. Preocupábanse de crear cabezas almacenes en lugar de cabezas pensantes. Forjar una individualidad mental; consentir que el alumno, sacrificando la letra al espíritu, se permitiera cambiar la forma de los enunciados... eso, ni por pienso. Allí, según ocurre todavía hoy en muchas aulas, sabía solamente la lección quien la recitaba fonográficamente[2], es decir, disparándola en chorro continuo y con gran viveza y fidelidad; no la sabía, y era, por ende, severamente castigado aquel a quien se le paraba momentáneamente el chorro, o titubeaba en la expresión, o cambiaba el orden de los enunciados.

A guisa de infalibles estimulantes de los tardos empleábanse, en lugar de los inocentes palitos de pasa aconsejados para aliviar la memoria, el puntero, la correa, las disciplinas, los encierros, los reyes de gallos y otros medios coercitivos y afrentosos.

Como se ve, el viejo adagio[3] la letra con sangre entra, reinaba entre aquellos buenos padres sin oposición; y lo singular del caso era que la sangre corría, pero la letra no entraba por ninguna parte. En cambio penetraba en nosotros aversión decidida a la literatura latina y odio inextinguible a los maestros. Así se perdía del todo esa intimidad cordial, mezcla de amistad y de respeto, entre maestro y discípulos, sin la cual la labor educadora constituye el mayor de los martirios.

Cometería grave injusticia si dijera que todos los frailes aplicaban, con igual rigor, los citados principios pedagógicos; teníamos dómines humanos y hasta cariñosos y simpáticos. Pero yo no tuve la dicha de alcanzarlos, porque regentaban asignaturas de los últimos cursos y vime forzado, por causas de que luego hablaré, a abandonar la escuela calasancia en el segundo. Entre estos maestros simpáticos recuerdo al padre Juan, profesor de Geografía y excelente pedagogo. Éste no pegaba, pero en cambio sabía excitar y retener nuestra curiosidad.

Obedeciendo, sin duda, a la regla del perfecto amolador, que consiste en hacer la primera afiladura del cuchillo con la piedra de asperón más basta, para acabar de repasarlo con las más finas y suaves, el claustro de Jaca encargó muy sabiamente el desbaste de los alumnos del primer año al más áspero desbravador de inteligencias.

Tocónos, en efecto, a los pobretes del primer curso de latín el más severo de todos los frailes, el padre Jacinto, de quien hablé ya en el anterior capítulo. Era natural de Egea[4] y estaba en posesión de los bríos y acometividad característicos de los matones de las Cinco Villas. Su voz corpulenta y estentórea atronaba la clase y sonaba en nuestros oídos cual rugido de león. Bajo el poder de este Herodes, caímos unos 40 infelices muchachos, llegados de distintos pueblos de la montaña, y nostálgicos aún de las caricias maternales.

Ya desde la primera conferencia, en que planteó clara y expresivamente su sistema de enseñanza, y nos anunció las virtudes del gato de siete colas, comprendimos que las tiernas y suaves reconvenciones maternas no iban a tener en el padre Jacinto un continuador.

Dividiónos en dos bandos o grupos, llamados de cartagineses y romanos, según rezaban unos letreros puestos en alto en cada lado del aula. Tocóme en suerte ser cartaginés, y acredité bien pronto el nombre según lo que me zurraba Scipión, quiero decir, el terrible dómine, capaz él sólo de acabar con todos los cartagineses y romanos. Para mí, pues, todos los días se tomaba Cartago, sin que llegasen nunca los triunfos de Aníbal y menos las delicias de Capua[5].

Acobardados por aquel régimen de terror, entrábamos en clase temblando, y en cuanto comenzaban las conferencias, sentíamos pavor tal, que no dábamos pie con bolo[6]. ¡Pobre del que se trabucaba en la conjugación de un verbo o del que balbuceaba en la declinación del quinam, quaenam, quodnam o del no menos estrafalario quicumque! Los correazos caían sobre él a modo de aguacero, aturdiéndole cada vez más y paralizando su retentiva.

¡Cuántas veces, caído a los pies de mi verdugo, que blandía amenazadora su potente correa, maldije de los bárbaros del Norte, que no supieron acabar con el latín, como acabaron con los latinos!

Al abandonar el aula, nuestras caras irradiaban júbilo inmenso, la alegría bulliciosa de la liberación; sin considerar ¡pobretes! que al día siguiente debía renovarse la tortura, entregando nuestras muñecas, no bien deshinchadas aún de los bergantes del día anterior, a la terrible correa del dómine[7].

El educador que comienza demasiado pronto a castigar corre el riesgo de no acabar jamás de castigar. El empleo exclusivo de la violencia, sin las prudentes alternativas de la bondad, de la indulgencia y aun del halago, embota rápidamente la sensibilidad física y moral y mata en el niño todo resto de pundonor y de dignidad personal. A fuerza de oirse llamar torpe, acaba por creer que lo es, e imagina que su torpeza carece de remedio. Tal me ocurrió a mí y a muchos de mis camaradas. Insultados, azotados y vejados desde los primeros días, y viendo que era casi imposible evitar aquella furiosa racha de malos tratos, puesto que se renovaba por la más pequeña falta, hubimos de aceptar filosóficamente nuestro papel de pigres y de víctimas, buscando nuestro remedio en la consabida acomodación fisiológica al castigo. En nuestra ingenuidad, creíamos que la mejor manera de vengarnos del verdugo era hacer lo contrario de lo que aconsejaba y quería.

Aparte mis distracciones, adolecía de un defecto fatal: mi retentiva verbal era algo infiel; faltóme siempre —y de ello hablaré más adelante— esa viveza y limpidez de palabra característica de los temperamentos oratorios. Y para colmo de desgracia, dicha premiosidad exagerábase enormemente con la emoción. En cambio, mi memoria de ideas, sin ser notable, era bastante aceptable y regular mi comprensión. Mi padre había ya reparado en ello. Por lo cual solía prevenir a mis preceptores, diciéndoles: —Tengan ustedes cuidado con el chico. De concepto lo aprenderá todo; pero no le exijan ustedes las lecciones al pie de la letra, porque es corto y encogido de expresión. Discúlpenle ustedes si en las definiciones cambia palabras, empleando voces poco propias. Déjenle explicarse, que él se explicará—. Desgraciadamente, pocos profesores tuvieron en cuenta tan prudentes avisos; ¡jamás aguardaron, para juzgarme, a que me explicara!...

El mal nace —según nota muy bien Herbert Spencer— de que el maestro debiera ser un buen psicólogo, cuando, por desgracia, no es otra cosa, por punto general, que recitador torpe y rutinario. Mero portavoz de la tradición y simple receptáculo de ideas y de frases hechas, propende, por ley de herencia, a ejecutar en sus discípulos la mala obra que sus maestros le hicieron. Y al hablar así, aludimos no sólo a mis maestros de Jaca, sino a la mayoría de nuestros Institutos docentes. Pero de este grave defecto hablaré más adelante.

Corolario de esta doctrina pedagógica es cierta equivocada apreciación de las aptitudes: estimar como cualidades positivas y dignas de loa la sugestibilidad y el automatismo nervioso; y como atributos negativos que piden corrección y vituperio, la espontaneidad del pensamiento y el espíritu crítico. Es común en estos maestros rutinarios tomar la viveza por despejo, la retentiva por recto juicio y la docilidad por virtud.

No he de negar yo, ciertamente, que la agilidad de la palabra y la retentiva tenaz y pronta asócianse, a veces, a un entendimiento privilegiado; es más, estimo que no hay talento superior que no nutra sus raíces en el terreno de excelente memoria; pero, conforme la experiencia acredita, es también frecuente hallar divorciadas ambas facultades, y aun desenvueltas en proporción inversa; circunstancia que no se escapó a nuestro Huarte, el cual, en su Examen de ingenios, hace notar ya que los jóvenes dotados de gran retentiva y que aprenden fácilmente los idiomas, suelen gozar de mediano entendimiento para las ciencias y la filosofía. Fácil sería recordar otros testimonios, el de Locke, por ejemplo.

He consignado varias veces el pavor que nos infundía el padre Jacinto. Aunque sea insistiendo una vez más en el tema, recordaré cierto suceso que acredita cuánta era la fuerza de aquel patagón con sotana. A un infeliz, llamado Barba, que, amedrentado y aturdido, había contestado no sé qué desatino, descargóle el dómine tan formidable trompada, que lanzó al cuitado, a guisa de proyectil, contra una pizarra, distante lo menos tres metros; la violencia del choque derribó el encerado, rompió el caballete que lo sostenía, y del rebote de aquél y del volar de las astillas, quedaron mal parados dos pobres muchachos más.

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Vistas de Jaca. La primera muestra la muralla de Jaca por el lado del Este, con una de las puertas principales. La segunda presenta el paseo que rodea la muralla, punto habitual de las correrías de los chicos.

Todos los días había contusiones y equimosis. Hasta se contaba que años antes, de resultas de formidable paliza, había fallecido un estudiante. Ignoro si esto fué cierto: lo que me consta es que muchos padres se quejaban del mal trato recibido por sus hijos, y amenazaban con recurrir a la autoridad judicial.

Ocioso es decir que semejante régimen de intimidación y de castigos rigurosos daba resultados contraproducentes. Nuestra conducta empeoraba de día en día. Se nos acostumbraba demasiado al bochorno y se embotaba el pundonor. Caíamos tan bajo que perdíamos la esperanza y hasta el deseo de elevarnos. Para aquellos educandos, el educador no era ya el guía paternal que conoce el buen camino, sino el adversario que abusaba de sus fuerzas y de cuya superioridad física sólo podíamos vengarnos con la impasibilidad y la desobediencia. Digan lo que quieran los partidarios de la ortopedia moral, el llamamiento amistoso a la conciencia del discípulo, el empleo discreto y preferente del halago y de la persuasión, con alegación de los motivos racionales de cada mandato y, sobre todo, la confianza fingida o real en el talento potencial del niño, talento que sólo espera ocasión propicia para manifestarse, constituyen recursos pedagógicos muy superiores a los castigos corporales.

Afortunadamente, yo tenía en el cultivo del arte y en la contemplación de la naturaleza grandes consuelos. En presencia de aquella decoración de ingentes montañas que rodean la histórica ciudad del Aragón, olvidaba mis bochornos, desalientos y tristezas.

Porque el panorama del valle de Jaca[8] es uno de los más bellos y variados que nos ofrece la cordillera pirenaica. Al Norte cierra el horizonte, elevándose majestuosamente el Pirineo, coronado de perpetuas nieves; al Oeste, apartado de la ciudad por fértil y amena llanura, asoma su robusta cabeza el monte Pano, en cuya ladera occidental, regada más de una vez con agarena sangre, se abre la cueva sagrada que fué antaño cuna y altar de la independencia aragonesa; del lado oriental se columbran las montañas de Biescas, por cima de las cuales emergen, cubiertos de blanco sudario, los Picos de Panticosa y Sallent; y hacia el Mediodía, cerrando el paso de las tibias auras de la tierra llana, yérguese hasta las nubes el fantástico Uruel, mudo testigo de las legendarias hazañas de la raza, y cuya roja cabeza parece mirar obstinadamente al Sur, como señalando al duro almogávar el camino de las gloriosas empresas.

La ciudad misma tenía para mí inefables encantos. Gustábame saborear las bellezas de su vieja catedral, discurrir por lo alto de las murallas y explorar torreones y almenas. ¡Cuántas veces, subido en lo alto de un baluarte, y avizorando la llanura, a guisa de vigía medioeval, por las angostas ballesteras, daba rienda suelta a mis ensueños, y me consolaba de mi soledad sentimental!... De cuando en cuando, la aparición de una friolera lagartija o el vuelo del milano sacábame del ensimismamiento, despertando mis aficiones de naturalista. Para estas correrías de tejas arriba, dábame grandes facultades la casa de mi patrón, cuyo huerto lindaba con un torreón de la muralla, medio derruido y fácil de escalar.

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La primera copia la calle principal de Jaca, con el edificio de la alcaldía. La segunda presenta el río Aragón, bordeado de huertas; allá en el fondo asoma un pico del Pirineo, el Coll de Ladrones, desgraciadamente muy achicado por el objetivo fotográfico, que tiene, según es sabido, el defecto de empequeñecer notablemente los últimos planos.

Como es natural, en Jaca hallé también amigos y camaradas con quienes compartir juegos y travesuras. País extremadamente frío el jaquense, nuestra diversión favorita consistía, durante el invierno, en arrojarnos a la cabeza bolas de nieve, en cuya diversión tomaban parte hasta las señoritas, que disparaban sus proyectiles a mansalva desde ventanas y balcones. Cuando los glaciales cierzos del Enero amontonaban grandes taludes de nieve junto a las murallas, nuestro predilecto deporte consistía en socavar en el espesor de aquélla corredores y aposentos. Otras veces, con nieve apretada, construíamos casas, roqueros castillos y cavernas de trogloditas y esquimales. El hábito de bregar diariamente con nieves y carámbanos, bien pronto me hizo insensible al frío, endureciendo mi piel y adaptándome perfectamente al riguroso clima montañés.

Sin embargo, los juegos en cuadrilla no me interesaban tanto como los paseos y excursiones solitarias. Una de mis jiras predilectas era bajar al río Aragón, corretear por los bordes de su profundo y peñascoso cauce, remontando la corriente hasta que me rendía el cansancio. Sentado en la orilla, embelesábame contemplando los cristalinos raudales y atisbando a través del inquieto oleaje los plateados pececillos y los pintados guijarros del álveo. Más de una vez, enfrente de algún peñasco desprendido de la montaña, intenté, aunque en vano, copiar fielmente en mi álbum los cambiantes fugitivos de las olas y las pintadas piedras que emergían a trechos, cubiertas de verdes musgos.

A menudo, tras largas horas de contemplación, caía en dulce sopor: el suave rumor del oleaje y el tintineo de las gotas al resbalar sobre los guijarros, paralizaban mi lápiz, anublaban insensiblemente mis ojos y creaban en mi cerebro un estado de subconciencia propicio a las fantásticas evocaciones. El murmullo de la corriente adquiría poco a poco el timbre de trompa guerrera; y el susurro del viento parecía traer de las azules playas del pasado la voz de la tradición, henchida de heroicas gestas y de doradas leyendas...

—Éste es —exclamaba— el río sagrado del solar aragonés; el que fecundó las tierras conquistadas por nuestros antepasados; el que dió nombre a un gran pueblo y hoy simboliza aún toda su historia. Nacido en los valles del Pirineo por la fusión de neveras y la afluencia de fríos veneros, crece caudaloso por el valle de Jaca y desagua generosamente en el Ebro. Así la raza montañesa, que vegetó humilde, pero valerosa y libre, en los angostos valles pirenaicos, corrió en el ancho cauce de la patria aragonesa, a su vez desembocada también, a impulsos de altos móviles políticos, en el dilatado mar de la patria española. Sus frías corrientes templaron el acero de los héroes de la reconquista: ellas son acaso las que, circulando por nuestras venas, templan el resorte de la voluntad obstinada de la raza...

Mi aspiración suprema era remontar el río sagrado, descubrir sus fuentes e ibones[9] y escalar las cimas del Pirineo, tentación perenne a mi codicia de panoramas nuevos y de horizontes infinitos. «¿Qué habrá allí —me preguntaba a menudo— tras esos picos gigantes, blancos, silenciosos e inmutables? ¿Se verá Francia quizá, con sus verdes montañas, sus fértiles valles y sus bellísimas ciudades? ¡Quién sabe si desde la ingente cumbre del Coll de Ladrones o de la cresta divisoria del Sumport no aparecerán lagos cristalinos y serenos bordeados por altísimos cantiles de pintada roca, por cuyos escalones se despeñen irisadas cascadas! ¡Qué asuntos más cautivadores para un lápiz romántico!»... Por desgracia, ni tenía dinero ni libertad para emprender tan largas excursiones.

Aquella curiosidad insana me atormentaba cual una obsesión. Y tan resuelto estaba a saciar mi frenética pasión por la montaña, que en una ocasión me aventuré por la carretera de Canfranc y llegué por encima de Villanua, al pie del célebre Coll de Ladrones. Pero, cercana la noche e informado por un pastor de que faltaban aún cuatro horas lo menos para ganar la cima, tuve el disgusto de renunciar a la empresa, regresando mustio y cariacontecido.

Otra vez me propuse trepar hasta la cresta del Uruel; mas sólo pude ganar, falto de tiempo, las primeras estribaciones cubiertas de selvas seculares. En mi ansia de locas aventuras, hubiera dado cualquier cosa por topar con algún oso o jabalí descomunales, o siquiera con inofensivo corzo; por desgracia, defraudado en mis esperanzas, volvíme a casa despeado, sudoroso, hambriento, derrotado de ropa y zapatos, y lo que más me desconsolaba, sin poder contar a los amigos ningún lance extraordinario.

De alguna otra excursión harto más larga y cómoda, como por ejemplo, la hecha a San Juan de la Peña, trataremos en más oportuna ocasión.


EDICIÓN   Imprenta y Librería de Nicolás Moya, Madrid 1917
Fuente: Project Gutenberg (dominio público)
leermas.gif BIBLIO info

1 Biblioenlaces[editar]

1.1 Índice del libro

TOMO I
Mi infancia y juventud

Advertencia al lector  •  1. Mis padres  •  2. Excursión tardía a mi pueblo natal  •  3. Mi primera infancia  •  4. Mi estancia en Valpalmas  •  5. Ayerbe  •  6. Desarrollo de mis instintos artísticos  •  7. Mi traslación a Jaca  •  8. El padre Jacinto, mi dómine de latín  •  9. Continúan mis distracciones  •  10. Mi regreso a Ayerbe  •  11. Dispone mi padre llevarme a Huesca a continuar mis estudios  •  12. Mis nuevos compañeros de algaradas  •  13. Las vacaciones  •  14. Mi padre me acomoda de aprendiz en una barbería  •  15. Inquina de mi catedrático de griego  •  16. Vuelta al estudio  •  17. El ferrocarril y la fotografía, dos inventos que me causaron indecible asombro  •  18. Revolución de septiembre en Ayerbe  •  19. Comienzo en Zaragoza la carrera médica  •  20. Mis catedráticos de Medicina  •  21. Continúo mis estudios sin grandes mortificaciones  •  22. Recién licenciado en Medicina, ingreso en el cuerpo de Sanidad Militar  •  23. Llegada a La Habana  •  24. Mis distracciones en San Isidro  •  25. Me traslado a La Habana, donde recaigo de mi dolencia

Índice de la obra (dos volúmenes)

1.2 Biblioteca

Catálogo  •  Ayuda

2 Locuciones y expresiones[editar]

Artículo principal: locución
  • delicias de Capua   (entretenimiento, distracción, ocio, que tras un esfuerzo distrae de alcanzar un logro mayor → locución nominal)
    Se cuenta que Aníbal pudo haber tomado Roma tras la victoria de Cannas si hubiera proseguido el avance, pero descansó en Capua y perdió la oportunidad: dormirse en las delicias de Capua.
...todos los días se tomaba Cartago, sin que llegasen nunca los triunfos de Aníbal y menos las delicias de Capua...
  • no dar alguien pie con bola   (hacerlo todo mal, errar repetidamente, por nerviosismo, distracción o ignorancia → locución verbal)
...en cuanto comenzaban las conferencias, sentíamos pavor tal, que no dábamos pie con bolo...


notas

  1. yerro/hierro: homofonía
  2. El fonógrafo de Edison (1870) es el primer dispositivo reproductor de sonidos grabados en un cilindro.
  3. adagio:sentencia breve y moralizante.
  4. Ejea de los Caballeros (Zaragoza), comarca de las Cinco Villas.
  5. delicias de Capua: locución
  6. no dar alguien pie con bola: locución
  7. dómine: preceptor de la gramática latina. En sentido despectivo es quien se arroga el papel de maestro sin serlo.
  8. Valle del Aragón
  9. ibón: lago de origen glaciar en los Pirineos aragoneses.