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Antología de prosistas castellanos
Imprenta Clásica Española, Madrid 1917 (L6)

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LÁZARO Y EL ESCUDERO DE TOLEDO


    Lázaro[1], herido desgraciadamente por un clérigo avaro, a quien servía en Maqueda[2], abandona este pueblo y sirve en Toledo a un hidalgo tan presumido como pobre y holgazán.

Ábside de la iglesia de Santa María de Maqueda (Pascó, 1855-1910)

§1     Desta manera me fué forzado sacar fuerzas de flaqueza, y poco a poco, con ayuda de las buenas gentes, di conmigo en esta insigne ciudad de Toledo, adonde, con la merced de Dios, dende a quince días se me cerró la herida; y mientras estaba malo siempre me daban alguna limosna; mas después[3] que estuve sano todos me decían: «tú, bellaco y gallofero[4] eres; busca, busca un amo a quien sirvas.» ¿Y adónde se hallará ése, decía yo entre mí, si Dios agora de nuevo (como crió el mundo) no lo criase? Andando así discurriendo de puerta en puerta con harto poco remedio (porque ya la caridad se subió al cielo), topóme Dios con un escudero[5] que iba por la calle con razonable vestido, bien peinado, su paso y compás en orden; miróme y yo a él, y díjome: «mochacho, ¿buscas amo?» Yo le dije: «sí, señor».—«Pues vente tras mí, me respondió, que Dios te ha hecho merced en topar conmigo; alguna buena oración rezaste hoy». Y seguíle, dando gracias a Dios por lo que oí, y también que me parecía, según su hábito y continente, ser el que yo había menester. Era de mañana cuando este mi tercero amo topé, y llevóme tras sí gran parte de la ciudad. Pasábamos por las plazas donde se vendía pan y otras provisiones; yo pensaba y aun deseaba que allí me quería cargar de lo que se vendía, porque esta era propria hora cuando se suele proveer de lo necesario; mas muy a tendido paso pasaba por estas cosas. «Por ventura no lo ve aquí a su contento, decía yo, y querrá que lo compremos en otro cabo.»

§2     Desta manera anduvimos hasta que dió las once: entonces se entró en la iglesia mayor, y yo tras él; y muy devotamente le vi oir misa y los otros oficios divinos, hasta que todo fué acabado y la gente ida. Entonces salimos de la iglesia, y a buen paso tendido comenzamos a ir por la calle abajo; yo iba el más alegre del mundo, en ver que no nos habíamos ocupado en buscar de comer; bien consideré que debía ser hombre, mi nuevo amo, que se proveía en junto, y que ya la comida estaría a punto, y tal como yo la deseaba y aun la había menester. En este tiempo dió el reloj la una, después de medio día, y llegamos a una casa, ante la cual, mi amo se paró y yo con él, y derribando el cabo de la capa sobre el lado izquierdo, sacó una llave de la manga y abrió su puerta y entramos en casa, la cual tenía la entrada obscura y lóbrega, de tal manera, que parecía que ponía temor a los que en ella entraban, aunque dentro della estaba un patio pequeño y razonables cámaras. Desque fuimos entrados, quita de sobre sí su capa, y preguntando si tenía las manos limpias, la sacudimos y doblamos, y muy limpiamente soplando un poyo que allí estaba, la puso en él; y hecho esto, sentóse cabo della, preguntándome muy por extenso de dónde era y cómo había venido a aquella ciudad, y yo le di más larga cuenta que quisiera; porque me parecía más conveniente hora de mandar poner la mesa y escudillar la olla, que de lo que me pedía; con todo eso, yo le satisfice de mi persona lo mejor que mentir supe, diciendo mis bienes y callando lo demás, porque me parecía no ser para en cámara.

§3     Esto hecho, estuvo ansí un poco, y yo luego vi mala señal, por ser ya casi las dos y no le ver más aliento de comer que a un muerto. Después desto, consideraba aquél tener cerrada la puerta con llave ni sentir arriba ni abajo pasos de viva persona por la casa; todo lo que yo había visto eran paredes, sin ver en ella silleta, ni tajo, ni banco, ni mesa, ni aun tal arcaz como el de marras; finalmente ella parecía casa encantada. Estando así, díjome: «tú, mozo, ¿has comido?»—«No, señor, dije yo, que aun no eran dadas las ocho cuando con vuestra merced encontré.»—«Pues, aunque de mañana, yo había almorzado, dice, y cuando ansí como algo, hágote saber que hasta la noche me estoy ansí; por eso, pásate como pudieres, que después cenaremos.» Vuestra merced crea, cuando esto le oí, que estuve en poco de caer de mi estado, no tanto de hambre como por conocer de todo en todo la fortuna serme adversa. Allí se me representaron de nuevo mis fatigas, y torné a llorar mis trabajos; allí se me vino a la memoria la consideración que hacía cuando me pensaba ir del clérigo, diciendo que aunque aquél era desventurado y mísero, por ventura toparía con otro peor; finalmente, allí lloré mi trabajosa vida pasada y mi cercana muerte venidera; y con todo, disimulando lo mejor que pude: «señor, mozo soy que no me fatigo mucho por comer, bendito Dios; deso me podré yo alabar entre todos mis iguales, por de mejor garganta, y ansí fuí yo loado della hasta hoy día de los amos que yo he tenido.»—«Virtud es esa, dijo él, y por eso te querré yo más: porque el hartar es de los puercos, y el comer regladamente es de los hombres de bien.»—Bien te he entendido, dije yo entre mí; maldita tanta medicina y bondad como aquestos mis amos, que yo hallo, hallan en la hambre. Púseme a un cabo del portal, y saqué unos pedazos de pan del seno, que me habían quedado de los de por Dios.

Jubón del siglo XVII

§4     Él, que vió esto, díjome: «Ven acá, mozo, ¿qué comes?» Yo lleguéme a él, y mostréle el pan; tomóme él un pedazo, de tres que eran, el mejor y más grande, y díjome: «¡Por mi vida, que parece éste buen pan!»—«¡Y cómo agora, dije yo, señor, es bueno!»—«Sí, a fe, dijo él; ¿adónde lo hubiste? ¿Si es amasado de manos limpias?»—«No sé yo eso, le dije; mas a mí no me pone asco el sabor dello.»—«Ansí plega a Dios», dijo el pobre de mi amo, y llevándolo a la boca comenzó a dar en él tan fieros bocados como yo en lo otro. «¡Sabrosísimo pan está, dijo, por Dios!» Y como le sentí de qué pie coxqueaba[6], dime priesa, porque le vi en disposición, si acababa antes que yo, se comediría a ayudarme a lo que me quedase; y con esto acabamos casi a una. Mi amo comenzó a sacudir con las manos unas pocas de migajas, y bien menudas, que en los pechos se le habían quedado, y entró en una camareta que allí estaba, y sacó un jarro desbocado, y no muy nuevo, y desque hubo bebido, convidóme con él. Yo, por hacer del continente, dije: «Señor, no bebo vino.»—«Agua es, me respondió, bien puedes beber.» Entonces tomé el jarro y bebí, no mucho, porque de sed no era mi congoja. Ansí estuvimos hasta la noche, hablando en cosas que me preguntaba, a las cuales yo le respondí lo mejor que supe. En este tiempo metióme en la cámara donde estaba el jarro de que bebimos, y díjome: «Mozo, párate allí, y verás cómo hacemos esta cama, para que la sepas hacer de aquí adelante.» Púseme de un cabo y él del otro, y hecimos la negra cama, en la cual no había mucho que hacer, porque ella tenía sobre unos bancos un cañizo, sobre el cual estaba tendida la ropa... Hecha la cama, y la noche venida, díjome: «Lázaro, ya es tarde, y de aquí a la plaza hay gran trecho; también en esta ciudad andan muchos ladrones, que siendo de noche, capean[7]; pasemos como podamos, y mañana, viniendo el día, Dios hará merced; porque yo por estar solo no estoy proveído; antes he comido estos días por allí fuera, mas agora hacerlo hemos de otra manera.»—«Señor, de mí, dije yo, ninguna pena tenga vuestra merced, que sé pasar una noche, y aun más, si es menester, sin comer.»—«Vivirás más, y más sano, me respondió, porque, como decíamos hoy, no hay tal cosa en el mundo para vivir mucho, que comer poco.» Si por esa vía es, dije entre mí, nunca yo moriré, que siempre he guardado esa regla por fuerza, y aun espero en mi desdicha tenella toda mi vida. Y acostóse en la cama, poniendo por cabecera las calzas y el jubón[8], y mandóme echar a sus pies, lo cual yo hice; mas maldito el sueño que yo dormí, porque las cañas y mis salidos huesos en toda la noche dejaron de rifar y encenderse, que con mis trabajos, males y hambre, pienso que en mi cuerpo no había libra de carne. Y también, como aquel día no había comido casi nada, rabiaba de hambre, la cual con el sueño no tenía amistad; maldíjeme mil veces, Dios me lo perdone, y a mi ruin fortuna. Allí lo más de la noche y lo peor, no osándome revolver por no despertalle, pedí a Dios muchas veces la muerte.

Aguamanil y palangana

§5     La mañana venida, levantámonos, y comienza a limpiar y sacudir sus calzas y jubón, y sayo y capa; ¡y yo que le servía de pelillo![9]; y vísteseme muy a su placer de espacio; echéle aguamanos[10], peinóse y puso su espada en el talabarte[11], y al tiempo que la ponía, díjome: «¡Oh, si supieses, mozo, qué pieza es esta! No hay marco de oro en el mundo porque yo la diese; mas así, ninguna de cuantas Antonio[12] hizo, no acertó a ponelle los aceros tan prestos como ésta los tiene»; y sacóla de la vaina, y tentóla con los dedos, diciendo: «Vesla aquí, yo me obligo con ella cercenar un copo de lana.» Y yo dije entre mí: «Y yo con mis dientes, aunque no son de acero, un pan de cuatro libras.» Tornóla a meter, y ciñósela, y un sartal de cuentas gruesas del talabarte, y con un paso sosegado y el cuerpo derecho, haciendo con él y con la cabeza muy gentiles meneos, echando el cabo de la capa sobre el hombro, y a veces so el brazo, y poniendo la mano derecha en el costado, salió por la puerta, diciendo: «Lázaro, mira por la casa en tanto que voy a oir misa, y haz la cama, y ve por la vasija de agua al río, que aquí bajo está; y cierra la puerta con llave, no nos hurten algo, y ponla aquí al quicio, porque si yo viniere en tanto, pueda entrar.» Y súbese por la calle arriba con tan gentil semblante y continente, que quien no le conociera pensara ser muy cercano pariente al Conde Claros, o a lo menos camarero que le daba de vestir.

§6     Bendito seáis vos, Señor, quedé yo diciendo, que dais la enfermedad, y ponéis el remedio[13]. ¿Quién encontrará a aquel mi señor, que no piense, según el contento de sí lleva, haber anoche bien cenado y dormido en buena cama, y aunque agora es de mañana, no le cuenten por muy bien almorzado? Grandes secretos son, Señor, los que vos hacéis, y las gentes ignoran. ¿A quién no engañará aquella buena disposición y razonable capa y sayo, y quién pensará que aquel gentil hombre se pasó ayer todo el día sin comer, con aquel mendrugo de pan, que su criado Lázaro trujo un día y una noche en el arca de su seno, do no se le podía pegar mucha limpieza, y hoy, lavándose las manos y cara, a falta de paño de manos, se hacía servir del halda del sayo? Nadie, por cierto, lo sospechará. ¡Oh Señor, y cuántos de aquestos debéis vos tener por el mundo derramados, que padecen por la negra que llaman honra lo que por vos no sufrirían!...

§7     Púseme a pensar qué haría, y parecióme esperar a mi amo hasta que el día demediase[14], y si viniese, y por ventura trajese algo que comiésemos; mas en vano fué mi esperanza. Desque vi ser las dos, y no venía y la hambre me aquejaba, cierro mi puerta y pongo la llave donde mandó, y tórnome a mi menester; con baja y enferma voz y inclinadas mis manos en los senos, puesto Dios ante mis ojos, y la lengua en su nombre, comienzo a pedir pan por las puertas y casas más grandes que me parecía; mas como yo este oficio le hobiese mamado en la leche, quiero decir que con el gran maestro el ciego lo aprendí, tan suficiente discípulo salí, que aunque en este pueblo no había caridad, ni el año fuese muy abundante, tan buena maña me di, que antes que el reloj diese las cuatro, ya yo tenía otras tantas libras de pan ensiladas en el cuerpo, y más de otras dos en las mangas y senos. Volvíme a la posada, y al pasar por la tripería, pedí a una de aquellas mujeres, y dióme un pedazo de uña de vaca con otras pocas de tripas cocidas.

§8     Cuando llegué a casa, ya el bueno de mi amo estaba en ella, doblada su capa y puesta en el poyo, y él paseándose por el patio. Como entro, vínose para mí; pensé que me quería reñir la tardanza, mas mejor lo hizo Dios. Preguntóme do venía; yo le dije: «Señor, hasta que dió las dos estuve aquí, y de que vi que vuestra merced no venía, fuíme por esa ciudad a encomendarme a las buenas gentes, y hanme dado esto que veis»; mostréle el pan y las tripas que en un cabo de la halda traía, a lo cual él mostró buen semblante, y dijo: «Pues esperádote he a comer, y de que vi que no veniste, comí. Mas tú haces como hombre de bien en eso, que más vale pedillo por Dios que no hurtallo; y ansí él me ayude como ello me parece bien, y solamente te encomiendo no sepan que vives comigo, por lo que toca a mi honra, aunque bien creo que será secreto, según lo poco que en este pueblo soy conocido: ¡nunca a él yo hubiera de venir!»—«De eso pierda, señor, cuidado, le dije yo, que maldito aquel que ninguno tiene de pedirme esa cuenta ni yo de dalla.»—«Agora, pues, come, pecador, que si a Dios place presto nos veremos sin necesidad; aunque te digo que después que en esta casa entré, nunca bien me ha ido: debe ser de mal suelo, que hay casas desdichadas y de mal pie, que a los que viven en ellas pegan la desdicha. Esta debe de ser, sin dubda, de ellas; mas yo te prometo, acabado el mes, no quede en ella, aunque me la den por mía.»

Tres pícaros a la mesa… No hay mejor salsa que el hambre
«El almuerzo» (Velázquez, h. 1617)

§9     Sentéme al cabo del poyo, y porque no me tuviese por glotón, callé la merienda, y comienzo a cenar y morder en mis tripas y pan, y disimuladamente miraba al desventurado señor mío, que no partía sus ojos de mis faldas, que aquella sazón servían de plato. Tanta lástima haya Dios de mí como yo había del, porque sentí lo que sentía, y muchas veces había por ello pasado y pasaba cada día. Pensaba si sería bien comedirme a convidalle; mas por me haber dicho que había comido, temíame no aceptaría el convite. Finalmente, yo deseaba aquel pecador ayudase a su trabajo del mío, y se desayunase como el día antes hizo, pues había mejor aparejo, por ser mejor la vianda y menos mi hambre. Quiso Dios cumplir mi deseo, y aun pienso que el suyo, porque como comencé a comer, y él se andaba paseando, llegóse a mí, y díjome: «Dígote, Lázaro, que tienes en comer la mejor gracia que en mi vida vi a hombre, y que nadie te lo verá hacer que no le pongas gana, aunque no la tenga.»—La muy buena que tú tienes, dije yo entre mí, te hace parecer la mía hermosa. Con todo parecióme ayudarle, pues se ayudaba, y me abría camino para ello, y díjele: «Señor, el buen aparejo hace buen artífice[15]; este pan está sabrosísimo, y esta uña de vaca tan bien cocida y sazonada, que no habrá a quien no convide con su sabor.»—«¿Uña de vaca es?»—«Sí, señor.»—«Dígote que es el mejor bocado del mundo, y que no hay faisán que ansí me sepa.»—«Pues pruebe, señor, y verá qué tal está.» Póngole en las uñas la otra y tres o cuatro raciones de pan de lo más blanco, y asentóseme al lado y comienza a comer, como aquel que lo había gana, royendo cada huesecillo de aquellos mejor que un galgo suyo lo hiciera. «Con almodrote[16], decía, es este singular manjar.»—Con mejor salsa lo comes tú[17], respondí yo paso.—«Por Dios, que me ha sabido como si hoy no hobiera comido bocado.»—Ansí me vengan los buenos años como es ello, dije yo entre mí. Pidióme el jarro del agua y díselo como lo había traído; es señal que pues no le faltaba el agua, que no le había a mi amo sobrado la comida. Bebimos y muy contentos nos fuimos a dormir como la noche pasada. Y por evitar prolijidad, desta manera estuvimos ocho o diez días, yéndose el pecador en la mañana con aquel contento y paso contado a papar aire por las calles, teniendo en el pobre Lázaro una cabeza de lobo[18]. Contemplaba yo muchas veces mi desastre, que escapando de los amos ruines que había tenido, y buscando mejoría, viniese a topar con quien no sólo no me mantuviese, mas a quien yo había de mantener. Con todo, le quería bien, con ver que no tenía ni podía más, y antes le había lástima que enemistad, y muchas veces por llevar a la posada con que él lo pasase, yo lo pasaba mal... Dios es testigo que hoy día, cuando topo con alguno de su hábito, con aquel paso y pompa, le he lástima con pensar si padece lo que aquél le vi sufrir... Sólo tenía dél un poco de descontento: que quisiera yo que no tuviera tanta presunción, mas que abajara un poco su fantasía con lo mucho que subía su necesidad; mas, según me parece, es regla ya entre ellos usada y guardada, aunque no haya cornado de trueco, ha de andar el birrete en su lugar. El Señor lo remedie, que ya con este mal han de morir.

§10     Pues estando yo en tal estado, pasando la vida que digo, quiso mi mala fortuna, que de perseguirme no era satisfecha, que en aquella trabajada y vergonzosa vivienda no durase. Y fué: como el año en este tierra fuese estéril de pan, acordaron el ayuntamiento que todos los pobres extranjeros se fuesen de la ciudad, con pregón, que el que de allí adelante topasen fuese punido con azotes. Y así, ejecutando la ley desde a cuatro días que el pregón se dió, vi llevar una procesión de pobres azotando por las Cuatro Calles, lo cual me puso tan gran espanto, que nunca osé desmandarme a demandar. Aquí viera, quien vello pudiera, la abstinencia de mi casa y la tristeza y silencio de los moradores della, tanto que nos acaesció estar dos o tres días sin comer bocado ni hablar palabra. A mí diéronme la vida unas mujercillas hilanderas de algodón, que hacían bonetes y vivían par de nosotros, con las cuales yo tuve vecindad y conocimiento, que de la lacería[19] que les traían me daban alguna cosilla, con la cual muy pasado me pasaba, y no tenía tanta lástima de mí como del lastimado de mi amo, que en ocho días maldito el bocado que comió, a lo menos en casa bien los estuvimos sin comer; no sé yo cómo o dónde andaba y qué comía. ¡Y velle venir a medio día la calle abajo con estirado cuerpo, más largo que galgo de buena casta! Y por lo que toca a su negra que dicen honra, tomaba una paja de las que aun asaz no había en casa, y salía a la puerta escarbando los dientes que nada entre sí tenían, quejándose todavía de aquel mal solar, diciendo: «¡Malo está de ver! Que la desdicha desta vivienda lo hace; como ves, es lóbrega, triste, obscura; mientras aquí estuviéremos, hemos de padecer; ya deseo que se acabe este mes por salir della.»

§11     Pues estando en esta afligida y hambrienta persecución, un día, no sé por cuál dicha o ventura, en el pobre poder de mi amo entró un real, con el cual vino a casa tan ufano como si tuviera el tesoro de Venecia, y con gesto muy alegre y risueño me lo dió, diciendo: «tomá, Lázaro, que Dios ya va abriendo su mano; ve a la plaza y merca pan y vino y carne; quebremos el ojo al diablo[20]; y más te hago saber, porque te huelgues, que he alquilado otra casa, y en esta desastrada no hemos de estar más de en cumpliendo el mes, ¡maldita sea ella, y el que en ella puso la primera teja, que con mal en ella entré! Por nuestro Señor, cuanto ha que en ella vivo, gota de vino ni bocado de carne no he comido, ni he habido descanso ninguno; mas tal vista tiene y tal obscuridad y tristeza. Ve, y ven presto y comamos hoy como condes.» Tomo mi real y jarro, y a los pies dándoles priesa, comienzo a subir mi calle, encaminando mis pasos para la plaza muy contento y alegre. Mas ¿qué me aprovecha si está constituído en mi triste fortuna que ningún gozo me venga sin zozobra? Y ansí fué éste; porque yendo la calle arriba, echando mi cuenta en lo que le emplearía, que fuese mejor y más provechosamente gastado, dando infinitas gracias a Dios, que a mi amo había hecho con dinero, a deshora me vino al encuentro un muerto, que por la calle abajo muchos clérigos y gente en unas andas traían; arriméme a la pared por darles lugar, y desque el cuerpo pasó, venía luego a par del lecho una que debía ser su mujer del difunto, cargada de luto, y con ella otras muchas mujeres, la cual iba llorando a grandes voces, y diciendo: «¡marido y señor mío! ¿adónde os me llevan? ¡a la casa triste y desdichada! ¡a la casa lóbrega y obscura! ¡a la casa donde nunca comen ni beben!»[21] Yo que aquello oí, juntóseme el cielo con la tierra, y dije: «¡Oh desdichado de mí! para mi casa llevan este muerto»; dejo el camino que llevaba, y hendí por medio de la gente, y vuelvo por la calle abajo a todo el más correr que pude para mi casa, y entrando en ella cierro a grande priesa, invocando el auxilio y favor de mi amo, abrazándome dél, que me venga ayudar y a defender la entrada. El cual algo alterado, pensando que fuese otra cosa, me dijo: «¿qué es eso, mozo? ¿qué voces das? ¿qué has? ¿por qué cierras la puerta con tal furia?»—«Oh señor, dije yo, acuda aquí, que nos traen acá un muerto.»—«¿Cómo así?» respondió él.—«Aquí arriba le encontré, y venía diciendo su mujer: marido y señor mío, ¿adónde os llevan? ¡a la casa lóbrega y obscura! ¡a la casa triste y desdichada! ¡a la casa donde nunca comen ni beben! acá, señor, nos le traen.» Y ciertamente cuando mi amo esto oyó, aunque no tenía por qué estar muy risueño, rió tanto que muy gran rato estuvo sin poder hablar. En este tiempo tenía yo echada la aldaba a la puerta y puesto el hombro en ella por más defensa. Pasó la gente con su muerto, y yo todavía me recelaba que nos le habían de meter en casa; y desque fué ya más harto de reir que de comer, el bueno de mi amo díjome: «verdad es Lázaro; según la viuda lo va diciendo, tú tuviste razón de pensar lo que pensaste; mas, pues Dios lo ha hecho mejor, y pasan adelante, abre, abre, y ve por de comer.»—«Dejálos, señor, acaben de pasar la calle», dije yo. Al fin vino mi amo a la puerta de la calle, y ábrela esforzándome, que bien era menester según el miedo y alteración, y me tornó a encaminar. Mas aunque comimos bien aquel día, maldito el gusto yo tomaba en ello, ni en aquellos tres días torné en mi color, y mi amo muy risueño todas las veces que se le acordaba aquella mi consideración.

§12     De esta manera estuve con mi tercero y pobre amo, que fué este escudero, algunos días, y en todos deseando saber la intención de su venida y estada en esta tierra; porque desde el primer día que con él asenté, le conocí ser extranjero, por el poco conocimiento y trato que con los naturales della tenía. Al fin se cumplió mi deseo, y supe lo que deseaba; porque un día que habíamos comido razonablemente, y estaba algo contento, contóme su hacienda, y díjome ser de Castilla la Vieja[22], y que había dejado su tierra no más de por no quitar el bonete a un caballero su vecino. «Señor, dije yo, si era él lo que decís, y tenía más que vos, no errábades en quitárselo primero, pues decís que él también os lo quitaba»—«Sí es, y sí tiene, y también me lo quitaba él a mí; mas de cuantas veces yo se le quitaba primero, no fuera malo comedirse él alguna, y ganarme por la mano.»—«Paréceme, señor, le dije yo, que en eso no mirara; mayormente con mis mayores que yo, y que tienen más.»—«Eres mochacho, me respondió, y no sientes las cosas de la honra, en que el día de hoy está todo el caudal de los hombres de bien; pues te hago saber que yo soy (como ves) un escudero, mas vótote a Dios, si al Conde topo en la calle, y no me quita muy bien quitado del todo el bonete, que otra vez que venga, me sepa yo entrar en una casa, fingiendo yo en ella algún negocio o atravesar otra calle, si la hay, antes que llegue a mí, por no quitárselo; que un hidalgo no debe a otro que a Dios y al rey nada, ni es justo, siendo hombre de bien, se descuide un punto de tener en mucho su persona. Acuérdome, que un día deshonré en mi tierra a un oficial, y quise poner en él las manos, porque cada vez que le topaba me decía: mantenga Dios a vuestra merced. Vos, don villano ruin, le dije yo, ¿por qué no sois bien criado? ¿Manténgaos Dios, me habéis de decir como si fuese quien quiera? De allí adelante, de aquí acullá me quitaba el bonete, y hablaba como debía.»—«¿Y no es buena manera de saludar un hombre a otro, dije yo, decirle que le mantenga Dios?»—«Mira, mucho de enhoramala, dijo él; a los hombres de poca arte dicen eso, mas a los más altos, como yo, no les han de hablar menos de: beso las manos de vuestra merced, o por lo menos, bésoos, señor, las manos, si el que me habla es caballero. Y ansí aquel de mi tierra, que me atestaba de mantenimiento, nunca más le quise sufrir; ni sufriría, ni sufriré a hombre del mundo, del rey abajo, que manténgaos Dios me diga.»—Pecador de mí, dije yo, por eso tiene tan poco cuidado de mantenerte, pues no sufres que nadie se lo ruegue.—«Mayormente, dijo, que no soy tan pobre, que no tengo en mi tierra un solar de casas, que a estar ellas en pie y bien labradas, diez y seis leguas de donde nací, en aquella Costanilla de Valladolid, valdrían más de doscientas veces mil maravedís, según se podrían hacer grandes y buenas; y tengo un palomar que, a no estar derribado como está, daría cada año más de doscientos palominos, y otras cosas que me callo, que dejé por lo que tocaba a mi honra; y vine a esta ciudad pensando que hallaría un buen asiento, mas no me ha sucedido como pensé. Canónigos y señores de la iglesia muchos hallo; mas es gente tan limitada, que no los sacarán de su paso todo el mundo. Caballeros de media talla también me ruegan; mas servir con estos es gran trabajo, porque de hombre os habéis de convertir en malilla, y si no, andá con Dios, os dicen, y las más veces son los pagamentos a largos plazos, y lo más más cierto comido por servido; ya cuando quieren reformar conciencia y satisfaceros vuestros sudores, sois librados en la recámara, en un sudado jubón, o raída capa o sayo. Ya cuando asienta hombre con un señor de título, todavía pasa su laceria, ¿pues, por ventura no hay en mí habilidad para servir y contentar a éstos? Por Dios, si con él topase, muy gran su privado pienso que fuese, y que mil servicios le hiciese porque yo sabría mentille tan bien como otro, y agradalle a las mil maravillas; reille ya mucho sus donaires y costumbres, aunque no fuesen las mejores del mundo; nunca decirle cosa con que le pesase, aunque mucho le cumpliese; ser muy diligente en su persona en dicho y hecho; no me matar por hacer bien las cosas que él no había de ver, y ponerme a reñir donde él lo oyese con la gente de servicio, porque paresciese tener gran cuidado de lo que a él tocaba; si riñese con algún su criado, dar unos puntillos agudos para le encender la ira, y que pareciesen en favor del culpado; decirle bien de lo que bien le estuviese; y por el contrario, ser malicioso mofador, malsinar a los de casa; y a los de fuera pesquisar, y procurar de saber vidas ajenas para contárselas, y muchas otras galas de esta calidad, que hoy día se usan en palacio, y a los señores dél parecen bien, y no quieren ver en sus casas hombres virtuosos, antes los aborrecen y tienen en poco y llaman necios, y que no son personas de negocios, ni con quien el señor se puede descuidar, y con estos, los astutos usan, como digo, el día de hoy, de lo que yo usaría. Mas no quiere mi ventura que le halle.» Desta manera lamentaba también su adversa fortuna mi amo, dándome relación de su persona valerosa.

Antología de prosistas castellanos
Imprenta Clásica Española, Madrid 1917 (L6)

Fuente: Project Gutenberg (dominio público)
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1 Locuciones y expresiones[editar]

Artículo principal: locución
  • Sacar fuerzas de flaqueza (párrafo §1):   seguir adelante pese a las dificultades crecientes.
  • Con menos aliento de comer que un muerto (§3):   paupérrimo que come ocasionalmente; muerto de hambre.
  • Dar la enfermedad y poner el remedio (§6):   el problema y su solución proceden de la misma persona (ironía).
  • El buen aparejo hace buen artífice (§9):   el orden y buena disposición de las cosas predispone a la acción, la facilita.
  • salsa, salsa de San Bernardo (§9):   el hambre (ironía).
    No hay mejor salsa que el hambre (refrán)
  • Quebrar el ojo al diablo (§11):   hacer lo mejor, más justo y razonable, pues así se le disgusta y da tormento; se usa, en general, quebrar los ojos a uno por desplacerle o desagradarle.

notas

  1. Lázaro de Tormes por haber nacido en Tejares, antigua aldea -hoy barrio de Salamanca- a la orilla del río Tormes (→ epónimos).
  2. Maqueda, localidad de la provincia de Toledo (España).
  3. Sin tilde: Yes check.svgmas [pero] después que estuve sano, Red x.svgmás después…
    mas/más
  4. Gallofa: comida que se daba a los pobres que pedían limosna. Gallofear: vagar sin rumbo dependiendo de la caridad pública. (DLE en línea)
  5. escudero: «... hidalgo que lleva el escudo al caballero en tanto que éste no pelea con él. En la paz los escuderos sirven a los señores de acompañar delante sus personas, asistir en la antecámara o sala; otros se están en sus casas y llevan acostamiento (o salario) de los señores, acudiendo a sus obligaciones a tiempos ciertos. Hoy día más se sirven dellos las señoras, y los que tienen alguna pasada huelgan más de estar en sus casas, que de servir, por lo poco que medran y lo mucho que les ocupan» (Covarrubias, siglo XVII)
  6. coxquear: cojear
  7. capear, atracar: «Quitar por fuerza la capa al que topan de noche en escampado; esto se hace dentro de los lugares y de noche; y si les dan lugar, quitan con las capas los sayos, y siempre las bolsas si traen algo en ellas.» (Covarrubias)
  8. calzas, pantalones.
    jubón: «... vestido justo y ceñido que se pone sobre la camisa y se ataca (o ata por medio de agujetas) con las calzas» (Covarrubias)
  9. «Servir de pelillo, hacer servicios de poca importancia y de mucha curiosidad» (Covarrubias).
  10. aguamanos: agua para lavar las manos; o aguamanil, jarro que la contiene.
    echar~ dar aguamanos: servir el agua para el aseo de cara y manos (locución verbal). Plural invariable: el/los aguamanos.
  11. talabarte: cinturón del que se cuelga la espada.
  12. Espadero famoso que firma la espada de Fernando el Católico, que se conserva en la Armería Real de Madrid (Antonius me fecit), y la atribuída a Garcilaso de la Vega, el de la hazaña del Ave María.
  13. Dar la enfermedad y poner el remedio (locución)
  14. hasta que el día demediase: hasta mediodía (DLE en línea).
  15. El buen aparejo hace buen artífice, locución.
  16. almodrote, salsa que se hace en aceite con ajos, queso y otras cosas machacadas en el mortero para acompañar a las carnes cocinadas. Frecuente en la cocina española hasta el siglo XVII (Wikipedia).
  17. Alusión al hambre llamada salsa de San Bernardo (locución), y al refrán «No hay mejor salsa que el buen apetito».
  18. Cabeza de lobo, la ocasión que uno toma para aprovecharse de ella más de lo razonable, como el que mata un lobo y lleva la cabeza por los lugares de la comarca para que todos le den algo en recompensa. Así lo explica Covarrubias. Antes, en el Diccionario de Alonso Sánchez de la Ballesta, Salamanca, 1587, hallamos: «La cabeza del lobo; cuando buscamos algún artificio para sacar dineros, le llamamos cabeza de lobo, porque los que la muestran sacan de los lugares sus provechos por haber quitado la vida al enemigo del ganado.» El Diccionario de la Academia, hasta su edición 14.ª, no traía más que la frase, evidentemente corrompida, ser cabeza de bobo.
  19. Lacería vale trabajo, miseria, y metafóricamente el sustento con que se pasa miserablemente la vida.
  20. Quebrar el ojo al diablo (locución), hacer lo mejor, más justo y razonable.
  21. Las plañideras. «Este modo de llorar los muertos se usaba en toda España (dice Covarrubias, s. v. «endecha» en 1610), porque iban las mujeres detrás del cuerpo del marido, descabelladas, y las hijas tras el de sus padres, mesándose y dando tantas voces, que en la iglesia no dejaban hacer el oficio a los clérigos, y así se les mandó que no fuesen; pero hasta que sacan el cuerpo a la calle están en casa lamentando, y se asoman a las ventanas a dar gritos cuando le llevan, ya que no les dejan ir tras él.» Hoy día todavía se hace cosa semejante en algunas aldeas.
  22. Castilla la Vieja: parte norte del Reino de Castilla; aproximadamente las provincias de Santander, Burgos, Logroño, Soria, Segovia, Ávila, Valladolid y Palencia.


Del mismo libro (L6):
Advertencia sobre la lengua medieval  •  Lazarillo de Tormes (Tratado III)

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2 Véase también[editar]

3 Enlaces externos[editar]