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Hace algunos años algún periodista o locutor creyó necesaria inventar una nueva palabra: la autocaída. Y con ella se refería a las caídas fingidas por los ciclistas cuando ya no podían más y querían retirarse de la carrera. Al inventor no le bastaba con decir que tal o cual corredor 'fingió una caída' o 'se tiró al suelo' o 'se tiró a la carretera', expresiones que definen exactamente lo que ocurre en esas ocasiones, y decidió que ya era hora de remediar esa situación de vacío léxico. ¿Cómo solucionarlo? Pues echando mano de un prefijo muy de moda: auto-.

Menos mal que la cosa se quedó, de momento, en el sustantivo, y no se comenzó a conjugar el verbo autocaerse.

Y como a partir de entonces en el ciclismo se diferencia entre caída a secas y autocaída (caída fingida), a casi nadie le extrañó que el portavoz del Vaticano, al informar sobre una caída del Papa, dijese que 'Juan Pablo II se había caído accidentalmente'. No sólo casi nadie se extrañó, sino que todos los medios de comunicación, entre ellos la Agencia EFE, hablaron en sus noticias de la caída accidental que había sufrido el papa Juan Pablo II.

Caerse, en español, es siempre algo fortuito, cuando algo o alguien se cae (véanse las definiciones de accidente en el diccionario) lo que ocurre es un 'suceso eventual que altera el orden de las cosas' o un 'suceso eventual o acción de que involuntariamente resulta daño para las personas o las cosas'.

En resumen: los ciclistas se tiran y el Papa se cae, sin ninguna autocaída y sin ninguna caída accidental de por medio.

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No obstante, ya se acepta «auto-» con el sentido de ‘a sí mismo’ y el DRAE dice en «caer»:

27. tr. Tirar o hacer caer.

Es decir, «caer» no es necesarimente fortuito (como se comprueba en ejemplos como «la caída del dictador por las movilizaciones») y por tanto «caída accidental» no lo es redundante.