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Libros de caballerías

PALMERÍN DE INGLATERRA
Francisco de Moraes (1500-1572)

CAPÍTULO TERCERO
Desierto y Palmerín


Aqueste salvaje, después de haber tomado aquellos infantes, anduvo tanto hasta llegar adonde tenía la cueva, y hallando a la entrada della a su mujer, que le estaba esperando con un niño en los brazos, el cual era hijo de entrambos, que sería de edad de hasta un año; allí le dió la caza que traía, diciendo que en todo el día no había podido hallar otra, y que de aquella cenarían los leones; mas como las mujeres de su natural son inclinadas a piedad, túvola tamaña de aquellas vidas inocentes, que no quiso consentir lo que su marido traía ordenado; antes, tomando de otra carne, les dió de comer y a los chiquitos de mamar, con tan grande amor como a su hijo propio; y con esto los crió a la leche de sus pechos hasta que la edad los enseñó a sustentar de otro mantenimiento.

Entre tanto, el rey de Inglaterra, Fadrique, padre de don Duardos, en el gran dolor de lo ocurrido a su hijo y nietos, envía un embajador a Constantinopla para hacerlo saber al anciano emperador de Grecia. Llega éste a la ciudad al tiempo en que se celebran grandes fiestas con motivo del nacimiento de Polinarda, nieta del emperador, hija de Primaleón el hermano de Flérida. Al momento son suspendidos los festejos, y el emperador Palmerín, muy alterado con tales nuevas, retírase a sus habitaciones. Mas el príncipe Primaleón, que grandes obligaciones debe a su cuñado don Duardos, dejando a su amada esposa Gridonia y a su recién nacida hija, toma sus armas y se pone secretamente en camino para lograr la libertad del prisionero. Lo mismo van haciendo los más famosos caballeros de la corte del emperador; y cuando la noticia de la pérdida de don Duardos se extiende por las de Francia, España, Alemania y otras tierras, no hay caballero que quiera ser el último en salir en su demanda.

Aquí deja la historia de hablar dello, y torna a los infantes, que la mujer del salvaje criaba con tanto amor como a sus propios hijos; así como iban creciendo se hacían tan hermosos y bien dispuestos, que parecían de mayor edad de lo que entonces eran: su ejercicio era cazar, siendo en ello tan diestros, que casi tenían despoblada la mayor parte de aquélla floresta de las alimañas que en ella había; y el que mayor montero y más gusto de cazar llevaba era Floriano del Desierto, en cuya compañía los leones siempre andaban; traía un arco con muchas flechas, y salió tan singular flechero, que el salvaje no le igualaba con mucha parte; en esta vida continuaron hasta edad de diez años, en el fin de los cuales, un domingo por la mañana, Floriano se salió solo con sus leones por la trabilla, como algunas veces lo acostumbraba, por ver si mataría alguna caza, y andando todo el día a una parte y a otra sin hallar ninguna, al tiempo que el sol se quería poner, vió en una mata estar un venado muy grande, y adonde le tiró, y le dió con tanta fuerza que lo atravesó de la otra parte; mas el ciervo, que se sintió herido, se levantó con tan gran priesa, que los leones, a quien Floriano soltó la trabilla, no le pudieron alcanzar, antes corriendo ellos tras el venado y él tras ellos se desviaran tanto de la cierva, que Floriano perdió el tino della y a los leones de vista, andando toda la noche dando voces por ver si acudirían; y caminó tanto hacia donde le pareció que la cierva estaba, que fué a parar al propio lugar adonde naciera, que era allí cerca, y asentóse al pie de una fuente que allí estaba; no tardó mucho que por el mesmo camino hacia la fuente vió un caballero encima de un caballo bayo, las riendas caídas sobre el cuello del caballo, y él tan triste de su cuidado que parecía que nenguna cosa sentía; tanto que llegó a la fuente, con el detenimiento que el caballo hizo en beber, tornó en sí, y viendo a Floriano, fué en él el sobresalto tan grande como si viera a don Duardos; porque éste se parecía mucho a él; preguntándole cúyo hijo era, Floriano le dió la cuenta de lo que sabía; el caballero le rogó que se fuese con él para Londres, y que le llevaría al rey, que le criaría y le haría mercedes.

Este caballero era el esforzado Pridos, que, cansado de correr todo el mundo en busca de don Duardos sin hallar ningunas nuevas, se tornaba para Londres, y tomando a Floriano consigo, le llevó a la corte, adonde del rey fué recebido como persona a quien mucho amaba, y le ofreció aquel doncel vestido de pieles de alimañas, con quien el rey fué tan alegre como si supiera ser aquél su nieto. Y tomándole por la mano, se fué adonde la reina y Flérida estaban, mostrando nuevo contentamiento, y puestos los ojos en Flérida, le dijo:

—Señora, vedes aquí el fruto que Pridos sacó de su tardanza; este doncel, tan parecido a mi hijo y a vuestro don Duardos, que me hace creer que puede tener algún deudo con él.

Flérida, a quien la naturaleza ayudase a conocelle, tomóle en los brazos con entero amor de madre, y pidiéndoselo al rey que se lo diese para su servicio, quiso que tuviese por nombre Desierto, sin saber que aquél era con el que naciera. Desta manera el infante Desierto se crió sirviendo a su mesma madre, sin ella ni él saber el mucho parentesco que entre ellos había.

Aquel día que el infante del Desierto salió a cazar, el salvaje esperó hasta la noche, y viendo que no venía él, ni los leones tampoco, comenzó de entristecerse, y gastando las horas del sueño en pensamientos que se le hacían perder, estuvo hasta otro día, que los leones llegaron ensangrentados de la sangre del venado que mataron; mas él que los vió sin su guardador, los mató, sin se le acordar la pérdida que en hacello recibía. Mas Palmerín se tornó tan triste que ninguna cosa le podía contentar, pasando el tiempo en irse a pasar su soledad riberas de la playa donde la mar batía. Tanto continuó esto, que una vez vió venir a la costa una galera, y llegando hacia aquella parte do Palmerín estaba, el capitán mandó poner la proa en tierra, hallando aquellos donceles, porque también Selvián, el hijo del salvaje, estaba en la compañía de Palmerín; espantado del parecer de entramos y de la manera de su traje, después de estar algún rato platicando, puso en su voluntad de llevarlos consigo por fuerza, si de otra manera no quisiesen; mas Palmerín no hubo menester muchas palabras, porque su naturaleza le inclinaba a no se contentar de aquella vida.

Entonces, entrando en la galera, el capitán hizo su camino como de antes llevaba; en esto continuaron tantos días, volviendo la costa de España y travesando la de Levante, tanto que un día en la tarde allegaron al gran puerto de Constantinopla, que en aquel tiempo era poblada de voluntades tan tristes como en otro tiempo lo era de invenciones alegres y días contentos.

El esforzado Polendos, rey de Tesalia, que era el capitán de la galera que venía de correr y atravesar todos los mares, así Océano como Mediterráneo, sin hallar ninguna nueva de Primaleón ni de don Duardos, dió cuenta al emperador de las tierras que anduvo y de lo poco que en aquella demanda hiciera, de lo cual el emperador quedó muy descontento. Polendos le presentó el hermoso infante, con quien fué algún tanto consolado, pareciéndole que tan fermosa cosa había de traer consigo algo que diese contentamiento a quien le había menester, y llamando a un duque, lo mandó llevar a Gridonia, para que sirviese a su hija Polinarda, que ya en aquel tiempo comenzaba a ser tan hermosa que se creía que su madre y agüela no lo fueron tanto como ella en el tiempo que florecían.

La emperatriz y Gridonia lo recibieron con aquella voluntad que una persona inocente y cosa tan bella se había de recebir; y así comenzó a servir a Polinarda, hija de Primaleón y de Gridonia, con tan aparejado deseo, que le puso después en muchas afrentas, de las cuales nunca pensó salir.

No tardó mucho que por la puerta del palacio entró una doncella, la cual había venido en un palafrén blanco; traía vestida una ropa a la francesa, de invención nueva, bordada de trozos de oro, los cabellos echados a las espaldas, tomados con un muy rico prendedós, y allegando al estrado, sacó una carta del seno, y haciendo el acatamiento que a tan gran príncipe era necesario, se la metió en la mano. El emperador la mandó leer alto, en la cual decía: “A ti, el invictísimo e muy famoso Palmerín, emperador de Grecia: yo, la dueña señora del Lago de las Tres Hadas, te hago saber que el doncel que hoy te fué traído, de entrambas partes deciende de los más poderosos reyes cristianos que hay en el mundo; por tanto, tratalde como a gran príncipe, porque, en el tiempo que tu corona e imperial estado estuviere en el más bajo asiento de la fortuna, le tornará en la más alta grandeza que nunca fué, y por él serán restituídos en alegría los dos más afortunados príncipes que ahora están sin ella.”

El emperador se fué para la emperatriz, mostrándola la carta; haciendo venir delante de sí al hermoso doncel, platicando con él algunas cosas quiso que hobiese por nombre Palmerín, no sabiendo que allende de ponerle aquel nombre, le tenía dende su nacimiento. Mas la emperatriz y Gridonia tenían por tan gran pérdida no saber ninguna nueva de Primaleón, que ningún placer otro las podía hacer olvidar este cuidado.


EDICIÓN   Instituto-Escuela. Madrid, 1924.
Fuente: Project Gutenberg (dominio público)
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1 Biblioenlaces

1.1 Índice del libro

Palmerín de Inglaterra

1. La floresta encantada  •  2. Los mellizos de Flérida  •  3. Desierto y Palmerín  •  4. Primaleón  •  5. El torneo  •  6. El Caballero de la Fortuna

1.2 Biblioteca

Catálogo  •  Ayuda

2 Locuciones, expresiones y sentencias

Artículo principal: locución


notas