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== La Celestina (acróstico) ==
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== TRATADO III ==
<div style= "font-size:120%">El bachiller Fernando de Rojas acabó la Comedia de Calisto y Melibea y fue nacido en La Puebla de Montalbán.</div>
 
&rarr; [https://books.google.es/books?id=4cwNAAAAYAAJ&printsec=frontcover&dq=La+Celestina&hl=es&sa=X&ei=cHh-T_aYKOTf4QSaxq2fBw#v=onepage&q=La%20Celestina&f=false Google books]
 
:El silencio escuda y suele encubrir
 
:Las faltas de ingenio e las torpes lenguas;
 
:Blasón que es contrario publica sus menguas
 
:Al que mucho habla sin mucho sentir.
 
:Como la hormiga que deja de ir
 
:Holgando por tierra con la provisión,
 
:Jactóse con alas de su perdición:
 
:Lleváronla en alto, no sabe dónde ir.
 
  
PROSIGUE
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Lázaro[161], herido desgraciadamente por un clérigo avaro, a quien servía en Maqueda, abandona este pueblo y sirve en Toledo a un hidalgo tan presumido como pobre y holgazán.
:El aire gozando, ajeno y extraño,
 
:Rapiña es ya hecha de aves que vuelan;
 
:Fuertes más que ella por cebo la llevan:
 
:En las nuevas alas estaba su daño.
 
:Razón es que aplique a mi pluma este engaño,
 
:No disimulando con los que arguyen;
 
:Así que a mí mismo mis alas destruyen,
 
:Nublosas e flacas, nacidas de hogaño.16
 
  
PROSIGUE
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Desta manera me fué forzado sacar fuerzas de flaqueza, y poco a poco, con ayuda de las buenas gentes, di conmigo en esta insigne ciudad de Toledo, adonde, con la merced de Dios, dende a quince días se me cerró la herida; y[162] mientras estaba malo siempre me daban alguna limosna; mas después que estuve sano todos me decían: «tú, bellaco y gallofero[163] eres; busca, busca un amo a[p. 87] quien sirvas.» ¿Y adónde se hallará ése[164], decía yo entre mí, si Dios agora de nuevo (como crió el mundo) no lo criase? Andando así discurriendo de puerta en puerta con harto poco remedio (porque ya la caridad se subió al cielo), topóme Dios con un escudero[165] que iba por la calle con razonable vestido, bien peinado, su paso y compás en orden; miróme y yo a él, y díjome: «mochacho, ¿buscas amo?» Yo le dije: «sí, señor».—«Pues vente tras mí, me respondió, que Dios te ha hecho merced en topar conmigo; alguna buena oración rezaste hoy». Y seguíle, dando gracias a Dios por lo que oí, y también que[166] me parecía, según su hábito y continente, ser el que yo había menester. Era de mañana cuando este mi tercero amo topé, y llevóme tras sí gran parte de la ciudad. Pasábamos por las plazas donde se vendía pan y otras provisiones; yo pensaba y aun deseaba que allí me[p. 88] quería cargar de lo que se vendía, porque esta era propria hora[167] cuando se suele proveer de lo necesario; mas muy a tendido paso pasaba por estas cosas. «Por ventura no lo ve aquí a su contento, decía yo, y querrá que lo compremos en otro cabo.»
:Donde ésta gozar pensaba volando,
 
:O yo aquí escribiendo cobrar más honor,
 
:De lo uno y lo otro nació disfavor:
 
:Ella es comida y a mí están cortando
 
:Reproches, revistas e tachas. Callando
 
:Obstara18 los daños de envidia e murmuros;
 
:Y así navegando, los puertos seguros
 
:Atrás quedan todos ya, cuanto más ando.
 
  
PROSIGUE
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Desta manera anduvimos hasta que dió[168] las once: entonces se entró en la iglesia mayor, y yo tras él; y muy devotamente le vi oir misa y los otros oficios divinos, hasta que todo fué acabado y la gente ida. Entonces salimos de la iglesia, y[169] a buen paso tendido comenzamos a ir por la calle abajo; yo iba el más alegre del mundo, en ver que no nos habíamos ocupado en buscar de comer; bien consideré que debía ser hombre, mi nuevo amo, que se proveía en junto[170], y que ya la comida estaría a punto, y tal como yo la deseaba y aun la había menester. En este tiempo dió el reloj la una, después de medio día[171], y llegamos a una casa, ante la cual, mi amo se paró y yo con él, y derribando el cabo de la capa sobre el lado izquierdo, sacó una llave de la manga y abrió su puerta y entramos en casa, la[p. 89] cual[172] tenía la entrada obscura y lóbrega, de tal manera, que parecía que ponía temor a los que en ella entraban, aunque dentro della estaba un patio pequeño y razonables cámaras[173]. Desque fuimos entrados, quita de sobre sí su capa, y preguntando[174] si tenía las manos limpias, la sacudimos y doblamos, y muy limpiamente soplando un poyo que allí estaba, la puso en él; y hecho esto, sentóse cabo della, preguntándome muy por extenso de dónde era y cómo había venido a aquella ciudad, y yo le di más larga cuenta que quisiera; porque me parecía más conveniente hora de mandar poner la mesa y escudillar la olla, que de lo que me pedía; con todo eso, yo le satisfice de mi persona lo mejor que mentir supe, diciendo mis bienes y callando lo demás, porque me parecía no ser para en cámara[175].
:Si bien discernís mi limpio motivo,
 
:A cuál se endereza de aquestos extremos,
 
:Con cuál participa, quién rige sus remos:
 
:Amor apacible o desamor esquivo,
 
:Buscad bien el fin de aquesto que escribo,
 
:O del principio leed su argumento.
 
:Leedlo y veréis que, aunque dulce cuento,
 
:Amantes, que os muestra salir de cautivo.
 
  
COMPARACIÓN
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Esto hecho, estuvo ansí un poco, y yo luego[176] vi mala señal, por ser ya casi las dos y no le ver[p. 90] más aliento[177] de comer que a un muerto. Después desto, consideraba aquél tener cerrada la puerta con llave ni[178] sentir arriba ni abajo pasos de viva persona por la casa; todo lo que yo había visto eran paredes, sin ver en ella silleta, ni tajo, ni banco, ni mesa, ni aun tal arcaz como el de marras[179]; finalmente ella parecía casa encantada. Estando así, díjome: «tú, mozo, ¿has comido?»—«No, señor, dije yo, que aun no eran dadas las ocho cuando con vuestra merced encontré.»—«Pues, aunque de mañana, yo había almorzado, dice, y cuando ansí como algo, hágote saber que hasta la noche me estoy ansí; por eso, pásate como pudieres, que después cenaremos.» Vuestra merced crea, cuando esto le oí, que estuve en poco de caer de mi estado[180], no tanto de hambre como por conocer de todo en todo la fortuna serme adversa. Allí se me representaron de nuevo mis fatigas, y torné a llorar mis trabajos; allí se me vino a la memoria la consideración que hacía cuando me pensaba ir del clérigo, diciendo que aunque aquél era desven[p. 91]turado y mísero, por ventura toparía con otro peor; finalmente, allí lloré mi trabajosa vida pasada y mi cercana muerte venidera; y con todo, disimulando lo mejor que pude:[181] «señor, mozo soy que no me fatigo mucho por comer, bendito Dios[182]; deso me podré yo alabar entre todos mis iguales, por de[183] mejor garganta, y ansí fuí yo loado della hasta hoy día de los amos que yo he tenido.»—«Virtud es esa, dijo él, y por eso te querré yo más: porque el hartar es de los puercos, y el comer regladamente es de los hombres de bien.»—Bien te he entendido, dije yo entre mí; maldita tanta medicina y bondad como aquestos mis amos, que yo hallo, hallan en la hambre. Púseme a un cabo del portal, y saqué unos pedazos de pan del seno, que me habían quedado de los de por Dios.
:Como el doliente que píldora amarga
 
:O huye o recela o no puede tragar,
 
:Métenla dentro de dulce manjar:
 
:Engáñase el gusto, la salud se alarga.
 
:Desta manera mi pluma se embarga20
 
:Imponiendo dichos lascivos, rientes,
 
:Atrae los oídos de penadas gentes:
 
:De grado escarmientan y arrojan su carga.
 
  
VUELVE A SU PROPÓSITO
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Él, que vió esto, díjome: «Ven acá, mozo, ¿qué comes?» Yo lleguéme a él, y mostréle el pan; tomóme él un pedazo, de tres que eran, el mejor y más grande[184], y díjome: «¡Por mi vida, que parece éste buen pan!»—«¡Y cómo agora, dije yo, señor, es bueno!»—«Sí, a fe, dijo él; ¿adónde lo hu[p. 92]biste? ¿Si[185] es amasado de manos limpias?»—«No sé yo eso, le dije; mas a mí no me pone asco el sabor dello.»—«Ansí plega a Dios», dijo el pobre de mi amo, y llevándolo a la boca comenzó a dar en él tan fieros[186] bocados como yo en lo otro. «¡Sabrosísimo pan está, dijo, por Dios!» Y como le sentí de qué pie coxqueaba[187], dime priesa, porque le vi en disposición, si acababa antes que yo, se comediría[188] a ayudarme a lo que me quedase; y con esto acabamos casi a una. Mi amo comenzó a sacudir con las manos unas pocas de migajas, y bien menudas[189], que en los pechos se le habían quedado, y entró en una camareta que allí estaba, y sacó un jarro desbocado, y no muy nuevo, y desque hubo bebido, convidóme con él. Yo, por hacer del continente, dije: «Señor, no bebo vino.»—«Agua es, me respondió, bien puedes beber.» Entonces tomé el jarro y bebí, no mucho, porque de sed no era mi congoja. Ansí estuvimos hasta la noche, hablando en cosas que me pregun[p. 93]taba, a las cuales yo le respondí lo mejor que supe. En este tiempo metióme en la cámara donde estaba el jarro de que bebimos, y díjome: «Mozo, párate[190] allí, y verás cómo hacemos esta cama, para que la sepas hacer de aquí adelante.» Púseme de un cabo y él del otro, y hecimos la negra cama, en la cual no había mucho que hacer, porque ella tenía sobre unos bancos un cañizo, sobre el cual estaba tendida la ropa... Hecha la cama, y la noche venida, díjome: «Lázaro, ya es tarde, y de aquí a la plaza hay gran trecho; también en esta ciudad andan muchos ladrones, que siendo de noche, capean[191]; pasemos como podamos, y mañana, viniendo el día, Dios hará merced; porque yo por estar solo no estoy proveído; antes he comido estos días por allí fuera, mas agora hacerlo hemos[192] de otra manera.»—«Señor, de mí, dije yo, ninguna pena tenga vuestra merced, que sé pasar una noche, y aun más, si es menester, sin comer.»—«Vivirás más, y más sano, me respondió, porque, como decíamos hoy, no[p. 94] hay tal cosa en el mundo para vivir mucho, que[193] comer poco.» Si por esa vía es, dije entre mí, nunca yo moriré, que siempre he guardado esa regla por fuerza, y aun espero en mi desdicha tenella toda mi vida. Y acostóse en la cama, poniendo por cabecera las calzas y el jubón[194], y mandóme echar a sus pies, lo cual[195] yo hice; mas maldito el sueño que yo dormí, porque las cañas y mis salidos huesos en toda la noche dejaron de rifar y encenderse[196], que con mis trabajos, males y hambre, pienso que en mi cuerpo no había libra de carne. Y también, como aquel día no había comido casi nada, rabiaba de hambre, la cual con el sueño no tenía amistad; maldíjeme mil veces, Dios me lo perdone, y a mi ruin fortuna. Allí lo más de la noche y lo peor, no osándome revolver por no despertalle, pedí a Dios muchas veces la muerte.
:Este mi deseo cargado de antojos
 
:Compuso tal fin que el principio desata;
 
:Acordó de dorar con oro de lata
 
:Lo más fino oro que vio con sus ojos
 
:Y encima de rosas sembrar mil abrojos.
 
:Suplico pues suplan, discretos, mi falta;
 
:Teman groseros y en obra tan alta
 
:O vean y callen, o no den enojos.
 
  
PROSIGUE DANDO RAZONES<br>
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La mañana venida, levantámonos, y comienza a limpiar y sacudir sus calzas y jubón, y sayo y[p. 95] capa; ¡y yo que le servía de pelillo![197]; y vísteseme muy a su placer de espacio; echéle aguamanos, peinóse y puso su espada en el talabarte, y al tiempo que la ponía, díjome: «¡Oh, si supieses, mozo, qué pieza es esta! No hay marco de oro en el mundo porque yo la diese; mas así, ninguna de cuantas Antonio[198] hizo, no acertó a ponelle los aceros tan prestos como ésta los tiene»; y sacóla de la vaina, y tentóla con los dedos, diciendo: «Vesla aquí, yo me obligo con ella[199] cercenar un copo de lana.» Y yo dije entre mí: «Y yo con mis dientes, aunque no son de acero, un pan de cuatro libras.» Tornóla a meter, y ciñósela, y un sartal de cuentas gruesas del talabarte, y con un paso sosegado y el cuerpo derecho, haciendo con él y con la cabeza muy gentiles meneos, echando el cabo de la capa sobre el hombro, y a veces so[200] el brazo, y poniendo la mano derecha en el costado, salió por la puerta, diciendo: «Lázaro, mira por la casa en tanto que voy a oir misa, y haz la cama, y ve por la vasija de agua al río, que aquí bajo está; y cierra la puer[p. 96]ta con llave, no nos hurten algo, y ponla aquí al[201] quicio, porque si yo viniere en tanto, pueda entrar.» Y súbese por la calle arriba con tan gentil semblante y continente, que quien no le conociera pensara ser muy cercano pariente al Conde Claros[202], o a lo menos camarero que le daba de vestir.
POR QUE SE MOVIÓ A ACABAR ESTA OBRA
 
:Yo vi en Salamanca la obra presente.
 
:Movíme acabarla por estas razones:
 
:Es la primera que estó en vacaciones;
 
:La otra que oí su inventor ser sciente;
 
:Y es la final, ver ya la más gente
 
:Vuelta e mezclada en vicios de amor.
 
:Estos amantes les pondrán temor
 
:A fiar de alcahueta, ni de mal sirviente.
 
:Y así que esta obra, a mi flaco entender,
 
:Fue tanto breve cuanto muy sutil,
 
:Vi que portaba sentencias dos mil:
 
:En forro de gracias, labor de placer.
 
:No hizo Dédalo24 en su oficio e saber
 
:Alguna más prima entretalladura,
 
:Si fin diera en esta su propia escritura,
 
:Corta, un gran hombre y de mucho valer.
 
:Jamás no vi sino en terenciana,
 
:Después que me acuerdo, ni nadie la vido,
 
:Obra de estilo tan alto y subido
 
:En lengua común vulgar castellana.
 
:No tiene sentencia de donde no mana
 
:Loable a su autor y eterna memoria,
 
:Al cual Jesucristo reciba en su gloria
 
:Por su pasión santa, que a todos nos sana.
 
  
AMONESTA A LOS QUE AMAN QUE SIRVAN A DIOS<br>Y DEJEN LAS MALAS COGITACIONES E VICIOS DE AMOR
+
Bendito seáis vos, Señor, quedé yo diciendo, que dais la enfermedad, y ponéis el remedio. ¿Quién encontrará a aquel mi señor, que no piense, según el contento de sí lleva, haber anoche bien cenado y dormido en buena cama, y aunque agora es de mañana, no le cuenten[203] por muy bien[p. 97] almorzado? Grandes secretos son, Señor, los que vos hacéis, y las gentes ignoran. ¿A quién no engañará aquella buena disposición y razonable capa y sayo, y quién pensará que aquel gentil hombre se pasó ayer todo el día sin comer, con aquel mendrugo de pan, que su criado Lázaro trujo un día y una noche en el arca de su seno, do no se le podía pegar mucha limpieza, y hoy, lavándose las manos y cara, a falta de paño de manos, se hacía servir del halda del sayo?[204] Nadie, por cierto, lo sospechará. ¡Oh Señor, y cuántos de aquestos debéis vos tener por el mundo derramados, que padecen por la negra que llaman honra[205] lo que por vos no sufrirían!...
:Vosotros que amáis, tomad este ejemplo,
 
:Este fino arnés con que os defendáis;
 
:Volved ya las riendas, porque no os perdáis;
 
:Load siempre a Dios visitando su templo;
 
:Andad sobre aviso, no seáis de ejemplo
 
:De muertos y vivos y propios culpados.
 
:Estando en el mundo yacéis sepultados;
 
:Muy gran dolor siento cuando esto contemplo.
 
  
FIN
+
Púseme a pensar qué haría, y parecióme esperar a mi amo hasta que el día demediase, y si viniese[206], y por ventura trajese algo que comiésemos; mas en vano fué mi esperanza. Desque vi ser las dos, y no[207] venía y la hambre me aquejaba, cierro mi puerta y pongo la llave donde mandó, y tórnome a mi menester; con baja y enferma voz y inclinadas mis manos en los senos, puesto Dios ante mis ojos, y la lengua en su nombre, comienzo a pedir pan por las puertas y casas más[p. 98] grandes que me parecía; mas como yo este oficio le hobiese mamado en la leche, quiero decir que con el gran maestro el ciego lo aprendí, tan suficiente discípulo salí, que aunque en este pueblo no había caridad, ni el año fuese muy abundante, tan buena maña me di, que antes que el reloj diese las cuatro, ya yo tenía otras tantas libras de pan ensiladas[208] en el cuerpo, y más de otras dos en las mangas y senos. Volvíme a la posada, y al pasar por la tripería, pedí a una de aquellas mujeres, y dióme un pedazo de uña de vaca con otras pocas de tripas cocidas.
:Olvidemos los vicios que así nos prendieron,
 
:No confiemos en vana esperanza;
 
:Temamos Aquel que espinas y lanza,
 
:Azotes y clavos su sangre vertieron;
 
:La su santa faz herida escupieron,
 
:Vinagre con hiel fue su potación,
 
:A cada santo lado consintió un ladrón.
 
:Nos lleve, le ruego, con los que creyeron.
 
  
== Fábula ==
+
Cuando llegué a casa, ya el bueno de mi amo estaba en ella, doblada su capa y puesta en el poyo, y él paseándose por el patio. Como entro, vínose para mí; pensé que me quería reñir la tardanza, mas mejor lo hizo Dios. Preguntóme do[209] venía; yo le dije: «Señor, hasta que dió[210] las dos estuve aquí, y de que vi que vuestra merced no venía, fuíme por esa ciudad a encomendarme a las buenas gentes, y hanme dado esto que veis»; mostréle el pan y las tripas que en un cabo de la halda traía, a lo cual él mostró buen semblante, y dijo: «Pues esperádote he a comer, y de que vi que no veniste, comí. Mas tú haces como hombre de bien en eso, que más vale pedillo por Dios que no hurtallo; y ansí él me ayude como[p. 99] ello[211] me parece bien, y solamente te encomiendo no sepan que vives comigo, por lo que toca a mi honra, aunque bien creo que será secreto, según lo poco que en este pueblo soy conocido: ¡nunca a él yo hubiera de venir!»—«De eso pierda, señor, cuidado, le dije yo, que maldito aquel que ninguno tiene de pedirme esa cuenta ni yo de dalla.»—«Agora, pues, come, pecador, que si a Dios place presto nos veremos sin necesidad; aunque te digo que después que en esta casa entré, nunca bien me ha ido: debe ser de mal suelo, que hay casas desdichadas y de mal pie, que a los que viven en ellas pegan la desdicha. Esta debe de ser, sin dubda, de ellas[212]; mas yo te prometo, acabado el mes, no quede en ella, aunque me la den por mía.»
[[Archivo:Samaniego La cigarra y la hormiga París 1902.jpg|200px|right]]
 
::La Cigarra y la Hormiga
 
  
::Cantando la Cigarra,
+
Sentéme al cabo del poyo, y porque no me tuviese por glotón, callé la merienda, y comienzo a cenar y morder en mis tripas y pan, y disimuladamente miraba al desventurado señor mío, que no partía sus ojos de mis faldas, que aquella[213] sazón servían de plato. Tanta lástima haya Dios de mí como yo había del, porque sentí lo que sentía,[p. 100] y muchas veces había por ello pasado y pasaba cada día. Pensaba si sería bien comedirme a convidalle; mas por me haber dicho que había comido, temíame no aceptaría el convite. Finalmente, yo deseaba aquel[214] pecador ayudase a su trabajo del mío, y se desayunase como el día antes hizo, pues había mejor aparejo[215], por ser mejor la vianda y menos mi hambre. Quiso Dios cumplir mi deseo, y aun pienso que el suyo, porque como comencé a comer, y él se andaba paseando, llegóse a mí, y díjome: «Dígote, Lázaro, que tienes en comer la mejor gracia que en mi vida vi a hombre, y que nadie te lo verá hacer que no le pongas gana, aunque no la tenga.»—La muy buena que tú tienes, dije yo entre mí, te hace parecer la mía hermosa. Con todo parecióme ayudarle, pues se ayudaba[216], y me abría camino para ello, y díjele: «Señor, el buen aparejo hace buen artífice; este pan está sabrosísimo, y esta uña de vaca tan bien cocida y sazonada, que no habrá a quien no convide con su sabor.»—«¿Uña de vaca es?»—«Sí, señor.»—«Dígote que es el mejor bocado del mundo, y que no hay faisán que ansí me sepa.»—[p. 101]«Pues pruebe, señor, y verá qué tal está.» Póngole en las uñas la otra y tres o cuatro raciones de pan de lo más blanco, y asentóseme al lado y comienza a comer, como aquel que lo había gana[217], royendo cada huesecillo de aquellos mejor que un galgo suyo lo hiciera. «Con almodrote,[218] decía, es este singular manjar.»—Con mejor salsa lo comes tú[219], respondí yo paso.—«Por Dios, que me ha sabido como si hoy no hobiera comido bocado.»—Ansí me vengan los buenos años como es ello, dije yo entre mí. Pidióme el jarro del agua y díselo como lo había traído; es señal que pues no le faltaba el agua, que no le había a mi amo sobrado la comida. Bebimos y muy contentos nos fuimos a dormir como la noche pasada. Y por evitar prolijidad, desta manera estuvimos ocho o diez días, yéndose el pecador en la mañana con aquel contento y paso contado[220] a papar aire por las calles, teniendo en el pobre Lázaro una cabeza de lobo.[221] Contemplaba yo muchas veces mi de[p. 102]sastre, que escapando de los amos ruines que había tenido, y buscando mejoría, viniese a topar con quien no sólo no me mantuviese, mas a quien yo había de mantener. Con todo, le quería bien, con ver que no tenía ni podía más, y antes le había lástima que enemistad, y muchas veces por llevar a la posada con que él lo pasase[222], yo lo pasaba mal... Dios es testigo que hoy día, cuando topo con alguno de su hábito, con aquel paso y pompa, le he lástima con pensar si padece lo que aquél le vi sufrir... Sólo tenía dél un poco de descontento: que quisiera yo que no tuviera tanta presunción, mas que abajara un poco su fantasía con lo mucho que subía su necesidad; mas, según me parece, es regla ya entre ellos usada y guardada, aunque no haya cornado de trueco[223], ha de[p. 103] andar el birrete en su lugar[224]. El Señor lo remedie, que ya con este mal han de morir.
::Pasó el verano entero
 
::Sin hacer provisiones
 
::Allá para el invierno.
 
  
::Los fríos la obligaron
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Pues estando yo en tal estado, pasando[225] la vida que digo, quiso mi mala fortuna, que de perseguirme no era satisfecha, que en aquella trabajada y vergonzosa vivienda no durase. Y fué: como el año en este tierra fuese estéril de pan, acordaron el ayuntamiento que todos los pobres extranjeros se fuesen de la ciudad, con pregón, que el que de allí adelante topasen fuese punido con azotes. Y así, ejecutando la ley desde a cuatro días que el pregón se dió, vi llevar una procesión de pobres azotando por las Cuatro Calles[226], lo cual me puso tan gran espanto, que nunca osé desmandarme a demandar. Aquí viera, quien vello pudiera, la abstinencia de mi casa y la tristeza y silencio de los moradores della, tanto que nos acaesció estar dos o tres días sin comer bocado ni hablar palabra. A mí diéronme la vida unas mujercillas hilanderas de algodón, que hacían bonetes y vivían par de nosotros, con las cuales yo tuve vecindad y conocimiento, que de la lacería[227] que les traían me daban alguna cosilla, con la cual muy pasado me[p. 104] pasaba[228], y no tenía tanta lástima de mí como del lastimado de mi amo, que en ocho días maldito el bocado que comió, a lo menos en casa bien los[229] estuvimos sin comer; no sé yo cómo o dónde andaba y qué comía. ¡Y velle venir a medio día la calle abajo con estirado cuerpo, más largo que galgo de buena casta! Y por lo que toca a su negra que dicen honra, tomaba una paja de las que aun asaz no había en casa, y salía a la puerta escarbando los dientes que nada entre sí tenían, quejándose todavía de aquel mal solar, diciendo: «¡Malo está de ver! Que la desdicha desta vivienda lo hace; como ves, es lóbrega, triste, obscura; mientras aquí estuviéremos, hemos de padecer; ya deseo que se acabe este mes por salir della.»
::Á guardar el silencio,
 
::Y á acogerse al abrigo
 
::De su estrecho aposento.
 
  
::Vióse desproveída
+
Pues estando en esta afligida y hambrienta persecución, un día, no sé por cuál dicha o ventura, en el pobre poder de mi amo entró un real, con el cual vino a casa tan ufano como si tuviera el tesoro de Venecia, y con gesto muy alegre y risueño me lo dió, diciendo: «tomá, Lázaro, que Dios ya va abriendo su mano; ve a la plaza y merca pan y vino y carne; quebremos el ojo al diablo[230]; y más[p. 105] te hago saber, porque te huelgues, que he alquilado otra casa, y en esta desastrada no hemos de estar más de en cumpliendo el mes, ¡maldita sea ella, y el que en ella puso la primera teja, que con mal en ella entré! Por nuestro Señor, cuanto ha que en ella vivo, gota de vino ni bocado de carne no he comido, ni he habido descanso ninguno; mas tal vista tiene y tal obscuridad y tristeza. Ve, y ven presto y comamos hoy como condes.» Tomo mi real y jarro, y a los pies dándoles priesa, comienzo a subir mi calle, encaminando mis pasos para la plaza muy contento y alegre. Mas ¿qué me aprovecha si está constituído en mi triste fortuna que ningún gozo me venga sin zozobra? Y ansí fué éste; porque yendo la calle arriba, echando mi cuenta en lo que le[231] emplearía, que fuese mejor y más provechosamente gastado, dando infinitas gracias a Dios, que a mi amo había hecho con dinero, a deshora me vino al encuentro un muerto, que por la calle abajo muchos clérigos y gente en unas andas traían; arriméme a la pared por darles lugar, y desque el cuerpo pasó, venía luego a par del lecho una que debía ser su[232] mujer del difunto, cargada de luto, y con ella otras muchas mujeres, la cual iba llorando a grandes voces, y diciendo: «¡marido y señor mío! ¿adónde os[p. 106] me[233] llevan? ¡a la casa triste y desdichada! ¡a la casa lóbrega y obscura! ¡a la casa donde nunca comen ni beben!»[234] Yo que aquello oí, juntóseme el cielo con la tierra, y dije: «¡Oh desdichado de mí! para mi casa llevan este muerto»; dejo el camino que llevaba, y hendí por medio de la gente, y vuelvo por la calle abajo a todo el más correr que pude para mi casa, y entrando en ella cierro a[235] grande priesa, invocando el auxilio y favor de mi amo, abrazándome dél, que me venga ayudar y a defender la entrada. El cual algo alterado, pensando que fuese otra cosa, me dijo: «¿qué es eso, mozo? ¿qué voces das? ¿qué has? ¿por qué cierras la puerta con tal furia?»—«Oh señor, dije yo, acuda aquí, que nos traen acá un muerto.»—«¿Cómo así?» respondió él.—«Aquí arriba le encontré, y venía dicien[p. 107]do su mujer: marido y señor mío, ¿adónde os llevan? ¡a la casa lóbrega y obscura! ¡a la casa triste y desdichada! ¡a la casa donde nunca comen ni beben! acá, señor, nos le traen.» Y ciertamente cuando mi amo esto oyó, aunque no tenía por qué estar muy risueño, rió tanto que muy gran rato estuvo sin poder hablar. En este tiempo tenía yo echada la aldaba a la puerta y puesto el hombro en ella por más defensa. Pasó la gente con su muerto, y yo todavía me recelaba que nos le habían de meter en casa; y desque fué ya más harto de reir que de comer, el bueno de mi amo díjome: «verdad es Lázaro; según la viuda lo va diciendo, tú tuviste razón de pensar lo que pensaste; mas, pues Dios lo ha hecho mejor, y pasan adelante, abre, abre, y ve por de comer.»[236]—«Dejálos, señor, acaben de pasar la calle», dije yo. Al fin vino mi amo a la puerta de la calle, y ábrela esforzándome, que bien era menester según el miedo y alteración, y me tornó a encaminar. Mas aunque comimos bien aquel día, maldito el gusto yo tomaba en ello, ni en aquellos tres días torné en mi color, y mi amo muy risueño todas las veces que se le acordaba aquella mi consideración.
::Del preciso sustento,
 
::Sin mosca, sin gusano,
 
::Sin trigo, sin centeno.
 
  
::Habitaba la Hormiga
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De esta manera estuve con mi tercero y pobre amo, que fué este escudero, algunos días, y en todos deseando saber la intención de su venida y estada en esta tierra; porque desde el primer día[p. 108] que con él asenté, le conocí ser extranjero, por el poco conocimiento y trato que con los naturales della tenía. Al fin se cumplió mi deseo, y supe lo que deseaba; porque un día que habíamos comido razonablemente, y estaba algo contento, contóme su hacienda[237], y díjome ser de Castilla la Vieja, y que había dejado su tierra no más de[238] por no quitar el bonete a un caballero su vecino. «Señor, dije yo, si era él lo que decís, y tenía más que vos, no errábades en quitárselo primero, pues decís que él también os lo quitaba»—«Sí es, y sí tiene, y también me lo quitaba él a mí; mas de cuantas veces yo se le[239] quitaba primero, no fuera malo comedirse él alguna, y ganarme por la mano.»—«Paréceme, señor, le dije yo, que en eso no mirara; mayormente con mis mayores que yo, y que tienen más.»—«Eres mochacho, me respondió, y no sientes las cosas de la honra, en que el día de hoy[240] está todo el caudal de los hombres de bien;[p. 109] pues te hago saber que yo soy (como ves) un escudero, mas vótote a Dios, si al Conde topo en la calle, y no me quita muy bien quitado del todo el bonete, que otra vez que venga, me sepa yo entrar en una casa, fingiendo yo en ella algún negocio o atravesar otra calle, si la hay, antes que llegue a mí, por no quitárselo; que un hidalgo[241] no debe a otro que a Dios y al rey nada, ni es justo, siendo hombre de bien, se descuide un punto de tener en mucho su persona. Acuérdome, que un día deshonré en mi tierra a un oficial, y quise poner en él las manos, porque cada vez que le topaba me decía: mantenga Dios a vuestra merced[242]. Vos, don villano ruin, le dije yo, ¿por qué no sois bien criado? ¿Manténgaos Dios, me habéis de decir[p. 110] como si fuese quien quiera? De allí adelante, de aquí acullá me quitaba el bonete, y hablaba como debía.»—«¿Y no es buena manera de saludar un hombre a otro, dije yo, decirle que le mantenga Dios?»—«Mira, mucho de enhoramala, dijo él; a los hombres de poca arte dicen eso, mas a los más altos, como yo, no les han de hablar menos de: beso las manos de vuestra merced, o por lo menos, bésoos, señor, las manos, si el que me habla es caballero. Y ansí aquel de mi tierra, que me atestaba de mantenimiento[243], nunca más le quise sufrir; ni sufriría, ni sufriré a hombre del mundo, del rey abajo, que manténgaos Dios me diga.»—Pecador de mí, dije yo, por eso tiene tan poco cuidado de mantenerte, pues no sufres que nadie se lo ruegue.—«Mayormente, dijo, que no soy tan pobre, que no tengo en mi tierra un solar de casas, que a estar ellas en pie y bien labradas, diez y seis leguas de donde nací, en aquella Costanilla de Valladolid, valdrían más de doscientas veces mil maravedís, según se podrían hacer grandes y buenas; y tengo un palomar que, a no estar derribado como está, daría cada año más de doscientos palominos, y otras cosas que me callo, que dejé por lo que tocaba a mi honra; y vine a esta ciudad pensando que hallaría un buen asiento, mas no me ha sucedido como pensé. Canónigos y señores de la[p. 111] iglesia muchos hallo; mas es gente tan limitada[244], que no los sacarán[245] de su paso todo el mundo. Caballeros de media talla también me ruegan; mas servir con[246] estos es gran trabajo, porque de hombre os habéis de convertir en malilla, y si no, andá con Dios, os dicen, y las más veces son los pagamentos a largos plazos, y lo más más[247] cierto comido por servido; ya cuando quieren reformar conciencia y satisfaceros vuestros sudores, sois librados[248] en la recámara, en un sudado jubón, o raída capa o sayo. Ya cuando asienta hombre[249] con un señor de título, todavía pasa su laceria, ¿pues, por ventura no hay en mí habilidad para servir y contentar a éstos? Por Dios, si con él topase, muy gran su privado[250] pienso que fuese, y[p. 112] que mil servicios le hiciese porque yo sabría mentille tan bien como otro, y agradalle a las mil maravillas; reille ya mucho sus donaires y costumbres, aunque no fuesen las mejores del mundo; nunca decirle cosa con que le pesase, aunque mucho le cumpliese; ser muy diligente en su persona en dicho y hecho; no me matar por hacer bien las cosas que él no había de ver, y ponerme a reñir donde él lo oyese con la gente de servicio, porque paresciese tener gran cuidado de lo que a él tocaba; si riñese con algún su criado, dar unos puntillos agudos para le encender la ira, y que pareciesen en favor del culpado; decirle bien de lo que bien le estuviese; y por el contrario, ser malicioso mofador, malsinar[251] a los de casa; y a los de fuera pesquisar, y procurar de saber vidas ajenas para contárselas, y muchas otras galas de esta calidad, que hoy día se usan en palacio, y a los señores dél parecen bien, y no quieren ver en sus casas hombres virtuosos, antes los aborrecen y tienen en poco y llaman necios, y que no son personas de negocios, ni con quien el señor se puede descuidar, y con estos, los astutos usan, como digo, el día de hoy, de lo que yo usaría. Mas no quiere mi ventura que le halle.» Desta manera lamentaba también su adversa fortuna mi amo, dándome relación de su persona valerosa.
::Allí tabique en medio,
 
::Y con mil expresiones
 
::De atención y respeto
 
::La dijo:—Doña Hormiga,
 
::Pues que en vuestros graneros
 
::Sobran las provisiones
 
::Para vuestro alimento,
 
::Prestad alguna cosa
 
::Con que viva este invierno
 
::Esta triste Cigarra,
 
::Que alegre en otro tiempo,
 
::Nunca conoció el daño,
 
::Nunca supo temerlo.
 
::No dudéis en prestarme,
 
::Que fielmente prometo
 
::Pagaros con ganancias,
 
::Por el nombre que tengo.
 
  
::La codiciosa Hormiga
+
== PRÓLOGO ==
::Respondió con denuedo,
+
La edición primera de esta colección de prosistas apareció en 1899. La obra, abandonada desde entonces por mí, aparece ahora en una segunda edición, bastante corregida y aumentada con trozos de algunos autores más.
::Ocultando á la espalda
 
::Las llaves del granero:
 
  
::—¡Yo prestar lo que gano
+
Es útil la lectura de un autor antiguo, porque su pensamiento puede instruir y educar el nuestro; mas, para que esto tenga lugar, es preciso comprender sus ideas, no en lo que tienen de común a muchos tiempos, lugares y gentes, sino en aquello más escondido y particular propio de tal época, tal región o tal persona, que, comparado con lo que tenemos delante y habitualmente nos rodea, nos ayuda a apreciar mejor lo que esto tiene de bueno o de malo, de pasajero o de permanente, dando seguridad y madurez a nuestro juicio. Por esto el comentario del autor antiguo se debe fijar en lo que la obra comentada difiere más de lo actual, en lo que tiene de más peculiar, por menudo que parezca; pues sólo conseguimos comprender bien el pensamiento de un autor cuando llegamos a entender el sentido especial con que él escribió cada palabra, representándonos en nuestra imaginación lo mismo que él en la suya tenía presente al escribir; en suma, cuando reconstruímos en nuestro entendimiento las menores circunstancias particulares del tiempo y lugar en que fué escrita la obra, cuando llegamos a despertar en nosotros la impresión que los pormenores y el conjunto de la misma hicieron en los contemporáneos del autor cuando la leían.
::Con un trabajo inmenso!
 
::Díme pues, holgazana,
 
::¿Qué has hecho en el buen tiempo?
 
  
::—Yo, dijo la Cigarra,
+
Claro que es muy difícil siempre acercarse a este ideal, y que es imposible realizarlo tratándose del estudio de autores en la segunda enseñanza; pero, de todos modos, es preciso que las observaciones gramaticales, retóricas y literarias que continuamente han de surgir en la lectura de los clásicos, no se descarríen por el terreno de las consideraciones abstractas y tomen un aspecto principalmente histórico.
::Á todo pasajero
 
::Cantaba alegremente
 
::Sin cesar ni un momento.
 
  
::—¡Hola! ¿conque cantabas
+
Las notas que acompañan a la presente colección, no quieren ser un comentario suficiente para el alumno: no se proponen más que hacer al profesor más llevadera la difícil tarea de poner un trozo antiguo al alcance de los alumnos, y de hacer que éstos entren, en lo posible, dentro de la época, y dentro de la intención y estilo de cada autor.
::Cuando yo andaba al remo?
 
::Pues ahora que yo como,
 
::Baila ¡pese á tu cuerpo!
 
  
<small>
+
Las breves introducciones que preceden a cada autor, sólo pretenden dar una orientación general, de muy diverso alcance y carácter en cada caso, para esbozar una sumaria historia del desarrollo de la prosa; sugieren, nada más, algunas cuestiones relacionadas con esa historia.
::Félix María Samaniego (Laguardia, 1745 - † 1801)</small>
+
 
<div style="font-size:90%">
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Las notas son una muestra de las múltiples explicaciones de puntos de gramática, de estilo, y a veces de historia literaria, que ocasionalmente deben hacerse con motivo de la lectura. Claro es que cada profesor tiene que multiplicar estas explicaciones de acuerdo con la índole y objeto principal de su enseñanza. Sobre todo, queda al profesor el comento literario; ha de enlazar el fragmento aquí publicado con la obra entera de donde procede; ha de hacer comprender el plan y fondo de esa obra, relacionándola con el conjunto de la producción literaria española de la época; ha de ahondar en el pensamiento del autor, y descubrir su nota distintiva. En todo debe llevar al alumno a que formule juicios propios sobre las cuestiones tratadas; a que ejercite su discernimiento y su crítica independientemente de las nociones recibidas en los manuales; a que eduque su buen gusto, en fin.
'''Obra''' &nbsp; «Fábulas de Samaniego». Imprenta y Librería ARMAND COLIN, París, 1902<br>
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'''FUENTE''' &nbsp; [https://www.gutenberg.org/ Project Gutenberg], [https://www.gutenberg.org/ebooks/55206 ''ebook'' 55206]
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Esta colección proporcionará a los alumnos trozos bastante extensos de obras que no podrían o no deberán leer enteras. Sólo incluye autores hasta comienzos del siglo XIX, porque son los que están más fuera de la mano del estudiante; no porque los autores modernos no deban formar parte, y muy principal, de las lecturas de clase.
<br>'''Licencia''' &nbsp; DOMINIO PÚBLICO
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</div>
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Los textos van, en general, ajustados a las ediciones más antiguas de la obra de donde proceden. Para Moratín se sigue la edición de la Academia de la Historia. Para Santa Teresa, Jovellanos y Toreno, la edición de la Biblioteca de Autores Españoles. Para Mendoza se tienen presentes los manuscritos de ''La Guerra de Granada''. Para don Juan Manuel se han consultado todos los códices del ''Conde Lucanor''. El Arcipreste de Talavera va según la edición de Pérez Pastor.
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<small>RAMÓN MENÉNDEZ PIDAL (La Coruña, 1869; † Madrid 1968)</small>
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{{bibliofuente|url texto= https://www.gutenberg.org/ebooks/53837 |portal= Project Gutenberg |ficha libro= Biblio:Antología de prosistas castellanos (L6) |licencia= dominio público }}
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'''notas'''
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<references/>
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<br>'''Del mismo libro (L6)''':
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<br>{{Textos Antología de prosistas castellanos L6}}
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== Migración ==
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=== Libros ===
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# [[Biblio:Fábulas de Samaniego/Armand Colin 1902]] > [[Biblio:Fábulas de Samaniego (L1)]]
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# [[Biblio:Fábulas y cuentos en verso/Revista de Archivos 1922]] > [[Biblio:Fábulas y cuentos en verso (L2)]]
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# [[Biblio:La Celestina (Fernando de Rojas)/Tomás Gorchs 1842]] > [[Biblio:La Celestina (L3)]]
 +
 
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=== Textos ===
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# [[El asno y el caballo/Armand Colin 1902]] > [[El asno y el caballo]] > [[El asno y el caballo (fábula)]]
 +
# [[El charlatán/Armand Colin 1902]] > [[El charlatán (fábula)]]
 +
# [[El ciervo en la fuente/Armand Colin 1902]] > [[El ciervo en la fuente (fábula)]]
 +
# [[El congreso de los ratones/Armand Colin 1902]] > [[Congreso de los ratones (fábula)]]
 +
# [[El cuervo y el zorro/Armand Colin 1902]] > [[El cuervo y el zorro (fábula)]]
 +
# [[El hacha y el mango/Armand Colin 1902]] > [[El hacha y el mango (fábula)]]
 +
# [[El muchacho y la fortuna/Armand Colin 1902]] > [[El muchacho y la fortuna (fábula)]]
 +
# [[El viejo y la muerte/Armand Colin 1902]] > [[El viejo y la muerte (fábula)]]
 +
# [[El zagal y las ovejas/Armand Colin 1902]] > [[El zagal y las ovejas (fábula)]]
 +
# [[La alforja/Armand Colin 1902]] > [[La alforja (fábula)]]
 +
# [[La cigarra y la hormiga/Armand Colin 1902]] > [[La cigarra y la hormiga (fábula)]]
 +
# [[La lechera/Armand Colin 1902]] > [[La lechera (fábula)]]
 +
# [[La zorra y la gallina/Armand Colin 1902]] > [[La zorra y la gallina (fábula)]]
 +
# [[Las dos ranas/Armand Colin 1902]] > [[Las dos ranas (fábula)]]
 +
# [[Los animales con peste/Armand Colin 1902]] > [[Los animales con peste (fábula)]]
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 +
# [[La zorra y el busto/Revista de Archivos 1922]] > [[La zorra y el busto (fábula)]]
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# [[Los pedazos de mármol (Manuel del Palacio)/Revista de Archivos 1922]] > [[Los pedazos de mármol (fábula)]]
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# [[La Celestina-acróstico (Fernando de Rojas)/Tomás Gorchs 1842]] > [[La Celestina (acróstico) ]]
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== Menéndez Pidal (NO ESTÁ EN DOMINIO PÚBLICO) ==
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<center><span style="font-size:120%">Advertencia</span></center>
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<br>[[Archivo:Ramón Menéndez Pidal 01.jpg|175px|thumb|''… nunca se tendrá bastante en cuenta que el aprendizaje de un niño, y, por último, el de un hombre también, se hace siempre a fuerza de percibir incompletamente aquellas cosas que exceden a la comprensión del instante y que esperan tiempo venidero para ser asimiladas de un modo más perfecto, ora con la conveniente repetición, ora sin ella. No de otro modo el niño aprende el lenguaje: sin darse él cuenta apenas de que tropieza en palabras ininteligibles, llegan éstas a iluminársele con plena comprensibilidad… ''
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<br><br>Ramón Menéndez Pidal, filólogo e historiador español (1869-1968)]]
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<small>EDICIÓN &nbsp; Instituto-Escuela, Tipografía de la "Revista de Archivos", Madrid 1922 (L2)</small><br>
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{{biblioinfo|ficha libro= Biblio:Fábulas y cuentos en verso (L2) }}
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Hace tiempo que el Instituto-Escuela<ref>''Instituto-Escuela'': institución educativa española fundada en Madrid en 1918 ([https://es.wikipedia.org/wiki/Instituto-Escuela ''Wikipedia''])</ref> tropieza con bastantes inconvenientes para que las lecturas literarias de sus alumnos sean todo lo extensas y variadas que es menester<ref>''ser menester algo'': ser necesario ''({{dle corta|menester||}})'' / &rarr; [['locución verbal]]</ref>; la misma dificultad tocarán, en más o menos grado, todos los profesores que se dedican a la enseñanza de la lengua y de la literatura españolas en sus primeros grados.
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Cierto que abundan las colecciones de trozos escogidos y que éstas cumplen un importante fin pedagógico, sirviendo para el examen en detalle de muy diversas cuestiones gramaticales o artísticas, pero no satisfacen la necesidad que el estudiante tiene de conocer y apreciar el conjunto mismo de la obra a que pertenecen esos trozos.
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Y para ese conocimiento de conjunto faltan los medios. El estudiante podría quizá remediarse asistiendo a una biblioteca; pero ésta, en muchas partes no existe, o no está suficientemente dotada; en otras ocasiones, la índole o la extensión de muchas obras que pueden hallarse en bibliotecas excede a la comprensión o capacidad propias de los primeros años de trabajo; y, en todo caso, si el lector puede tener en su mesa las obras que debe conocer, logrará siempre ganar mayor familiaridad con ellas. Es, pues, muy conveniente entregar al más fácil manejo del estudiante una colección literaria de las obras principales que por él deben ser conocidas.
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{{cita|''… es, pues, muy conveniente entregar al más fácil manejo del estudiante una colección literaria de las obras principales que por él deben ser conocidas…'' }}
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Por eso trabajamos hace tiempo en formar esta Biblioteca que ahora sale a luz y para la cual se hallan ya preparados gran parte de los textos, esperando mantener continuidad y rapidez en la publicación. No excluiremos enteramente de ella algunos extractos fragmentarios, como los de las antologías; pero serán extensos y pocos. En general se incluyen producciones literarias tomadas en su conjunto.
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Claro es, sin embargo, que muchas de las obras incluídas tienen que ser acortadas a fin de que, descartado lo excesivo o inconveniente, se haga su lectura fácil y llana para cualquier joven que no se haya de especializar en la literatura. La tarea, como bien se comprende, es delicada en extremo, sobre todo tratándose de obras de extensión considerable, como el Amadís<ref>''Amadís de Gaula'': novela de caballería ([[Siglo|siglo XIII]]), obra maestra de la Edad Media ([https://es.wikipedia.org/wiki/Amad%C3%ADs_de_Gaula ''Wikipedia'']).</ref>, donde lo que se suprime es muchísimo más que lo que se conserva. Pero al eliminar trozos de cualquier composición se ha puesto todo cuidado y empeño en conservar tanto el pensamiento fundamental del autor como los pasajes principales en que ese pensamiento se manifiesta. También nos hemos prohibido alterar irrespetuosamente los textos y huímos de acortarlos con supresiones menudas y frecuentes que desfiguran el estilo del autor, cosas ambas que hemos sentido intolerables en algún ensayo de reducción que se ha publicado, por ejemplo, del Quijote.
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Proponiéndose la presente colección servir a una iniciación literaria bastante extensa, incluye piezas de muy diverso carácter: junto a las obras maestras, otras de diverso valor artístico o histórico, entre ellas algunas demasiado olvidadas (esperamos que en los jóvenes lectores podrá revivir fácilmente mucho del interés aventurero que encierran los Historiadores de Indias), llegando hasta un Cancionero musical compuesto principalmente de cantos tradicionales. Incluímos también autores americanos. Dada la amplitud del propósito, lo reducido del espacio que nos hemos impuesto y las encontradas razones que pueden abogar por la inclusión o exclusión de una obra, se comprende que la selección tiene que ser discutible y expuesta a inevitables omisiones; especialmente se notarán éstas en los autores más recientes, pues aquí la falta es siempre menos sensible, por hallarse los libros modernos más al alcance de todos.
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{{cita|''Desea esta Biblioteca ser parte en aminorar el caso tan frecuente de los que se educaron en la más cerrada ignorancia de nuestra vida artística pasada… ''}}
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Otros notarán más bien cierto exceso en la Colección, sobre todo pensando que, para los comienzos del estudio, varias de las obras aquí incluídas exceden a la comprensión y al gusto de un muchacho en los primeros años de su estudio. Pero nunca se tendrá bastante en cuenta que el aprendizaje de un niño, y, por último, el de un hombre también, se hace siempre a fuerza de percibir incompletamente aquellas cosas que exceden a la comprensión del instante y que esperan tiempo venidero para ser asimiladas de un modo más perfecto, ora con la conveniente repetición, ora sin ella. No de otro modo el niño aprende el lenguaje: sin darse él cuenta apenas de que tropieza en palabras ininteligibles, llegan éstas a iluminársele con plena comprensibilidad.
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Pero evidente es que no todas las obras aquí publicadas son para la edad primera. Como hay que abominar en la enseñanza del lenguaje excesivamente incomprensible, hay que evitar la lectura de aquello en que las dificultades se hagan notar demasiado.
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Para que pueda esquivarse tal escollo, esta Biblioteca ha procurado dos cosas. Primeramente trata de comprender aquellas principales obras maestras cuyo conocimiento es más urgente en la historia de nuestras letras. En segundo lugar ha de incluír ciertas obras que por su sencillez y carácter elemental cuadran a los primeros años de la vida y de los estudios mejor que otras obras de mayor significación y alcance artístico; pero aún esas obras han sido escogidas entre las que tienen por sí un positivo valor histórico. Véase, por ejemplo, cómo se puede ensanchar el habitual campo de las Fábulas incluyendo en él nombres de muy altos autores.
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Reuniendo estas dos clases de material, la presente Biblioteca trata de incluír en treinta tomitos las obras cuyo conocimiento nos parece más esencial o más oportuno en los primeros años de la enseñanza, ordenándolas bajo el doble método de géneros y épocas, para que el conjunto pueda con facilidad ser entendido históricamente. Así los treinta volúmenes están formados obedeciendo a un canon literario, a un catálogo previamente establecido, de aquellas obras mejores que el estudiante debe frecuentar en el comienzo de sus estudios para adquirir los fundamentos de su cultura tradicional hispánica.
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{{cita| ''... esta Biblioteca se propone entrañar los principales productos literarios en la inteligencia del lector asiduo, para que el pensamiento y el lenguaje de éste se enriquezcan ... y tomen como punto de partida el pasado a fin de poder proseguir la línea de progreso que la tradición señala hacia lo por venir.''}}
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Desea esta Biblioteca ser parte en aminorar el caso tan frecuente de los que se educaron en la más cerrada ignorancia de nuestra vida artística pasada y vivieron, y aun escribieron, ora venerando meros fantasmas de los nombres famosos que alegran su oído como una charanga estrepitosa, ora despreciándolos por apaciguar el disgusto de ignorarlos o el sinsabor de haber descubierto demasiado tarde figuras que debiera haber conocido antes y con mayor preparación para comprenderlas.
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Pero es necesario advertir muy encarecidamente que esta amplia orientación histórica, que consideramos base precisa de la educación literaria, no ha de aspirar nunca a la imitación de los autores estudiados, cosa pueril y funesta. La abundancia misma y la gran disparidad de los textos aquí reunidos indican bien claro que esta Biblioteca no se propone dar modelos para la imitación que cohiban la nativa frescura del que los estudia, sino que se propone algo más elevado y eficiente: quiere entrañar los principales productos literarios en la inteligencia del lector asiduo, para que el pensamiento y el lenguaje de éste se enriquezcan, y desenvolviéndose con fuerte arraigo en la tradición, tomen como punto de partida el pasado a fin de poder proseguir la línea de progreso que la tradición señala hacia lo por venir.
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Una espontaneidad ingenua y despreciadora de toda tradición convertiría la producción literaria de cada día en flor efímera y sin semilla. El ideario y el lenguaje de cada generación serían como un aposento cerrado, tan sin comunicación con las generaciones de ayer como sin acceso para las de mañana, despreciadoras también del pasado. Y no vale asegurar que la perfecta ignorancia de la tradición es prácticamente imposible. Una ingenuidad abandonada a aquellas impresiones tradicionales más cercanas o que como a la desbandada y a más no poder se entran por los resquicios, no producirá por lo común sino abortos sin completa gestación; estará siempre expuesta en máximo grado a ser presa incauta de cualquier éxito del momento que se le presente con aureola de novedad. Sólo cuando las impresiones se multiplican y se hacen densas, la espontaneidad está más segura de poder madurar en sí misma sus frutos, mejor y más conscientemente.
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<small>Abril de 1922</small>
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:<small>RAMÓN MENÉNDEZ PIDAL (La Coruña, 1869; † Madrid 1968)</small>
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:{{bibliofuente|url texto= https://www.gutenberg.org/ebooks/64058 |portal= Project Gutenberg |ficha libro= Biblio:Fábulas y cuentos en verso (L2) |licencia= dominio público }}
  
 
'''notas'''
 
'''notas'''
 
<references/>
 
<references/>
  
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<br>'''Del mismo libro (L2)''':
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<br>{{Textos Fábulas y cuentos en verso Revista de Archivos 1922}}
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== Referencias ==
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Ramón Menéndez Pidal
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* Biblioteca Nacional de España: [http://datos.bne.es/persona/XX1020681.html datos XX1020681]
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* [http://www.larramendi.es/es/consulta_aut/registro.do?id=3273 Biblioteca Virtual de Polígrafos]
 +
* Centro Virtual Cervantes: [https://cvc.cervantes.es/lengua/pidal/default.htm Escalas del español]
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== Textos ==
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* [[https://www.gutenberg.org/files/26545/26545-h/26545-h.htm#I Antonio Azorín eBook 26545]]
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* [http://www.bne.es/es/Catalogos/BibliotecaDigitalHispanica/NavegacionRecursiva/Ayuda/ Biblioteca Digital Hispánica, licencia]
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content://com.android.chrome.FileProvider/offline-cache/8075346f-3b6b-4782-9ff0-d74cd0f1a568.mhtml
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Libro Primero: Capítulo I: En que cuenta quién es el Buscón.
  
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Yo, señora, soy de Segovia. Mi padre se llamó Clemente Pablo, natural del mismo pueblo; Dios le tenga en el cielo. Fue, tal como todos dicen, de oficio barbero, aunque eran tan altos sus pensamientos que se corría de que le llamasen así, diciendo que él era tundidor de mejillas y sastre de barbas. Dicen que era de muy buena cepa, y según él bebía es cosa para creer. Estuvo casado con Aldonza de San Pedro, hija de Diego de San Juan y nieta de Andrés de San Cristóbal. Sospechábase en el pueblo que no era cristiana vieja, aun viéndola con canas y rota, aunque ella, por los nombres y sobrenombres de sus pasados, quiso esforzar que era descendiente de la gloria. Tuvo muy buen parecer para letrado; mujer de amigas y cuadrilla, y de pocos enemigos, porque hasta los tres del alma no los tuvo por tales; persona de valor y conocida por quien era. Padeció grandes trabajos recién casada, y aun después, porque malas lenguas daban en decir que mi padre metía el dos de bastos para sacar el as de oros. Probósele que a todos los que hacía la barba a navaja, mientras les daba con el agua levantándoles la cara para el lavatorio, un mi hermanico de siete años les sacaba muy a su salvo los tuétanos de las faldriqueras. Murió el angelico de unos azotes que le dieron en la cárcel. Sintiólo mucho mi madre, por ser tal que robaba a todos las voluntades. Por estas y otras niñerías estuvo preso, y rigores de justicia, de que hombre no se puede defender, le sacaron por las calles. En lo que toca de medio abajo tratáronle aquellos señores regaladamente. Iba a la brida en bestia segura y de buen paso, con mesura y buen día. Mas de medio arriba, etcétera, que no hay más que decir para quien sabe lo que hace un pintor de suela en unas costillas. Diéronle doscientos escogidos, que de allí a seis años se le contaban por encima de la ropilla. Más se movía el que se los daba que él, cosa que pareció muy bien; divirtióse algo con las alabanzas que iba oyendo de sus buenas carnes, que le estaba de perlas lo colorado.
  
<pre>
+
Mi madre, pues, ¡no tuvo calamidades! Un día, alabándomela una vieja que me crió, decía que era tal su agrado que hechizaba a cuantos la trataban. Y decía, no sin sentimiento:
{{licencia pd|
 
| Descripción del archivo= [[Viñeta]] extraída del libro «Cosas de España» de Richard Ford, 1922 Jiménez Fraud, Editor.
 
| Autor=
 
| URL del archivo= https://www.gutenberg.org/files/58916/58916-h/58916-h.htm
 
| Nombre del sitio web= Proyecto Gutenberg
 
| Autor del archivo=
 
| Otras referencias= Ebook #58916, de 19 de febrero de 2019 <br />{{licencia Proyecto Gutenberg}}
 
}}
 
  
[[Categoría:Galería del Proyecto Gutenberg]]
+
-En su tiempo, hijo, eran los virgos como soles, unos amanecidos y otros puestos, y los más en un día mismo amanecidos y puestos.
[[Categoría:Imágenes en dominio público]]
 
[[Categoría:Galería de tipografía y bibliofilia]]
 
</pre>
 
  
 
== Wikilengua:Textos ==
 
== Wikilengua:Textos ==

Revisión actual del 08:40 25 feb 2021


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1 TRATADO III[editar]

Lázaro[161], herido desgraciadamente por un clérigo avaro, a quien servía en Maqueda, abandona este pueblo y sirve en Toledo a un hidalgo tan presumido como pobre y holgazán.

Desta manera me fué forzado sacar fuerzas de flaqueza, y poco a poco, con ayuda de las buenas gentes, di conmigo en esta insigne ciudad de Toledo, adonde, con la merced de Dios, dende a quince días se me cerró la herida; y[162] mientras estaba malo siempre me daban alguna limosna; mas después que estuve sano todos me decían: «tú, bellaco y gallofero[163] eres; busca, busca un amo a[p. 87] quien sirvas.» ¿Y adónde se hallará ése[164], decía yo entre mí, si Dios agora de nuevo (como crió el mundo) no lo criase? Andando así discurriendo de puerta en puerta con harto poco remedio (porque ya la caridad se subió al cielo), topóme Dios con un escudero[165] que iba por la calle con razonable vestido, bien peinado, su paso y compás en orden; miróme y yo a él, y díjome: «mochacho, ¿buscas amo?» Yo le dije: «sí, señor».—«Pues vente tras mí, me respondió, que Dios te ha hecho merced en topar conmigo; alguna buena oración rezaste hoy». Y seguíle, dando gracias a Dios por lo que oí, y también que[166] me parecía, según su hábito y continente, ser el que yo había menester. Era de mañana cuando este mi tercero amo topé, y llevóme tras sí gran parte de la ciudad. Pasábamos por las plazas donde se vendía pan y otras provisiones; yo pensaba y aun deseaba que allí me[p. 88] quería cargar de lo que se vendía, porque esta era propria hora[167] cuando se suele proveer de lo necesario; mas muy a tendido paso pasaba por estas cosas. «Por ventura no lo ve aquí a su contento, decía yo, y querrá que lo compremos en otro cabo.»

Desta manera anduvimos hasta que dió[168] las once: entonces se entró en la iglesia mayor, y yo tras él; y muy devotamente le vi oir misa y los otros oficios divinos, hasta que todo fué acabado y la gente ida. Entonces salimos de la iglesia, y[169] a buen paso tendido comenzamos a ir por la calle abajo; yo iba el más alegre del mundo, en ver que no nos habíamos ocupado en buscar de comer; bien consideré que debía ser hombre, mi nuevo amo, que se proveía en junto[170], y que ya la comida estaría a punto, y tal como yo la deseaba y aun la había menester. En este tiempo dió el reloj la una, después de medio día[171], y llegamos a una casa, ante la cual, mi amo se paró y yo con él, y derribando el cabo de la capa sobre el lado izquierdo, sacó una llave de la manga y abrió su puerta y entramos en casa, la[p. 89] cual[172] tenía la entrada obscura y lóbrega, de tal manera, que parecía que ponía temor a los que en ella entraban, aunque dentro della estaba un patio pequeño y razonables cámaras[173]. Desque fuimos entrados, quita de sobre sí su capa, y preguntando[174] si tenía las manos limpias, la sacudimos y doblamos, y muy limpiamente soplando un poyo que allí estaba, la puso en él; y hecho esto, sentóse cabo della, preguntándome muy por extenso de dónde era y cómo había venido a aquella ciudad, y yo le di más larga cuenta que quisiera; porque me parecía más conveniente hora de mandar poner la mesa y escudillar la olla, que de lo que me pedía; con todo eso, yo le satisfice de mi persona lo mejor que mentir supe, diciendo mis bienes y callando lo demás, porque me parecía no ser para en cámara[175].

Esto hecho, estuvo ansí un poco, y yo luego[176] vi mala señal, por ser ya casi las dos y no le ver[p. 90] más aliento[177] de comer que a un muerto. Después desto, consideraba aquél tener cerrada la puerta con llave ni[178] sentir arriba ni abajo pasos de viva persona por la casa; todo lo que yo había visto eran paredes, sin ver en ella silleta, ni tajo, ni banco, ni mesa, ni aun tal arcaz como el de marras[179]; finalmente ella parecía casa encantada. Estando así, díjome: «tú, mozo, ¿has comido?»—«No, señor, dije yo, que aun no eran dadas las ocho cuando con vuestra merced encontré.»—«Pues, aunque de mañana, yo había almorzado, dice, y cuando ansí como algo, hágote saber que hasta la noche me estoy ansí; por eso, pásate como pudieres, que después cenaremos.» Vuestra merced crea, cuando esto le oí, que estuve en poco de caer de mi estado[180], no tanto de hambre como por conocer de todo en todo la fortuna serme adversa. Allí se me representaron de nuevo mis fatigas, y torné a llorar mis trabajos; allí se me vino a la memoria la consideración que hacía cuando me pensaba ir del clérigo, diciendo que aunque aquél era desven[p. 91]turado y mísero, por ventura toparía con otro peor; finalmente, allí lloré mi trabajosa vida pasada y mi cercana muerte venidera; y con todo, disimulando lo mejor que pude:[181] «señor, mozo soy que no me fatigo mucho por comer, bendito Dios[182]; deso me podré yo alabar entre todos mis iguales, por de[183] mejor garganta, y ansí fuí yo loado della hasta hoy día de los amos que yo he tenido.»—«Virtud es esa, dijo él, y por eso te querré yo más: porque el hartar es de los puercos, y el comer regladamente es de los hombres de bien.»—Bien te he entendido, dije yo entre mí; maldita tanta medicina y bondad como aquestos mis amos, que yo hallo, hallan en la hambre. Púseme a un cabo del portal, y saqué unos pedazos de pan del seno, que me habían quedado de los de por Dios.

Él, que vió esto, díjome: «Ven acá, mozo, ¿qué comes?» Yo lleguéme a él, y mostréle el pan; tomóme él un pedazo, de tres que eran, el mejor y más grande[184], y díjome: «¡Por mi vida, que parece éste buen pan!»—«¡Y cómo agora, dije yo, señor, es bueno!»—«Sí, a fe, dijo él; ¿adónde lo hu[p. 92]biste? ¿Si[185] es amasado de manos limpias?»—«No sé yo eso, le dije; mas a mí no me pone asco el sabor dello.»—«Ansí plega a Dios», dijo el pobre de mi amo, y llevándolo a la boca comenzó a dar en él tan fieros[186] bocados como yo en lo otro. «¡Sabrosísimo pan está, dijo, por Dios!» Y como le sentí de qué pie coxqueaba[187], dime priesa, porque le vi en disposición, si acababa antes que yo, se comediría[188] a ayudarme a lo que me quedase; y con esto acabamos casi a una. Mi amo comenzó a sacudir con las manos unas pocas de migajas, y bien menudas[189], que en los pechos se le habían quedado, y entró en una camareta que allí estaba, y sacó un jarro desbocado, y no muy nuevo, y desque hubo bebido, convidóme con él. Yo, por hacer del continente, dije: «Señor, no bebo vino.»—«Agua es, me respondió, bien puedes beber.» Entonces tomé el jarro y bebí, no mucho, porque de sed no era mi congoja. Ansí estuvimos hasta la noche, hablando en cosas que me pregun[p. 93]taba, a las cuales yo le respondí lo mejor que supe. En este tiempo metióme en la cámara donde estaba el jarro de que bebimos, y díjome: «Mozo, párate[190] allí, y verás cómo hacemos esta cama, para que la sepas hacer de aquí adelante.» Púseme de un cabo y él del otro, y hecimos la negra cama, en la cual no había mucho que hacer, porque ella tenía sobre unos bancos un cañizo, sobre el cual estaba tendida la ropa... Hecha la cama, y la noche venida, díjome: «Lázaro, ya es tarde, y de aquí a la plaza hay gran trecho; también en esta ciudad andan muchos ladrones, que siendo de noche, capean[191]; pasemos como podamos, y mañana, viniendo el día, Dios hará merced; porque yo por estar solo no estoy proveído; antes he comido estos días por allí fuera, mas agora hacerlo hemos[192] de otra manera.»—«Señor, de mí, dije yo, ninguna pena tenga vuestra merced, que sé pasar una noche, y aun más, si es menester, sin comer.»—«Vivirás más, y más sano, me respondió, porque, como decíamos hoy, no[p. 94] hay tal cosa en el mundo para vivir mucho, que[193] comer poco.» Si por esa vía es, dije entre mí, nunca yo moriré, que siempre he guardado esa regla por fuerza, y aun espero en mi desdicha tenella toda mi vida. Y acostóse en la cama, poniendo por cabecera las calzas y el jubón[194], y mandóme echar a sus pies, lo cual[195] yo hice; mas maldito el sueño que yo dormí, porque las cañas y mis salidos huesos en toda la noche dejaron de rifar y encenderse[196], que con mis trabajos, males y hambre, pienso que en mi cuerpo no había libra de carne. Y también, como aquel día no había comido casi nada, rabiaba de hambre, la cual con el sueño no tenía amistad; maldíjeme mil veces, Dios me lo perdone, y a mi ruin fortuna. Allí lo más de la noche y lo peor, no osándome revolver por no despertalle, pedí a Dios muchas veces la muerte.

La mañana venida, levantámonos, y comienza a limpiar y sacudir sus calzas y jubón, y sayo y[p. 95] capa; ¡y yo que le servía de pelillo![197]; y vísteseme muy a su placer de espacio; echéle aguamanos, peinóse y puso su espada en el talabarte, y al tiempo que la ponía, díjome: «¡Oh, si supieses, mozo, qué pieza es esta! No hay marco de oro en el mundo porque yo la diese; mas así, ninguna de cuantas Antonio[198] hizo, no acertó a ponelle los aceros tan prestos como ésta los tiene»; y sacóla de la vaina, y tentóla con los dedos, diciendo: «Vesla aquí, yo me obligo con ella[199] cercenar un copo de lana.» Y yo dije entre mí: «Y yo con mis dientes, aunque no son de acero, un pan de cuatro libras.» Tornóla a meter, y ciñósela, y un sartal de cuentas gruesas del talabarte, y con un paso sosegado y el cuerpo derecho, haciendo con él y con la cabeza muy gentiles meneos, echando el cabo de la capa sobre el hombro, y a veces so[200] el brazo, y poniendo la mano derecha en el costado, salió por la puerta, diciendo: «Lázaro, mira por la casa en tanto que voy a oir misa, y haz la cama, y ve por la vasija de agua al río, que aquí bajo está; y cierra la puer[p. 96]ta con llave, no nos hurten algo, y ponla aquí al[201] quicio, porque si yo viniere en tanto, pueda entrar.» Y súbese por la calle arriba con tan gentil semblante y continente, que quien no le conociera pensara ser muy cercano pariente al Conde Claros[202], o a lo menos camarero que le daba de vestir.

Bendito seáis vos, Señor, quedé yo diciendo, que dais la enfermedad, y ponéis el remedio. ¿Quién encontrará a aquel mi señor, que no piense, según el contento de sí lleva, haber anoche bien cenado y dormido en buena cama, y aunque agora es de mañana, no le cuenten[203] por muy bien[p. 97] almorzado? Grandes secretos son, Señor, los que vos hacéis, y las gentes ignoran. ¿A quién no engañará aquella buena disposición y razonable capa y sayo, y quién pensará que aquel gentil hombre se pasó ayer todo el día sin comer, con aquel mendrugo de pan, que su criado Lázaro trujo un día y una noche en el arca de su seno, do no se le podía pegar mucha limpieza, y hoy, lavándose las manos y cara, a falta de paño de manos, se hacía servir del halda del sayo?[204] Nadie, por cierto, lo sospechará. ¡Oh Señor, y cuántos de aquestos debéis vos tener por el mundo derramados, que padecen por la negra que llaman honra[205] lo que por vos no sufrirían!...

Púseme a pensar qué haría, y parecióme esperar a mi amo hasta que el día demediase, y si viniese[206], y por ventura trajese algo que comiésemos; mas en vano fué mi esperanza. Desque vi ser las dos, y no[207] venía y la hambre me aquejaba, cierro mi puerta y pongo la llave donde mandó, y tórnome a mi menester; con baja y enferma voz y inclinadas mis manos en los senos, puesto Dios ante mis ojos, y la lengua en su nombre, comienzo a pedir pan por las puertas y casas más[p. 98] grandes que me parecía; mas como yo este oficio le hobiese mamado en la leche, quiero decir que con el gran maestro el ciego lo aprendí, tan suficiente discípulo salí, que aunque en este pueblo no había caridad, ni el año fuese muy abundante, tan buena maña me di, que antes que el reloj diese las cuatro, ya yo tenía otras tantas libras de pan ensiladas[208] en el cuerpo, y más de otras dos en las mangas y senos. Volvíme a la posada, y al pasar por la tripería, pedí a una de aquellas mujeres, y dióme un pedazo de uña de vaca con otras pocas de tripas cocidas.

Cuando llegué a casa, ya el bueno de mi amo estaba en ella, doblada su capa y puesta en el poyo, y él paseándose por el patio. Como entro, vínose para mí; pensé que me quería reñir la tardanza, mas mejor lo hizo Dios. Preguntóme do[209] venía; yo le dije: «Señor, hasta que dió[210] las dos estuve aquí, y de que vi que vuestra merced no venía, fuíme por esa ciudad a encomendarme a las buenas gentes, y hanme dado esto que veis»; mostréle el pan y las tripas que en un cabo de la halda traía, a lo cual él mostró buen semblante, y dijo: «Pues esperádote he a comer, y de que vi que no veniste, comí. Mas tú haces como hombre de bien en eso, que más vale pedillo por Dios que no hurtallo; y ansí él me ayude como[p. 99] ello[211] me parece bien, y solamente te encomiendo no sepan que vives comigo, por lo que toca a mi honra, aunque bien creo que será secreto, según lo poco que en este pueblo soy conocido: ¡nunca a él yo hubiera de venir!»—«De eso pierda, señor, cuidado, le dije yo, que maldito aquel que ninguno tiene de pedirme esa cuenta ni yo de dalla.»—«Agora, pues, come, pecador, que si a Dios place presto nos veremos sin necesidad; aunque te digo que después que en esta casa entré, nunca bien me ha ido: debe ser de mal suelo, que hay casas desdichadas y de mal pie, que a los que viven en ellas pegan la desdicha. Esta debe de ser, sin dubda, de ellas[212]; mas yo te prometo, acabado el mes, no quede en ella, aunque me la den por mía.»

Sentéme al cabo del poyo, y porque no me tuviese por glotón, callé la merienda, y comienzo a cenar y morder en mis tripas y pan, y disimuladamente miraba al desventurado señor mío, que no partía sus ojos de mis faldas, que aquella[213] sazón servían de plato. Tanta lástima haya Dios de mí como yo había del, porque sentí lo que sentía,[p. 100] y muchas veces había por ello pasado y pasaba cada día. Pensaba si sería bien comedirme a convidalle; mas por me haber dicho que había comido, temíame no aceptaría el convite. Finalmente, yo deseaba aquel[214] pecador ayudase a su trabajo del mío, y se desayunase como el día antes hizo, pues había mejor aparejo[215], por ser mejor la vianda y menos mi hambre. Quiso Dios cumplir mi deseo, y aun pienso que el suyo, porque como comencé a comer, y él se andaba paseando, llegóse a mí, y díjome: «Dígote, Lázaro, que tienes en comer la mejor gracia que en mi vida vi a hombre, y que nadie te lo verá hacer que no le pongas gana, aunque no la tenga.»—La muy buena que tú tienes, dije yo entre mí, te hace parecer la mía hermosa. Con todo parecióme ayudarle, pues se ayudaba[216], y me abría camino para ello, y díjele: «Señor, el buen aparejo hace buen artífice; este pan está sabrosísimo, y esta uña de vaca tan bien cocida y sazonada, que no habrá a quien no convide con su sabor.»—«¿Uña de vaca es?»—«Sí, señor.»—«Dígote que es el mejor bocado del mundo, y que no hay faisán que ansí me sepa.»—[p. 101]«Pues pruebe, señor, y verá qué tal está.» Póngole en las uñas la otra y tres o cuatro raciones de pan de lo más blanco, y asentóseme al lado y comienza a comer, como aquel que lo había gana[217], royendo cada huesecillo de aquellos mejor que un galgo suyo lo hiciera. «Con almodrote,[218] decía, es este singular manjar.»—Con mejor salsa lo comes tú[219], respondí yo paso.—«Por Dios, que me ha sabido como si hoy no hobiera comido bocado.»—Ansí me vengan los buenos años como es ello, dije yo entre mí. Pidióme el jarro del agua y díselo como lo había traído; es señal que pues no le faltaba el agua, que no le había a mi amo sobrado la comida. Bebimos y muy contentos nos fuimos a dormir como la noche pasada. Y por evitar prolijidad, desta manera estuvimos ocho o diez días, yéndose el pecador en la mañana con aquel contento y paso contado[220] a papar aire por las calles, teniendo en el pobre Lázaro una cabeza de lobo.[221] Contemplaba yo muchas veces mi de[p. 102]sastre, que escapando de los amos ruines que había tenido, y buscando mejoría, viniese a topar con quien no sólo no me mantuviese, mas a quien yo había de mantener. Con todo, le quería bien, con ver que no tenía ni podía más, y antes le había lástima que enemistad, y muchas veces por llevar a la posada con que él lo pasase[222], yo lo pasaba mal... Dios es testigo que hoy día, cuando topo con alguno de su hábito, con aquel paso y pompa, le he lástima con pensar si padece lo que aquél le vi sufrir... Sólo tenía dél un poco de descontento: que quisiera yo que no tuviera tanta presunción, mas que abajara un poco su fantasía con lo mucho que subía su necesidad; mas, según me parece, es regla ya entre ellos usada y guardada, aunque no haya cornado de trueco[223], ha de[p. 103] andar el birrete en su lugar[224]. El Señor lo remedie, que ya con este mal han de morir.

Pues estando yo en tal estado, pasando[225] la vida que digo, quiso mi mala fortuna, que de perseguirme no era satisfecha, que en aquella trabajada y vergonzosa vivienda no durase. Y fué: como el año en este tierra fuese estéril de pan, acordaron el ayuntamiento que todos los pobres extranjeros se fuesen de la ciudad, con pregón, que el que de allí adelante topasen fuese punido con azotes. Y así, ejecutando la ley desde a cuatro días que el pregón se dió, vi llevar una procesión de pobres azotando por las Cuatro Calles[226], lo cual me puso tan gran espanto, que nunca osé desmandarme a demandar. Aquí viera, quien vello pudiera, la abstinencia de mi casa y la tristeza y silencio de los moradores della, tanto que nos acaesció estar dos o tres días sin comer bocado ni hablar palabra. A mí diéronme la vida unas mujercillas hilanderas de algodón, que hacían bonetes y vivían par de nosotros, con las cuales yo tuve vecindad y conocimiento, que de la lacería[227] que les traían me daban alguna cosilla, con la cual muy pasado me[p. 104] pasaba[228], y no tenía tanta lástima de mí como del lastimado de mi amo, que en ocho días maldito el bocado que comió, a lo menos en casa bien los[229] estuvimos sin comer; no sé yo cómo o dónde andaba y qué comía. ¡Y velle venir a medio día la calle abajo con estirado cuerpo, más largo que galgo de buena casta! Y por lo que toca a su negra que dicen honra, tomaba una paja de las que aun asaz no había en casa, y salía a la puerta escarbando los dientes que nada entre sí tenían, quejándose todavía de aquel mal solar, diciendo: «¡Malo está de ver! Que la desdicha desta vivienda lo hace; como ves, es lóbrega, triste, obscura; mientras aquí estuviéremos, hemos de padecer; ya deseo que se acabe este mes por salir della.»

Pues estando en esta afligida y hambrienta persecución, un día, no sé por cuál dicha o ventura, en el pobre poder de mi amo entró un real, con el cual vino a casa tan ufano como si tuviera el tesoro de Venecia, y con gesto muy alegre y risueño me lo dió, diciendo: «tomá, Lázaro, que Dios ya va abriendo su mano; ve a la plaza y merca pan y vino y carne; quebremos el ojo al diablo[230]; y más[p. 105] te hago saber, porque te huelgues, que he alquilado otra casa, y en esta desastrada no hemos de estar más de en cumpliendo el mes, ¡maldita sea ella, y el que en ella puso la primera teja, que con mal en ella entré! Por nuestro Señor, cuanto ha que en ella vivo, gota de vino ni bocado de carne no he comido, ni he habido descanso ninguno; mas tal vista tiene y tal obscuridad y tristeza. Ve, y ven presto y comamos hoy como condes.» Tomo mi real y jarro, y a los pies dándoles priesa, comienzo a subir mi calle, encaminando mis pasos para la plaza muy contento y alegre. Mas ¿qué me aprovecha si está constituído en mi triste fortuna que ningún gozo me venga sin zozobra? Y ansí fué éste; porque yendo la calle arriba, echando mi cuenta en lo que le[231] emplearía, que fuese mejor y más provechosamente gastado, dando infinitas gracias a Dios, que a mi amo había hecho con dinero, a deshora me vino al encuentro un muerto, que por la calle abajo muchos clérigos y gente en unas andas traían; arriméme a la pared por darles lugar, y desque el cuerpo pasó, venía luego a par del lecho una que debía ser su[232] mujer del difunto, cargada de luto, y con ella otras muchas mujeres, la cual iba llorando a grandes voces, y diciendo: «¡marido y señor mío! ¿adónde os[p. 106] me[233] llevan? ¡a la casa triste y desdichada! ¡a la casa lóbrega y obscura! ¡a la casa donde nunca comen ni beben!»[234] Yo que aquello oí, juntóseme el cielo con la tierra, y dije: «¡Oh desdichado de mí! para mi casa llevan este muerto»; dejo el camino que llevaba, y hendí por medio de la gente, y vuelvo por la calle abajo a todo el más correr que pude para mi casa, y entrando en ella cierro a[235] grande priesa, invocando el auxilio y favor de mi amo, abrazándome dél, que me venga ayudar y a defender la entrada. El cual algo alterado, pensando que fuese otra cosa, me dijo: «¿qué es eso, mozo? ¿qué voces das? ¿qué has? ¿por qué cierras la puerta con tal furia?»—«Oh señor, dije yo, acuda aquí, que nos traen acá un muerto.»—«¿Cómo así?» respondió él.—«Aquí arriba le encontré, y venía dicien[p. 107]do su mujer: marido y señor mío, ¿adónde os llevan? ¡a la casa lóbrega y obscura! ¡a la casa triste y desdichada! ¡a la casa donde nunca comen ni beben! acá, señor, nos le traen.» Y ciertamente cuando mi amo esto oyó, aunque no tenía por qué estar muy risueño, rió tanto que muy gran rato estuvo sin poder hablar. En este tiempo tenía yo echada la aldaba a la puerta y puesto el hombro en ella por más defensa. Pasó la gente con su muerto, y yo todavía me recelaba que nos le habían de meter en casa; y desque fué ya más harto de reir que de comer, el bueno de mi amo díjome: «verdad es Lázaro; según la viuda lo va diciendo, tú tuviste razón de pensar lo que pensaste; mas, pues Dios lo ha hecho mejor, y pasan adelante, abre, abre, y ve por de comer.»[236]—«Dejálos, señor, acaben de pasar la calle», dije yo. Al fin vino mi amo a la puerta de la calle, y ábrela esforzándome, que bien era menester según el miedo y alteración, y me tornó a encaminar. Mas aunque comimos bien aquel día, maldito el gusto yo tomaba en ello, ni en aquellos tres días torné en mi color, y mi amo muy risueño todas las veces que se le acordaba aquella mi consideración.

De esta manera estuve con mi tercero y pobre amo, que fué este escudero, algunos días, y en todos deseando saber la intención de su venida y estada en esta tierra; porque desde el primer día[p. 108] que con él asenté, le conocí ser extranjero, por el poco conocimiento y trato que con los naturales della tenía. Al fin se cumplió mi deseo, y supe lo que deseaba; porque un día que habíamos comido razonablemente, y estaba algo contento, contóme su hacienda[237], y díjome ser de Castilla la Vieja, y que había dejado su tierra no más de[238] por no quitar el bonete a un caballero su vecino. «Señor, dije yo, si era él lo que decís, y tenía más que vos, no errábades en quitárselo primero, pues decís que él también os lo quitaba»—«Sí es, y sí tiene, y también me lo quitaba él a mí; mas de cuantas veces yo se le[239] quitaba primero, no fuera malo comedirse él alguna, y ganarme por la mano.»—«Paréceme, señor, le dije yo, que en eso no mirara; mayormente con mis mayores que yo, y que tienen más.»—«Eres mochacho, me respondió, y no sientes las cosas de la honra, en que el día de hoy[240] está todo el caudal de los hombres de bien;[p. 109] pues te hago saber que yo soy (como ves) un escudero, mas vótote a Dios, si al Conde topo en la calle, y no me quita muy bien quitado del todo el bonete, que otra vez que venga, me sepa yo entrar en una casa, fingiendo yo en ella algún negocio o atravesar otra calle, si la hay, antes que llegue a mí, por no quitárselo; que un hidalgo[241] no debe a otro que a Dios y al rey nada, ni es justo, siendo hombre de bien, se descuide un punto de tener en mucho su persona. Acuérdome, que un día deshonré en mi tierra a un oficial, y quise poner en él las manos, porque cada vez que le topaba me decía: mantenga Dios a vuestra merced[242]. Vos, don villano ruin, le dije yo, ¿por qué no sois bien criado? ¿Manténgaos Dios, me habéis de decir[p. 110] como si fuese quien quiera? De allí adelante, de aquí acullá me quitaba el bonete, y hablaba como debía.»—«¿Y no es buena manera de saludar un hombre a otro, dije yo, decirle que le mantenga Dios?»—«Mira, mucho de enhoramala, dijo él; a los hombres de poca arte dicen eso, mas a los más altos, como yo, no les han de hablar menos de: beso las manos de vuestra merced, o por lo menos, bésoos, señor, las manos, si el que me habla es caballero. Y ansí aquel de mi tierra, que me atestaba de mantenimiento[243], nunca más le quise sufrir; ni sufriría, ni sufriré a hombre del mundo, del rey abajo, que manténgaos Dios me diga.»—Pecador de mí, dije yo, por eso tiene tan poco cuidado de mantenerte, pues no sufres que nadie se lo ruegue.—«Mayormente, dijo, que no soy tan pobre, que no tengo en mi tierra un solar de casas, que a estar ellas en pie y bien labradas, diez y seis leguas de donde nací, en aquella Costanilla de Valladolid, valdrían más de doscientas veces mil maravedís, según se podrían hacer grandes y buenas; y tengo un palomar que, a no estar derribado como está, daría cada año más de doscientos palominos, y otras cosas que me callo, que dejé por lo que tocaba a mi honra; y vine a esta ciudad pensando que hallaría un buen asiento, mas no me ha sucedido como pensé. Canónigos y señores de la[p. 111] iglesia muchos hallo; mas es gente tan limitada[244], que no los sacarán[245] de su paso todo el mundo. Caballeros de media talla también me ruegan; mas servir con[246] estos es gran trabajo, porque de hombre os habéis de convertir en malilla, y si no, andá con Dios, os dicen, y las más veces son los pagamentos a largos plazos, y lo más más[247] cierto comido por servido; ya cuando quieren reformar conciencia y satisfaceros vuestros sudores, sois librados[248] en la recámara, en un sudado jubón, o raída capa o sayo. Ya cuando asienta hombre[249] con un señor de título, todavía pasa su laceria, ¿pues, por ventura no hay en mí habilidad para servir y contentar a éstos? Por Dios, si con él topase, muy gran su privado[250] pienso que fuese, y[p. 112] que mil servicios le hiciese porque yo sabría mentille tan bien como otro, y agradalle a las mil maravillas; reille ya mucho sus donaires y costumbres, aunque no fuesen las mejores del mundo; nunca decirle cosa con que le pesase, aunque mucho le cumpliese; ser muy diligente en su persona en dicho y hecho; no me matar por hacer bien las cosas que él no había de ver, y ponerme a reñir donde él lo oyese con la gente de servicio, porque paresciese tener gran cuidado de lo que a él tocaba; si riñese con algún su criado, dar unos puntillos agudos para le encender la ira, y que pareciesen en favor del culpado; decirle bien de lo que bien le estuviese; y por el contrario, ser malicioso mofador, malsinar[251] a los de casa; y a los de fuera pesquisar, y procurar de saber vidas ajenas para contárselas, y muchas otras galas de esta calidad, que hoy día se usan en palacio, y a los señores dél parecen bien, y no quieren ver en sus casas hombres virtuosos, antes los aborrecen y tienen en poco y llaman necios, y que no son personas de negocios, ni con quien el señor se puede descuidar, y con estos, los astutos usan, como digo, el día de hoy, de lo que yo usaría. Mas no quiere mi ventura que le halle.» Desta manera lamentaba también su adversa fortuna mi amo, dándome relación de su persona valerosa.

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La edición primera de esta colección de prosistas apareció en 1899. La obra, abandonada desde entonces por mí, aparece ahora en una segunda edición, bastante corregida y aumentada con trozos de algunos autores más.

Es útil la lectura de un autor antiguo, porque su pensamiento puede instruir y educar el nuestro; mas, para que esto tenga lugar, es preciso comprender sus ideas, no en lo que tienen de común a muchos tiempos, lugares y gentes, sino en aquello más escondido y particular propio de tal época, tal región o tal persona, que, comparado con lo que tenemos delante y habitualmente nos rodea, nos ayuda a apreciar mejor lo que esto tiene de bueno o de malo, de pasajero o de permanente, dando seguridad y madurez a nuestro juicio. Por esto el comentario del autor antiguo se debe fijar en lo que la obra comentada difiere más de lo actual, en lo que tiene de más peculiar, por menudo que parezca; pues sólo conseguimos comprender bien el pensamiento de un autor cuando llegamos a entender el sentido especial con que él escribió cada palabra, representándonos en nuestra imaginación lo mismo que él en la suya tenía presente al escribir; en suma, cuando reconstruímos en nuestro entendimiento las menores circunstancias particulares del tiempo y lugar en que fué escrita la obra, cuando llegamos a despertar en nosotros la impresión que los pormenores y el conjunto de la misma hicieron en los contemporáneos del autor cuando la leían.

Claro que es muy difícil siempre acercarse a este ideal, y que es imposible realizarlo tratándose del estudio de autores en la segunda enseñanza; pero, de todos modos, es preciso que las observaciones gramaticales, retóricas y literarias que continuamente han de surgir en la lectura de los clásicos, no se descarríen por el terreno de las consideraciones abstractas y tomen un aspecto principalmente histórico.

Las notas que acompañan a la presente colección, no quieren ser un comentario suficiente para el alumno: no se proponen más que hacer al profesor más llevadera la difícil tarea de poner un trozo antiguo al alcance de los alumnos, y de hacer que éstos entren, en lo posible, dentro de la época, y dentro de la intención y estilo de cada autor.

Las breves introducciones que preceden a cada autor, sólo pretenden dar una orientación general, de muy diverso alcance y carácter en cada caso, para esbozar una sumaria historia del desarrollo de la prosa; sugieren, nada más, algunas cuestiones relacionadas con esa historia.

Las notas son una muestra de las múltiples explicaciones de puntos de gramática, de estilo, y a veces de historia literaria, que ocasionalmente deben hacerse con motivo de la lectura. Claro es que cada profesor tiene que multiplicar estas explicaciones de acuerdo con la índole y objeto principal de su enseñanza. Sobre todo, queda al profesor el comento literario; ha de enlazar el fragmento aquí publicado con la obra entera de donde procede; ha de hacer comprender el plan y fondo de esa obra, relacionándola con el conjunto de la producción literaria española de la época; ha de ahondar en el pensamiento del autor, y descubrir su nota distintiva. En todo debe llevar al alumno a que formule juicios propios sobre las cuestiones tratadas; a que ejercite su discernimiento y su crítica independientemente de las nociones recibidas en los manuales; a que eduque su buen gusto, en fin.

Esta colección proporcionará a los alumnos trozos bastante extensos de obras que no podrían o no deberán leer enteras. Sólo incluye autores hasta comienzos del siglo XIX, porque son los que están más fuera de la mano del estudiante; no porque los autores modernos no deban formar parte, y muy principal, de las lecturas de clase.

Los textos van, en general, ajustados a las ediciones más antiguas de la obra de donde proceden. Para Moratín se sigue la edición de la Academia de la Historia. Para Santa Teresa, Jovellanos y Toreno, la edición de la Biblioteca de Autores Españoles. Para Mendoza se tienen presentes los manuscritos de La Guerra de Granada. Para don Juan Manuel se han consultado todos los códices del Conde Lucanor. El Arcipreste de Talavera va según la edición de Pérez Pastor.

RAMÓN MENÉNDEZ PIDAL (La Coruña, 1869; † Madrid 1968)

Fuente: Project Gutenberg (dominio público)
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notas



Del mismo libro (L6):
Advertencia sobre la lengua medieval  • 


BIBLIOTECA:   Catálogo  •  Ayuda

3 Migración[editar]

3.1 Libros[editar]

  1. Biblio:Fábulas de Samaniego/Armand Colin 1902 > Biblio:Fábulas de Samaniego (L1)
  2. Biblio:Fábulas y cuentos en verso/Revista de Archivos 1922 > Biblio:Fábulas y cuentos en verso (L2)
  3. Biblio:La Celestina (Fernando de Rojas)/Tomás Gorchs 1842 > Biblio:La Celestina (L3)

3.2 Textos[editar]

  1. El asno y el caballo/Armand Colin 1902 > El asno y el caballo > El asno y el caballo (fábula)
  2. El charlatán/Armand Colin 1902 > El charlatán (fábula)
  3. El ciervo en la fuente/Armand Colin 1902 > El ciervo en la fuente (fábula)
  4. El congreso de los ratones/Armand Colin 1902 > Congreso de los ratones (fábula)
  5. El cuervo y el zorro/Armand Colin 1902 > El cuervo y el zorro (fábula)
  6. El hacha y el mango/Armand Colin 1902 > El hacha y el mango (fábula)
  7. El muchacho y la fortuna/Armand Colin 1902 > El muchacho y la fortuna (fábula)
  8. El viejo y la muerte/Armand Colin 1902 > El viejo y la muerte (fábula)
  9. El zagal y las ovejas/Armand Colin 1902 > El zagal y las ovejas (fábula)
  10. La alforja/Armand Colin 1902 > La alforja (fábula)
  11. La cigarra y la hormiga/Armand Colin 1902 > La cigarra y la hormiga (fábula)
  12. La lechera/Armand Colin 1902 > La lechera (fábula)
  13. La zorra y la gallina/Armand Colin 1902 > La zorra y la gallina (fábula)
  14. Las dos ranas/Armand Colin 1902 > Las dos ranas (fábula)
  15. Los animales con peste/Armand Colin 1902 > Los animales con peste (fábula)

  1. La zorra y el busto/Revista de Archivos 1922 > La zorra y el busto (fábula)
  2. Los pedazos de mármol (Manuel del Palacio)/Revista de Archivos 1922 > Los pedazos de mármol (fábula)

  1. La Celestina-acróstico (Fernando de Rojas)/Tomás Gorchs 1842 > La Celestina (acróstico)

4 Menéndez Pidal (NO ESTÁ EN DOMINIO PÚBLICO)[editar]

Advertencia


… nunca se tendrá bastante en cuenta que el aprendizaje de un niño, y, por último, el de un hombre también, se hace siempre a fuerza de percibir incompletamente aquellas cosas que exceden a la comprensión del instante y que esperan tiempo venidero para ser asimiladas de un modo más perfecto, ora con la conveniente repetición, ora sin ella. No de otro modo el niño aprende el lenguaje: sin darse él cuenta apenas de que tropieza en palabras ininteligibles, llegan éstas a iluminársele con plena comprensibilidad…

Ramón Menéndez Pidal, filólogo e historiador español (1869-1968)

EDICIÓN   Instituto-Escuela, Tipografía de la "Revista de Archivos", Madrid 1922 (L2)
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Hace tiempo que el Instituto-Escuela[1] tropieza con bastantes inconvenientes para que las lecturas literarias de sus alumnos sean todo lo extensas y variadas que es menester[2]; la misma dificultad tocarán, en más o menos grado, todos los profesores que se dedican a la enseñanza de la lengua y de la literatura españolas en sus primeros grados.

Cierto que abundan las colecciones de trozos escogidos y que éstas cumplen un importante fin pedagógico, sirviendo para el examen en detalle de muy diversas cuestiones gramaticales o artísticas, pero no satisfacen la necesidad que el estudiante tiene de conocer y apreciar el conjunto mismo de la obra a que pertenecen esos trozos.

Y para ese conocimiento de conjunto faltan los medios. El estudiante podría quizá remediarse asistiendo a una biblioteca; pero ésta, en muchas partes no existe, o no está suficientemente dotada; en otras ocasiones, la índole o la extensión de muchas obras que pueden hallarse en bibliotecas excede a la comprensión o capacidad propias de los primeros años de trabajo; y, en todo caso, si el lector puede tener en su mesa las obras que debe conocer, logrará siempre ganar mayor familiaridad con ellas. Es, pues, muy conveniente entregar al más fácil manejo del estudiante una colección literaria de las obras principales que por él deben ser conocidas.

… es, pues, muy conveniente entregar al más fácil manejo del estudiante una colección literaria de las obras principales que por él deben ser conocidas…

Por eso trabajamos hace tiempo en formar esta Biblioteca que ahora sale a luz y para la cual se hallan ya preparados gran parte de los textos, esperando mantener continuidad y rapidez en la publicación. No excluiremos enteramente de ella algunos extractos fragmentarios, como los de las antologías; pero serán extensos y pocos. En general se incluyen producciones literarias tomadas en su conjunto.

Claro es, sin embargo, que muchas de las obras incluídas tienen que ser acortadas a fin de que, descartado lo excesivo o inconveniente, se haga su lectura fácil y llana para cualquier joven que no se haya de especializar en la literatura. La tarea, como bien se comprende, es delicada en extremo, sobre todo tratándose de obras de extensión considerable, como el Amadís[3], donde lo que se suprime es muchísimo más que lo que se conserva. Pero al eliminar trozos de cualquier composición se ha puesto todo cuidado y empeño en conservar tanto el pensamiento fundamental del autor como los pasajes principales en que ese pensamiento se manifiesta. También nos hemos prohibido alterar irrespetuosamente los textos y huímos de acortarlos con supresiones menudas y frecuentes que desfiguran el estilo del autor, cosas ambas que hemos sentido intolerables en algún ensayo de reducción que se ha publicado, por ejemplo, del Quijote.

Proponiéndose la presente colección servir a una iniciación literaria bastante extensa, incluye piezas de muy diverso carácter: junto a las obras maestras, otras de diverso valor artístico o histórico, entre ellas algunas demasiado olvidadas (esperamos que en los jóvenes lectores podrá revivir fácilmente mucho del interés aventurero que encierran los Historiadores de Indias), llegando hasta un Cancionero musical compuesto principalmente de cantos tradicionales. Incluímos también autores americanos. Dada la amplitud del propósito, lo reducido del espacio que nos hemos impuesto y las encontradas razones que pueden abogar por la inclusión o exclusión de una obra, se comprende que la selección tiene que ser discutible y expuesta a inevitables omisiones; especialmente se notarán éstas en los autores más recientes, pues aquí la falta es siempre menos sensible, por hallarse los libros modernos más al alcance de todos.

Desea esta Biblioteca ser parte en aminorar el caso tan frecuente de los que se educaron en la más cerrada ignorancia de nuestra vida artística pasada…

Otros notarán más bien cierto exceso en la Colección, sobre todo pensando que, para los comienzos del estudio, varias de las obras aquí incluídas exceden a la comprensión y al gusto de un muchacho en los primeros años de su estudio. Pero nunca se tendrá bastante en cuenta que el aprendizaje de un niño, y, por último, el de un hombre también, se hace siempre a fuerza de percibir incompletamente aquellas cosas que exceden a la comprensión del instante y que esperan tiempo venidero para ser asimiladas de un modo más perfecto, ora con la conveniente repetición, ora sin ella. No de otro modo el niño aprende el lenguaje: sin darse él cuenta apenas de que tropieza en palabras ininteligibles, llegan éstas a iluminársele con plena comprensibilidad.

Pero evidente es que no todas las obras aquí publicadas son para la edad primera. Como hay que abominar en la enseñanza del lenguaje excesivamente incomprensible, hay que evitar la lectura de aquello en que las dificultades se hagan notar demasiado.

Para que pueda esquivarse tal escollo, esta Biblioteca ha procurado dos cosas. Primeramente trata de comprender aquellas principales obras maestras cuyo conocimiento es más urgente en la historia de nuestras letras. En segundo lugar ha de incluír ciertas obras que por su sencillez y carácter elemental cuadran a los primeros años de la vida y de los estudios mejor que otras obras de mayor significación y alcance artístico; pero aún esas obras han sido escogidas entre las que tienen por sí un positivo valor histórico. Véase, por ejemplo, cómo se puede ensanchar el habitual campo de las Fábulas incluyendo en él nombres de muy altos autores.

Reuniendo estas dos clases de material, la presente Biblioteca trata de incluír en treinta tomitos las obras cuyo conocimiento nos parece más esencial o más oportuno en los primeros años de la enseñanza, ordenándolas bajo el doble método de géneros y épocas, para que el conjunto pueda con facilidad ser entendido históricamente. Así los treinta volúmenes están formados obedeciendo a un canon literario, a un catálogo previamente establecido, de aquellas obras mejores que el estudiante debe frecuentar en el comienzo de sus estudios para adquirir los fundamentos de su cultura tradicional hispánica.

... esta Biblioteca se propone entrañar los principales productos literarios en la inteligencia del lector asiduo, para que el pensamiento y el lenguaje de éste se enriquezcan ... y tomen como punto de partida el pasado a fin de poder proseguir la línea de progreso que la tradición señala hacia lo por venir.

Desea esta Biblioteca ser parte en aminorar el caso tan frecuente de los que se educaron en la más cerrada ignorancia de nuestra vida artística pasada y vivieron, y aun escribieron, ora venerando meros fantasmas de los nombres famosos que alegran su oído como una charanga estrepitosa, ora despreciándolos por apaciguar el disgusto de ignorarlos o el sinsabor de haber descubierto demasiado tarde figuras que debiera haber conocido antes y con mayor preparación para comprenderlas.

Pero es necesario advertir muy encarecidamente que esta amplia orientación histórica, que consideramos base precisa de la educación literaria, no ha de aspirar nunca a la imitación de los autores estudiados, cosa pueril y funesta. La abundancia misma y la gran disparidad de los textos aquí reunidos indican bien claro que esta Biblioteca no se propone dar modelos para la imitación que cohiban la nativa frescura del que los estudia, sino que se propone algo más elevado y eficiente: quiere entrañar los principales productos literarios en la inteligencia del lector asiduo, para que el pensamiento y el lenguaje de éste se enriquezcan, y desenvolviéndose con fuerte arraigo en la tradición, tomen como punto de partida el pasado a fin de poder proseguir la línea de progreso que la tradición señala hacia lo por venir.

Una espontaneidad ingenua y despreciadora de toda tradición convertiría la producción literaria de cada día en flor efímera y sin semilla. El ideario y el lenguaje de cada generación serían como un aposento cerrado, tan sin comunicación con las generaciones de ayer como sin acceso para las de mañana, despreciadoras también del pasado. Y no vale asegurar que la perfecta ignorancia de la tradición es prácticamente imposible. Una ingenuidad abandonada a aquellas impresiones tradicionales más cercanas o que como a la desbandada y a más no poder se entran por los resquicios, no producirá por lo común sino abortos sin completa gestación; estará siempre expuesta en máximo grado a ser presa incauta de cualquier éxito del momento que se le presente con aureola de novedad. Sólo cuando las impresiones se multiplican y se hacen densas, la espontaneidad está más segura de poder madurar en sí misma sus frutos, mejor y más conscientemente.

Abril de 1922

RAMÓN MENÉNDEZ PIDAL (La Coruña, 1869; † Madrid 1968)
Fuente: Project Gutenberg (dominio público)
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notas

  1. Instituto-Escuela: institución educativa española fundada en Madrid en 1918 (Wikipedia)
  2. ser menester algo: ser necesario (DLE en línea) / → locución verbal
  3. Amadís de Gaula: novela de caballería (siglo XIII), obra maestra de la Edad Media (Wikipedia).


Del mismo libro (L2):
CALDERÓN DE LA BARCA   El ciego  •  Culpar al prójimo de la falta propia  •  Desprecio de la grandeza humana   RAMÓN DE CAMPOAMOR   La carambola  •  El concierto de los animales  •  Los dos gorriones  •  Los padres y los hijos   MANUEL DEL PALACIO   Naturalismo  •  Los pedazos de mármol   CONCEPCIÓN ARENAL   El lobo murmurador   SAMANIEGO   La zorra y el busto


BIBLIOTECA:   Catálogo  •  Ayuda

5 Referencias[editar]

Ramón Menéndez Pidal

6 Textos[editar]


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Libro Primero: Capítulo I: En que cuenta quién es el Buscón.

Yo, señora, soy de Segovia. Mi padre se llamó Clemente Pablo, natural del mismo pueblo; Dios le tenga en el cielo. Fue, tal como todos dicen, de oficio barbero, aunque eran tan altos sus pensamientos que se corría de que le llamasen así, diciendo que él era tundidor de mejillas y sastre de barbas. Dicen que era de muy buena cepa, y según él bebía es cosa para creer. Estuvo casado con Aldonza de San Pedro, hija de Diego de San Juan y nieta de Andrés de San Cristóbal. Sospechábase en el pueblo que no era cristiana vieja, aun viéndola con canas y rota, aunque ella, por los nombres y sobrenombres de sus pasados, quiso esforzar que era descendiente de la gloria. Tuvo muy buen parecer para letrado; mujer de amigas y cuadrilla, y de pocos enemigos, porque hasta los tres del alma no los tuvo por tales; persona de valor y conocida por quien era. Padeció grandes trabajos recién casada, y aun después, porque malas lenguas daban en decir que mi padre metía el dos de bastos para sacar el as de oros. Probósele que a todos los que hacía la barba a navaja, mientras les daba con el agua levantándoles la cara para el lavatorio, un mi hermanico de siete años les sacaba muy a su salvo los tuétanos de las faldriqueras. Murió el angelico de unos azotes que le dieron en la cárcel. Sintiólo mucho mi madre, por ser tal que robaba a todos las voluntades. Por estas y otras niñerías estuvo preso, y rigores de justicia, de que hombre no se puede defender, le sacaron por las calles. En lo que toca de medio abajo tratáronle aquellos señores regaladamente. Iba a la brida en bestia segura y de buen paso, con mesura y buen día. Mas de medio arriba, etcétera, que no hay más que decir para quien sabe lo que hace un pintor de suela en unas costillas. Diéronle doscientos escogidos, que de allí a seis años se le contaban por encima de la ropilla. Más se movía el que se los daba que él, cosa que pareció muy bien; divirtióse algo con las alabanzas que iba oyendo de sus buenas carnes, que le estaba de perlas lo colorado.

Mi madre, pues, ¡no tuvo calamidades! Un día, alabándomela una vieja que me crió, decía que era tal su agrado que hechizaba a cuantos la trataban. Y decía, no sin sentimiento:

-En su tiempo, hijo, eran los virgos como soles, unos amanecidos y otros puestos, y los más en un día mismo amanecidos y puestos.

7 Wikilengua:Textos[editar]

7.1 apólogo/fábula/alegoría/parábola[editar]

Colección medieval de apólogos moralizantes o enxiemplos, obra de

... don Juan, hijo del muy noble infante don Manuel, con el deseo de que los hombres hagan en este mundo tales obras que les resulten provechosas para su honra, su hacienda y estado...

Algunos de los apólogos se valen de fábulas para aconsejar, como el cuento V, que nos previene de halagos engañosos: Lo que sucedió a una zorra con un cuervo que tenía un pedazo de queso en el pico.



  • OBRA: Miguel de Cervantes (1547-1616), Don Quijote de la Mancha (1605-1615)
  • Fuente: Wikipedia, alegoría
    Alegorías de la vida, como comedia y como partida de ajedrez.

«Dime: ¿no has visto tú representar alguna comedia adonde se introducen reyes, emperadores y pontífices, caballeros, damas y otros diversos personajes? Uno hace el rufián, otro el embustero, éste el mercader, aquél el soldado, otro el simple discreto, otro el enamorado simple; y, acabada la comedia y desnudándose de los vestidos della, quedan todos los recitantes iguales.

-Sí he visto —respondió Sancho.

-Pues lo mismo —dijo don Quijote— acontece en la comedia y trato de este mundo, donde unos hacen los emperadores, otros los pontífices, y, finalmente, todas cuantas figuras se pueden introducir en una comedia; pero, en llegando al fin, que es cuando se acaba la vida, a todos les quita la muerte las ropas que los diferenciaban, y quedan iguales en la sepultura.

-¡Brava comparación! —dijo Sancho—, aunque no tan nueva que yo no la haya oído muchas y diversas veces, como aquella del juego del ajedrez, que, mientras dura el juego, cada pieza tiene su particular oficio; y, en acabándose el juego, todas se mezclan, juntan y barajan, y dan con ellas en una bolsa, que es como dar con la vida en la sepultura.

-Cada día, Sancho —dijo don Quijote—, te vas haciendo menos simple y más discreto».

• QUIJOTE II, capítulo XII
De la estraña aventura que le sucedió al valeroso don Quijote con el bravo Caballero de los Espejos

8 Wikilengua:Plantillas/Avisos de[editar]

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9 categorización Categoría:Plantillas[editar]

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10 tabla[editar]

ABREVIATURAS
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des. desusado
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11 Ortografía (acentuación)[editar]

  1. Cualquier forma verbal acaba en vocal, «n» o «s», con las excepciones del infinitivo y la segunda persona plural del imperativo que lo hacen en «r» y «d» respectivamente.
  2. Con «i» átona las secuencias «ai», «ia», «ei», «ie» son diptongos.
  3. Con «i» tónica, el grupo «iai» es un hiato seguido de un diptongo: í.ai

11.1 formas agudas[editar]

La sílaba tónica es la última.

  • Todas llevan tilde.
amé   [a.]
amarás   [a.ma.rás]
amarán   [a.ma.rán]
  • Si el acento cae en diptongo («ai», «ei») la tilde irá en la vocal abierta «a» o «e».
amáis   [a.máis]
améis   [a.méis]

11.2 formas llanas o graves[editar]

La sílaba tónica es la penúltima.

No se tildan, excepto las de hiato de vocal cerrada «í.a», que siempre se acentuarán en la «i».

Así:

amo   [a.mo]
aman   [a.man]
amas   [a.mas]
amarais   [a.ma.rais]
amareis   [a.ma.reis]

Pero:

amaría   [a.ma..a]
amarían   [a.ma..an]
amarías   [a.ma..as]
amaríais   [a.ma..ais]

11.3 formas esdrújulas[editar]

Todas con tilde.

amaríamos   [a.ma..a.mos]
amáremos   [a..re.mos]

11.4 Formas sin diptongos ni hiatos[editar]

con tilde sin tilde articulación norma
amó [a.] aguda, acabada en vocal
amás [a.más] aguda, acabada en «s»
amo [a.mo] llana, acabada en vocal
aman [a.man] llana, acabada en «n»
amas [a.mas] llana, acabada en «s»

11.5 Formas con diptongo[editar]

con tilde sin tilde articulación diptongo norma
amáis [a.máis] «ai» aguda, acabada en «s»
amarais [a.ma.rais] «ai» llana, acabada en «s»
améis [a.méis] «ei» aguda, acabada en «s»
amaseis [a.ma.seis] «ei» llana, acabada en «s»
amaréis [a.ma.réis] «ei» aguda, acabada en «s»
amasteis [a.mas.teis] «ei» llana, acabada en vocal

11.6 Formas con hiato[editar]

con tilde sin tilde articulación hiato norma
amaría [a.ma..a] hiato: «í.a» llana, acabada en vocal, CON HIATO
amaríamos [a.ma..a.mos] hiato: «í.a» esdrújula

12 Mediateca[editar]

Plantilla:galerías navegación

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  • Licencia:
    • Dominio Público (PD)
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13 diptongos/hiatos[editar]

  • «abierta tónica»–«cerrada átona»
ai au ei eu oi ou
cainita causa peine coito
  • «cerrada átona»-«abierta tónica»
ia ie io ua ue uo
gracia tiene atrio cuatro puente
a e o
i ai paisaje
[pai.sa.je]
ei peine
[pei.ne]
estoico
[es.toi.co]
u au causa
[cau.sa]
eu neutral
[neu.tral]
ou
i u
a ia ua
e ie ue
o io uo

14 Nuevo[editar]

Cómo don Quijote perdió el juicio

Doré Don Quijote capítulo 1.jpg

Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso, que eran los más del año, se daba a leer libros de caballerías, con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aun la administración de su hacienda. Y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías en que leer, y así, llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos; y de todos, ningunos le parecían tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de Silva, porque la claridad de su prosa y aquellas entricadas razones suyas le parecían de perlas, y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafíos, donde en muchas partes hallaba escrito: «La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura». Y también cuando leía: «... los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza».


Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el mesmo Aristóteles, si resucitara para sólo ello. No estaba muy bien con las heridas que don Belianís daba y recebía, porque se imaginaba que, por grandes maestros que le hubiesen curado, no dejaría de tener el rostro y todo el cuerpo lleno de cicatrices y señales. Pero, con todo, alababa en su autor aquel acabar su libro con la promesa de aquella inacabable aventura, y muchas veces le vino deseo de tomar la pluma y dalle fin al pie de la letra, como allí se promete; y sin duda alguna lo hiciera, y aun saliera con ello, si otros mayores y continuos pensamientos no se lo estorbaran. Tuvo muchas veces competencia con el cura de su lugar —que era hombre docto, graduado en Sigüenza—, sobre cuál había sido mejor caballero: Palmerín de Ingalaterra o Amadís de Gaula; mas maese Nicolás, barbero del mesmo pueblo, decía que ninguno llegaba al Caballero del Febo, y que si alguno se le podía comparar, era don Galaor, hermano de Amadís de Gaula, porque tenía muy acomodada condición para todo; que no era caballero melindroso, ni tan llorón como su hermano, y que en lo de la valentía no le iba en zaga.


En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el celebro, de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamentos como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles; y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas sonadas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo.

15 Guía[editar]

Abeja libando.png
Titulillo o pie de imagen, etcétera etcétera


16 Directorio de plantillas de licencias[editar]

Ningún archivo sin licencia. Aquí le será sencillo encontrar la suya:

17 directorio de la mediateca (imágenes)[editar]

Véase también
Directorio de plantillas de licencias » Guía de búsqueda
Política de uso de imágenes » En torno a las licencias.
Ayuda:Imagen » Aspectos técnicos para la inserción de imágenes.

Directorio de la Mediateca
Galería de imágenes   artecartografía y mapaslogos e iconosretratossignostipografía y bibliofiliausuariosvistas
Imágenes según licencia    dominio públicoCreative CommonsGFDLdoble licenciaimágenes no libres
Imágenes según fuente    OpenClipartProyecto GutenbergWikimedia Commons
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Biblioteca   Fonoteca
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  • Debe respetarse siempre la atribución de autoría y fuente, facilitándose las referencias y vínculos oportunos.
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18 derivaciones[editar]

CÓDIGO

copiar y pegar

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USO
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CAMPOS

18.1 Aspecto[editar]

  • De este archivo se derivó:

19 Fuentes[editar]

20 Cursiva[editar]

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