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RECUERDOS DE MI VIDA
Santiago Ramón y Cajal (1852-1934)
TOMO I    Mi infancia y juventud

CAPÍTULO V
Ayerbe. — Juegos y travesuras de la infancia. — Instintos guerreros y artísticos. — Mis primeras nociones experimentales sobre óptica, balística y el arte de la guerra.


Cumplidos mis ocho años, mi padre solicitó y obtuvo el partido médico de Ayerbe, villa cuya riqueza y población prometíanle mayores ventajas profesionales y más amplio escenario para sus proezas quirúrgicas que Valpalmas, amén de superiores facilidades para la educación de sus hijos.

Es Ayerbe villa importante de la provincia de Huesca, y famosa por sus vinos en todo el Somontano[1]. Está situada en la carretera de dicha ciudad a Jaca y Panticosa, no lejos de la Sierra de Gratal, primera estribación del Pirineo aragonés. Sus pintorescas casas extiéndense al pie de un monte elevado de doble cima, una de las cuales aparece coronada por las ruinas, aún imponentes, de venerable castillo feudal. En el centro del pueblo, dos grandes y regulares plazas dan amplio espacio a sus mercados y ferias, famosas en toda la comarca. Entre ambas plazas sirve de lindero, al par que de adorno, cierta opulenta mansión señorial, que antaño perteneciera a los Marqueses de Ayerbe.

La 'plaza baja' de Ayerbe con la torre del reloj y el palacio de los Marqueses, hoy convertido en casa de vecindad.

Mi aparición en la plaza pública de Ayerbe fué saludada por una rechifla general de los chicos. De las burlas pasaron a las veras. En cuanto se reunían algunos de ellos y estaban seguros de maltratarme a mansalva, me insultaban, me golpeaban a puñetazos o me hostilizaban a pedrada limpia.

¿Por qué esta imbécil aversión al chico forastero? Lo ignoraba y aún hoy no me lo explico bien. Creo, empero, ver en ella un efecto de esa sorda inquina, no siempre traducida en actos, que el labrador pobre siente contra el burgués y el hombre de carrera: contenida en los hombres por la prudencia, estalla violentamente en los chicos, en quienes las artes del disimulo no han enfrenado aún[2] los más groseros impulsos naturales. En semejante malquerencia colaboran, sin duda, la rusticidad y la ignorancia.

Mi facha, sin embargo, no podía inspirar recelos a los hijos del pueblo. Vestido humildemente —porque la estricta economía que reinaba en mi casa no consentía lujos—, de cara trigueña y aspecto amojamado, que a la legua denunciaba larga permanencia al sol y al aire, nadie me hubiera tomado como hijo de burgués acomodado. Pero yo no gastaba calzones ni alpargatas, ni adornaba con pañuelo mi cabeza, y esto bastó para que entre aquellos zafios pasara por señorito.

Contribuyó, también, algo a la citada antipatía, la extrañeza causada por mi lenguaje. Por entonces se hablaba en Ayerbe un dialecto extraño, verdadero mosaico de palabras y giros franceses, castellanos, catalanes y aragoneses antiguos. Allí se decía: forato por agujero, no pas por no, tiengo y en tiengo por tengo o tengo de eso, aivan por adelante, muller por mujer, fierro y ferrero por hierro y herrero, chiqué y mocete por chico y mocito, abríos por caballerías, dámene por dame de eso, en ta allá por hacia allá, m’en voy por me voy de aquí, y otras muchas voces y locuciones de este jaez, borradas hoy de mi memoria.

Vista desde Ayerbe de las faldas del monte del Castillo.

En boca de los ayerbenses hasta los artículos habían sufrido inverosímiles elipsis, toda vez que el, la, lo, se habían convertido en o, a y o, respectivamente. Diríase que estábamos en Portugal.

A los rapaces de Ayerbe parecióles, en cambio, el castellano relativamente castizo que yo usaba, es decir, el hablado en Valpalmas y Cinco Villas, insufrible algarabía, y hacían burla de mí llamándome el forano (forastero).

Poco a poco fuimos, sin embargo, entendiéndonos. Y como no era cosa de que ellos, que eran muchos, aprendieran la lengua de uno, sino al revés, acabé por acomodarme a su estrafalaria jerigonza, atiborrando mi memoria de vocablos bárbaros y de solecismos atroces.

He dicho más de una vez que sentía particular inclinación a los parajes solitarios y a las excursiones por los alrededores de los pueblos; pero en Ayerbe, una vez satisfecha la curiosidad inspirada por sus montañas, por su humilde río, cortado por alto azud y flanqueado de frondosos huertos, y sobre todo, por su ruinoso y romántico castillo, que desde lo alto del monte parecía contarnos heroicas leyendas y lejanas grandezas, sentí la necesidad de sumergirme en la vida social, tomando parte en los juegos colectivos, en las carreras y luchas de cuadrilla a cuadrilla, y en toda clase de maleantes entretenimientos con que los chicos de pueblo gustan solemnizar las horas de asueto.

Tienen los juegos de la niñez, y particularmente los juegos sociales, en los que se combinan, en justa proporción, los ejercicios físicos con las actividades mentales, gran virtud educadora. En esos certámenes de la agilidad y de la fuerza, en esos torneos donde se hace gala del valor, de la osadía y de la astucia, se avaloran y contrastan las aptitudes, se templa y robustece el cuerpo y se prepara el espíritu para la ruda concurrencia vital de la edad viril. No es, pues, extraño que muchos educadores hayan dicho que todo el porvenir de un hombre está en su infancia, y que Rod, Froebel, Gros, France y otros, y en nuestra patria Giner y Letamendi, hayan concedido al juego de los niños gran importancia para el desarrollo fisiológico y para la exploración de la realidad objetiva.

«Jugar, ha dicho Thomas, es aplicar los propios órganos, sentirse vivir y procurarse la ocasión de conocer los objetos que rodean al niño, objetos que son para él un perpetuo milagro.» Por mi parte, siempre he creído que los juegos de los niños son preparación absolutamente necesaria para la vida de acción y de conocimiento; merced a ellos el cerebro infantil apresura su evolución, recibiendo, según los temas preferidos y las diversiones ejercitadas, cierto sello específico moral e intelectual, de que dependerá en gran parte el porvenir.

Esperamos que estas consideraciones excusen a los ojos del lector el que consagremos al examen de los juegos y travesuras de nuestra niñez mayor espacio del que se suele conceder a estos asuntos en todas las biografías. Lo exige así el plan de este libro, cuyo fin es demostrar cómo las condiciones del medio en la puericia imprimieron determinada dirección a mi vida de hombre, y crearon ventajas y defectos de grandes consecuencias en la lucha por la existencia.

En cuanto amainó la mala voluntad de los muchachos para conmigo, concurrí, pues, a sus diversiones y zalagardas; tomé parte en los juegos del peón, del tejo, de la espandiella, del marro, sin olvidar las carreras, luchas y saltos en competencia; hallando en todas estas diversiones la sana alegría asociada a la actividad moderada de todos nuestros órganos y a la impresión personal del acrecentamiento de la energía muscular y de la flexibilidad de las articulaciones. Ya lo dijo Aristóteles y lo han repetido muchos pedagogos, singularmente Bouillier: «hay placer, dice este autor, cuantas veces la actividad del alma se ejerce de acuerdo con su naturaleza y según el sentido de la conservación y desenvolvimiento del ser». ¿Quién ignora que la inactividad constituye para el niño la mayor de las torturas? El dolor mismo es preferido al reposo. Además, hay positivo goce en adquirir conciencia de nuestra evolución, en sentir cómo nuestros músculos se vigorizan y nuestros pulmones se amplían, y advertir cómo, en fin, en esa pugna diaria de ardides, ordinarios recursos de toda pelea entre muchachos, se afina la atención vigilante y se fortalece la aptitud para la agresión inopinada.

Pero los chicos de Ayerbe no se entregaban solamente a juegos inocentes: el tejo y el marro alternaban con diversiones harto más arriesgadas y pecaminosas. Las pedreas, el merodeo y la rapiña, sin consideración a nada ni a nadie, constituían el estado natural de mis traviesos camaradas. Descalabrarse mutuamente a pedrada limpia, romper faroles y cristales, asaltar huertos y, en la época de la vendimia, hurtar uvas, higos y melocotones; tales eran las ocupaciones favoritas de los zagalones del pueblo, entre los cuales tuve pronto la honra de contarme.

Muchas veces he procurado darme cuenta de esa tendencia al merodeo, a que con tanta fruición se entregan los chicos, sin acertar a explicármela de modo satisfactorio. A tan peligrosa conducta debe contribuir, sin duda, el ansia de las golosinas impuesta al niño por la naturaleza, la cual exige el consumo diario de gran cantidad de substancias azucaradas, indispensables para reparar el continuo derroche de energía muscular (el azúcar oxidado produce calor y energía motriz); pero esto no parece bastante. Precisamente casi todos los chicos que tomábamos parte en las depredaciones de huertos y viñas, teníamos en nuestras casas la fruta a canastas. Además, y por lo que a mí se refiere, mi familia poseía frondoso huerto y, durante el estío y otoño, raro era el día en el que los clientes, agradecidos a los buenos servicios médicos de mi padre, no nos ofrecieran algún presente de frutas o verduras. Sin embargo, leyendo los libros que tratan del gran problema de la educación y de la psicología de los juegos, he creído hallar la clave principal del enigma: el ansia de emoción, la atracción del peligro.

Con razón hacen notar los educadores que el niño, en sus juegos y empresas, gusta bordear constantemente el peligro; y así como, cuando pasea, prefiere al camino llano gatear por tapias y peñas, cuando juega prefiere aquellas diversiones en las que sólo a costa de agilidad, de sangre fría o de vigor, logra sortear un accidente.

Desde otro punto de vista, puede considerarse el niño como el representante de aquella hermosa edad de oro, en la cual, al decir de Cervantes, se desconocía el significado de las palabras tuyo y mío. En el fondo de cada cabeza juvenil hay un perfecto anarquista y comunista. Hasta por la forma de sus facciones y desproporción de sus miembros se parece el niño, como nota Herbert Spencer, al salvaje. A semejanza del indio bravo, el niño es todo voluntad. Ejecuta antes que piensa, sin dársele un ardite de las consecuencias. Ante su violento querer, ante su absorbente individualismo, que se afirma constantemente con actos de pillaje y de vandalismo, las leyes son papeles mojados: obligan solamente en cuanto la fuerza las sanciona, es decir, cuando el padre, el amo y el guardia rural, armados respectivamente de bastón, garrote y escopeta, se constituyen en sus defensores y custodios.

A los instintos anarquistas del niño deben añadirse estos otros dos: la crueldad y la inclinación al dominio. Muy a menudo, a despecho de las reglas de la moral y de la buena crianza, complácese la infancia en abusar de sus fuerzas, maltratando a los débiles y sujetándolos a su autocrática soberanía, que ejerce sin más límites que los trazados por el alcance de sus fuerzas y osadía.

No diré yo con Rousseau «que el corazón del niño no siente nada, que es inaccesible a la piedad y que sólo comprende la justicia»; pero fuerza es confesar que los sentimientos de humanidad, caridad y compasión, hállanse en él muy poco desarrollados.

Yo opuse al principio algunas resistencias a los juegos brutales, así como a las poco recomendables hazañas del escalo de huertos y rebatiña de frutos. Pero el espíritu de imitación pudo más en mí que los sabios consejos de mis padres y los mandamientos del Decálogo. Algo hubo, con todo eso, en que mi caballerosidad nativa no transigió jamás: fué el abuso de la fuerza con el débil, así como la agresión injusta y cruel. El culto a la justicia, que ha sido siempre una de mis virtudes, o digamos debilidades, afirmábase ya por entonces vigorosamente, en un medio moral en que la tiranía de los músculos, la crueldad y la insensibilidad eran regla corriente entre los chicos.

Decía a Pablos su tío el verdugo de Segovia: «Mira, hijo, con lo que sabes de latín y retórica, serás singular en el arte de verdugo». Esta frase graciosa de Quevedo, que parece una chuscada, encierra un fondo de verdad. Los rápidos progresos que yo hice en la vida airada de pedreas y asaltos, de ataques a la propiedad pública y privada, prueban, sin duda, que la geografía, la gramática, la cosmografía y los rudimentos de física con que mi padre había espabilado mis entendederas, entraron por algo en mis hazañas de mozalbete. Tengo para mí que dichos conocimientos, tempranamente adquiridos, produjeron cierto hábito de pensamiento y de imaginación, que me permitieron sobresalir rápidamente entre los ignorantes pilluelos que me rodeaban, superando a muchos de ellos, así en la maquinación de ardides, picardías y diabluras, como en el dominio de los juegos y luchas a que consagrábamos nuestras horas de asueto.

Pronto tuve camaradas entusiastas, compañeros de glorias y fatigas que emulaban mis flores y habilidades; recuerdo entre ellos a Tolosana, Pena, Fenollo, Sanclemente, Caputillo y otros, a los que vino a juntarse más adelante mi hermano Pedro, dos años más joven que yo. Merced a gimnasia incesante, mis músculos adquirieron vigor, mis articulaciones agilidad y mi vista perspicacia. Saltaba como un saltamonte; trepaba como un mono; corría como un gamo; escalaba una tapia con la soltura de una lagartija, sin sentir jamás el vértigo de las alturas, aun en los aleros de los tejados y en la copa de los nogales, y, en fin, manejaba el palo, la flecha, y sobre todo la honda, con singular tino y maestría.

Tantas y tan provechosas aptitudes no podían estar ociosas, y, en efecto, no lo estuvieron. Mi habilidad en asaltar tapias y en trepar a los árboles, diéronme pronto triste celebridad. Como el buscón de Quevedo, cobraba censos, diezmos y primicias sobre habares, huertos, viñas y olivares. Para la cuadrilla capitaneada por mí, criábanse los más sabrosos albérchigos, las más dulces brevas y los más suculentos melocotones. De nuestras reivindicaciones comunistas, informadas en espíritu de niveladora equidad, no se libraban ni el huerto del cura, ni el cercado del alcalde. Ambas potestades, la eclesiástica y la civil, nos tenían completamente sin cuidado.

En fin, yo me dí tanta traza en asimilarme las bellaquerías, mañas y picardías de los chicos de Ayerbe, que llegué a ser uno de los muchachos a quienes los padres ponen en el Índice de las malas compañías. Con mostrarme tan diligente y dispuesto en todo género de travesuras y algaradas, había algunas, singularmente aquellas en que entraba por algo la mecánica, en las cuales todos reconocían mi superioridad. Mi concurso, pues, era solicitado por muchos y no para cosa buena.

¿Había que armar una cencerrada contra viejo o viuda casada en segundas o terceras nupcias? Pues allí estaba yo disponiendo los tambores y cencerros y fabricando las flautas y chifletes, que hacía de caña, con sus correspondientes agujeros, lengüetas y hasta llaves. Una observación cuidadosa, fecundada por larga práctica, me había revelado las distancias a que debían hacerse los agujeros para que resultasen los tonos y semitonos, así como la forma y dimensiones de las lengüetas. Recuerdo que algunas de mis flautas, que abarcaban cerca de dos octavas, sonaban con el timbre e intensidad del clarinete; y así me ocurrió más de una vez, ejecutando de oído algunas melodías populares, ser tomado por músico ambulante.

¿Disponíase una pedrea en las eras cercanas o camino de la fuente? Pues yo era el honrado con el delicado cometido de fabricar las hondas, que hacía de cáñamo y de trozos de cordobán que los chicos me traían. Más de una vez ocurrió que, faltando el becerro viejo, tuvimos que echar mano del material de los borceguíes, cuya altura, claro es, disminuía progresivamente. ¡Quién podrá contar la indignación de nuestros padres al comprobar aquella evolución retrógrada del calzado, en cuya virtud la que fué flamante botina venía a parar en raquítica zapatilla!

¿Jugábase a guerreros antiguos? Pues a mi industria se recurría para los yelmos y corazas, que fabricaba de cartón o de latas viejas, y sobre todo para labrar las flechas, en cuya elaboración adquirí gran pericia. En efecto, mis flechas no sólo tenían gran alcance, sino que marchaban sin cabecear ni volverse del revés. Cierto espíritu de observación desarrollado con ocasión de estos juegos, hízome notar pronto que el asta o varilla de la flecha debe pesar menos que el hierro, y ser perfectamente lisa y recta, a fin de que el proyectil no oscile y se tuerza en su trayectoria inicial. En consonancia con esta regla práctica, fabricaba el asta de caña y sustituía los clavos o alfileres que otros usaban a guisa de punta, con el cuento de las leznas rotas de zapatero. Este cuento o espiga afecta forma de lanza, pesa bastante, y convenientemente aguzado y bien amarrado al asta de caña mediante bramante embreado, constituye excelente dardo. A guisa de arco, me valía de largo y robusto palo de boj verde, trabajosamente encorvado, y de cuya excelencia en punto a fuerza y elasticidad me aseguré, estudiando comparativamente arcos fabricados con casi todas las maderas conocidas en el país. Excusado es decir que para procurarme la primera materia (las leznas rotas) entablé relaciones comerciales con todos los aprendices de obra prima de la población. Ellos me proporcionaban también, a veces, corambre para las hondas, a cambio del regalo de una de ellas.

Comprenderá el lector que tamañas flechas, que en mis luchas con camaradas solía embolar, a fin de no herir gravemente, no se empleaban exclusivamente en vanos simulacros de guerra antigua; servían también para menesteres más utilitarios. Cazábamos con ellas pájaros y gallinas, sin desdeñar los perros, gatos y conejos, si a tiro se presentaban.

Ocioso será advertir que estas empresas cinegéticas costáronme soberbias palizas, disgustos y persecuciones sin cuento. Pues aunque mi cuadrilla entera participaba en las citadas fechorías, no se mataba perdiz o reclamo en jaula, ni conejo o gallina en corral, cuya responsabilidad no se me imputara, bien en concepto de autor material, bien a título de fabricante del cuerpo del delito o bien, en fin, como instigador a su comisión.

Merecida o exagerada, mi fama de pícaro y de travieso crecía de día en día, con harto dolor de mis padres, que estallaban en santa indignación cada vez que recibían quejas de los vecinos perjudicados. Las tundas domésticas vinieron frecuentemente a reforzar las sufridas de las manos, harto más inclementes, de los querellosos. Vine de esta suerte a pagar, con las propias, culpas de muchos, con gran contentamiento de mis cómplices, que huían bonitamente el bulto, abandonándome constantemente en la estacada.


EDICIÓN   Imprenta y Librería de Nicolás Moya, Madrid 1917
Fuente: Project Gutenberg (dominio público)
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1 Biblioenlaces[editar]

1.1 Índice del libro

TOMO I
Mi infancia y juventud

Advertencia al lector  •  1. Mis padres  •  2. Excursión tardía a mi pueblo natal  •  3. Mi primera infancia  •  4. Mi estancia en Valpalmas  •  5. Ayerbe  •  6. Desarrollo de mis instintos artísticos  •  7. Mi traslación a Jaca  •  8. El padre Jacinto, mi dómine de latín  •  9. Continúan mis distracciones  •  10. Mi regreso a Ayerbe  •  11. Dispone mi padre llevarme a Huesca a continuar mis estudios  •  12. Mis nuevos compañeros de algaradas  •  13. Las vacaciones  •  14. Mi padre me acomoda de aprendiz en una barbería  •  15. Inquina de mi catedrático de griego  •  16. Vuelta al estudio  •  17. El ferrocarril y la fotografía, dos inventos que me causaron indecible asombro  •  18. Revolución de septiembre en Ayerbe  •  19. Comienzo en Zaragoza la carrera médica  •  20. Mis catedráticos de Medicina  •  21. Continúo mis estudios sin grandes mortificaciones  •  22. Recién licenciado en Medicina, ingreso en el cuerpo de Sanidad Militar  •  23. Llegada a La Habana  •  24. Mis distracciones en San Isidro  •  25. Me traslado a La Habana, donde recaigo de mi dolencia

Índice de la obra (dos volúmenes)

1.2 Biblioteca

Catálogo  •  Ayuda


notas

  1. Somontano de Barbastro (Huesca)
  2. no han enfrenado Yes check.svgaúnaun/aún