Wikilengua
Ir a la navegaciónIr a la búsqueda


Libros de caballerías

PALMERÍN DE INGLATERRA
Francisco de Moraes (1500-1572)

CAPÍTULO SEXTO
El Caballero de la Fortuna


Entre tanto, sin que nadie pudiera saber cómo[1] ni dónde[2], los más famosos caballeros del mundo, que lo recorrían en busca de don Duardos y Primaleón y de los otros desaparecidos, iban quedando presos en las redes de Dramusiando, de modo que, al cabo de los años, llegó a estar cautiva en su castillo toda la flor de la caballería. En tales circunstancias, parecióle al novel caballero Palmerín, aunque mucho le costaba apartarse de la vista de su amada Polinarda, que no era decoroso seguir por más tiempo gozando de la regalada vida de la corte imperial cuando tan falto de caballeros era el mundo, y así, luego de despedirse en secreto de Polinarda, con la más viva pena, sin ser visto de nadie, salió de Constantinopla con la sola compañía de Selvián su fiel escudero, llevando por nombre el de El Caballero de la Fortuna.

Después de correr diversas aventuras en las que conquistó glorioso renombre, púsose en camino para la Gran Bretaña, con ánimo de probar aquella en que se habían perdido tan insignes caballeros.

Eutropa, la tía de Dramusiando, sabiendo por sus artes el gran peligro que para ella y su sobrino se encerraba en aquel nuevo caballero, hizo de modo que cuando el de la Fortuna estaba llegando a Londres, se le presentara, toda deshecha en llanto, una dueña con la súplica de que la vengara de no sé qué ofensas que fingía haber recibido del Caballero del Salvaje. Desafiólo el de la Fortuna, que nada deseaba tanto en el mundo como volver a medir sus armas con su enemigo de Constantinopla, y lucharon ante el rey y la corte de Inglaterra con tanto brío y fortaleza que en todo el día ninguno de ellos pudo conseguir victoria sobre el otro y cuando se puso el sol ambos estaban llenos de terribles heridas y con las armas destrozadas —aunque en peor situación el del Salvaje— pero tan enteros de ánimo que ni el propio rey los logró separar para que no acabaran de darse muerte uno a otro.

El rey, que ningún descanso ni reposo sufría en su corazón, fuese adonde estaba Flérida, diciendo:

—Señora hija, don Duardos es vivo y por mano de alguno ha de ser libre; no hay en el mundo en quien el hombre espere sino en el uno destos que tan cerca están de perder las vidas; pídoos que luego los vais apartar, que por mí no lo quisieron hacer, y si no, si ellos mueren, yo he por muerta la esperanza que tuve hasta aquí de algún bien.

Flérida, que hasta entonces nunca había salido de su aposento ni ninguno la viera, tuvo por muy grave lo que el rey le pedía, mas quiso hacer su voluntad, y así salió por la plaza llevándola el rey por la mano, acompañada de cuatro dueñas vestidas de negro y ella con un hábito de la misma color de paño grueso conforme a su cuidado, en su cabeza una beatilla de lino que le cubría los ojos, mas tan hermosa como en el tiempo de su alegría. En la plaza de palacio hubo muy gran alboroto viéndola venir, y el espanto y rebullicio de la gente tamaño, que los caballeros se tornaron apartar por ver lo que era; Flérida llegó a ellos, y tomando al de la Fortuna por la manga de la loriga, le dijo:

—Pídoos por merced, caballero, si en algún tiempo por alguna dueña tan mal tratada de la fortuna habéis de hacer alguna cosa, que sea dejar esta batalla, pues en ella no se gana sino el riesgo en que vuestra vida y de esotro caballero está.

El de la Fortuna puso los ojos en ella, y parecióle tanto a su señora Polinarda, que no supo si pensase que era ella, y puniendo las rodillas en tierra, le dijo:

—Señora, esta fué la batalla que más deseé acabar en mi vida, y agora la dejo si en ello recebís servicio, y la honra della sea dese caballero, pues tan bien la merece.

—Esa no quiero yo —dijo el del Salvaje— sino cuando por mí la ganare, y si vos deseastes acaballa, también deseé lo mismo; mas pues hacéis lo que mi señora Flérida manda, mal podré yo hacer al contrario, que soy suyo y se lo debo de obligación.

Flérida se lo agradeció, y tornándose para su aposento, sin saber que no era aquella la primera vez que de su mano recibieran la vida.

Una vez sano de sus heridas, el caballero del Salvaje acometió la aventura del Valle de la Perdición —que ya por los escuderos de los caballeros presos en el castillo de Dramusiando se sabía donde habían quedado sin libertad don Duardos, Primaleón y todos los otros—, y si no logró darle cima, estuvo más cerca de la victoria que nadie lo había estado, pues, después de haber vencido a don Duardos y todos los gigantes, si no triunfó de Dramusiando tampoco fué derrotado por éste, sino que, después de luchar horas y horas, cuando cerraba la noche cayeron ambos en tierra, más muertos que vivos, de la sangre que se escapaba de sus muchas heridas. Entonces, un encantador que protegía extremadamente a la familia del rey de Inglaterra, llamado Daliarte, envuelto en una negra niebla, llevóse del patio del castillo el cuerpo del caballero del Salvaje, sin saber nadie cómo, mientras Eutropa y las gentes del castillo trataban de reanimar a Dramusiando.

Nota: va impreso en letra cursiva todo lo que el editor ha tenido que añadir, por razones de claridad, a los pasajes de los libros de caballerías, y en los usuales caracteres de imprenta los textos antiguos.

EDICIÓN   Instituto-Escuela. Madrid, 1924.
Fuente: Project Gutenberg (dominio público)
leermas.gif BIBLIO info

1 Biblioenlaces[editar]

1.1 Índice del libro

Palmerín de Inglaterra

1. La floresta encantada  •  2. Los mellizos de Flérida  •  3. Desierto y Palmerín  •  4. Primaleón  •  5. El torneo  •  6. El Caballero de la Fortuna  •  7. Los enemigos hermanos  •  8. La libertad de los Caballeros  •  9. Las fiestas de Londres

1.2 Biblioteca

Catálogo  •  Ayuda

2 Locuciones, expresiones y sentencias[editar]

Artículo principal: locución


notas