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RECUERDOS DE MI VIDA
Santiago Ramón y Cajal (1852-1934)
TOMO II    Historia de mi labor científica

CAPÍTULO XVII
Con ocasión de conmemorar el decenario de su fundación la Universidad de Clark (Estados Unidos), centro de estudios superiores, soy invitado, juntamente con otros profesores europeos, á dar algunas conferencias. — Tórrido calor de Nueva York. — Mi viaje á Boston y Worcester (Mass.), donde se celebró la fiesta universitaria. — El patriotismo anglo-sajón. — Algunas causas morales de la guerra suscitada entre los Estados Unidos y España. — Las instituciones docentes de Boston y de Nueva York.


Fig. 86.—Algunos rasca-cielos de la calle ancha ó Broadway, de Nueva York.

Hallábame, allá por Junio de 1899, enfrascado en las antedichas exploraciones del cerebro humano, cuando llegó á mis manos una cortés invitación de la Universidad americana de Worcester (Clark University[1]), Centro de investigaciones superiores, comparable con el Colegio de Francia, para dar varias conferencias acerca de mis investigaciones sobre la corteza cerebral. Tratábase de celebrar cierta fiesta académica solemne, con asistencia de muchos sabios americanos y europeos, al objeto de conmemorar el X año de la fundación de la citada Universidad[2], obra de la generosidad privada, como suelen serlo entre los yanquis las escuelas profesionales y los Establecimientos de alta cultura. Para costear gastos de viaje, el oficio de invitación incluía un cheque de 600 dólares.

Profundamente sorprendido y perplejo quedé al recibir semejante mensaje. No me explicaba cómo en los Estados Unidos habíanse acordado de un humilde investigador español, de un profesor perteneciente á la raza vencida y humillada[3].

Asaltóme una duda. ¿Podía yo, razonablemente, pocos meses después de la guerra, vibrantes todavía en España la indignación y el encono por el inicuo despojo colonial, aceptar tan comprometida misión?

Fig. 87.—Mr. Stephen Salisbury y sus huéspedes españoles.

Consulté el caso con el ministro de Fomento, Marqués de Pidal, y con algunas personas cuyos consejos tenía en mucho; y contra lo presumible, el Gobierno, los amigos y hasta la Prensa política (que comentó el suceso con palabras muy halagadoras para mí), aconsejáronme unánimemente la aceptación del delicado y difícil honor.

De buena gana lo habría declinado. Cuanto más que mi salud distaba mucho de ser por aquella fecha floreciente. De resultas de gripe tenaz ó acaso por consecuencia de las emociones excesivas del laboratorio (cada descubrimiento interesante ó que me lo parece, cuéstame noches de insomnio), padecía de palpitaciones y arritmias cardíacas, con las consiguientes preocupaciones é inquietudes. Dócil, sin embargo, á los ruegos de los amigos y alentado por el ministro, que me señaló decoroso viático, púseme en camino, acompañado de mi esposa, para que cuidase de mis achaques.

Después de pasar por París, donde tuve el gusto de saludar á los profesores M. Duval y M. Dejerine, y de abrazar á mis buenos amigos M. Azoulay y M. Nageotte, nos embarcamos en el Havre con dirección á Nueva York, en un buque de la Compañía Trasatlántica francesa. Á bordo tuve la grata sorpresa de encontrar al ilustre Dr. A. Mosso, profesor de Fisiología de Turín, al gran matemático francés M. E. Picard, profesor del Colegio de Francia, y al famoso Dr. A. Forel, consagrado por entonces á interesantes estudios sobre la psicología de las hormigas. Todos estos sabios habían sido invitados como yo para la Clark Celebration.

Excusado es decir que, en tan selecta compañía, se nos hicieron brevísimos los doce días de travesía. Los profesores Mosso y Forel, con quienes intimé mucho durante el viaje, se me revelaron como personas agradabilísimas, al par que conversadores deliciosos. En nuestros gratos coloquios de á bordo discurrimos sobre todo lo divino y humano: filosofía, ciencia, artes, política, etc.

Fig. 88.—Hotel de Mrs. Lawton, en Worcester. Tipo de las deliciosas casitas habitadas por la clase media americana.

Mediado el mes de Julio, arribábamos á Nueva York, la estupenda ciudad de los rasca-cielos[4], de los multimillonarios, de los trusts[5] avasalladores y del calor sofocante. Esto último fué para mí desagradable sorpresa. Creía que los países de hierba y las ciudades marítimas poseen el privilegio de gozar durante la canícula de moderada temperatura. Y yo, que en nuestro Madrid, la típica ciudad del sol y del cielo azul, siéntome enervado cuando el termómetro marca en las habitaciones 27° y 35° en la calle, tuve, mal de mi grado, que soportar 32° ó 33° centígrados en el hotel y 45° ó 46° en las rúas.

Y no obstante, los yanquis lo soportan como si tal cosa. Aunque sudando la gota gorda, veíanse por las calles trajinar afanosamente faquines y albañiles. ¡Oh, la fibra acerada de la raza anglo-sajona!...

Con aquel sol de fuego y con la profusión de instalaciones domésticas de gas y electricidad, compréndese que los incendios sean allí el pan nuestro de cada día. Mal de mi grado hube de presenciar uno de estos desagradables contratiempos.

Cierto día, y á deshora, inicióse el fuego en el cuarto de un huésped del principal. Cundió súbitamente la alarma en los hombres y la nerviosidad y el terror en la mujeres. Algunos huían despavoridos hacia la escalera principal, interceptada por densa y asfixiante humareda. Otros, más avisados, nos dirigimos á los balcones, donde la previsión americana, aleccionada por trágica experiencia, ha dispuesto ciertas grandes escaleras de salvamento. Pero ¿quién hace bajar á una señora tímida y nerviosa, como buena española, por aquellos aéreos peldaños? Por suerte, los bomberos acudieron á tiempo, sofocando rápidamente el incendio.

Pasado el susto, consideré los curiosos incidentes provocados por el terror. Desde el punto de vista de la psicología individual, nada hay más instructivo que un siniestro. Al huir, cada cual abraza á su ídolo: las madres á sus hijos, los recién casados á sus esposas, las cómicas á sus joyas y preseas, los comerciantes y banqueros á sus carteras y maletines. No hay como el espanto, para denunciar el verdadero carácter y valorar rápidamente los bienes de la vida.

Fig. 89.—Edificio central de la Universidad de Clark.

No caeré en la tentación de describir la gran metrópoli americana. Me limitaré á expresar que admiré la famosa estatua de la libertad de Bartholdi, el barrio comercial de Brooklyn, el puente audaz sobre el East River, los suntuosos palacios de la V Avenida, la famosa catedral de San Patricio, de que tomé por cierto excelentes fotografías, los colosales buildings albergadores de fábricas, sociedades industriales y grandes rotativos, las deliciosas playas de Brighton y de Manhattan, el incomparable parque central salpicado de alcores coronados de rocas y cubierto de magníficos árboles, y, en fin, los espléndidos comercios donde todo se sirve á máquina y en los cuales, á favor de ingeniosos artificios, la mercancía demandada circula por carriles aéreos, al través de inacabables corredores y pisos, llegando en pocos segundos, convenientemente empaquetada, á las manos del cliente. En la figura adjunta copio una fotografía que da idea de lo enorme de las construcciones de muchos pisos.

Por cierto que, con ocasión de estos curioseos por los grandes almacenes, hube de comprobar, con pena, cierta sospecha que yo tenía sobre los sentimientos instigadores de la agresión de los Estados Unidos á España. Por consecuencia de la cruel, impolítica y contraproducente medida de concentrar en campamentos toda la población rural de la gran Antilla, los cubanos supervivientes que, por falta de ánimos, no engrosaron las huestes de Maceo, huyeron en masa á los Estados Unidos (Cayo Hueso, Tampa, Nueva Orleans, Nueva York, etc.), buscando trabajo en campos, fábricas y comercios. Algunos de estos desventurados, hembras en su mayoría, con quienes conversamos en los obradores y comercios de Nueva York, nos refirieron miserias y crueldades desgarradoras. Huelga notar, que las lamentaciones de tantos millares de prófugos, pregonando y agravando hasta lo inverosímil la vieja leyenda anglo-sajona de la crueldad española, crearon en los Estados Unidos un estado emocional, que fué hábilmente explotado por los laborantes cubanos y por el partido imperialista ó intervencionista[6].

Fig. 90.—Las cataratas del Niágara vistas desde la orilla yanqui.
Fig. 91.—El brazo principal de la catarata contemplado desde la orilla canadiense.

Aproximábase la fecha de la fiesta académica de Worcester. Dí, pues, de mano á[7] mis callejeos y visitas á Institutos científicos y Museos —algo inferiores entonces á los similares de Inglaterra y Alemania— y púseme en camino para Boston, ciudad no lejana del término del viaje. Durante todo el trayecto, hecho en tren expreso, me acompañó el mismo sofocante calor de Nueva York. Dicho sea en alabanza de la cultura yanki, las empresas de ferrocarriles hacen lo posible para mitigar las molestias del viajero. Á este propósito y entre otras comodidades, cada coche dispone de un gran depósito de agua helada, servida gratuitamente á los pasajeros, por camareros negros, muy amables y solícitos.

Á nuestro arribo á Worcester la ola de calor, lejos de ceder, habíase hecho formidable. El hálito abrasador de la atmósfera, apenas mitigado durante la noche, según ocurre en los climas muy húmedos, no dejaba respirar. Yo estaba febricitante y semi-congestionado. Por tal motivo y por haber llegado á deshora, no osé avisar al Rector. Y así pasé la noche —toledana[8], en verdad— tratando de aliviar mi angustiosa cefalalgia con compresas de agua fría.

Para colmo de contrariedad, celebrábase aquel día la Fiesta de la Independencia, y un estruendo ensordecedor subía de las calles. Oíanse himnos patrióticos, vivas estentóreos, estallido de cohetes y, sobre todo, tiros, ya sueltos, ya en descarga cerrada. Asomadas á ventanas y azoteas, descubrí muchas personas como frenéticas, disparando al aire sus rifles. En la calle, hasta las mujeres enarbolaban banderas y gritaban desaforadamente. Dulces expansiones monjiles son nuestras castizas broncas de la Plaza de Toros, comparadas con el estruendo y bullanga del pueblo americano durante el famoso Independence day, en el cual, dicho sea de pasada, ocurren siempre lamentables desgracias. ¡Triste cosa es que los hombres sólo acierten á mostrar su júbilo haciendo ruido! Á propósito de lo cual, cabría preguntar: ¿Alborota el pueblo porque está alegre, ó alborota para alegrarse? Lo segundo paréceme más cierto que lo primero. Porque, dígase lo que se quiera, el trabajador manual —y aún más el intelectual— son en el fondo animales tristes y soberanamente aburridos. Pero descartemos reflexiones impertinentes.

Con el alba pasó, al fin, aquella racha de locura y desenfreno. Ya entrada la mañana, y aliviado un tanto de los efectos del insomnio, participé mi llegada al honorable Rector de la Clark University, el ilustre psicólogo y educador G. Stanley Hall. Poco después vino á saludarme y á ponerse á mis órdenes el simpático Secretario y profesor de la Universidad, mozo de tanta cultura como bríos, según demuestra el suceso siguiente:

Encargada la busca de un carruaje y avisado el cochero para que, conforme á usanza americana, acomodara el equipaje en el vehículo, atajóme cortésmente el elegante Secretario con estas inesperadas frases:

—¡No vale la pena de molestar al cochero!... Aquí estoy yo para cargar con el baúl.

Y sin oir nuestros ruegos, el flamante funcionario ladeó garbosamente su inmaculada chistera, y haciendo alarde de vigor y agilidad insospechables, bajó en un santiamén el baúl-mundo y la maleta (en junto pesaban cerca de 90 kilos) y los acomodó diestramente en el coche.

Azorada estaba mi mujer al contemplar las manchas de polvo y los inelegantes pliegues que tan precipitada y ruda faena habían producido en la irreprochable levita. Y exclamó:

—Pero ¿por qué se ha molestado usted? Eso es cosa del camarero...

—No —replicó el atildado gentleman[9]—; esto es obligación de todos. Vivimos en América, patria de la democracia, donde nadie toma á bochorno ó á deshonra el trabajo manual. Aquí sólo reconocemos la nobleza del talento y del saber...

He aquí una excelente lección de legítima y sana democracia. Convengamos, empero, en que tan persuasiva propaganda no está al alcance de todo el mundo. No basta abandonar aristocráticos humos y señoriles melindres; hacen falta también músculos de acero.

Guiado por el Secretario, el carruaje nos condujo á casa del huésped, opulento prócer, entusiasta protector de la Universidad y prototipo de esa especie de filántropos patriotas de que solamente en Inglaterra y en los Estados Unidos se dan perfectos ejemplares, quiero decir limpios de egoísmo confesional y de sectarismo político.

Nuestro patrón Mr. Stephen Salisbury, vivía casi modestamente, si se tiene en cuenta su gran fortuna, que consagraba á obras de civismo, cultura y beneficencia. Inspirándose en sentimientos de tolerancia y altruísmo que sorprenderían á nuestros orondos y fanáticos ricachos, fundó dos hospitales con sendas iglesias: uno para protestantes (él profesaba la religión reformada) y otro para católicos. Además, para deleite y enseñanza de sus conciudadanos, erigió un suntuoso Museo de Arte, cuyo palacio, así como la mayoría de los cuadros, regaló al Municipio; donó al pueblo cierto parque dilatado, valuado en millones, y, además, pasaba por ser, según dejo dicho, uno de los más devotos y generosos protectores de la Clark University, donde costeaba cátedras é instituía premios. ¡Qué hombres!...

El benemérito Mr. Salisbury descendía de un noble inglés arribado á América con los primeros conquistadores, y moraba en cómoda villa, donde, ocioso es decirlo, nos alojó y trató á cuerpo de rey. Frisaba nuestro huésped en los sesenta y cinco, y permanecía soltero, por horror, nos decía, á la mujer americana, cuyas tendencias varoniles y excesiva libertad de movimientos (la locura feminista culminaba entonces) repugnábanle invenciblemente.

Había viajado por España y chapurreaba algo el español. Por cierto, que al recordar las picantes aventuras de sus viajes por Andalucía y encarecer la gracia y donaire de las hembras de Cádiz, Sevilla y Granada, solía decirnos que en España «sólo las mujeres tienen talento». Á sus ojos, nuestros hombres resultaban deplorablemente insignificantes.

—Me complazco, exclamaba á veces, en alojar en mi casa á un español dotado de sentido común...[10].

En el adjunto grabado (fig. 87) reproduzco la fotografía de Mr. Salisbury y de sus dos huéspedes españoles, hecha por un ayuda de cámara aficionado al arte de Daguerre.

En su afán de sernos agradable y de que mi esposa pudiera penetrar en la grata intimidad del home americano, Mr. Salisbury tuvo la bondad de presentarnos á una de sus amigas, Mistress Lawton, señora viuda (uno de sus hijos se había batido en Cavite contra España), dotada de positivos talentos musicales. Conocía algo el español y para poder intimar con mi mujer, reforzó aquellos días su escaso léxico merced á trabajo supraintensivo. Juntas y convertidas en cordiales amigas, visitaron asilos, iglesias católicas y hospitales (en uno de los cuales la madre de Mrs. Lawton, con ese noble altruísmo tan general en América, había legado la renta necesaria para costear una sala), el Club de las señoras, con magníficos salones de conversación y lectura, los grandes bazares de la ciudad, etc. Como muestra de los deliciosos y cómodos hoteles habitados por la clase media americana, reproduzco en la figura 88 la mansión de la citada señora.

Yo encontré también para mis correrías artísticas y pintorescas mentor muy amable y solícito en cierto profesor ruso de matemáticas, algo estrafalario, que lucía espléndida melena rubia tendida hasta la cintura. Enamorado de España, se perecía por hablar nuestra lengua, de la que hacía calurosos elogios. Su facilidad para los idiomas era portentosa. Con sólo dos meses de estancia en Granada, había aprendido el español sin olvidar el francés, el ruso, el polaco, el alemán y el italiano, que hablaba á la perfección. Su indumentaria, algo estrambótica, corría parejas con su fluvial y romántica melena; pero en aquel ambiente de amable tolerancia nada chocaba. Le amparaba, además, su gran competencia en la teoría de los números.

Los días 4 de Julio y siguientes hasta el 10, fueron consagrados á las fiestas de la Decennial Celebration. Consistieron en recepciones oficiales, banquetes, giras á los Establecimientos docentes y á los alrededores pintorescos de la ciudad y, en fin, en las Conferencias científicas á cargo de profesores americanos y extranjeros. Un público selecto, llegado de todos los Estados de la Unión, congregóse en la Clark University, asistiendo asiduamente á las lecciones.

Las mías, en número de tres, versaron sobre la Estructura de la corteza cerebral del hombre y mamíferos superiores, tema que, según dejo apuntado, había sido objeto de mis investigaciones durante los años 1898 y 1899. En mi público figuraban principalmente médicos, naturalistas y psicólogos. Deseando demostrar gráficamente mis recientes hallazgos en tan difícil dominio, ayudéme, según costumbre, de grandes cuadros murales policromados. Para los iniciados en la técnica neurológica, reservé algunas sesiones de exhibición de preparaciones micrográficas. Creo que acerté á satisfacer la expectación de mis oyentes; en todo caso, fuí bastante aplaudido.

El texto de las citadas Conferencias, reunido con el de todas las pronunciadas durante las fiestas, imprimióse á expensas de la Universidad, en lujosísimo volumen, primorosamente encuadernado[11]. Al frente de cada serie de lecciones figuraba el retrato del profesor.

La Sesión de clausura, celebrada el 10 de Julio, fué muy solemne. Leyéronse en ella expresivas cartas de congratulación del Presidente de la República, Mr. MacKinley[12], de varios conspicuos miembros del Senado y, en fin, de muchos sabios ilustres nacionales y extranjeros; pronunció el Rector G. Stanley Hall, elocuente oración, en la cual, después de narrar la historia de la Universidad, enumeró los trabajos científicos realizados y trazó el programa de los futuros desarrollos. Siguió luego una especie de sermón de tonos elevados, pronunciado por el reverendo Dr. De Vinton; y, por último, previos los sendos encomios de ritual, fuimos los cinco profesores extranjeros investidos ceremoniosamente del grado de doctor honoris causa (Doctor en Derecho, según reza el diploma), acabando el acto con breves discursos de gracias.

El papel de huésped, más ó menos ilustre, resulta en América singularmente comprometido. Los yankis no se contentan con aprender del forastero; desean además ser juzgados por él. Velis nolis[13], no tuvimos más remedio que improvisar respuestas á las siguientes delicadas interrogaciones:

¿Qué defectos halla usted en nuestras Instituciones docentes? ¿Tendría usted la bondad de señalar las reformas urgentes ó las medidas encaminadas á perfeccionar la obra de nuestra Universidad?

Claro es que rindiendo culto á la cortesía y á impulsos de la gratitud, nuestros juicios fueron incondicionalmente encomiásticos; sin embargo, al través del follaje retórico, apuntaban también algunas reformas útiles. Yo propuse para el cuadro de enseñanza de la Universidad, dos novedades: la creación de laboratorio de Investigaciones bacteriológicas y la de otro de Histología y Patología experimentales.

Mas en esto de las encuestas tuve peor suerte que mis compañeros. Mi calidad de español me constituía en blanco preferente de los reporteros políticos. Las periodistas, sobre todo, me asediaban día y noche. Querían saber de mí —¡ahí es nada!— los inconvenientes ó las ventajas que para los Estados Unidos podrían derivarse de la anexión de Cuba, Puerto Rico y Filipinas. ¡Era como mentar la soga en casa del ahorcado[14]!

Salí del paso como pude de tan inoportunos entrometimientos, no sin incurrir, á causa quizás del mal humor, en bastantes ligerezas. ¡Espantado quedé al leer en los periódicos locales mis declaraciones políticas!...

Y menos mal que conseguí evitar á mi esposa los asaltos de aquellas implacables reporteras (solteronas típicas y genuinos representantes de lo que Ferrero llamó el tercer sexo), resueltas á sonsacar á ultranza la opinión de Mistress Cajal, tanto sobre el feminismo teórico, como sobre el estado en que se encontraba en nuestra patria la campaña de la emancipación de la mujer.

—En nuestro país —les respondí— vivimos por desgracia tan atrasados, que las mujeres se contentan todavía con ser femeninas y no feministas. Y al parecer, ello les basta para su felicidad y la del hogar.

Por no abusar de la paciencia del lector, omitiré los festejos, recepciones, festines y agasajos de todo género, de que fuimos objeto, tanto los huéspedes extranjeros como los representantes de las Universidades americanas, de parte del ilustre Rector y de los simpáticos profesores de la Clark University. Por lo que á mí toca, fuera, empero, ingratitud no consignar las atenciones y delicadezas que merecí á Mr. A. Gordon Webster, ilustrado profesor de Física, en cuyo hogar tuve el honor de conocer á la genuina mujer americana, culta, fuerte, hacendosa y exenta de enfadosos feminismos; y al Dr. A. Mayer, ferviente admirador y compatriota de A. Forel, en compañía del cual gusté el placer de visitar los principales establecimientos de beneficencia, y particularmente un magnífico Hospital consagrado al tratamiento de las enfermedades nerviosas y mentales; Hospital donde, por cierto, pude apreciar los inestimables servicios prestados por las señoritas enfermeras, jóvenes bien educadas, instruídas en los elementos de la medicina, y que sustituyen allí ventajosamente á nuestras hermanas de la Caridad.

Mi despedida de Worcester fué precedida de un episodio, vulgar sin duda en toda fiesta celebrada por jóvenes en tierras anglosajonas, pero que á mí me produjo profunda impresión.

Habíamos pasado un día en el campo, á la orilla de un lago pintoresco que sirve de depósito á las aguas potables de la ciudad; y al final de un banquete, á que asistieron profesores y estudiantes, para poner remate á los brindis entusiastas, todos los comensales ingleses y americanos —pasaban de 100— pusiéronse de pie y, con voz robusta y vibrante entonaron acordes, primero el himno americano y después el inglés God save the Queen[15]. En el silencio y la obscuridad de la noche, aquellas estrofas alzadas briosamente de todas las gargantas, sonáronme á sublime cántico religioso. ¡Profundamente conmovido, mi corazón latía con violencia, un calofrío sacudió mi piel y mis lágrimas estuvieron á punto de correr!...

El espectáculo era tan emocionante como instructivo. Aquellos mismos hombres, que momentos antes charlaban y reían con esa sana alegría, inequívoco signo de fortaleza y optimismo, acordáronse todos, antes de separarse, de que eran hijos de una misma madre, la noble Albión, y de que debían, por tanto, sentirse hermanos en espíritu y corazón... ¿Quién conoce el himno patriótico de la raza hispana?

Entonces comprendí muchas cosas. Y mejor que en el decantado libro de Des Moulins, advertí en qué consiste la decantada superioridad del pueblo anglo-sajón. Artífices de su grandeza son, ciertamente, la robusta mentalidad y la rectitud y energía de carácter. Considero, sin embargo, como principales resortes dos cosas totalmente descuidadas en España y en los países de nuestra estirpe: la educación del patriotismo y la inoculación intensiva del espíritu de solidaridad.

Ciencia, cultura superior, austeridad administrativa, orgullo ciudadano, heroísmo militar, etc., representan transformaciones de una misma energía primordial, el amor de la raza. En los felices países de lengua inglesa aparece el patriotismo como algo profundamente místico, como un fanatismo religioso inoculado en la niñez y fortalecido después por la educación política.

Antes de mi regreso á España visité algunas ciudades americanas, é hice también, á título de turista y de cultivador del Kodak, la inevitable excursión á las maravillosas cataratas del Niágara. Narradas, encomiadas y fotografiadas hasta la saciedad, fuera ahora imperdonable impertinencia detenerme á describirlas.

Para amenizar y adornar el texto, doy aquí dos de las instantáneas de mi copiosa colección (figs. 90 y 91).

Entre las grandes urbes visitadas durante mi estancia en América, guardo, sobre todo, vivo recuerdo de Boston, capital del Estado de Massachusetts, la región más poblada y exquisitamente culta de los Estados Unidos.

Sincera admiración y noble envidia prodújome la visita á la Harvard University.

Cautiváronme sus maestros, alguno tan preclaro como el profesor S. Minot, de renombre mundial y de quien, dicho sea de pasada, tuve el honor de ser guiado al través del inacabable dédalo de los palacios universitarios. Estos espléndidos edificios ocupan área enorme de la populosa barriada de Boston, llamada, en recuerdo de la célebre Universidad inglesa, barrio de Cambridge.

Fig. 92.—El Memorial Hall (Universidad de Harvard) donde los estudiantes celebran sus reuniones. Fachada principal del grandioso edificio.

Imposible describir aquí estas admirables Instituciones, casi todas fundadas y sostenidas por los donativos de hijos preclaros de la ciudad ó de discípulos agradecidos á las enseñanzas del Alma mater. Me limitaré á citar: la magnífica Facultad de Medicina con sus ricas colecciones anatomo-patológicas (Warren Anat. Museum) y sus excelentes Laboratorios de investigación; la Facultad de Ciencias, con el bien organizado Jefferson Physical Laboratory; el Museo de la Universidad, enorme construcción que contiene las colecciones donadas por los célebres naturalistas Agassiz, padre é hijo; el Peabody Museum, inestimable colección arqueológica; el Hemenway Gymnasium, suntuosa construcción regalada á los estudiantes por un acaudalado ciudadano de Boston; la Biblioteca de la Universidad (University Library), palacio grandioso donde estudiantes y profesores se reunen para consultar no sólo los libros científicos, sino las revistas más importantes publicadas en el mundo; los numerosos y suntuosos Colegios (pasan de 70), donde, á usanza inglesa, moran los estudiantes, vigilados por profesores é instructores especiales; los extensos campos de instrucción militar, de juegos de tennis, de balompié, etc., destinados no tanto á la formación física de los colegiales, cuanto á la educación de la energía. Y, en fin, para acabar la lista (completa ocuparía varias páginas), citemos el soberbio Memorial Hall, artístico y monumental palacio cuajado de estatuas de hombres célebres, adornado con retratos de bienhechores de la Universidad y de inscripciones clásicas griegas, latinas é inglesas, edificado en memoria de los estudiantes muertos en la terrible guerra de Secesión: en sus dilatadas salas celébranse las Juntas de estudiantes, compran éstos por módico precio sus refrigerios y reciben —y esto es lo más delicadamente espiritual— con la contemplación de los héroes legendarios de la raza y la meditación de sus dichos y máximas, lección permanente de elevado y confortador patriotismo.

Fig. 93.—Librería de los Colegios (Gore Hall) de la Universidad de Boston.

Particularmente instructiva fué también mi visita á la Biblioteca de la ciudad de Boston, acaso la más copiosa y mejor organizada del mundo. Á pesar del dédalo inacabable de salas, corredores, ferrocarriles aéreos por donde circulan los libros; no obstante la legión de empleados, linotipistas, impresores y encuadernadores, etc., á despecho, en fin, del ímprobo trabajo que supone disponer, clasificar y catalogar varios millones de libros, folletos y periódicos, el servicio resulta tan rápido y bien ordenado, que pocos minutos después de hecho un pedido, llega el volumen á las manos del lector. Á ruegos de mi acompañante hice la prueba, demandando cierto ejemplar de las primeras ediciones del Quijote, conservado allí cual joya inestimable. Trascurridos apenas tres minutos, entregáronme el precioso ejemplar. Advertí también, contra mis presunciones, que dicha Biblioteca es muy rica en libros españoles, antiguos y modernos, conservándose hasta colecciones de nuestros principales periódicos.

Fig. 94.—Escuela médica de Boston (Pabellón Central).

Y á propósito de la Prensa española y aunque amargue algo el recuerdo, apuntaré cierta observación del amable Bibliotecario, por cierto persona cultísima, conocedora del español y del tesoro de nuestros clásicos (había estado dos años pensionado en Madrid, escudriñando nuestros archivos y bibliotecas), que tuvo la bondad de mostrarme todas las dependencias del famoso Establecimiento.

Llegados á la sala de los periódicos extranjeros, detúvose de pronto, y haciendo una mueca de disgusto, señalóme dos diarios españoles de gran circulación y cierto periódico satírico, extendidos sobre una mesa.

Fig. 95.—Comedor de estudiantes del Memorial Hall, de Boston.

—¡Esos periódicos —exclamó— son responsables de la mitad de la culpa de la pasada guerra! ¡Nos provocaron imprudentemente, calificándonos de mercachifles, choriceros y cobardes!... ¡Telegrafiados, traducidos y comentados tan soeces insultos por nuestra Prensa, causaron profunda indignación hasta en los amigos y admiradores de España, entre los cuales tenía yo la honra de contarme!...

¡Qué pena oir tales censuras y tener que reconocer su justicia!...

Terminadas mis excursiones, tomé la vuelta de Nueva York, á fin de disponer el viaje de regreso. Debiendo aguardar algunos días la llegada del vapor, procuré aprovecharlos, estudiando mejor las Instituciones docentes y curioseando las novedades y atracciones industriales de la grandiosa urbe neoyorquina.

Fig. 96.—Vista de conjunto de la Universidad de Columbia de Nueva York; el edificio central es la biblioteca.

Mi primera visita fué para la Columbia University, enorme agrupación de magníficas y amplias construcciones donde, aparte los edificios destinados á la enseñanza, figuran: copiosa biblioteca, situada en el centro, según aparece en el dibujo adjunto; la capilla, el gimnasio, el teatro académico, salones de lectura, colegios, Museo de Historia natural, campos de juegos, etc. En otras barriadas de la ciudad álzanse la Facultad de Medicina y la de Farmacia, con admirables Laboratorios, bibliotecas, colegios, y en fin, la Universidad de Nueva York ó University Heights, como allí la llaman, ilustrada por el célebre profesor Morse, inventor del telégrafo de su nombre. Fuera interminable describir estas admirables fundaciones debidas, como la mayoría de las Instituciones docentes americanas, á la munificencia particular.

Objetos de mi atención fueron también los pintorescos alrededores de Nueva York y muy singularmente la famosa Escuela militar de West Point, edificada en una altura, con espléndido panorama sobre el Hudson. En esta Academia modelo, aislada y alejada de las distracciones y vicios de la ciudad, llevan los cadetes austera vida conventual, de estudio intensivo y de recia vigorización muscular; austeridad mitigada por la visita de sus familias y las de muchas personas de la buena sociedad neoyorquina, que, en determinados días del mes, toman parte en las fiestas íntimas de la Escuela, conversan amablemente con los jóvenes oficiales y les dan la impresión halagadora de que son los hijos predilectos de la patria y la esperanza de su futuro engrandecimiento.

Quise conocer también las nuevas invenciones industriales del pueblo más genialmente dotado para el cultivo de la mecánica, y comprobar de paso los nuevos perfeccionamientos del fonógrafo y grafófono, con las mejoras introducidas en el genial invento de Edison por el italiano Bettini. Según se verá, mi curiosidad en este punto envolvía algún interés personal. Aunque ello parezca extraño, quien esto escribe, incubaba también, por entonces, cierto perfeccionamiento de la máquina parlante. Según achaque de todos los inventores, seres radicalmente egoístas, deseaba yo que el instrumento se mantuviera invariado é inmóvil sobre los principios propuestos por el célebre mago de Mungo-Park.

Mas para justificarme, necesito retroceder en mi relato y hacer una digresión que sabrá dispensarme el lector en gracia de la moraleja que encierra. Allá por los años 1895 y 1896, el fonógrafo de Edison y sus variantes (el grafófono de cierta casa de Washington y los famosos diafragmas amplificadores de Bettini), hacían furor en Madrid. Gracias á la propaganda activa del francés M. Hugens, y sobre todo á las facilidades de venta de la casa Aramburo, que era como el casino de los cultivadores del cilindro, la afición á la fonografía cundió cual epidemia, atacando aun á los que, como yo, fueron siempre refractarios á los encantos de la música. El invento de Edison nos proporcionó, sin duda, deliciosas veladas invernales; pero nos llevó también á cometer muchos abusos. Sin la menor aprensión acometíamos á los artistas eminentes, cuya bondad poníamos á prueba obligándoles á impresionar romanzas, canciones y parlamentos cómicos. Recuerdo que en compañía del simpático Pepe Zahonero —un águila en el arte de seducir cómicos, poetas y parlamentarios—, llevamos nuestra impertinencia hasta abordar al famoso Romero Robledo, quien lleno de bondad honró nuestra bocina declamando trozos de sus discursos, entre otros, uno pronunciado en defensa de la Duquesa de Castro-Enríquez, considerado por él como el mejor de sus éxitos parlamentarios[16].

Pero las máquinas parlantes de entonces adolecían de un grave defecto. Los aficionados al fonógrafo recordarán que, cuando se impresionaba débilmente la cera del cilindro receptor, la voz se reproducía con timbre y modulación casi naturales, pero con gran tenuidad de volumen, justificándose la frase de Letamendi, que llamaba al fonógrafo el conejo parlante. Si, por el contrario, deseando intensificar la impresión, se cantaba ó hablaba cerca de la bocina, la voz resultaba chirriante, estridente é insoportable para todo oído delicado.

Previo análisis minucioso de las condiciones físicas de tan desagradable defecto[17], ocurrióseme la idea de que si el zafiro grabador, en vez de inscribir la ondulación sonora en el sentido de la profundidad, pudiera desarrollarla en plano, trazando sobre placa de cristal ó metal raya continua ó sinuosa, sería dable intensificar poderosamente el sonido, mejorar la pureza del timbre y, en fin, descartar ó aminorar al menos el desapacible estridor.

Entusiasmado con la idea encargué á un maquinista inhábil (á falta de mecánico de precisión) la construcción de mi fonógrafo de disco, mientras ensayaba métodos prácticos de moldear en gelatina, cera ó celuloide. Por desgracia, el aparato, si confirmó plenamente el nuevo principio de inscripción y las ventajas presupuestas, funcionaba deplorablemente. Y solicitado por más apremiantes ocupaciones, olvidé el desdichado artefacto, que arrumbé en el desván en espera de un mecánico capaz de comprenderme[18].

Pues bien; el aparato imaginado por mí, y en parte construído durante los años 1895 y 1896, me lo encontré flamante y recién lanzado al público con el nombre de gramófono en cierto comercio de Nueva York. Divulgado después por el mundo entero y explotado por la Sociedad Americana del Gramophone y sus hijuelas de Europa, dicho aparato sirvió de base á un negocio espléndido, cifrado en muchísimos millones.

No por vanidad pueril refiero estas cosas, sino para que mis lectores biólogos, médicos ó naturalistas, aprendan á mi costa á no malgastar el tiempo persiguiendo invenciones fuera del círculo de la propia competencia. Al abandonar el tajo habitual chocamos siempre con el escollo de ignorar ó de conocer somera ó incompletamente los antecedentes bibliográficos é industriales (patentes de invención registradas, etc.) del asunto, así como la labor intensa y sigilosa desarrollada por hábiles ingenieros á sueldo de los grandes establecimientos industriales de Europa y de América.

En condiciones tales —agravadas todavía en nuestro país por la casi imposibilidad de hallar talleres donde se construyan instrumentos delicados y de gran precisión—, el invento acariciado, caso de realizarse plenamente, suele llegar al mercado con deplorable retraso, y siempre con mengua de nuestras energías é intereses.

Por otra parte, conviene desconfiar mucho de las invenciones de sentido común. ¡La lógica es don tan corriente, tan generosamente repartido! Y aunque sea humillante para el orgullo del investigador, fuerza es confesar que sólo los hallazgos casuales son completa y absolutamente nuestros. ¡Precisamente aquellos en que menos parte hemos tomado!...


EDICIÓN   Imprenta y Librería de Nicolás Moya, Madrid 1917
Fuente: Project Gutenberg (dominio público)
leermas.gif BIBLIO info

1 Biblioenlaces[editar]

1.1 Índice del libro

TOMO II
Historia de mi labor científica

Dos palabras al lector  •  1. Me preparo para oposiciones a cátedras  •  2. Caigo enfermo con una afección pulmonar grave  •  3. Mi traslación a Valencia  •  4. Decido publicar mis trabajos en el extranjero  •  5. Mi traslación a la Cátedra de Histología de Barcelona  •  6. Algunos detalles tocantes a mis trabajos de 1888  •  7. Excesiva reserva de los sabios acerca de mis trabajos  •  8. Mi actividad continúa en aumento  •  9. Trabajos de 1891  •  10. Mi traslación a la Corte  •  11. Peligros de Madrid para el hombre de laboratorio  •  12. La Sociedad Real de Londres me encarga la Croonian Lecture  •  13. Mis trabajos durante los años 1894, 1895 y 1896  •  14. Las teorías y los hechos  •  15. Mi producción en 1898 y 1899  •  16. Mi labor durante los años 1899 y 1900  •  17. Invitado por la Universidad Clark  •  16 bis. Aquejado de una crisis cardíaca, resuelvo vivir en el campo  •  17 bis. Congreso médico internacional de 1903 celebrado en Madrid  •  18. Mis hallazgos con la nueva fórmula de impregnación argéntica  •  19. Trabajos del trienio 1905 a 1907  •  20. Honores y recompensas extraordinarios  •  21. Trabajos efectuados entre 1907 y 1917  •  22. Continúa la exposición de los trabajos del último decenio  •  23. Epílogo. Mi actividad docente y la multiplicación espiritual

Índice de la obra (dos volúmenes)

1.2 Biblioteca

Catálogo  •  Ayuda

2 Locuciones y expresiones[editar]

Artículo principal: locución
  • dar de mano a (locución verbal): dejar de hacer algo, abandonarlo, suspenderlo.
... Aproximábase la fecha de la fiesta académica de Worcester. Dí, pues, de mano á mis callejeos y visitas á Institutos científicos y Museos y púseme en camino para Boston...
  • noche toledana: noche que se pasa sin conciliar el sueño, en vela.
... Y así pasé la noche —toledana, en verdad— tratando de aliviar mi angustiosa cefalalgia con compresas de agua fría...
  • velis nolis (locución latina, latinismo): 'lo quieras o no lo quieras', 'te guste o no'.
... Los yankis no se contentan con aprender del forastero; desean además ser juzgados por él. Velis nolis, no tuvimos más remedio que improvisar respuestas á las siguientes delicadas interrogaciones...
  • mentar la soga en casa del ahorcado: ser indiscreto e inoportuno al recordar hechos ciertos pero desagradables o inconvenientes.
... Querían saber de mí —¡ahí es nada!— los inconvenientes ó las ventajas que para los Estados Unidos podrían derivarse de la anexión de Cuba, Puerto Rico y Filipinas. ¡Era como mentar la soga en casa del ahorcado!...
Por otra parte, «mentar» es verbo irregular que se conjuga como acertar, cuyas formas tónicas diptongan: miento, menté, mentaré.


notas

  1. Clark University, fundada por Jonas Gilman Clark en 1887. Ubicada en Worcester, ciudad y condado de Massachusetts, al oeste de su capital, Boston.
  2. La Decennial Celebration. Cajal fue uno de los invitados, junto a Picard, Boltzmann, Mosso y Forel, todos ellos distinguidos con el doctorado honoris causa.
  3. Alusión al reciente enfrentamiento con Estados Unidos en el marco del Desastre del 98 que tanto afectó al autor. Véase el capítulo XV: Mi producción en 1898 y 1899.
  4. El Yes check.svgrascacielos era a la sazón una novedad urbana. El primero, había sido construido en Chicago hacía tan solo cuatro años.
  5. Yes check.svgtrust, anglicismo adaptado al español que conserva la grafía del inglés modificando su pronunciación: Red x.svg[trast] > Yes check.svg[trust].
    extranjerismos
    DLE en línea
  6. (nota del autor) En descargo de esta inhábil conducta de las autoridades cubanas, se ha dicho que también fué empleada por la cultísima Inglaterra en su contienda con los boers. Pero sobre que una crueldad no se justifica jamás con otra crueldad precedente ó subsiguiente, quienes así discurren parecen olvidar que sólo las naciones fuertes pueden cometer impunemente ciertos excesos. Nuestro Gobierno, autorizando en Cuba las referidas medidas, procedió como si España viviera sola en el planeta, ó como si las naciones poderosas y dominantes, vecinas de los Estados débiles, no hubieran en todo tiempo invocado para sus expoliaciones pretextos de humanidad y civilización.
  7. dar de mano a:   locución.
  8. noche toledana:   expresión.
  9. gentleman (inglés):   caballero, señor, gentilhombre.
  10. (nota del autor) Por desgracia, este juicio despectivo hacia los españoles no puede considerarse como chuscada de comensal amable y chancero. Traduce un sentimiento real, sumamente generalizado entre los pueblos anglosajones, sobre el cual debieran meditar mucho peninsulares é hispano-americanos. De mis conversaciones con yanquis, ingleses y alemanes, he sacado la convicción —no descubro ningún secreto—, de que, á juicio de los enérgicos y laboriosos hijos del Norte, las naciones mediterráneas, y singularmente la portuguesa y la española, constituímos razas decadentes, degeneradas moral y físicamente, á quienes debe tratarse sin ninguna contemplación. «Por los americanos del Sud no sentimos ninguna especie de simpatía», decíame confidencialmente cierto profesor yanqui, poniendo en su pensamiento velos de eufemismo. Creo sinceramente que somos calumniados; pero creo también que españoles, portugueses é hispano-americanos, con nuestras grotescas asonadas y pronunciamientos, nuestro desdén por la ciencia y las grandes iniciativas industriales —que sólo prosperan cuando se apoyan en descubrimientos científicos originales—, nuestra secular ausencia de solidaridad política (rodeados de naciones de fuerza poderosísima y unificadas vivimos fragmentados en 21 estaditos que se miran con recelo ó se odian cordialmente) hacemos cuanto es posible para justificar el desprecio y la codicia de las grandes nacionalidades.
  11. (nota del autor) Clark University, 1889-1899. Decennial Celebration. Worcester Mass. Printed for the University, 1899.
  12. William McKinley (1843-1901), vigesimoquinto, o vigésimo quinto (→ Número ordinal), presidente (1897-1901) de Estados Unidos.
  13. velis nolis:   locución latina.
  14. mentar la soga en casa del ahorcado:   expresión.
  15. God save the Queen, 'Dios salve a la reina': himno nacional del Reino Unido. A la sazón reinaba Alexandrina Victoria de Hannover (1837-1901), la reina Victoria del Reino Unido y emperatriz de la India. Si el monarca es varón el himno es el God save the King, 'Dios salve al rey'.
  16. (nota del autor) Por cierto que habiendo cierto médico forense oído en mi casa éste elocuente alegato, exclamó: ¡Así se escribe la historia!...
      —¿Cómo?... ¿Sospecha usted acaso que la Duquesa maltrató realmente á la infeliz niña?
      —De ello tengo absoluta certidumbre. Hice el examen de la víctima, cuya piel estaba salpicada de cardenales y contusiones. En un rapto de cólera la tal Duquesa la golpeó y pateó horriblemente.
      ¡Vaya con los abogados!... ¡Por algo decía el despierto Romero que el tal discurso, por cuya virtud quedó la Duquesa absuelta y limpia de toda sospecha de sevicia, fué el más resonante de sus triunfos!
  17. (nota del autor) La causa del estridor es, según es sabido, puramente mecánica. Conforme revela la más somera exploración microscópica de los surcos, depende de que el estilete grabador, en vez de labrar en la cera canal continuo, ondulado en el sentido de la profundidad, esculpe fosetas aisladas y profundas, separadas mediante espacios limpios de toda impresión. De donde se infiere que el diafragma, durante su enérgico vaivén, graba exclusivamente la mitad, y á veces menos, de la ondulación sonora, sin las curvas secundarias de las notas armónicas indispensables á la buena traducción del timbre. Y tal defecto resulta irremediable á causa de la dureza del material de inscripción. El empleo de amplio cilindro atenúa algo, pero no corrige, el referido defecto.
  18. (nota del autor) Sólo en disposiciones cinemáticas accesorias y en el material usado para el moldeamiento de los discos (ebonita) difería mi aparato del lanzado por la Gramophone Company. Yo comenzaba por grabar sobre metal ó cristal recubiertos por capa de cera, y procedía después á obtener un galvano del que tomaba copias en gelatina ó celoidina. El movimiento del diafragma reproductor, inclinado naturalmente en ángulo recto sobre el disco impresionado, era movido, no por el disco mismo según ocurre en el gramófono de aguja, sino mediante mecanismo de relojería; disposición, sin duda, menos elegante y sencilla, pero que tiene la ventaja de conservar mejor los finos trozos de la inscripción.
      Posteriormente, imaginé otro invento fonográfico más complicado y de difícil ejecución, el fotofonógrafo amplificador, cuya descripción podrá ver el lector curioso en La Naturaleza, año 1903. El registro de la ondulación del sonido hacíase sobre placa fotográfica merced á doble espejo fijo en membrana vibrante. Y de esta especie de prueba negativa se sacaba una positiva sobre cristal gelatinado y sensibilizado, siguiendo el proceder clásico de Poitevin para la obtención de pruebas al carbón dotadas de relieve. La sensibilidad del diafragma era tal (el rayo de luz hacía veces de palanca), que podían registrarse á distancia normal discursos y obras musicales.
      Disponíame ya á ejecutar este nuevo aparato cuando llegó á mi noticia que el mismo Edison había obtenido patente, poco tiempo antes, para un invento, si no igual, fundado al menos en el mismo principio. Mi mala estrella, ó por mejor decir, mi crasa ignorancia de las patentes fonográficas registradas durante los últimos años, me arrebataron, sin remedio, el mérito de la prioridad.