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Libros de caballerías

PALMERÍN DE INGLATERRA
Francisco de Moraes (1500-1572)

CAPÍTULO PRIMERO
La floresta encantada


Libro del muy eſforçado Cauallero Palmerín de inglaterra hijo del rey dõ Duardos: y de ſus grandes proezas: y de Floriano del desierto ſu hermano: con algunas del príncipe Florendos hijo de Primaleon. Impreſſo Año.M.D.xlvij. (portada de 1577)

Saliendo un día don Duardos, príncipe de Inglaterra, a monte a la floresta del Desierto, llevando consigo a Flérida, su joven esposa, hija del emperador de Grecia Palmerín, mandó asentar sus tiendas en un verde prado[1], junto de una ribera que por allí corría, que con sus corrientes y claras aguas consolaba los corazones tristes.

No pasó mucho tiempo después que allí llegaron, que hacia la parte do la floresta se hacía mayor, comenzó a sonar la vocería de los monteros, e yendo don Duardos hacia aquella parte, vió un puerco grande, que, acosado de los perros, trasponía por un recuesto[2]; mas él, fiándose en la ligereza de su caballo, le siguió de manera que en pequeño trecho le alcanzó de vista y los suyos le perdieron a él. Los que seguían a don Duardos fueron por el rastro en cuanto la claridad del día les duró; mas como les fué faltando, la escuridad les hizo desatinar de manera que perdieron el rastro.

Don Duardos, enlevado en el gusto de la caza y olvidado de cualquier peligro que de allí se pudiese suceder, siguió tanto tras el puerco, hasta tanto que el caballo de cansado no se podía menear; entonces se apeó dél, y quitándole el freno, le dejó pacer de la yerba para que tomase algún esfuerzo, y se acostó al pie de un árbol pensando dormir algún poco; mas viniéndole a la memoria con cuánta pena Flérida estaría por su tardanza, nunca pudo reposar, pasando en esto y en otras imaginaciones hasta la mañana.

Aldaba de bronce.

    ... Don Duardos, recordando de su desacuerdo, y viendo la novedad del castillo y fortaleza dél, llamó a unas aldabas de hierro que en la puerta estaban...

Al otro día, caminó hacia aquella parte que a su parecer su gente quedara; mas su camino era tan apartado, que cuanto más caminaba, más se alongaba della[3], y desta manera anduvo hasta tanto que el sol se quería poner, que se halló en un campo verde, cubierto de deleitosos árboles, tan altos, que parecían tocar las nubes; por medio dellos pasaba un río de tanta agua, que en nenguna parte parecía haber vado, y tan clara, que quien por junto a la orilla caminaba podía contar las guijas blancas que en el suelo parecían; y como la tarde fuese serena, y los árboles con gracioso aire se meneasen, juntamente con el cantar de las aves de que los árboles estaban poblados, caminó por el río abajo tan transportado y desacordado de sí, que soltando las riendas al caballo, le guió para aquella parte para donde su fortuna le tenía ordenado, y así anduvo tanto, hasta que le puso al pie de una torre que en medio del río, encima de una gran puente estaba edificada, bien obrada y fuerte, y allende desto muy hermosa para mirar de fuera y mucho más para recelar los peligros de dentro; la entrada della, así de la una parte como de la otra, era por la puente, la cual era tan ancha, que se podían combatir en ella cuatro caballeros. Don Duardos, recordando de su desacuerdo, y viendo la novedad del castillo y fortaleza dél, llamó a unas aldabas[4] de hierro que en la puerta estaban.

No tardó mucho que en las almenas se paró un hombre, que, por lo ver desarmado, le fué luego a abrir. Al cual preguntó cúyo era aquel castillo. El portero le respondió que subiese arriba, que allá se lo dirían, y como su corazón no temió los peligros antes que los viese, perdido todo temor, entró en el patio, y de ahí subió a una sala, donde fué recebido de una dueña, que en su presencia representaba ser persona de merecimiento. Don Duardos, después de hacelle la cortesía[5] que le pareció necesaria, le dijo:

—Señora, estoy tan espantado de lo que aquí veo, que quería saber de vos quién sois y cúya es esta casa tan encubierta a todos y tanto para no encubrirse a nenguno.

La dueña le tomó por la mano, y le llevó a una ventana que sobre el río caía, diciendo:

—Señor don Duardos, la fortaleza y el dueño della está toda a vuestro servicio; reposá aquí esta noche, que por la mañana sabréis lo que deseáis.

No tardó mucho que llamaron a cenar, siendo tan bien servido como lo pudiera ser en casa del rey su padre; de ahí le llevaron a una cámara, donde había de dormir, en la cual estaba una cama tan bien obrada e rica, que parecía más para ver que para ocuparla en aquello para que fué hecha. Don Duardos se acostó, espantado de lo que vía; aunque pensar en Flérida no le dejase descansar, el trabajo pasado le hizo bien dormir. La señora del castillo, que no esperaba otra cosa, viéndole vencido y ocupado del sueño, mandó a una doncella, que en la cámara entró, tomar la su muy rica espada que traía siempre consigo, que la tenía a la cabecera, y después de tomada, sintiendo que su deseo podía venir a lo que siempre deseara, dijo a otra:

—Di a mi sobrino que venga, que con menos trabajo de lo que pensamos puede tomar venganza de la muerte de su padre, pues en nuestro poder está éste, que es nieto y yerno de aquel que le mató.

En esto bajó de lo más alto de la torre un gigante mancebo, acompañado de algunos hombres armados, y entró dentro en la cámara así acompañado, diciendo:

—¡Don Duardos, don Duardos! —en alta voz—: con menos reposo que eso habías de estar en esta casa.

Don Duardos recordó a sus voces; queriendo tomar su espada, no la halló. Entonces el gigante le mandó prender, sin él poderse resestir, que sólo con el corazón, sin otras armas, le tomaron; de ahí le llevaron a una torre en lo más alto de la fortaleza, adonde, cargado de hierro, le dejaron con intención de nunca soltalle. Cuando don Duardos se vió solo y así tratado, con ira que de sí mesmo tenía, comenzó a decir palabras de tanto dolor y lástima, que nenguno lo pudiera oír que no la hubiera dél.

¿Qué motivo había para que tan preclaro caballero fuera tratado de este modo? Dice la historia que en el tiempo en que Palmerín de Oliva, antes de ser emperador de Grecia y padre de Flérida, había estado en la corte del rey de Inglaterra, abuelo de don Duardos, como caballero andante, había libertado en brava pelea a la reina y su hija, que eran llevadas prisioneras por el temido gigante Franaque, el cual, por mano de Palmerín, había quedado muerto en el campo de batalla.

Este Franaque tenía una hermana, muy gran sabidora en las artes de encantamento, llamada Eutropa, que en su tiempo pasó a todas las personas que de aquel arte sabían. Y sabiendo la triste nueva de aqueste su hermano, tomando en sus brazos un pequeño hijo que le quedaba, que tenía por nombre Dramusiando, con grandes llantos lloraba la muerte de su padre, prometiendo que, con sus artes y con las fuerzas de aquel niño, tomaría tal venganza del que lo mató y de todos los que de su linaje pudiese haber, que quedase dello perpetua memoria. Pasados los días del ímpetu de su pasión, quísose proveer como sabía en aquello que vió que era menester para su guarda; y haciendo de nuevo aquel castillo en que don Duardos fué preso, se metió en él con toda su familia, fortificándole todo lo que más pudo; y no se confiando desto, encantó de tal suerte toda aquella floresta al derredor, que ninguna persona podía entrar dentro si no fuese por su voluntad. En este castillo crió su sobrino hasta edad de ser caballero, el cual, como tuviese edad y entendimiento, y tuviese el ánimo muy grande, supiendo la muerte de su padre, el esfuerzo de su ánima le provocaba a ir por el mundo a vengar su muerte; mas Eutropa se lo impidió siempre, diciendo que viviese contento, que ella le prometía de le traer a su poder en quién pudiese tomar muy cruel venganza.

Nota: va impreso en letra cursiva todo lo que el editor ha tenido que añadir, por razones de claridad, a los pasajes de los libros de caballerías, y en los usuales caracteres de imprenta los textos antiguos.

EDICIÓN   Instituto-Escuela. Madrid, 1924.
Fuente: Project Gutenberg (dominio público)
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1 Biblioenlaces[editar]

1.1 Índice del libro

Palmerín de Inglaterra

1. La floresta encantada  •  2. Los mellizos de Flérida  •  3. Desierto y Palmerín  •  4. Primaleón  •  5. El torneo  •  6. El Caballero de la Fortuna  •  7. Los enemigos hermanos  •  8. La libertad de los Caballeros  •  9. Las fiestas de Londres

1.2 Biblioteca

Catálogo  •  Ayuda

2 Locuciones, expresiones y sentencias[editar]

Artículo principal: locución


notas

  1. «verde prado»: uso del adjetivo verde como epíteto.
  2. recuesto (sust.): terreno o lugar en declive. → DLE en línea.
  3. «cuanto más caminaba, más se alongaba della»: 'cuanto más caminaba, más se alejaba de ella'.
    alongar: alargar (conjugación como cargar), tanto en sentido espacial (dar más longitud) como temporal (hacer que algo dure más tiempo) → DLE en línea
    della (contracción) → DLE en línea
  4. aldaba, aldabón: llamador de hierro o bronce puesto en las puertas (→ tener buenas aldabas:   locución).
  5. hacelle la cortesía: rendir pleitesía