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Libros de caballerías

PALMERÍN DE INGLATERRA
Francisco de Moraes (1500-1572)

CAPÍTULO OCTAVO
La libertad de los Caballeros


Tanto que el caballero de la Fortuna se apartó de Rosirán, no anduvo mucho por el valle abajo que no se abajase del caballo, echándose al pie de un árbol con propósito de dormir lo que de la noche quedaba por pasar, mas[1] no lo pudo hacer con el dolor que las heridas del caballero del Salvaje le hicieron, pasándole también por la memoria la tristeza en que vivía de no saber cuyos hijos fuesen; esto le hacía desear hacer obras con que todas esotras[2] cosas se olvidasen, deseando ya verse en la torre de Dramusiando y esperimentar su fortuna o a hacer fin juntamente con los otros; tanto que la mañana esclareció, Selvián le llegó el caballo y en él empezó a caminar por aquella tierra, preguntando siempre por nuevas del castillo del gigante; todos lo sabían tan mal que nunca halló nuevas de lo que deseaba, y puesto que cada día pasase cerca de él, no quería Eutropa que entrase en el sitio defendido hasta que los gigantes y su sobrino estuviesen en disposición de hacer batalla; así que desta manera andó atravesando aquel reino por espacio de más de cuarenta días (en uno de los cuales Daliarte, el encantador que protegía a su familia, hizo llegar a sus manos un escudo invulnerable); al fin dellos, estando ya el gigante Dramusiando y su gente para sufrir cualquier trabajo, se halló dentro del valle de la Perdición, a riberas del río, de la parte de arriba; pareciéndole el sitio y tierra tan fresca, la juzgaba por la mejor cosa del mundo; yendo ocupando los ojos en la verdura del campo, la clareza y mansedumbre del agua y el cuidado en su señora Polinarda, comenzó hacer entre sí mil diferencias enamoradas que le llevaban tan sin acuerdo, que solamente para pensar en el peligro en que estaba no tenía memoria; acordó deste pensamiento a las voces que Selvián le daba hallándose junto de una torre y don Duardos en medio de la puente apercebido de justa.

En esto vió que don Duardos le dió voces que justase, y abajando las lanzas, cubiertos de los escudos, se encontraron de todas sus fuerzas; la lanza de don Duardos fué hecha pedazos en el escudo del de la Fortuna; el escudo de don Duardos fué falsado y las armas también, y él algún tanto herido, mas no de muerte, y porque no tenían más lanzas para poder justar, y batalla de las espadas don Duardos no la podía hacer según la ordenanza del castillo, fué luego abierta la puerta de mano de aquel temido Pandaro; don Duardos se recogió mal tratado del encuentro; el de la Fortuna, que ya deseaba esperimentar la suya, entró tras él; Pandaro, que no esperaba otra cosa, tanto que le vió dentro le cerró la puerta cubierto de su escudo, con su maza en la mano hecha de nuevo se vino a él; el de la Fortuna le recibió cubriéndose con su fuerte escudo, adonde los golpes hacían tan poco daño como si dieran en una roca, hiriendo también al gigante tan mortalmente, que en pequeño espacio le trató tan mal cuanto él nunca se viera de las manos de otro si no fué del caballero del Salvaje; y porque sintió cuán poco daño hacían sus golpes en el escudo de su contrario, se esforzó tanto para sostenerse en la batalla, que aquel día fué en que mostró el fin de sus fuerzas y el esfuerzo. El caballero de la Fortuna andaba tan vivo, que allende de le tener deshecho el escudo en el brazo, le tenía hiriéndole por tantas partes, que Dramusiando y Primaleón y don Duardos, y los otros que miraban la batalla, hallaban en ella por milagro, loándole tanto cuanto su ardideza era dina de hacello.

En este tiempo andaba el gigante tan flaco, que cerca no se podía tener; el de la Fortuna, conociendo su flaqueza, le cargó de tantos golpes, que le hizo venir al suelo tan sin acuerdo como aquel que del todo era muerto; luego le desenlazó el yelmo para le cortar la cabeza, mas no lo hizo, lo uno por no ser necesario y lo otro porque Daligán no le dió tanto espacio; y puesto que en aquella hora hobiese menester descansar, comenzó de defenderse, viendo que la intención del gigante no era tal; mas en menos de una hora él le paró tal, que le hizo desear reposar un poco; mas luego se apartaron afuera. El caballero de la Fortuna, mirando hacia sí, vió su escudo tan sano como si no le hubieran dado ningún golpe, mas las armas estaban rotas por algunos lugares, y pasándole por la memoria los peligros de aquella casa, conoció que sin un compañero tal como él traía no lo pudiera sufrir. Daligán estaba mal tratado, y Dramusiando puesto en tamaño recelo que no sabía qué se pensase. En esto se tornaron a juntar Daligán y el caballero de la Fortuna con mayor ímpetu y braveza, mas la batalla duró entrellos poco, que puesto que el esfuerzo de Daligán no fuese pequeño, el de la Fortuna, vió las ventanas y almenas llenas de sus amigos, y acordándose que estaban presos y la confianza que en él tenían, combatióse con tal esfuerzo, que dió con él a sus pies, y desenlazándole el yelmo le cortó la cabeza.

Dramusiando quedó tan enojado, que luego pidió sus armas; el de la Fortuna se asentó en un poyo tan cansado que no se atrevió a subir la escalera sin tomar algún reposo, y de ahí estuvo hablando con algunos sus amigos; don Duardos le rogó que se quitase el yelmo, que le deseaba ver; otro cautivo, viéndole dudar, dijo:

—Caballero, quien esto pide es don Duardos.

El de la Fortuna, oyendo nombrar a don Duardos, puso los ojos en él, y en el parecer de su persona juzgaba que debía de ser él; entonces, quitándose el yelmo, quedó tan abrasado del trabajo pasado, que el mismo trabajo le hizo parecer más hermoso de lo que era él de su natural.

—Ya yo creo —dijo don Duardos— que quien Dios hizo en el parecer tan diferente de los otros, que no le guardó sino para en todas las otras cosas lo ser; pidos por merced que si vuestra buena ventura llegase al cabo con ese gigante que agora allá va para hacer batalla con vos, que uséis con él de toda cortesía, porque nunca vistes hombre de su manera tan merecedor della.

El caballero de la Fortuna le quisiera responder, mas vió que Dramusiando estaba ya abajo, y no tuvo tiempo para más que enlazar el yelmo, poniéndose a una parte del patio cubierto de su escudo a esperalle. Dramusiando, como algún tanto viniese señoreado de la ira por la muerte de Daligán, quiso luego gastar el tiempo en su batalla antes que palabras, y juntándose entramos comenzaron a ferirse de tales golpes, que en pequeño tiempo se hicieron mucho daño; los de Dramusiando entraban por el escudo del de la Fortuna tan gravemente como si fuera alguno de los otros, de que al de la Fortuna nació algún recelo y temor, si bien conoció que quien se le envió le debió de hacer ansí, para que si la vitoria de tamaña impresa hobiese de alcanzar, no fuese todo atribuída a la fortaleza del escudo, y guardándose de Dramusiando con mayor tiento de lo que hasta allí hiciera, hacíale dar sus golpes en vano, que de otra manera cualquier dellos que le acertara en lleno le pusiera en gran peligro; mas no se podía guardar tanto que no le diese algunos, de que le hacía andar bien maltratado, el escudo todo deshecho; las armas andaban eso mesmo; puesto que las del gigante no le llevasen ventaja, la sangre que les salía era mucha, así que en ellos no había más que la braveza con que peleaban, y esta era tal, que allende de destruír a ellos, hacía dolor a quien con amor los estaba mirando; mas sus corazones incansables, y que en aquel tiempo podían sufrir mal reposo, no los dejaba descansar, antes renovando la batalla se trabaron de manera que quien de fuera los miraba no juzgaba que nenguno dél no quedaba para poder entrar en otra parte, que los más de aquellos príncipes y caballeros sentían tamaña pena que antes tomaran por partido ser siempre presos que libres si su libertad había de ser con la muerte de tal caballero. Dramusiando y él se quitaron a fuera por tomar algún descanso; Dramusiando, temiendo que aquel sería el destruidor de sus fuerzas y que allí se cumplía lo que Eutropa siempre anunciara, pensó en si le cometería algún partido con que dejase la batalla; después, acordándose que tal cometimiento para su honra era dañoso, quiso antes dejarse morir en ella que vivir con tal menoscabo a su honra. El caballero de la Fortuna, que en el mismo recelo estaba metido, comenzó a decir entre si: —Si mi muerte ha de ser por causa de la libertad de tantos, aquí mejor que en otra parte es ella bien empleada—; mas volviendo a su señora, decía: —Señora, si algún tiempo esperáis acordaros de mí, sea éste, o al menos para que sepáis que con vuestro favor se alcanzó tamaña vitoria—. Estándole encomendando el peligro de su batalla vió que Dramusiando venía contra él tomada la espada con entramas manos, porque ya nenguno tenía escudo con que se amparar, y apartándose del golpe le hizo dar en vano, como todos los otros, dando los suyos de manera que le hacía muchas heridas: mas por eso Dramusiando no dejaba algunas veces de empecelle, de manera que se llevaban poca diferencia; ya se habían parado tales que casi no se podían tener. Los que miraban la batalla estaban pasmados de la ver; mas como les fuese faltando la sangre y aliento, fué tan grande la flaqueza de Dramusiando, que cayó en el suelo sin nengún sentido, y el caballero de la Fortuna se sentó no pudiéndose tener en pie; luego bajaron de lo alto de la fortaleza todos los prisioneros, y don Duardos quitó el yelmo a Dramusiando para que le diese el aire, pidiendo al de la Fortuna, pues la vitoria claramente era suya, no quisiese más venganza, que de lo hecho se contentase.

—Pues que mi intención era otra —respondió el de la Fortuna—, dejaré de le cortar la cabeza pues vos lo mandáis, y también porque pienso que será escusado, que él y yo estamos tales que más muertos que vivos nos podéis contar.

El príncipe Primaleón, Polendos y otros señores le tomaron en brazos; viendo que con la falta de sangre le venían algunos desmayos, tenían esta vitoria con mucho descontento hasta ser ciertos de la salud de tal caballero; en esto llamaron a la puerta de la torre con mucha priesa; Platir fué a abrir, por ver quién era, y halló un hombre antiguo a manera de griego, que entró dentro, y dos doncellas con él; cada una traía en la mano una bujeta dorada, en que venían algunos ingüentos necesarios; a tal tiempo y sin más detenerse le buscó las heridas, tomando la sangre así al uno como al otro, untándolos a entramos con igual diligencia, sin consentir que otro nenguno tocase a ellos, y mandando llevar cada uno a su cama, dijo contra aquellos señores que se consolasen, que no eran aquellas heridas de que nenguno dellos peligraría, por donde el placer fué algún tanto; mas sabiendo que en el vencimiento del gigante se quebraban los encantamentos de aquel valle, y que la salida estaba en ellos, tuvieron más de que se contentar.

Nota: va impreso en letra cursiva todo lo que el editor ha tenido que añadir, por razones de claridad, a los pasajes de los libros de caballerías, y en los usuales caracteres de imprenta los textos antiguos.

EDICIÓN   Instituto-Escuela. Madrid, 1924.
Fuente: Project Gutenberg (dominio público)
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1 Biblioenlaces[editar]

1.1 Índice del libro

Palmerín de Inglaterra

1. La floresta encantada  •  2. Los mellizos de Flérida  •  3. Desierto y Palmerín  •  4. Primaleón  •  5. El torneo  •  6. El Caballero de la Fortuna  •  7. Los enemigos hermanos  •  8. La libertad de los Caballeros  •  9. Las fiestas de Londres

1.2 Biblioteca

Catálogo  •  Ayuda

2 Locuciones, expresiones y sentencias[editar]

Artículo principal: locución


notas

  1. Yes check.svgmas (pero)
  2. «esotras» (pronombre demostrativo): esas otras → DLE en línea.