Wikilengua
Ir a la navegaciónIr a la búsqueda


RECUERDOS DE MI VIDA
Santiago Ramón y Cajal (1852-1934)
TOMO II    Historia de mi labor científica

CAPÍTULO XIV
Las teorías y los hechos. — Firmeza y constancia de los hechos histológicos. — Carácter instrumental de las hipótesis. — Conviene de cuando en cuando cultivarlas, pero sin fiarse mucho de ellas. — Inducciones fisiológicas sacadas de la morfología neuronal. — Explicación histológica del hábito, del progreso mental en la escala zoológica, del talento y del genio. — Conjeturas sobre el mecanismo del sueño, atención y asociación. — Exquisita economía reinante en las creaciones de la vida; leyes de ahorro, de espacio, de materia y de tiempo de conducción.


Cuantos cultivan, con más ó menos fortuna, la histología, ó sus ramas afines, la bacteriología y la embriología, habrán oído alguna vez, atajando entusiasmos expositivos, comentarios tan desalentadores como los siguientes:

«¡Magnífica lucubración[1]! Pero, ¿será verdad tanta belleza? Eso afirma la histología de hoy; ¿lo mantendrá también la histología de mañana? En plena evolución la biología, ¿quién se acordará, dentro de un siglo, de las actuales doctrinas histológicas?»

Respondamos con franqueza. Quienes profieren tales frases, además de mostrar supina ignorancia acerca del carácter esencialmente objetivo de las ciencias micrográficas, confunden lastimosamente el hecho de observación, noción fija y perenne, con la interpretación teórica, esencialmente mudable y acomodaticia.

Desconfiar de la realidad de las adquisiciones histológicas vale tanto como suponer que la especie nueva descubierta por el naturalista corre riesgo de inmediata desaparición; que el ganglio, la glándula ó el vaso discernidos por el anatómico, están en trance de evaporarse; ó que, en fin, el astro sorprendido por el astrónomo, hállase amenazado de súbita extinción. La naturaleza del instrumento de observación, ¿puede cambiar la índole de los hechos?

Se argüirá acaso que, á pesar de todo, en las ciencias histológicas los hechos se discuten alguna vez. Ciertamente, la actitud revisionista y un poco escéptica hallábase plenamente justificada hace cincuenta ó sesenta años, cuando la fina anatomía, aún en cierne[2], carecía de métodos de coloración precisos y terminantes. Mas hoy, por fortuna, las cosas han mejorado radicalmente. Sobre que la crítica científica se ha hecho más exigente y escrupulosa, no concediendo su exequatur[3] sino á los hechos estructurales conjunta y concordantemente revelados por técnicas muy diferentes, los métodos actuales de coloración, los llamados métodos selectivos, proporcionan imágenes tan claras, nítidas y enérgicamente contrastadas con el fondo incoloro, que fuera absurdo abrigar la menor duda acerca de su preexistencia.

No. En nuestra época, los hechos morfológicos aportados por investigadores serios y competentes, por quienes, á la hora de describir ó dibujar la imagen microscópica, abstiénense prudentemente de todo subjetivismo, no son jamás negados ni regateados. Naturalmente, andando el tiempo, podrá variar su perspectiva ideal, así como el alcance fisiológico de los mismos, pero sin menoscabo de su objetivismo. Á la hora presente, discútense de preferencia (y se discutirán mientras la ciencia de la vida no alcance la plenitud ideal de sus datos ni se remonte á la esfera de las causas eficientes) las hipótesis fisiológicas y las teorías biológicas generales (mecanismo de la herencia, de la adaptación y variación, de la sexualidad, del papel fisiológico de los órganos y tejidos, etc.). Pero, repito, el dato histológico de primera mano, bien descrito y precisado, constituye algo fijo y absolutamente estable, contra lo cual ni el tiempo ni los hombres podrán nada.

Para dejar bien sentada esta doctrina, citaré un ejemplo concreto tomado de mis modestas investigaciones neurológicas. Aludo á la concepción neuronal defendida actualmente por la gran mayoría de los histólogos.

Imaginemos que se descubre un método de coloración exquisitamente selectivo, en cuya virtud aparece tendido entre mis nidos, fibras trepadoras ó musgosas, de una parte, y el cuerpo y dendritas neuronales, de otra, un sistema sutilísimo de hebras anastomóticas absolutamente invisibles con los procederes actuales. En tal supuesto, las hojas no representarían las últimas proyecciones del árbol; las arborizaciones nerviosas y espinas dendríticas señaladas por mí resultarían, en vez de terminales, preterminales.

¿Habríase perdido algo con este transcendental progreso? ¿Evaporaríanse por eso los nidos, las pláculas y cálices finales, las ramificaciones de los axones, las espinas de las dendritas y otras muchas disposiciones de contacto? De ninguna manera. Dichas formas conservarían íntegramente su valor objetivo y su carácter de hechos anatómicos generales. Sólo una cosa debería ser corregida: la interpretación fisiológica. Desde el punto de vista utilitario, tales disposiciones no podrían justificarse ya por la necesidad de asegurar el paso de las corrientes, multiplicando las superficies de contacto. Por consiguiente, la hipótesis de la transmisión por contigüidad sería reemplazada por otra: la de la propagación por continuidad. Y se impondría la averiguación, siguiendo otros derroteros, de la significación dinámica de las susodichas estructuras. Una vez más haríase patente el carácter provisorio de nuestras interpretaciones teóricas y la necesidad inexcusable de renovarlas y perfeccionarlas al compás de los nuevos descubrimientos.

Precisamente por temor á estas posibles decepciones (la historia de la biología está llena de ellas), soy adepto ferviente de la religión de los hechos. Se ha dicho infinitas veces, y nosotros lo hemos repetido también, que «los hechos quedan y las teorías pasan»[4]; que todo investigador que, confiando harto en la solidez y excelencia de las concepciones generales, desdeña la contemplación directa de la realidad, corre riesgo de no dejar huella permanente de su actividad; que los hechos constituyen exclusivamente nuestro haber positivo, nuestros bienes raíces y nuestra mejor ejecutoria; que, en fin, en la eterna mudanza de las cosas, ellos sólo se salvarán —y con ellos acaso una parte, la mejor de nuestra propia personalidad— de los ultrajes del tiempo y de la indiferencia ó de la injusticia de los hombres.

Todo esto es evidente; pero también es cierto que, sin teorías é hipótesis, nuestro caudal de hechos positivos resultaría harto mezquino, acrecentándose muy lentamente. La hipótesis y el dato objetivo están ligados por estrecha relación etiológica. Aparte su valor conceptual ó explicativo, entraña la teoría valor instrumental. Observar sin pensar es tan peligroso como pensar sin observar[5]. Ella es nuestra mejor herramienta intelectual; herramienta, como todas, susceptible de mellarse y de enmohecerse, necesitada de continuas reparaciones y sustituciones, pero sin la cual fuera casi imposible labrar honda brecha en el duro bloque de lo real.

Para el anatómico, el histólogo y el embriólogo, amarrados al duro banco del análisis, la elaboración doctrinal obedece además á tendencias lógicas y sentimentales casi irrefrenables. Dificilísimo es contrarrestar el impulso de la imaginación postergada, que reclama á gritos su turno de acción. Nos la impone además el juego mismo de nuestro mecanismo pensante, esencialmente práctico y finalista, el cual nos plantea á diario el problema de las causas mecánicas y de los móviles utilitarios. Reconocida una disposición estructural ó morfológica, surge invariablemente en nuestra mente esta interrogación: ¿Qué servicio fisiológico ó psicológico presta al organismo? En vano el buen sentido, en pugna con las citadas tendencias, ataja nuestra curiosidad, advirtiéndonos que el problema ha sido planteado prematuramente, mucho antes de allegados todos los datos indispensables. Tan discreta reflexión, si nos vuelve acaso más circunspectos, no paraliza, empero, el proceso teórico. Sigue impertérrita la fantasía, construyendo sobre arena, como si ignorase la irremediable caducidad de su obra.

Todo esto es profundamente contradictorio, pero es fatalmente humano. Nunca fueron buenos amigos la razón y el sentimiento. Quienes sienten tales anhelos especulativos, conocen de sobra cuán efímera suele ser, en biología, la obra de los grandes sistematizadores. Y no obstante...

Todo el precedente preámbulo, del cual pido perdón al lector, se encamina á disculpar, en lo posible, mis escarceos especulativos —pocos por fortuna— y explicar el cómo un fanático irreductible de la religión de los hechos, ha caído, de vez en cuando, en la debilidad de sacrificar al ídolo de la teoría deslumbrante, no obstante hallarse íntimamente persuadido de su irreparable fugacidad, y á despecho de haber declarado repetidamente «que, si por azares de la suerte, nos vemos compelidos á forjar hipótesis, procuremos al menos no creer demasiado en ellas».

Desahogada un poco mi conciencia con esta espontánea confesión, pasaré brevemente á relatar algunas de las lucubraciones imaginadas durante el trienio susodicho. Y vaya por delante la declaración de que entre las conjeturas é hipótesis de mi cosecha las hay que me parecen estimables, y cómodamente defendibles aún hoy, después de veinte años de progresos incesantes; y las hay, en cambio, francamente inverosímiles, temerarias é inaceptables. Sobre las primeras insistiré, naturalmente, más que sobre las segundas, merecedoras sólo de olvido. En fin, algunas pocas de la primera categoría entran, á juicio mío, en la jerarquía de leyes empíricas sólidamente fundadas.

Mi primer trabajo de tendencia teórica fué el que, con el título de Consideraciones generales sobre la morfología de la célula nerviosa, fué enviado al Congreso internacional de Medicina, celebrado en Roma (1894).

Tratábase, sobre todo, en esta comunicación, de indagar las leyes de la evolución del sistema nervioso en la serie animal, y de marcar, en lo posible, cuáles centros, durante los innúmeros incidentes del desarrollo, han conservado potencialmente la prístina plasticidad, siendo capaces de adaptarse estructuralmente á las de cada vez más variadas y complejas condiciones del Cosmos, y cuáles son los centros, propiamente animales, como anquilosados por un automatismo milenario y que, rebeldes á toda acomodación, cancelaron irrevocablemente su historia.

En obsequio á la brevedad enumeremos rápidamente las principales conclusiones de esta comunicación.

  a) La ontogenia del tejido nervioso reproduce, de modo abreviado, con algunas simplificaciones y saltos, la filogenia del mismo, y eso tanto con relación á la neuroglia como á la célula nerviosa.
  b) Desde el punto de vista del desarrollo filogénico, se advierte en todo vertebrado la presencia simultánea de dos sistemas nerviosos: el sensorial y sensitivo (ganglios periféricos, retina, bulbo olfatorio, médula espinal, cerebelo, tálamo, cuerpo estriado, etc.), que ha terminado su desarrollo por diferenciación, progresando sólo por extensión; y el sistema nervioso cerebro-cortical (corteza gris y circunvoluciones cerebrales), que continúa perfeccionándose en la serie animal, tanto por extensión como por diferenciación estructural y morfológica de sus elementos.
  c) La ley del progreso morfológico, asociada á creciente adaptación funcional, se traduce en las neuronas por la creación y estiramiento de nuevos apéndices, y, por consiguiente, por la multiplicación y diversificación de las conexiones intercelulares.
  d) Afirmación, sobre la base de numerosas observaciones comparativas, de que la dimensión del cuerpo de la célula nerviosa y el diámetro del axon no guardan relación con la especialización fisiológica, sino que son proporcionales á la riqueza y extensión de la arborización nerviosa terminal, y por consiguiente, á la amplitud y diversidad de las conexiones.
  e) Comparando la morfología y la abundancia relativa de colaterales nerviosas y protoplásmicas de las pirámides cerebrales en la escala de los vertebrados, llégase á este resultado: la excelencia intelectual, y sus más nobles expresiones, el genio y el talento, no dependen de la talla ó del caudal de las neuronas cerebrales, sino de la copiosidad de sus apéndices de conexión, ó en otros términos, de la complejidad de las vías de asociación á cortas y á largas distan[p. 314]cias. Que la abundancia de la substancia blanca denota riqueza de conexión y, por tanto, superior jerarquía intelectual fué tesis defendida ya hace tiempo por Meynert y Flechsig, quienes, naturalmente, no pudieron basarla, en ausencia de métodos selectivos de las expansiones celulares, sino en la grosera estructura de la substancia gris y blanca, mostradas por procederes poco eficaces (métodos al carmín, hematoxilina, el de Weigert, etc.).
  f) Explicación de la habilidad profesional, ó sea del perfeccionamiento funcional acarreado por el ejercicio (educación física, actos de hablar, escribir, tocar el piano, maestría en la esgrima, etc.), tanto por el robustecimiento progresivo de las vías nerviosas (conjetura sugerida por Tanzi y Lugaro) excitadas por el paso de la onda, como por la creación de nuevos apéndices celulares (crecimiento de nuevas dendritas y alargamiento y ramificación de colaterales nerviosas, no congénitas), susceptibles de mejorar el ajuste y la extensión de los contactos, y aun de organizar relaciones absolutamente nuevas entre neuronas primitivamente inconexas.
  Esta última hipótesis, bastante verosímil, y que se presta, según adivinará el lector, á desenvolvimientos retóricos y psicológicos muy agradables, fué también enunciada, y decorada con algunos ejemplos y comparaciones, en nuestra conferencia de Londres del mismo año.

Naturalmente, al administrar psicológicamente los primores de la morfología celular, no excluíamos, ni mucho menos, la parte que, andando el tiempo, habría de ser atribuída, á los efectos de explicar histológicamente el hábito, el talento y el genio, á la sutilísima urdimbre del protoplasma nervioso, cuya complejidad, siempre en aumento, no había llegado aún á la soberana culminación de hoy. (Ignorábanse entonces las neurofibrillas, el aparato endocelular de Golgi, y estaba muy fresco todavía el descubrimiento de los grumos de Nissl).

Animado de igual espíritu, lancé en 1897 á la publicidad otro trabajo sintético, encaminado á inquirir los postulados de carácter utilitario que, en un último esfuerzo inductivo, aparecen rigiendo las infinitas variantes de forma, tamaño, posición y dirección de las neuronas y de las fibras conductrices. Digamos de pasada, que sobre el mismo asunto tuve la honra de pronunciar una conferencia en el Ateneo de Madrid. (Por cierto que, como premio á esta disertación, así como de un curso completo explicado en 1897 y 1898, sobre mis modestas investigaciones científicas, el ilustre Presidente del Ateneo, D. Segismundo Moret, que siempre me distinguió con sus bondades, y, la Junta directiva, celosa en estimular y honrar á todo entusiasta cultivador de la ciencia ó del arte, otorgáronme el título de socio de mérito).

El trabajo aludido, que lleva por título: Leyes de la morfología y dinamismo de las células nerviosas, contiene, además de la nueva fórmula de la polarización dinámica, de que hemos tratado ya en el capítulo IX, una indagación acerca del porqué utilitario de esas curiosas variantes, al parecer caprichosas, del punto de emergencia del axon (recuérdese que éste brota, en ocasiones, de una dendrita, á más ó menos distancia del soma). En sus páginas, procúranse también dilucidar los móviles utilitarios perseguidos por el organismo con la dislocación ó emigración del soma, durante la ontogenia y la filogenia. Sabido es que, al estudiar comparativamente un tipo celular en la serie animal, sorpréndense, no sólo variaciones de conformación, dependientes de la diversa riqueza de sus conexiones, sino notables mudanzas de posición estratigráfica (dislocación de las células ganglionares raquídeas, emigración hacia adelante ó hacia atrás de los elementos bipolares, amacrinos y gangliónicos de la retina; alteraciones topográficas de ciertos corpúsculos de la corteza cerebelosa, del bulbo olfatorio, etc.). Prescindiendo de la situación de ambos factores de la articulación interneuronal (dendritas y arborización nerviosa final), que representa algo fijo y constante, cabe afirmar que todo es variable y acomodaticio en la actitud y topografía de las células nerviosas.

Ahora bien; todas las referidas libraciones de situación y morfología, y hasta la fórmula misma de la polarización axípeta, parecen regirse, y en cierto modo explicarse, desde el punto de vista teleológico, por estos tres postulados económicos:

  a) Ahorro de materia (construcción de la vía más corta entre dos territorios asociados).
  b) Ahorro de tiempo de conducción (consecuencia dinámica de la ley anterior).
  c) Economía de espacio. Evítanse todos los huecos inútiles, situándose el núcleo y, por tanto, el soma neuronal, allí donde hay escasez de arborizaciones protoplásmicas ó nerviosas.
  Con ayuda de estos principios compréndense también muchas singularidades de la posición y dirección de las vías nerviosas (diversa topografía de la substancia blanca en la médula y cerebro, forma y orientación de las bifurcaciones axónicas, marcha de las colaterales, etc.). Excusado es decir que, lejos de excluirse, los precedentes postulados, combínanse entre sí, representando el producto estructural algo así como una transacción amistosa entre los mismos. He aquí el problema arquitectónico que parece haberse planteado el organismo: construir, con el mínimo de materia y el menor espacio posible, la máquina nerviosa más ricamente diferenciada y de reacciones más súbitas, enérgicas y eficaces: caso particular, en suma, de la ley física tan conocida, del efecto máximo con el esfuerzo mínimo.

En los trabajos anteriores, la elaboración especulativa sigue muy de cerca al hecho de observación. Los mencionados conceptos generales (ley del progreso morfológico neuronal, hipótesis acerca de la adaptación funcional, normas económicas reguladoras de la disposición del soma, etcétera), representan legítimas inducciones ó hipótesis plausibles. Todas ellas son susceptibles de corroborarse à posteriori, confrontándolas con la infinita variedad de las formas neuronales.

Esta severa y saludable adaptación al dato empírico no resplandece, por desgracia, en otra comunicación publicada en 1895 acerca del mecanismo histológico de la asociación, ideación y atención. Salvo algún concepto que considero atinado, en toda esta aventuradísima lucubración campea, muy á su sabor y talante, la loca de la casa.

Las ideas aprovechables son: la noción de unidad de impresión y muy particularmente la ley del alud nervioso, que se formula así: toda impresión periférica, recogida por la arborización protoplásmica (sensitiva ó sensorial) de una sola célula, propágase en avalancha hacia los centros; ó, en otros términos, el número de neuronas interesadas en la conducción crece progresivamente desde la periferia hasta el cerebro, en cuyas circunvoluciones (focos sensoriales terciarios) reside la base del cono conductor. De esta ley anatomo-fisiológica, basada en numerosas investigaciones sobre la organización de las vías visual, acústica, olfativa, etc., sacaron excelente partido Tanzi y Lugaro para esclarecer el mecanismo probable de la alucinación, asociación de ideas y otros procesos psicológicos importantes.

Por lo contrario, estimo hoy, de acuerdo con el juicio de muchos autores de antaño, como conjetura francamente inadmisible la pretendida participación de la neuroglia en los actos mentales de la atención y asociación de ideas (en la faz fisiológica ó somática, naturalmente de estos procesos).

Á fin de comprender, y en cierto modo excusar, tesis tan estrambótica, séame lícito recordar que allá por el año 1893, el ilustre profesor Matías Duval imaginó, fundándose en mis trabajos sobre las conexiones neuronales, cierta ingeniosa hipótesis histológica, explicativa del sueño y de la vigilia. A juicio del sabio francés, las expansiones de las células nerviosas gozan de la propiedad de contraerse, al modo de los amibos[6], encogiéndose en el sentido de la longitud. Durante la fase de actividad mental, las ramillas nerviosas se estirarían, entrando en contacto y adhesión íntimos con el soma neuronal; de este modo el impulso pasaría fácilmente desde una célula á otra. Lo contrario ocurriría durante el sueño: desarticuladas las proyecciones nerviosas á causa de la retracción de reposo, suspenderíase la actividad funcional.

La seductora concepción de Duval fué acogida benévolamente por varios histologistas. Algunos patólogos, verbi gratia[7], Mr. L’Épine, la aplicaron al esclarecimiento del mecanismo histológico de los estados hipnóticos, distracción, etc. En fin, en algunas escuelas (Demoor, Stefanowska, Querton, Manoumelian, Deyber, etc.), procuróse contrastar la hipótesis en el terreno experimental, explorando las variaciones de forma ofrecidas por las dendritas (de las espinas de éstas, sobre todo) consecutivamente al envenenamiento con la morfina, cloroformo, éter, etc., y á la acción del frío, de la fatiga, la excitación eléctrica, etc.

Por desgracia, en el terreno de la observación y experimentación, la concepción del amiboidismo nervioso no halló apoyo suficiente. Con razón la criticaron diversos autores (Kölliker, Lugaro, Azoulay, nosotros, Soukhanoff, Reusz, etc.).

En vista del fracaso, yo me pregunté si la referida actividad amiboide, encaminada á reestablecer los contactos ó á suspenderlos, no podría atribuirse á la neuroglia (glia[8] de la substancia gris, naturalmente), cuyas expansiones irregulares, erizadas de espinas, ofrecen aspecto francamente protoplásmico. Puesto que, según la opinión, altamente verosímil, de mi hermano, los astrocitos neuróglicos desempeñan papel aislador del impulso nervioso —para lo cual se interponen entre las neuronas que no deben entrar en contacto—, ¿no cabría imaginar que, durante la fase de reposo (sueño, inactividad mental, etc.), tales apéndices se estiran ó relajan, impidiendo, por consiguiente, contactos, y al contrario, durante la fase de actividad se retraen, facilitando la aplicación íntima de las ramillas nerviosas á los somas y dendritas, y por tanto, el paso de las corrientes? De este modo, reputaba posible el esclarecimiento histológico, no sólo del tránsito de la vigilia al sueño, y al revés, sino el paso del estado de reposo mental al de atención expectante, amén del complicadísimo proceso de la asociación de ideas.

Huelga decir que tan osada concepción, cuya ingenuidad me hace hoy sonreir, carece de fundamentos objetivos. Alegaba, sin embargo, como indicio harto deleznable, el hecho de apreciarse en la glia cerebral, en relación con el modo de muerte y las perturbaciones fisiológicas precedentes, notables variaciones en la riqueza, espesor y longitud de las expansiones neuróglicas[9]. Empero, de la efectividad de estos cambios no se sigue necesariamente su conexión causal con las diversas fases de la actividad pensante. Además, al otorgar graciosamente á la neuroglia la jerarquía de aparato conmutador de los contactos, regido por la voluntad ó por impulsos inconscientes, postulábase un hecho cardinal, todavía no descubierto ni siquiera sospechable en el estado actual de la ciencia: la existencia en la neuroglia de terminaciones nerviosas específicas promotoras de la contracción de las proyecciones gliomatosas.

Nada más acerca de mi estrafalaria especulación. Y si, faltando á mi promesa de brevedad, he entrado aquí en algunos desarrollos, ha sido para advertir al lector de los peligros que lleva consigo la imitación de las teorías á la moda, ó la frívola vanidad de forjar á ultranza hipótesis psicológicas.

Tales concepciones caen rápidamente en merecido olvido, porque la ciencia sólo se interesa por las ideas susceptibles de contraste experimental y sugerentes de acción. La mía, inspirada por la de Duval, corrió la misma suerte que la del sabio francés; peor aún, ya que la teoría del amiboidismo nervioso, plausible en principio, suscitó algunos trabajos estimables, mientras que la del amiboidismo neuróglico, justamente desdeñada, no dió ocasión á ninguno.

Para cerrar este capítulo, mencionaré dos sucesos fecundos en consecuencias para el estímulo y prosecución de mi obra científica.

Fué el primero la creación, á costa de no pocos sacrificios pecuniarios, de mi Revista trimestral micrográfica, al objeto de publicar rápidamente, y sin hacer antesala en las Redacciones de las revistas nacionales y extranjeras, los trabajos micrográficos del Laboratorio de la Facultad de Medicina, y de estimular al mismo tiempo los ensayos de mis discípulos. En dicha publicación vieron la luz varias de las comunicaciones enumeradas en el presente capítulo y casi todas las aparecidas después, hasta 1901, fecha en que, con recursos oficiales, fundé el Anuario titulado Trabajos del Laboratorio de investigaciones biológicas. Según presumirá el lector, mi Revista trimestral no perseguía éxitos financieros. Contaba, ciertamente, en España con algunos suscriptores generosos, que pusieron patriótico empeño en sostenerla; pero los abonados del extranjero escaseaban, no sólo por ignorancia de nuestro idioma, sino porque yo regalaba mi publicación á casi todos los micrógrafos de nombradía.

Los primeros fascículos de dicha Revista fueron casi exclusivamente redactados por su director. Poco después, creado un germen de escuela, ayudáronme eficazmente, entre otros discípulos entusiastas, mi hermano Pedro Ramón Cajal, á la sazón Catedrático de Histología de Cádiz, que contribuyó nada menos que con ocho extensas monografías, recaídas sobre variados temas de neurología comparada (peces, reptiles, aves y batracios); el malogrado alumno interno R. Terrazas[10], con sus interesantes estudios de neurogénesis cerebelosa y los referentes al tejido cartilaginoso; el joven mallorquín Blanes Viale, alumno aventajadísimo (muerto también en flor, antes del término de la carrera), con cierta concienzuda indagación acerca del bulbo olfatorio; Sala Pons, antiguo discípulo de Barcelona, con sus estudios relativos á la corteza cerebral de las aves y médula espinal de los batracios; Olóriz Aguilera, cuya colaboración en mis indagaciones sobre la estructura ganglionar dejo ya consignada; Carlos Calleja, por entonces ayudante de la Facultad, y autor de valiosa comunicación acerca de la corteza cerebral olfativa; y en fin, Isidoro Lavilla, actual Catedrático de Valladolid, que aportó dos estudios importantes: uno sobre el gran simpático intestinal y otro concerniente á los focos acústicos de los mamíferos.

El segundo acontecimiento, muy lisonjero para mí, fué mi elección espontánea de miembro de la Real Academia de Ciencias, de Madrid. Esta designación tiene su anécdota, que referiré, porque honra mucho al patriotismo é independencia de la sabia Corporación.

Uno de los más conspicuos académicos, á la sazón recién llegado de Berlín, contó á sus compañeros que el gran Virchow, entonces en todo el resplandor de su gloria, habíale sorprendido con una pregunta á que no pudo responder: «¿En qué se ocupa ahora Cajal? ¿Continúa sus interesantes descubrimientos?»

Confuso y algo avergonzado nuestro prócer académico, de que en Berlín inspirara interés la labor de un español de quien él no sabía palabra, procuró, de regreso á la península, satisfacer su curiosidad. Y de sus conversaciones con el sabio astrónomo D. Miguel Merino, el inolvidable secretario perpetuo, surgió el acuerdo de iniciar y defender mi candidatura para cierta vacante, á la sazón en litigio. Tengo, pues, el singular privilegio de ser académico á propuesta de R. Virchow y de D. Miguel Merino.

La redacción del discurso de ingreso, ocurrida en 1897[11], dióme ocasión de exponer, ex abundantia cordis[12], algunas reglas y consejos destinados á despertar en nuestra distraída juventud docente el gusto y la pasión hacia la investigación científica. Puse especial empeño en hacer amables y atractivas las tareas del laboratorio, y para lograrlo empleé un lenguaje llano, sincero y rebosante de entusiasmo comunicativo y de ferviente patriotismo. Y el éxito superó á mis esperanzas. Tan lisonjera acogida halló mi fogosa arenga en el público universitario y en la prensa, que, agotada rápidamente la tirada oficial del discurso, mi excelente amigo el Dr. Lluria, supliendo mi dejadez, estimó necesario reeditarla por su cuenta, destinando generosamente la nueva y copiosísima tirada á ser gratuitamente distribuída entre los estudiantes y diversos centros de enseñanza. Años más tarde, yo mismo, requerido vivamente por algunas entidades docentes y ciertos lectores entusiastas, hube de publicar, con nuevas ampliaciones y mejoras, la tercera edición (la cuarta hállase actualmente en prensa).

Y si la índole de mi folleto, pensado y escrito exclusivamente para España, y enderezado, por tanto, á corregir, acaso con excesiva viveza, vicios, rutinas y abandonos genuinamente españoles, no me lo vedara, habría á estas fechas saboreado la satisfacción de verlo traducido á varios idiomas, por ser muchas las solicitudes de versión á lenguas extrañas, cortésmente denegadas. Acaso algún día, si me asisten salud y vagares suficientes, corrija el texto, universalizándolo en lo posible y purgándolo de ciertos pasajes que sonarían inoportuna ó estridentemente en el oído de franceses, ingleses ó alemanes, ciudadanos de felices naciones donde la ciencia no requiere, para ser celosa y abnegadamente cultivada, el empleo de ciertos excitantes.

Ya en vena de enumerar distinciones y honores, recordaré también que en 1897 fuí elegido numerario de la Real Academia de Medicina, de Madrid; que esta misma ilustre Corporación me galardonó, meses antes, con el premio Rubio (1.000 pesetas), á causa de la publicación de una obra de texto, entonces reciente, Elementos de Histología; que en 1896 la Société de Biologie, de París, recompensó espontáneamente mis trabajos, adjudicándome el premio Fauvelle (1.500 francos); que por la misma época, la famosa Universidad de Würzburgo[13], con ocasión de la inauguración del nuevo Palacio Universitario, me otorgó, en compañía de algunos Profesores ilustres, el grado de doctor honoris causa; que años antes (1895), la Sociedad Fisico-Médica de la misma ciudad bávara, por iniciativa, sin duda, de mi ilustre amigo el Dr. A. Kölliker, nombróme miembro corresponsal; que, en fin, con igual distinción honráronme, por entonces, la Academia de Medicina de Berlín, la Sociedad de Psichatría de Viena, la Sociedad de Biología de París, la Sociedad Frenática Italiana, la Academia de Ciencias de Lisboa, etc.


EDICIÓN   Imprenta y Librería de Nicolás Moya, Madrid 1917
Fuente: Project Gutenberg (dominio público)
leermas.gif BIBLIO info

1 Biblioenlaces[editar]

1.1 Índice del libro

TOMO II
Historia de mi labor científica

Dos palabras al lector  •  1. Me preparo para oposiciones a cátedras  •  2. Caigo enfermo con una afección pulmonar grave  •  3. Mi traslación a Valencia  •  4. Decido publicar mis trabajos en el extranjero  •  5. Mi traslación a la Cátedra de Histología de Barcelona  •  6. Algunos detalles tocantes a mis trabajos de 1888  •  7. Excesiva reserva de los sabios acerca de mis trabajos  •  8. Mi actividad continúa en aumento  •  9. Trabajos de 1891  •  10. Mi traslación a la Corte  •  11. Peligros de Madrid para el hombre de laboratorio  •  12. La Sociedad Real de Londres me encarga la Croonian Lecture  •  13. Mis trabajos durante los años 1894, 1895 y 1896  •  14. Las teorías y los hechos  •  15. Mi producción en 1898 y 1899  •  16. Mi labor durante los años 1899 y 1900  •  17. Invitado por la Universidad Clark  •  16 bis. Aquejado de una crisis cardíaca, resuelvo vivir en el campo  •  17 bis. Congreso médico internacional de 1903 celebrado en Madrid  •  18. Mis hallazgos con la nueva fórmula de impregnación argéntica  •  19. Trabajos del trienio 1905 a 1907  •  20. Honores y recompensas extraordinarios  •  21. Trabajos efectuados entre 1907 y 1917  •  22. Continúa la exposición de los trabajos del último decenio  •  23. Epílogo. Mi actividad docente y la multiplicación espiritual

Índice de la obra (dos volúmenes)

1.2 Biblioteca

Catálogo  •  Ayuda

2 Locuciones y expresiones[editar]

Artículo principal: locución
... la fina anatomía, aún en cierne, carecía de métodos de coloración precisos y terminantes. Mas hoy, por fortuna, las cosas han mejorado radicalmente...
  • Observar sin pensar es tan peligroso como pensar sin observar (sentencia)
... La hipótesis y el dato objetivo están ligados por estrecha relación etiológica. Aparte su valor conceptual ó explicativo, entraña la teoría valor instrumental. Observar sin pensar es tan peligroso como pensar sin observar...
... Algunos patólogos, verbi gratia, Mr. L’Épine, la aplicaron al esclarecimiento del mecanismo histológico de los estados hipnóticos...
  • Ex abundantia cordis os loquitur (locución latina): 'de la abundancia del corazón habla la boca'.
... dióme ocasión de exponer, ex abundantia cordis, algunas reglas y consejos destinados á despertar en nuestra distraída juventud docente el gusto y la pasión hacia la investigación científica...


notas

  1. Yes check.svglucubración, del latín lucubratio, -ōnis. También Yes check.svgelucubración, de elucubratio, -ōnis.
  2. en cierne:   locución.
  3. exequatur (latinismo): 'ejecútese'.
  4. los hechos quedan y las teorías pasan:   sentencia.
  5. Observar sin pensar es tan peligroso como pensar sin observar:   sentencia.
  6. Yes check.svgel amibo/Yes check.svgla ameba: protozoo.
  7. verbi gratia:   locución.
  8. Yes check.svgglía: hiato de vocal cerrada tónica, con tilde. Las células gliales conforman la neuroglia o neuroglía cuya función es conectiva y de sostén de las neuronas.
  9. (nota del autor) Estas variaciones, que constituyen fenómeno real, son fácilmente comprensibles dentro del concepto fisiológico moderno de la glia. Actualmente, gracias á las investigaciones de numerosos observadores, entre los cuales me complazco en citar al Dr. Achúcarro, considérase la neuroglia de la substancia gris como una glándula vascular sanguínea. Su protoplasma, lleno de granos secretores (los gliosomas de Fieandt), sufre naturalmente esas oscilaciones de dimensión y forma propias de toda célula glandular, según que se halle en fase de secreción ó elaboración, ó en fase de excreción ó de expulsión.
  10. (nota del autor) Este brillante discípulo murió, apenas graduado de doctor, á consecuencia de una fiebre tifoidea contraída en el primer partido de que fué médico titular.
  11. (nota del autor) Cajal: Reglas y consejos sobre la investigación biológica. Discurso de ingreso en la Real Academia de Ciencias, etc., 5 de Diciembre de 1897. Este discurso incluye la contestación del doctor Calleja, decano de la Facultad de Medicina, quien, aparte elogios exagerados y amables de ritual acerca de mi obra científica, expone en brillante forma algunas atinadas y prudentes reflexiones sobre el tema.
  12. Ex abundantia cordis:   locución.
  13. (nota del autor) Según registra la Neue Würzburger Zeitung, diario que dió cuenta detallada de la fiesta, la ceremonia de la inauguración del suntuoso edificio del Alma Julia fué muy solemne. Asistieron varios Ministros de la Corona, el Rector, los Decanos de las cuatro Facultades y representantes de todas las Universidades alemanas. Pronunciáronse muchos discursos, entre ellos uno muy elocuente del Rector, profesor von Leube. Al final del acto, fueron proclamados los doctores honorarios, participando conmigo de esta honra, por la Facultad de Medicina, el ilustre maestro de Estocolmo Dr. G. Retzius y el gran renovador de la Química orgánica Dr. Fischer, de Leipzig.