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Libros de caballerías

PALMERÍN DE INGLATERRA
Francisco de Moraes (1500-1572)

CAPÍTULO SEGUNDO
Los mellizos de Flérida


Estando Flérida en la Floresta del Desierto, que quedara con sus damas junto con la ribera folgando y cogiendo de las flores de que el campo está cubierto, que esto era en el mes de mayo tiempo en el cual ellas tienen su gracia, esperó a don Duardos hasta las horas que le pareció que debía venir, y viendo que tardaba, comenzó de entristecerse, anunciándole el corazón el desastre. Allegada la noche, parecióle más escura a Flérida de lo que de su natural lo podía ser; ninguna consolación la podía alegrar; los monteros acudían y su don Duardos no venía; Flérida no durmió en toda la noche, porque siempre en estos casos el cuidado vence el sueño.

Ya que la mañana esclarescía, el duque de Galez mandó a toda aquella gente que, repartidos, corriesen toda la floresta y mirasen si lo hallarían, y tornasen allí con el recaudo, porque Flérida tenía ordenado no hacer de allí mudanza hasta saber lo que dél era hecho. Pridos, hijo del duque, primo de don Duardos y muy grande amigo suyo, se metió por lo más espeso de la montaña, contra aquella parte do la mar batía, lo anduvo revolviendo todo, e ya desconfiando de le hallar, creyendo que de las alimañas bravas de que aquella montaña era poblada lo matarían por ir desarmado, tornóse tan triste que, desacordado de sí, con los ojos llenos de agua, las riendas sueltas sobre el cuello del caballo, haciendo muy grandes lástimas por aquellas muy grandes concavidades que la mar tenía hechas, y retumbando dentro el tono con que las decía, parecía que le ayudaban a sentir su pasión con aquellas mismas palabras que él mismo se quejaba.

No tardó mucho que por la ribera de aquella playa vió venir una doncella encima de su palafrén muy negro, vestida de la mesma color. Llegándose a Pridos, le tomó por la rienda, diciendo:

—Señor caballero, esforzad, que esa gran tristeza no puede guarecer a lo que buscáis. Sabed que don Duardos es vivo, puesto que no está en su libertad, ni saldrá tan presto de la prisión en que lo tienen; decid a Flérida que se consuele, y que tenga por muy cierto que esto todo vendrá a muy buen fin. Porque la soledad que agora comenzará a sentir se le tornará en mayor alegría.

Aun bien no acababa de decir estas palabras, cuando, dando del azote al palafrén, ella y él desaparecieron.

Pridos tornó con esta nueva donde Flérida estaba, la que, puesto que con ella le certificaba don Duardos ser vivo, quedó más triste de lo que antes estaba.

Y como pocas veces una pasión venga sola, con este acidente le dieron dolores de parto, y porque también ya el tiempo era llegado, sin mucho trabajo parió dos hijos, tan crecidos y hermosos que en aquella primera hora parecía que daban testimonio de lo que después hicieron. Las damas los tomaron, y envolviéndolos en ricos paños, se los presentaron delante, creyendo que con la vista dellos mitigaría la pena; Flérida los tomó en sus brazos con amor de madre; con palabras de mucha lástima decía:

—¡Oh hijos sin padre! ¡Cuánto más próspero pensé que vuestro nacimiento fuera! Mas en lugar de las fiestas que él para entonces aparejaba, yo moriré con este dolor y vosotros quedaréis sin él y sin mí y sin edad para sentir tan gran pérdida.

Luego un capellán, que allí estaba, los bautizó. Pusieron nombre al que nació primero Palmerín, que después se llamó de Inglaterra, y al segundo Floriano del Desierto, así por que la floresta en que naciera se llamara del Desierto, como por ser en tiempo que el campo estaba cubierto de flores. Acabado de bauptizar, les dió de mamar, así de la leche de sus pechos como de las lágrimas de sus ojos, porque las que ella vertía eran tantas, que, corriendo por sus mejillas, iban a parar a aquel lugar donde todo se juntaba.

Dice la historia que, estando en esto, llegó hacia aquella parte un salvaje que en aquella montaña vivía. Este se mantenía de la caza de las alimañas que mataba, vestíase de los pellejos dellas, y traía dos leones atados por una trabilla, con los cuales cazaba. Y viniendo aquel día allí, metido entre unas matas espesas, vió el nacimiento de aquellos infantes, y usando de lo que su inclinación brutal le inclinaba, determinó cebar sus leones en aquellas inocentes carnes, porque en todo el día no había cazado, y saliendo de súpito[1] al campo, los que en él estaban, con el miedo, desmampararon a Flérida, escondiéronse entre las matas. El duque de Galez, que muy viejo era y estaba desarmado, no pudo defender que el salvaje no tomase a los niños debajo del brazo, y caminando contra la cueva, se fué sin hacer más daño. Flérida quedó tal, que perdido el sentido no se acordaba de cosa ninguna; perdida la calor natural, parecía más muerta que viva; mas tomando algún tanto en sí por las palabras que le decían, comenzó otro planto de nuevo, deseando mil veces la muerte, porque sólo en ella se halla reposo de todos los males.

Nota: va impreso en letra cursiva todo lo que el editor ha tenido que añadir, por razones de claridad, a los pasajes de los libros de caballerías, y en los usuales caracteres de imprenta los textos antiguos.

EDICIÓN   Instituto-Escuela. Madrid, 1924.
Fuente: Project Gutenberg (dominio público)
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1 Biblioenlaces[editar]

1.1 Índice del libro

Palmerín de Inglaterra

1. La floresta encantada  •  2. Los mellizos de Flérida  •  3. Desierto y Palmerín  •  4. Primaleón  •  5. El torneo  •  6. El Caballero de la Fortuna  •  7. Los enemigos hermanos  •  8. La libertad de los Caballeros  •  9. Las fiestas de Londres

1.2 Biblioteca

Catálogo  •  Ayuda

2 Locuciones, expresiones y sentencias[editar]

Artículo principal: locución


notas

  1. Red x.svgsúpito, Yes check.svgsúbito: repentino (→ de súbito:   locución).