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OBRAS ESCOGIDAS
Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870)

RIMAS (LXXI - LXXVI)


1 No dormía; vagaba en ese limbo...[editar]


LXXI

No dormía; vagaba en ese limbo

En que cambian de forma los objetos,

Misteriosos espacios que separan

La vigilia del sueño.



Las ideas, que en ronda silenciosa

Daban vueltas en torno á mi cerebro,

Poco á poco en su danza se movían

Con un compás más lento.



De la luz que entra al alma por los ojos,

Los párpados velaban el reflejo;

Mas otra luz el mundo de visiones

Alumbraba por dentro.



En este punto resonó en mi oído

Un rumor semejante al que en el templo

Vaga confuso, al terminar los fieles

Con un amén sus rezos.



Y oí como una voz delgada y triste

Que por mi nombre me llamó á lo lejos,

Y sentí olor de cirios apagados,

De humedad y de incienso.

. . . . . . . . .

. . . . . . . . .

Entró la noche, y del olvido en brazos

Caí, cual piedra, en su profundo seno:

Dormí, y al despertar exclamé: «¡Alguno

Que yo quería ha muerto!»



2 Las ondas tienen vaga armonía...[editar]


LXXII

PRIMERA VOZ



—Las ondas tienen vaga armonía,

Las vïoletas suave olor,

Brumas de plata la noche fría,

Luz y oro el día,

Yo algo mejor:

¡Yo tengo Amor!



SEGUNDA VOZ



—Aura de aplausos, nube radiosa,

Ola de envidia que besa el pie,

Isla de sueños donde reposa

El alma ansiosa,

¡Dulce embriaguez

La Gloria es!



TERCERA VOZ



—Ascua encendida es el tesoro,

Sombra que huye la vanidad.

Todo es mentira: la gloria, el oro.

Lo que yo adoro

Sólo es verdad:

¡La Libertad!

. . . . . . . .

Así los barqueros pasaban cantando

La eterna canción,

Y al golpe del remo saltaba la espuma

Y heríala el sol.



—¿Te embarcas?—gritaban;—y yo sonriendo

Les dije al pasar:

—Ha tiempo lo hice; por cierto que aún tengo

La ropa en la playa tendida á secar.



3 Cerraron sus ojos...[editar]


LXXIII

Cerraron sus ojos

Que aún tenía abiertos;

Taparon su cara

Con un blanco lienzo;

Y unos sollozando,

Otros en silencio,

De la triste alcoba

Todos se salieron.



La luz, que en un vaso

Ardía en el suelo,

Al muro arrojaba

La sombra del lecho;

Y entre aquella sombra

Veíase á intervalos,

Dibujarse rígida

La forma del cuerpo.



Despertaba el día,

Y á su albor primero,

Con sus mil ruidos

Despertaba el pueblo.

Ante aquel contraste

De vida y misterios,

De luz y tinieblas,

Medité un momento:

¡Dios mío, qué solos

se quedan los muertos!



De la casa en hombros

Lleváronla al templo,

Y en una capilla

Dejaron el féretro.

Allí rodearon

Sus pálidos restos

De amarillas velas

Y de paños negros.



Al dar de las ánimas

El toque postrero,

Acabó una vieja

Sus últimos rezos;

Cruzó la ancha nave,

Las puertas gimieron,

Y el santo recinto

Quedóse desierto.



De un reloj se oía

Compasado el péndulo,

Y de algunos cirios

El chisporroteo.

Tan medroso y triste,

Tan oscuro y yerto

Todo se encontraba...

Que pensé un momento:

¡Dios mío, qué solos

se quedan los muertos!



De la alta campana

La lengua de hierro,

Le dió volteando

Su adiós lastimero.

El luto en las ropas,

Amigos y deudos

Cruzaron en fila,

Formando el cortejo.



Del último asilo,

Oscuro y estrecho,

Abrió la piqueta

El nicho á un extremo.

Allí la acostaron,

Tapiáronle luego,

Y con un saludo

Despidióse el duelo.



La piqueta al hombro,

El sepulturero

Cantando entre dientes

Se perdió á lo lejos.

La noche se entraba,

Reinaba el silencio;

Perdido en las sombras.

Medité un momento:

¡Dios mío, qué solos

se quedan los muertos!



En las largas noches

Del helado invierno,

Cuando las maderas

Crujir hace el viento

Y azota los vidrios

El fuerte aguacero,

De la pobre niña

A solas me acuerdo.



Allí cae la lluvia

Con un son eterno;

Allí la combate

El soplo del cierzo.

Del húmedo muro

Tendida en el hueco,

¡Acaso de frío

Se hielan sus huesos!...

. . . . . . .

¿Vuelve el polvo al polvo?

¿Vuela el alma al cielo?

¿Todo es vil materia,

Podredumbre y cieno?

¡No sé; pero hay algo

Que explicar no puedo,

Que al par nos infunde

Repugnancia y duelo,

Al dejar tan tristes,

Tan solos los muertos!



4 Las ropas desceñidas...[editar]


LXXIV

Las ropas desceñidas,

Desnudas las espadas,

En el dintel de oro de la puerta,

Dos ángeles velaban.



Me aproximé á los hierros

Que defienden la entrada,

Y de las dobles rejas en el fondo

La vi confusa y blanca.



La vi como la imagen

Que en leve ensueño pasa,

Como rayo de luz tenue y difuso,

Que entre tinieblas nada.



Me sentí de un ardiente

Deseo llena el alma:

¡Como atrae un abismo, aquel misterio

Hacia sí me arrastraba!



Mas ¡ay! que de los ángeles

Parecían decirme las miradas:

—¡El umbral de esta puerta

Sólo Dios lo traspasa!



5 ¿Será verdad que cuando toca el sueño...?[editar]


LXXV

¿Será verdad que cuando toca el sueño

Con sus dedos de rosa nuestros ojos,

De la cárcel que habita huye el espíritu

En vuelo presuroso?



¿Será verdad que, huésped de las nieblas,

De la brisa nocturna al tenue soplo,

Alado sube á la región vacía

Á encontrarse con otros?



¿Y allí, desnudo de la humana forma,

Allí, los lazos terrenales rotos,

Breves horas habita de la idea

El mundo silencioso?



¿Y ríe y llora, y aborrece y ama,

Y guarda un rastro del dolor y el gozo,

Semejante al que deja cuando cruza

El cielo un meteoro?



¡Yo no sé si ese mundo de visiones

Vive fuera ó va dentro de nosotros;

Pero sé que conozco á muchas gentes

A quienes no conozco!



6 En la imponente nave...[editar]


LXXVI

En la imponente nave

Del templo bizantino,

Vi la gótica tumba, á la indecisa

Luz que temblaba en los pintados vidrios.



Las manos sobre el pecho,

Y en las manos un libro,

Una mujer hermosa reposaba

Sobre la urna, del cincel prodigio.



Del cuerpo abandonado

Al dulce peso hundido,

Cual si de blanda pluma y raso fuera,

Se plegaba su lecho de granito.



De la postrer sonrisa,

El resplandor divino

Guardaba el rostro, como el cielo guarda

Del sol que muere el rayo fugitivo.



Del cabezal de piedra

Sentados en el filo,

Dos ángeles, el dedo sobre el labio,

Imponían silencio en el recinto.



No parecía muerta;

De los arcos macizos

Parecía dormir en la penumbra,

Y que en sueños veía el paraíso.



Me acerqué de la nave

Al ángulo sombrío,

Como quien llega con callada planta

Junto á la cuna donde duerme un niño.



La contemplé un momento,

Y aquel resplandor tibio,

Aquel lecho de piedra que ofrecía

Próximo al muro otro lugar vacío,



En el alma avivaron

La sed de lo infinito,

El ansia de esa vida de la muerte,

Para la que un instante son los siglos...

. . . . . . . . .

. . . . . . . . .

Cansado del combate

En que luchando vivo,

Alguna vez recuerdo con envidia

Aquel rincón oscuro y escondido.



De aquella muda y pálida

Mujer, me acuerdo y digo:

¡Oh, qué amor tan callado el de la muerte!

¡Qué sueño el del sepulcro tan tranquilo!


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Rimas



FIN DEL LIBRO

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EDICIÓN   Imprenta Española, calle del Olivar, núm. 8. Madrid, 1912.
Fuente: Project Gutenberg (dominio público)
leermas.gif BIBLIO info

7 Biblioenlaces[editar]

7.1 Índice del libro

INTRODUCCIÓN
LEYENDAS
Maese Pérez el organista  •  Los ojos verdes  •  El rayo de luna  •  Tres fechas  •  La corza blanca  •  La rosa de pasión  •  La promesa  •  El Monte de las Ánimas  •  El gnomo  •  El Miserere  •  Las hojas secas  •  La Venta de los Gatos
DESDE MI CELDA (Cartas literarias)
Carta primera  •  Carta segunda  •  Carta tercera  •  Carta cuarta  •  Carta quinta  •  Carta sexta  •  Carta séptima  •  Carta octava  •  Carta novena
RIMAS
I a V  •  VI a X  •  XI a XV  •  XVI a XX  •  XXI a XXV  •  XXVI a XXX  •  XXXI a XXXV  •  XXXVI a XL  •  XLI a XLV  •  XLVI a L  •  LI a LV  •  LVI a LX  •  LXI a LXV  •  LXVI a LXX  •  LXXI a LXXVI

7.2 Biblioteca

Catálogo  •  Ayuda


notas