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RECUERDOS DE MI VIDA
Santiago Ramón y Cajal (1852-1934)
TOMO I    Mi infancia y juventud

CAPÍTULO XI
Dispone mi padre llevarme a Huesca a continuar mis estudios. — Exploración de la ciudad. — La catedral, San Pedro, San Jorge y Monte-Aragón. — Nuestros profesores.


Fué por Enero o Febrero de 1864 cuando mi padre, desengañado del método de enseñanza de los frailes, resolvió, por fin, trasladar mi matrícula al Instituto de Huesca, contrariando así íntimos anhelos míos, ya que el autor de mis días creía —y acaso con razón— que su hijo, alejado de los Escolapios, no dominaría jamás el latín.

Muy acertadamente nota Goethe que todo padre desea para sus hijos aquello que no le fué dado alcanzar a él. El mío, que no tuvo ocasión durante su adolescencia de estudiar la lengua del Lacio, deseaba vivamente que su primogénito saliera gran latino y consumado humanista. Tales aspiraciones sólo aparentemente contradecían sus principios severamente utilitarios. Larga experiencia de la vida le había enseñado que la autoridad y prestigio social del doctor proceden, antes que de su ciencia, de su trato social, de sus modales y, sobre todo, de su cultura general. La frecuente razón inversa de la aptitud clínica y del buen carácter, del sólido saber y de la vacua pedantería, del juicio reflexivo y de la insubstancial verbosidad, pasa inadvertida del vulgo, que se atiene siempre en sus apreciaciones a la primera impresión. Seamos, empero, indulgentes con la clientela. ¡Qué va a hacer el gran público sino juzgar a los hombres de ciencia por el único lado accesible a su comprensión!...

Yo debía resultar, conforme demostrará patentemente mi vida de hombre, la contraposición ideal o, mejor dicho, el complemento psicológico del autor de mis días. Y no ciertamente en el terreno de las humanidades, y menos aún en el de la gramática parda y arte de vivir, sino en lo atinente al cultivo del arte por el arte, en la afición a la ciencia teórica, precisamente por ser teórica, y en la pasión decidida por la filosofía, la más superflua, cuando no la más perjudicial, de las disciplinas humanas.

Pero de ello tendremos ocasión de hablar a su tiempo; y entonces verá el lector cómo, en ocasiones, las aficiones más radicalmente antifinancieras dan de vivir, y hasta con holgura, contra todos los desanimadores vaticinios de los hombres prácticos.

Cediendo, pues, según dejo apuntado, a mis deseos, el autor de mis días, gestionó la traslación de la matrícula al Instituto de Huesca. Poco después me acompañó a la antigua capital del reino de Aragón, donde me instaló en modesta casa de huéspedes, sosegada y quieta, albergue y paradero habitual de sacerdotes y seminaristas. Estaba situada cerca de la catedral, en el llamado arco del Obispo; y su gobierno corría a cargo de patrona viuda muy religiosa y de excelentes sentimientos.

Fachada del Instituto de Huesca (fotografía del autor).

Pronto intimé con los compañeros de pupilaje, entre los cuales hallé amigos afectuosos. Lo fueron, sobre todo, el hijo del ama de casa, excelente muchacho que seguía con provecho la carrera eclesiástica, y D. Leandro Castro, natural de Ayerbe, rebotado de cura, pero listo y consumado latinista. A este último, muy amigo nuestro, confió mi padre el delicado cometido de tomarme diariamente las lecciones y de no dejarme de la mano hasta dominar todas las dificultades de la hermosa lengua de Horacio y de Virgilio[1].

No hay que decir con cuánta alegría y satisfacción hice mi entrada en la famosa y antiquísima Osca[2], ilustrada por las hazañas de Sertorio. Contribuyó poderosamente a mi alborozo la descripción encomiástica que unos estudiantes de Ayerbe me hicieron del Instituto y de la ciudad. Por ellos supe que los profesores de latín no se ocupaban en pegar a sus discípulos, así soltasen las mayores enormidades, y que los alrededores de la ciudad eran sumamente pintorescos y a propósito para alegres correrías. Mucho me complació comprobar personalmente las encomiásticas narraciones de mis camaradas. Dados mis gustos, mis primeras visitas fueron, naturalmente, para las famosas eras de Cáscaro, ejido de la ciudad, y habitual palenque de juegos, luchas y algaradas estudiantiles; las frondosas alamedas y sotos del Isuela[3], poblados por muchedumbre de pájaros, entre los cuales brillaba la elegante oropéndola, y las vetustas y carcomidas murallas, teatro habitual de las expansiones guerreras de granujas y estudiantes de la ciudad.

En cuanto regresó mi padre y quedé dueño absoluto de mi voluntad y de unos cuantos reales, fué mi primera providencia comprar papel y caja de colores, a fin de traducir mis novísimas impresiones artísticas.

A los doce años, la brusca inmersión en la vida ciudadana constituye revolucionaria lección de cosas y fermento generador de nuevos sentimientos. Todo es diferente, cualitativa y cuantitativamente, entre la aldea y la urbe: las calles se alargan y asean; las casas se elevan y adornan; el comercio se especializa, tentando con mil deliciosas chucherías al candoroso lugareño; las sobrias iglesias románicas se transforman en suntuosas catedrales; en fin, por primera vez, las librerías aparecen: con ellas se abre una ventana hacia el Universo ignorado y prohibido.

Ante el nuevo y variado espectáculo, enriquécense, a la par, la sensibilidad y el entendimiento. A los tipos vulgares del campesino, del cura y del maestro —las solas formas posibles de humanidad en la aldea—, añádense ahora infinidad de especies y variedades profesionales, antes ignoradas. En suma, el horizonte intelectual del niño se dilata en el espacio como en el tiempo: en el espacio, porque reclama su atención muchedumbre de novísimas realidades; en el tiempo, porque toda ciudad constituye, según es notorio, archivo de recuerdos históricos. Que si el pueblo es la concha donde vegeta el protoplasma de la raza, sólo en la ciudad anida el espíritu.

Ante el torrente abrumador de las nuevas impresiones necesita el jovenzuelo habilitar territorios cerebrales poco antes en barbecho. Signo revelador de la gran crisis mental, de esta lucha funcional librada en la mente entre las viejas y las nuevas adquisiciones, es el aturdimiento que nos embarga en los primeros días de la exploración de una ciudad. Pero, al fin, el orden se establece. Acabada la acomodación plástica, la organización cerebral se refina; se sabe más y se juzga mejor. Por donde se ve que se acercan mucho a la verdad quienes relacionan la capacidad intelectual de un hombre con la dimensión de la ciudad donde transcurrieron su niñez y mocedad.

Si la aldea aparece como fijada en el presente y estrictamente atenida a las duras necesidades de la vida, la ciudad —lo hemos dicho ya— sintetiza el presente y el pasado. Allí moran las cabezas directoras de la comunidad; es decir, los hombres selectos que piensan y recuerdan; los que mal o bien encarnan el espíritu de la raza. Desconocedor de su propia historia, el pobre aldeano vive condenado a marchar siempre a remolque de la ciudad, de donde, si recibe el beneficio del maestro, del médico y del cura, recibe también las plagas del cacique, del reclutador y del comisionado de apremios.

Muy lejos estaba yo entonces de hacerme las precedentes reflexiones. Mi sensibilidad sobreexcitada me arrastraba irresistiblemente a curiosear las cosas más que los hombres. Y guiado por mi nativa inclinación romántica, comencé mis exploraciones por los monumentos de la vieja ciudad, para cuyo estudio sirvióme de mucho la hermosa obra de Quadrado, Recuerdos y bellezas de España[4], infolio que figuraba en la biblioteca del Instituto, y cuyas preciosas descripciones y artísticas litografías me tenían cautivado.

Difícil fuera hoy reproducir puntualmente los estados de alma causados por la contemplación de las antigüedades de la histórica ciudad del Isuela. Recuerdo bien, sin embargo, que de cuantos monumentos visité ninguno me emocionó más profundamente que la catedral, el primer ejemplar grandioso de arquitectura gótica que se ofrecía a mis ojos.

Puerta principal de la catedral de Huesca (fotografía del autor).
Huesca. Retablo de mármol de la Catedral.

Sin llegar a la soberana majestad de los templos góticos de Burgos, Salamanca, León y Toledo, la catedral oscense es admirable creación del arte ojival, digna de atraer la mirada del artista. La elevada torre del reloj, que franquea la hermosa fachada labrada en el siglo XIV por el vizcaíno Juan de Olótzaga[5]; la majestuosa puerta gótica, guarnecida por siete ojivas de amplitud decreciente y decoradas con esculturas de apóstoles, profetas y mártires, separadas por floridos doseles y pedestales; el frontón triangular, adornado por colosal rosetón que semeja filigrana de piedra; la elevación inusitada de la nave central y del crucero; lo esbelto y atrevido de las columnas, cuyos capiteles se descomponen hacia la bóveda en nerviaduras[6] caprichosamente entrelazadas; los arabescos y calados primorosos de los capiteles y rosetones; y, sobre todo, la insuperable creación del escultor Forment, o sea el maravilloso retablo de alabastro, que se diría encaje sutil fabricado por hadas, llenóme de ingenua y profunda admiración.

Impresión bien diferente prodújome la visita a la iglesia de San Pedro el viejo[7], la más antigua quizá de todas las oscenses. Es tradición que sirvió de capilla a los mozárabes durante los luctuosos tiempos de la conquista musulmana. Trátase de antiquísima fábrica bizantina, sobria de adornos y baja de bóvedas; pero firme y robusta cual la fe de sus fundadores.

No sin cierto religioso recogimiento me aventuré por sus lóbregos y misteriosos claustros, carcomidos por la humedad y medio enterrados por los escombros. A la mortecina luz de una lámpara contemplé los sarcófagos donde duermen su sueño eterno algunos reyes e infantes de Aragón, entre ellos el rey monje, sombrío protagonista de la leyenda de la famosa campana[8].

Allí, en medio de aquellas ruinas emocionantes, al reparar en lo borroso de las inscripciones, en el desgaste y desmoronamiento de las marmóreas lápidas, hirió, quizá por primera vez, mi espíritu el pensamiento desconsolador de lo efímero y vacío de toda pompa y grandeza. Allí sorprendí de cerca ese perpetuo combate entre el espíritu que aspira a la eternidad y los impulsos ciegos y destructores de los agentes naturales.

Huesca campana de Huesca 1917.jpg
La primera lámina presenta, según fotografía reciente, la escalera de descenso a la célebre «Campana de Huesca»; mientras que la segunda copia el precioso claustro románico de San Pedro el Viejo.

En pos del examen de los monumentos importantes, vino la exploración de otros edificios henchidos de recuerdos históricos: las antiguas murallas, carcomidas por la humedad y engalanadas de céspedes, ortigas e higueras salvajes, y desde cuyos baluartes, conservados en parte, es tradición que partió la agarena flecha que hirió mortalmente a Sancho Ramírez durante el asedio de la ciudad; el alcázar de los antiguos reyes aragoneses, convertido en Universidad por Pedro IV y hoy transformado en Instituto provincial, y en cuyos lóbregos sótanos se conserva todavía la famosa campana, donde, según la leyenda, ordenó el rey monje el sacrificio de la levantisca nobleza aragonesa; las Casas Consistoriales, coronadas de altos torreones, y en cuyas estancias dictaba antaño sus fallos el Justicia de la ciudad; la románica iglesia de San Miguel, que se levanta en la margen derecha del Isuela, y en cuyo soportal administraban justicia, en no muy alejados tiempos, los jurados; la histórica ermita de San Jorge, emplazada en el campo de batalla de Alcaraz, conmemorativa del triunfo logrado por los cristianos sobre los agarenos; la barroca y grandiosa iglesia de San Lorenzo, erigida en honor de los santos mártires; el modesto santuario de Cillas, situado no lejos de la fuente de la Salud, preferente lugar de esparcimiento de los oscenses; y, en fin, el imponente castillo de Monte-Aragón, frontera y baluarte avanzado contra la morisma en los primeros años de la reconquista, y cuyos rojizos y arruinados muros, rasgados por grandes ventanales, parecen conservar todavía el calor del terrible incendio que dió en tierra con la grandiosa fábrica.

Pero dado de mano a estas vulgares noticias y recuerdos históricos, es ya ocasión de que hable algo de mis profesores y camaradas.

D. Antonio Aquilué, maestro profesor de latín, era todo lo contrario del terrible padre Jacinto. Celoso, pero muy anciano, bondadoso y casi ciego, carecía de la indispensable entereza para luchar con aquellos diablillos de doce años. Allí se alborotaba, se hacían monos, se leían novelas y aleluyas, se fumaba, se disparaban papelitos, se jugaba a la baraja... en fin, se hacía todo menos prestar atención a la docta y pausada disertación del maestro, que se desgañitaba para dejarse oir en medio de aquella algarabía. Alentados con la impunidad, pues la ceguera y sordera de aquel santo varón le impedían reconocer y castigar a los autores de tantas insolencias, oíamos sus severas reprimendas con la misma edificación con que debe oir una tribu de salvajes al heroico misionero a quien esperan merendarse.

Referir menudamente las diabluras que allí se ejecutaban sería cuento de nunca acabar, y repetir además cosas harto sabidas y vulgares. Como muestra, referiré la pesada broma de cierto alumno, que soltó en clase una caja llena de ratones, cuyas corridas desesperadas sembraron el desorden en el aula. Llegado el buen tiempo, surcaban el aire, arrojados por manos invisibles, pájaros y hasta murciélagos. Otras veces, la emprendíamos con las antiparras o la chistera del dómine, las cuales, prendidas al hilo que sostenía un pillete, abandonaban suavemente la plataforma, pareciendo asentir, según el capricho de maese Pedro que tiraba de la cuerda, a las razones del profesor. Impelidas por arcos de goma volaban hacia la plataforma bolitas de papel, que rebotaban a menudo, ya en el birrete, ya en la calva del venerable anciano, quien más de una vez, indignado y furioso por tanta osadía y desconsideración, echábanos con cajas destempladas a la calle...

Distaba yo mucho de ser impecable, pero no figuraba entre los más audaces e insolentes. Cierta compasión hidalga hacia aquel santo varón, todo bondad y candidez, enfrenaban mis maleantes iniciativas. Con todo eso, debí purgar más de una vez, en unión de camaradas más desvergonzados, faltas colectivas en cierta cárcel escolar, especie de cuadra aislada, habilitada desde hacía tiempo para encerrar durante veinticuatro horas a los revoltosos más contumaces. Cuando esto ocurría, lejos de aburrirme servíame el encierro para dar rienda suelta a mis delirios pictóricos, dibujando con tiza y carbón en las paredes batallas campales entre bedeles y alumnos, en las cuales llevaban los primeros, según es de presumir, la peor parte.

Por notable e instructivo contraste, en la cátedra del profesor de Geografía no chistaba nadie. Era este un señor rubio, joven, de complexión recia, vivo y perspicaz de sentidos, austero y grave en sus palabras y severísimo y justiciero en los exámenes. Inspirábanos respeto y temor. El alumno que enredaba o se distraía cuchicheando con sus camaradas, era arrojado inmediatamente del aula. Sabíamos además que las faltas de atención eran registradas cuidadosamente y que, a menudo, costaban un suspenso. Explicaba con llaneza, claridad y método, y sus lecciones acabaron por interesarnos.

Aunque llegaba yo preparado por las enseñanzas paternas, saqué mucho partido de las explicaciones del geógrafo; para lo cual favorecióme sobremanera mi afición al dibujo, pues el profesor, excelente pedagogo, nos hacía copiar del Atlas señalado de texto, islas y continentes, ríos, lagos y cordilleras. De este modo se avivaba nuestra atención y se fortalecía la representación mental de los objetos. Tan de mi gusto resultó este método de enseñanza y tales progresos hice, que en un santiamén cubría un papel con el mapa de Europa, trazando de memoria el contorno de todas las naciones con sus provincias, sin atascarme siquiera en la complicada geografía de la confederación germánica ni en la enrevesada de las Repúblicas hispanoamericanas.

El diverso comportamiento de los escolares en las dos citadas asignaturas me reveló dos hechos, que posteriores observaciones han confirmado plenamente: Es el primero, que el instructor de alumnos de diez a catorce años debe ser forzosamente joven, enérgico y expedito de sentidos; los ancianos, por sabios que sean, resultan lastimosas víctimas de la desconsideración e insolencia de mozalbetes, para quienes la quietud y la compostura constituyen verdadero suplicio. Es el segundo, que los educandos demasiado jóvenes muéstranse incapaces, salvo honrosas excepciones, de gustar del estudio de las lenguas y de comprender la utilidad de las matemáticas. Sólo el temor al castigo puede obligar a galopines que están todavía en la época muscular y sensorial de la existencia a soportar a pie firme largas tiradas de verbos latinos irregulares y sartas inacabables de binomios y polinomios. Todo esto interesará, al fin, pero más adelante, desde los catorce o quince años.

Acredita la experiencia que, salvo precocidades excepcionales, el muchacho recién entrado en la segunda enseñanza estudia con placer solamente aquellas ciencias capaces de ampliar la rudimentaria exploración objetiva del mundo, iniciada en el hogar, tales como: la Cosmografía, la Geografía y algunos rudimentos de Aritmética, Física y de Historia natural.

Las Lenguas muertas, la Gramática, la Psicología, la Lógica, el Álgebra, la Trigonometría y la Física con fórmulas, debieran reservarse para los últimos cursos, es decir, para la época mediante entre los catorce y los diecisiete años, que es cuando comienza verdaderamente la fase reflexiva de la evolución mental.

Pero a este error pedagógico sancionado por la ley, añádense todavía los inconvenientes gravísimos de la forma, por lo común seca y excesivamente abstracta en que se expone la ciencia. Preocupado con el rigor lógico de las definiciones y corolarios, el maestro olvida a menudo una cosa importantísima: excitar la curiosidad de las tiernas inteligencias, ganando para la obra docente, el corazón y el intelecto del alumno; pero de este punto, de capital transcendencia para la función educadora, diré algo más adelante.


EDICIÓN   Imprenta y Librería de Nicolás Moya, Madrid 1917
Fuente: Project Gutenberg (dominio público)
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1 Biblioenlaces[editar]

1.1 Índice del libro

TOMO I
Mi infancia y juventud

Advertencia al lector  •  1. Mis padres  •  2. Excursión tardía a mi pueblo natal  •  3. Mi primera infancia  •  4. Mi estancia en Valpalmas  •  5. Ayerbe  •  6. Desarrollo de mis instintos artísticos  •  7. Mi traslación a Jaca  •  8. El padre Jacinto, mi dómine de latín  •  9. Continúan mis distracciones  •  10. Mi regreso a Ayerbe  •  11. Dispone mi padre llevarme a Huesca a continuar mis estudios  •  12. Mis nuevos compañeros de algaradas  •  13. Las vacaciones  •  14. Mi padre me acomoda de aprendiz en una barbería  •  15. Inquina de mi catedrático de griego  •  16. Vuelta al estudio  •  17. El ferrocarril y la fotografía, dos inventos que me causaron indecible asombro  •  18. Revolución de septiembre en Ayerbe  •  19. Comienzo en Zaragoza la carrera médica  •  20. Mis catedráticos de Medicina  •  21. Continúo mis estudios sin grandes mortificaciones  •  22. Recién licenciado en Medicina, ingreso en el cuerpo de Sanidad Militar  •  23. Llegada a La Habana  •  24. Mis distracciones en San Isidro  •  25. Me traslado a La Habana, donde recaigo de mi dolencia

Índice de la obra (dos volúmenes)

1.2 Biblioteca

Catálogo  •  Ayuda


notas

  1. la hermosa lengua de Horacio y de Virgilio: el latín. Horacio y Virgilio son los principales poetas romanos.
  2. Osca: Huesca, en latín.
  3. Isuela es el río de Huesca. Existe otro río con el mismo nombre que discurre por la provincia de Zaragoza.
  4. Recuerdos y bellezas de España (1839-1865) es una obra enciclopédica en diez volúmenes ilustrada por Parcerista. José María Quadrado (1819-1896) se encarga del volumen dedicado a Aragón (Wikipedia).
  5. El maestro Juan de Olótzaga, que también había finalizado la catedral de Pamplona, continúa las obras en 1497 (Gran Enciclopedia Aragonesa)
  6. Red x.svgnerviaduras, Yes check.svgnervaduras
  7. Red x.svgSan Pedro el viejo, Yes check.svgsan Pedro el Viejo (→mayúsculas y minúsculas)
  8. Alusión a la leyenda de la campana de Huesca, según la que Ramiro II el Monje (1086-1157), rey de Aragón, decapitó a doce nobles rebeldes. Para escarmiento dispuso las cabezas en círculo en el suelo, con la del obispo de Jaca, el más rebelde, en el centro a modo de badajo (Wikipedia).