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RECUERDOS DE MI VIDA
Santiago Ramón y Cajal (1852-1934)
TOMO I    Mi infancia y juventud

CAPÍTULO XV
Inquina de mi catedrático de griego. — Decide mi padre escarmentarme convirtiéndome en aprendiz de zapatero. — Mis proezas en obra prima. — El ataque de Linás. — Consideraciones en torno de la muerte.


Después de lo expuesto, huelga decir que mi instrucción científica y literaria progresó muy poco durante el curso de 1886. El latín y griego me aburrieron soberanamente, y la Historia universal y de España, que consistían en retahila[1] insoportable de fechas y abrumadora letanía de nombres de reyes y de batallas ganadas o perdidas, según el favor o el enojo de la Providencia, no tuvo para mí ningún atractivo.

Con todo eso, el curso habríase salvado sin contratiempo, si el catedrático de griego, un buen señor tan desabrido como suspicaz, no me hubiera convertido en desfogadero de su mal humor. Cierto que no extremaba mi celo y puntualidad ni me entusiasmaban grandemente sus lecciones pronunciadas con acento crudamente catalán y premiosa y sibilitante palabra; mas de su ojeriza no fueron mis distracciones la causa principal, sino cierto defecto fisiológico de que nunca he logrado corregirme.

A la manera de los salvajes y de las mujeres, he adolecido siempre de lamentable facilidad para soltar la risa: una observación chocante, un gesto inesperado, cualquiera chirigota, bastaban para excitar mi ruidosa hilaridad, sin que fueran parte a refrenarme lo grave del lugar y lo solemne de la ocasión. En mi huesoso y movedizo semblante estallaba la carcajada como el oleaje en el mar azotado por la brisa. Y era lo malo que, en virtud de cierto aspecto mefistofélico del rostro, mi espontánea sonrisa de bobalicón asombrado adquiría, a los ojos de algunos, un no se qué de sarcástico, irritante y provocativo. En vano me esforzaba para dominar mis nervios y evitar que mi inocente alegría sacara de quicio al profesor: el aparato inhibidor de mis risores[2] no fué jamás poderoso a imponerles el reposado continente, ni a mis ojos el aire grave y formal adecuados a la contemplación serena de la ciencia.

Pero el bueno del maestro, que ignoraba el dicho de Dumas «sólo los bribones no se ríen», montaba en cólera[3] cada vez que sorprendía mi jovialidad, en la que veía, por exceso de suspicacia, intención satírica y aviesa. Ni me valió para desarmar su enojo asegurarle que no me reía de él, a quien sinceramente respetaba, sino de las bromas y salidas de algunos compañeros parlanchines. Y creciendo progresivamente su irritación, dió en la manía de mortificarme diariamente con vulgares comparaciones zoológicas y comentarios burlescos. Complacíase también en citarme como caso representativo de torpeza y de pigricia. Cuando alguno enredaba en clase solía decir: «usted es casi tan pigre como Ramón»; «de no enmendarse, parará usted sin remedio en lo que Ramón»; y otras frases molestas de este jaez.

Dicho sea entre paréntesis, al proceder de esta suerte mis maestros erraban de medio a medio[4] la terapéutica. En el fondo era yo un infeliz, de buenos sentimientos, aunque víctima de tendencias intelectuales y sensitivas irrefrenables. Tanto mi padre como mis profesores hubieran sacado mejor partido de mí usando los métodos del halago y de la bondad, en lugar de infligirme correcciones acaso excesivas y siempre exasperantes.

Pero volviendo a mi adusto profesor de griego, diré que aquel régimen de pullas y alfilerazos, que yo estimaba injusto, agotó mi paciencia. Y considerándome perdido, resolví tomar represalias. Decidí, pues, atormentar al pobre señor con toda suerte de pesadas bromas, y con ellas traspasé los límites de la insolencia. Para herirle en lo más vivo, que eran sus profundas convicciones ultramontanas, hacía pasar de mano en mano grotescas caricaturas en que aparecía, ya con traje de miliciano nacional, colgante de sus labios letrero que decía: «¡Viva la Constitución!», ya andando en cuatro patas, tocada la testa con boína descomunal —y ésta era la más negra— y cabalgado por Espartero, que parecía cantarle el trágala al oído. Tan grotescos monigotes regocijaban y desasosegaban a los chicos, que oían al iracundo pedagogo como quien oye llover.

Con estas y otras pesadas payasadas fué tal el odio que me cobró, que, a punto de trasladarse a Cataluña, de donde era natural, aprovechó la ocasión de la plática de despedida para deplorar amargamente el ausentarse sin haber tenido el gusto de castigar mis insolencias. «A bien que mis rectos comprofesores sabrán vengarme», añadió. Yo estuve por contestarle «¡buen viaje!», pero me contuve por no empeorar mi ya desesperada situación.

Graves fueron de todos modos las consecuencias de mis imprudencias. Desalentado por la citada conminación, recibida precisamente en el mes de Mayo, dí por seguro el fracaso, y no me atreví a presentarme a examen.

Con lo cual, y con haber obtenido solamente notas de mediano en las demás asignaturas, púsose furioso mi padre, amenazándome con ejemplar y radical escarmiento. Resuelto a arrancar de cuajo mis chifladuras artísticas, meditó y puso por obra cierto plan terapéutico no exento de ingenio y eficacia, que consistía en la aplicación del sabido principio médico: Contraria contrariis. «¿Qué es —debió preguntarse mi progenitor— lo más diametralmente opuesto, en el orden profesional y sentimental, a la dulce poesía y a las emociones y bellezas del arte pictórico? Pues los bajos oficios de soguero, deshollinador o zapatero remendón.» Esta última profesión, sobre todo, parecióle pintiparada para abatir mis pujos románticos y corregir definitivamente mis rebeldías.

Estado actual de la entrada a la zapatería de Gurrea de Gállego donde trabajó Santiago Ramón y Cajal.

    ... (mi padre) antes de terminar el mes de Junio puso por obra su proyecto, asentándome de aprendiz con cierto zapatero, hombre de pocas palabras, rústico y mal encarado...

Pensé al principio que todo pararía en amenazas, pero me engañé de medio a medio. Antes de terminar el mes de Junio —habitábamos entonces en Gurrea de Gállego— puso por obra su proyecto, asentándome de aprendiz con cierto zapatero, hombre de pocas palabras, rústico y mal encarado, el cual, en connivencia con mi padre, hízome pasar las de Caín. Obligóme a comer un mal cocido, a dormir en obscuro y destartalado desván lleno de ratones y telarañas, y encargóme además de los más bajos y sucios menesteres de la tienda. Quitáronme lápices y papel, y se me prohibió hasta emborronar con carbón las paredes del granero. Privada la fantasía de todo instrumento expresivo, vivió de sí misma y alzó en la mente las más brillantes y risueñas construcciones. Jamás viví vida más prosaica ni soñé cosas más bellas, altas y consoladoras. En cuanto acababa de cenar, asaltaba ansiosamente mi cuchitril, y antes de que el sueño me rindiera, ocupábame en dar forma y vida al caos de manchas de la pared y a las telarañas del techo, que se transformaban, a impulsos del pensamiento, en los bastidores de mágico escenario por donde desfilaba la excelsa cabalgata de mis quimeras.

Aquel régimen de aislamiento moral y de austera alimentación hubiera acabado por convertirme en místico exaltado —como a un amante del yermo— si mi madre, temerosa de los efectos depauperantes de las berzas y del cocido incoloro, no me hubiera mandado furtivamente sabrosas tortas y suculentas tajadas. Al final de aquel verano, conseguí también lápiz y papel, comprados gracias a la generosa propina recibida de la hija de los condes de Parcent, gentil señorita de catorce abriles que se dignó un día visitar la tienda y confiar al zafio aprendiz el arreglo de elegante y diminuta botina, descosida durante el trajín de reciente cacería.

Trasladada nuevamente mi familia a Ayerbe, cambié de dueño, entrando a servir a un tal Pedrín, de la familia de los Coarasas de Loarre, zapatero campechano y chistoso, pero severo y duro con los aprendices. Tenía yo entonces rarezas alimenticias extremadas (tales como repugnancia invencible hacia el cocido, la calabaza, el tomate, la cebolla, etc.), que desazonaban sobremanera a mis padres. Y así, el autor de mis días puso empeño en que Pedrín curara radicalmente tan enfadosos antojos, amén de tratarme en lo demás sin ningún miramiento y a cara de perro, según el dicho vulgar. Lo mismo que en Gurrea, debían correr a mi cargo las más antiestéticas faenas. Y, en efecto, se me adjudicaron las poco pulcras ocupaciones de limpiar herramientas, fabricar cabos untados de pez, coser remiendos (que por cierto me llenaban las manos de callos y costurones), echar medias suelas y preparar el engrudo.

Encantado estaba el Sr. Pedrín (quien no obstante la fama de mal genio, era excelente persona y buen amigo de mi familia) de mis progresos, así como de la paciente humildad con que soportaba lo mismo las vilezas y prosaísmos del oficio que las deliberadas modificaciones del menú.

Un día díjole a mi padre:

—D. Justo, su chico de usted es una alhaja; es mañoso, todo lo hace bien. De seguir así, voy a ponerle pronto a coser botinas nuevas.

—Y ¿qué tal la comida?

—Traga hasta las piedras: calabaza, tomate, nabos, cocido... Todo lo devora sin hacer un visaje.

—Lo dudo...; fíjese bien, no sea que el chico, que es muy marrullero, se la pegue a usted.

Algo escamado el maestro, observóme disimuladamente durante la cena, y no tardó en sorprender mis trazas y ardides. Cuando el plato no era de mi gusto, solapadamente escondía yo las tajadas, ya en el bolsillo del pantalón, encerado a este propósito, ya sobre un pañuelo oculto entre mis rodillas. Afeóme ásperamente la desobediencia y consideró cuestión personal democratizarme el estómago y empapuzarme (empapujar) hasta de las más viles bazofias; no lo consiguió sin embargo. Sus bien intencionadas porfías sólo sirvieron para enflaquecerme y convertirme por inevitable compensación alimenticia, en famélico comedor de pan.

Extendidas por el pueblo nuevas de mis rápidos avances zapateriles, un tal Fenollo, maestro de obra prima y dueño de la mejor tienda de la población, propuso contratarme por cierto número de años, a condición de que si antes de la primera añada abandonaba el oficio, debía mi padre indemnizarle a posteriori con dos reales diarios. Cerrado el trato e instalado en el nuevo obrador (más alegre y capaz que el de Pedrín, y emplazado en la hermosa Plaza Baja), puse a mal tiempo buena cara.

Poco tardé en intimar con el hijo del patrón, simpático muchacho de mi edad y gustos, y díme tal garbo en el manejo de la lezna, que a los pocos meses cosía a todo ruedo, haciendo zapatos nuevos de los llamados entonces abotinados, recortando coquetones tacones y dominando los calados y demás arrequives de las punteras y todas las sublimes filigranas del oficio. Mis progresos fueron muy alabados por el nuevo amo, que me prometió, de continuar en la misma tesitura, abonarme un jornal de dos reales diarios, amén de la ropa y comida. Entretanto, para honrar y enaltecer mi habilidad, confiábame las botinas de las señoritas más remilgadas y presumidas; botinas en cuyos altos y esbeltos tacones labraba primores de ornamentación. ¡Qué diablos! ¡De algo habían de servirme el Arte poética de Horacio y mis aficiones artísticas!

Por aquel año (1867) acaeció la famosa intentona revolucionaria de Moriones y Pierrad, que tuvo sangriento epílogo en el choque de Linás de Marcuello[5]. General era el descontento contra el Gobierno. El odio a los moderados, a causa de las deportaciones y fusilamientos de liberales, había ganado hasta las aldeas más apartadas. Todo hacía presagiar próxima tormenta, de la cual el citado choque de Linás fué el primer relámpago amenazador.

Con júbilo casi general fué en Ayerbe sabida la sublevación de los generales, cuyo triunfo creíase inminente. Muchos se aprestaban a alistarse en las filas rebeldes; sólo en nuestro pueblo y Bolea había —al decir de la gente— sobre 500 hombres comprometidos, que esperaban no más, para incorporarse a las filas revolucionarias, recibir armas y equipos. Cundió, por fin, la noticia de que las huestes liberales, formadas por carabineros y montañeses del Alto Aragón, habían pernoctado en Murillo, Lapeña y Riglos, desde cuyos pueblos movilizábanse hacia Linás de Marcuello, aldea situada al pie de la vecina sierra de Gratal. Intensa emoción reinaba en Ayerbe; muchos juzgaban inevitable la entrada triunfal de los insurrectos.

De improviso apareció en la Plaza baja la columna del general Manso de Zúñiga, compuesta de algunas fuerzas de infantería y de 50 soberbios y vistosos coraceros que entusiasmaron a los muchachos con su aire marcial y brillantes armaduras. No me saciaba de admirar las bruñidas corazas y empenachados yelmos, defensas evocadoras del recio arnés de los antiguos guerreros y de las épicas luchas de la reconquista. Subyugóme, sobre todo, el admirable golpe de vista ofrecido por los escuadrones en correcta formación. Al moverse los caballos, toda aquella masa de metal pulido rielaba al sol como oleaje de un mar rizado por la brisa: de las desnudas espadas brotaban deslumbrantes relámpagos, y el polvo alzado por el piafar de los alazanes parecía como dibujar en torno de cada guerrero glorioso nimbo de luz.

Impaciente por combatir, el general ordenó al alcalde la inmediata traída de bagajes, y sin detenerse más que lo estrictamente necesario para racionar a los soldados, partió en dirección de Linás, adonde debió llegar en las primeras horas de la tarde. No transcurrió mucho tiempo sin que oyéramos el lejano y sordo estampido de las descargas, repercutido por las vecinas montañas.

Formáronse corrillos en las plazas, a los que nos agregábamos los chicos, presa de viva curiosidad. Y entre los hombres cambiábanse en voz baja comentarios acerca de la batalla librada en aquellos angustiosos momentos entre la libertad y la reacción. Entretanto, buen golpe de vecinos comprometidos en la asonada habían huído hacia la sierra, para esperar el desenlace y evitar posibles represalias. Ardíamos todos en curiosidad e impaciencia por conocer lo ocurrido. Nuestra comezón por saber algo fué tan grande, que varios chicos nos escapamos al campo de batalla, caminando a campo traviesa; y llegados a la cúspide de una colina, que por el Sur domina la aldea de Linás, presenciamos escena lastimosa y conmovedora. Las fuerzas leales replegábanse en aquel instante, con visibles muestras de desaliento, hacia Ayerbe; mientras los insurrectos, que conservaban excelentes posiciones en las casas del pueblo y cercados inmediatos, comenzaban a correrse por el pie de la sierra, desdeñando perseguir al enemigo, acaso por no derramar estérilmente sangre española.

Nos desviamos entonces a cierto alcor próximo al camino por donde la tropa caminaba. Grande fué nuestra sorpresa al advertir que aquellos coraceros, horas antes tan gallardos e imponentes, marchaban ahora desordenados y silenciosos, abollados los cascos y sangrientos los uniformes. Algunos, perdido el caballo en la refriega, caminaban a pie, macilentos y tristes. Montados, o mas bien sujetos, en caballerías y escoltados por bagajeros y soldados, venían numerosos heridos, cuyos lastimeros ayes, arrancados a cada trompicón del áspero camino, desgarraban el alma. Y en medio de aquel melancólico desfile surgió cual trágica aparición la pálida figura del general Manso de Zúñiga, agonizante o muerto, mantenido a caballo gracias a los piadosos brazos de un ayudante. Profunda impresión sentí al contemplar el uniforme manchado de polvo y sangre, los abatidos y pálidos rostros de la fúnebre comitiva, y, sobre todo, la faz intensamente blanca del infortunado caudillo, horas antes rebosante de energía y altiva resolución.

Confieso que aquella imagen brutalmente realista de la guerra enfrió bastante mis bélicos entusiasmos. En ningún libro había leído que las heridas de fusil fueran tan acerbamente dolorosas, ni que los lisiados se quejaran con acentos tan lastimeros. Está visto que, o los historiadores no han presenciado batallas, u omiten deliberadamente cosa tan grave y seria como la tortura física y moral de las víctimas.

Al llegar al pueblo, contaron los soldados pormenores del encuentro. Noticiosos los insurrectos (en número de 1.600 hombres) de la escasez de las fuerzas del general Manso, aguardáronle apostados en excelentes posiciones que se extendían por las colinas inmediatas a Linás. En cuanto avistaron al enemigo, las fuerzas leales hiciéronse fuertes en los altozanos linderos con la aldea y cruzáronse los primeros disparos. Impaciente el caudillo isabelino por la inesperada resistencia de fuerzas, que supuso indisciplinadas, ordenó el avance de sus tropas, que fueron recibidas con nutridas descargas. Debió ocurrir un movimiento de vacilación motivado quizá por el desorden de la caballería, incapaz de maniobrar dado lo angosto y quebrado del terreno; y entonces el jefe, dando ejemplo a los suyos y arrastrado por su bravura, espoleó reciamente el caballo y se adelantó gran trecho hacia el enemigo. Cobraron ánimo los leales, corriendo a paso de carga para alcanzar al bizarro general; pero, desgraciadamente, antes que llegaran a socorrerle, una descarga derribóle mortalmente herido. Cuentan que, en aquel momento trágico, cierto colosal ansotano, mozo de 7 pies de estatura y de diecinueve años apenas, abalanzóse temerariamente hacia el caído, al objeto de desarmarlo y hacerlo prisionero; pero frustróse su intento, porque certera bala le hirió en el corazón, desplomándolo junto al caudillo. Perdido el general e insuficientes las fuerzas isabelinas para proseguir el ataque, retiráronse al cabo, después de recoger los numerosos heridos, que fueron asistidos y curados en el hospital de Ayerbe.

Según era de presumir, tocóle a mi padre aquellos días no poco que hacer con la diaria curación de los soldados heridos en la refriega, así como con el cuidado de otros pertenecientes a las fuerzas insurrectas, los cuales se habían ocultado en diversas aldeas, hasta en lo más fragoso de la vecina sierra de Gratal.

La contemplación al siguiente día, en los campos de Linás, de los infelices que cayeron con ocasión del sangriento combate, y el examen poco tiempo después de las víctimas de otra acción inesperada librada cerca de Ayerbe entre carabineros y contrabandistas, trajeron por primera vez a mi espíritu la terrible enseñanza de la muerte, la más profunda, filosófica y revolucionaria de todas las realidades de la vida. Ciertamente, antes de los citados sucesos, había visto muertos y presenciado el desgarrador espectáculo de la agonía; pero mi emoción harto débil, habíase disipado como espuma en la onda.

En la aurora de la vida, tan inverosímil resulta la idea de la muerte, que apenas suscita alguna pasajera cavilación. ¡Quién piensa en morir cuando siente en su corazón juvenil batir con furia la sangre, y contempla delante de sí, en la azul lejanía del tiempo, serie inacabable de lustros de espléndida existencia!

La melancólica convicción del no ser, con todo su cortejo de pavorosos y formidables enigmas, se apodera de nosotros en la edad madura, en presencia de la muerte de padres y amigos, y sobre todo cuando penosas sensaciones internas, inequívocos signos del creciente desgaste de la máquina vital, nos anuncian, para un plazo más o menos dilatado, el ineluctable desenlace.

Este temor, tan profundamente humano (más felices que nosotros, los animales parecen ignorarlo), acreciéntase todavía para el médico o el biólogo. La ciencia es tan impasible como indiscreta. Por ella sabemos que nuestra organización es tan sutil y quebradiza, que un invisible microbio, inesperada ráfaga de viento, débil oscilación térmica, choque moral violento, pueden en pocos días arruinar la obra maestra de la creación, que se asemeja, por lo deleznable y compleja, a esos ingeniosísimos e intrincados relojes que marcan las horas, señalan los días de la semana, anuncian los meses, las estaciones, los años, las salidas del sol y de la luna, pero que ¡ay! adolecen tan sólo de un pequeño defecto: pararse definitivamente a la primera sacudida que reciben.

Añadamos que la muerte violenta, en plena culminación de la curva vital, es algo absurdo que desconcierta el candoroso optimismo juvenil. El joven sólo comprende la caída del fruto maduro. Para preparar el trágico desenlace y evitar dolorosas sorpresas, la naturaleza procede en el anciano por suaves gradaciones, que van creando en el ambiente familiar, y a veces hasta en el enfermo agotado por el sufrimiento, la convicción de la horrenda tragedia. La muerte misma en su representación vulgar parece anunciarse discretamente en el esqueleto, que asoma progresivamente al través de brazos y mejillas. Mas estos súbitos desplomes en el cenit de la existencia sacuden profundamente nuestra sensibilidad y turban todas nuestras ideas sobre la armonía del mundo y de la vida.

Otra de las cosas que más profunda impresión me produjo fué la expresión de calma beatífica del cadáver, en contradicción flagrante con los espasmos, luchas y terrores de la agonía. Acostumbrados a asociar el gesto con un modo particular de sentimiento, nos cuesta trabajo referir al reposo muscular la expresión plácida del difunto; antes bien propendemos a enlazar dicha inmutable serenidad con un equivalente estado de conciencia.

¡Cuán soberanamente trágico aparece ese reposo absoluto, la dócil entrega de nuestros órganos a todas las disolventes injurias de las fuerzas cósmicas! ¡Y qué desconsoladora indiferencia la de la naturaleza al abandonar la obra maestra de la creación, el sublime espejo cerebral donde se diría que la materia y la fuerza adquieren conciencia de sí mismas!


EDICIÓN   Imprenta y Librería de Nicolás Moya, Madrid 1917
Fuente: Project Gutenberg (dominio público)
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1 Biblioenlaces[editar]

1.1 Índice del libro

TOMO I
Mi infancia y juventud

Advertencia al lector  •  1. Mis padres  •  2. Excursión tardía a mi pueblo natal  •  3. Mi primera infancia  •  4. Mi estancia en Valpalmas  •  5. Ayerbe  •  6. Desarrollo de mis instintos artísticos  •  7. Mi traslación a Jaca  •  8. El padre Jacinto, mi dómine de latín  •  9. Continúan mis distracciones  •  10. Mi regreso a Ayerbe  •  11. Dispone mi padre llevarme a Huesca a continuar mis estudios  •  12. Mis nuevos compañeros de algaradas  •  13. Las vacaciones  •  14. Mi padre me acomoda de aprendiz en una barbería  •  15. Inquina de mi catedrático de griego  •  16. Vuelta al estudio  •  17. El ferrocarril y la fotografía, dos inventos que me causaron indecible asombro  •  18. Revolución de septiembre en Ayerbe  •  19. Comienzo en Zaragoza la carrera médica  •  20. Mis catedráticos de Medicina  •  21. Continúo mis estudios sin grandes mortificaciones  •  22. Recién licenciado en Medicina, ingreso en el cuerpo de Sanidad Militar  •  23. Llegada a La Habana  •  24. Mis distracciones en San Isidro  •  25. Me traslado a La Habana, donde recaigo de mi dolencia

Índice de la obra (dos volúmenes)

1.2 Biblioteca

Catálogo  •  Ayuda

2 Locuciones y expresiones[editar]

Artículo principal: locución
... el bueno del maestro, que ignoraba el dicho de Dumas «sólo los bribones no se ríen», montaba en cólera cada vez que sorprendía mi jovialidad...
... al proceder de esta suerte mis maestros erraban de medio a medio la terapéutica.


notas

  1. Red x.svgretahíla, Yes check.svgretahíla: hiato de vocal cerrada tónica, con tilde (&; acentuación)
  2. de mis risores~de mis músculos risores: elipsis
  3. montaba en cólera: locución
  4. de medio a medio: locución
  5. Linás de Marcuello: ... Algunas docenas de casas míseras, formando callejuelas y una irregular plaza, componían el lugar de Linás de Mascuello, a la falda de un cerro, del conglomerado rojo que tanto abunda en tierras de Aragón. Frente al pueblo, por la parte contraria al monte, había eras extensas; seguían terrenos cercados de frágiles tapias de adobes, entre las cuales una o dos callejas comunicaban el lugar con el camino de Ayerbe. Por estas callejas tenía que entrar forzosamente Manso de Zúñiga.
        Moriones, que en el escalafón del Ejército no era más que Capitán, tenía título y autoridad de Coronel en las falanges de la emigración revolucionaria. Al frente de los sublevados aragoneses apareció vestido de paisano, con chaquetón parduzco, sombrerillo blando, el ala inclinada por delante al modo de visera, sin ninguna insignia ni distintivo militar, sin armas a la vista. Era un hombre duro, seco, voluntarioso, fruto de la tierra clásica del baturrismo, Egea de los Caballeros, una de las Cinco Villas de Aragón. Su valor temerario, unido al maravilloso instinto estratégico, hacían de él un guerrillero indomable. En la Guerra de la Independencia no habría tenido rival; en la Civil habría sido un Zumalacárregui; en aquella nueva contienda entre españoles por un más o un menos de Libertad, ocasión y medios le faltaron para realizar verdaderas maravillas. Bien acreditó su maestría guerrillera en la intentona de Agosto del 67, recogiendo y organizando a los carabineros con los ardides y el rigor necesarios en tales casos, y agregándoles los fornidos montañeses de Hecho y Ansó. A estos llamaban vulgarmente cheses; su atavío, describiendo de abajo arriba, era: peales, calzón, faja morada, chaqueta jaquesa, sombrero redondo sobre el pañuelo, en los más pañuelo solo, muy ceñido a la cabeza.
    Benito Pérez Galdós, Episodios Nacionales (cuarta serie): La de los tristes destinos (XIX)

3 Referencias externas[editar]