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RECUERDOS DE MI VIDA
Santiago Ramón y Cajal (1852-1934)
TOMO I    Mi infancia y juventud

CAPÍTULO XXV
Me traslado a la Habana[1], donde recaigo de mi dolencia. — Mi regreso en el vapor España. — Cadáveres de soldados arrojados al mar. — Tahúres trasatlánticos. — El amor y el paludismo. — Vuelta al estudio de la Anatomía.


Días antes de zarpar el vapor, y cuando obraban en mi poder el pasaporte y el billete para el viaje, sufrí un ataque de disentería aguda. ¡Un naufragio a la vista del puerto!... ¡Qué angustias devoré al verme nuevamente postrado en el lecho, sin amigos que me atendieran, y precisamente en el ansiado momento de la liberación!...

Por fin, la Providencia apiadóse de mí. Y aprovechando, impaciente, cierta débil mejoría, embarquéme precipitadamente en el vapor España con rumbo a Santander. Conmigo abandonaron la Isla también muchos soldados inutilizados en campaña. Los infelices estaban enfermos como yo; pero, más desventurados, viajaban en tercera, hacinados en montón y sometidos a régimen alimenticio insuficiente o poco reparador. Yo me complacía en cuidarlos, procurándoles medicamentos y alentando sus esperanzas. Algunos de aquellos desgraciados hijos del pueblo fallecieron durante la travesía. ¡Qué desgarrador espectáculo contemplar con el alba el lanzamiento de los cadáveres al mar!... Por fortuna, otros enfermos mejoraban a ojos vistas. Al alivio cooperaban la pureza del aire y la ausencia de nuevas infecciones; pero obraban con superior eficacia estos dos supremos tónicos espirituales: la esperanza de ver pronto el sol de la patria, y la alegría de incorporarse al seno de la familia.

Yo fuí uno de los rápidamente aliviados por el ambiente puro del mar. A mi arribo a Santander era otro hombre: comía con apetito, estaba sin fiebre y podía corretear por la ciudad montañesa. ¡Me había salvado!... Quedábame sólo cierta demacración alarmante y la palidez pajiza de la anemia.

Después de ofrecer semejante cuadro de tristeza, bien será dar una nota amena. Fué nuestro país siempre el fecundo solar del hampa y de la picaresca. Quevedo podría escribir hoy, si resucitara, sus más graciosas jácaras. En esto no hemos degenerado todavía. Por consiguiente, en un trasatlántico español, donde se dan cita todas las clases sociales, no podían faltar, además de hembras de vida alegre y ejemplares típicos de petardistas de oficio y empleados concusionarios, algunos genuinos representantes de aquella castiza fullería tan perfectamente retratada por nuestros escritores del siglo de oro[2]. Tocóme precisamente ser compañero de camarote de uno de estos jugadores de ventaja, el cual no tenía más ocupación ni granjería que ir y venir continuamente de España a Cuba, a fin de limpiar, en unión de otros compinches y con los mejores modos posibles, la bolsa de los indianos opulentos, de los comerciantes con ahorros y de los jefes y generales con pacotilla.

Nuestro elegante tahúr viajaba siempre en primera, lucía en sus dedos enormes solitarios, colgaba el reloj de aparatosa leontina y vestía con esa fastuosidad presuntuosa y cursi característica del plebeyo enriquecido. Desde el primer día fingió compadecerse de mi desgracia; y deseando protegerme y proporcionarme distracciones adecuadas a mi estado, invitóme amablemente a una partida de banca, en la cual, gracias a las habilidades de mi generoso mentor, debía yo ganar infaliblemente.

—Yo no tallo nunca —decíame con ademán modesto—; limitóme no más a apuntar a una carta pequeñas cantidades. Sólo cuando a las cuatro o cinco manos conozco, por las señales del dorso, unos cuantos naipes —y éste es mi secreto—, hago puestas de importancia, ganando siempre.

Y, como yo moviera la cabeza en señal de incredulidad, añadió:

—¡No sea usted criatura!... En cuanto me vea usted cargar de firme a una carta, acompáñeme con lo que tenga. De seguro que en una sesión se gana usted tres o cuatro mil pesos.

Excusado es decir que mi ladino consejero perdía lastimosamente el tiempo. Aparte el recelo que siempre he sentido hacia las personas deseosas de protegerme, sin saber a punto fijo si merezco su protección, jamás he tenido la superstición de la suerte. Ni sentí nunca eso que Virgilio calificaba con la tan sobada expresión: auri sacra fames[3]. En mi sentir, los negocios de la vida marchan y se desenlazan con arreglo a una lógica inexorable y absolutamente limpia de toda influencia mística.

Pensaba, y pienso además, que sólo existe una fuente racional y segura de prosperidad económica: el trabajo intenso, fecundado por la cultura intelectual. Lejos de compadecer al perdidoso en el juego, le considero como estafador frustrado, o cual gandul codicioso, a quien todos deberíamos desear, con la ruina fulminante, el definitivo ingreso en la categoría profesional de faquín, mandadero o chulo, categoría de que le apartaron el azar de un apellido ilustre o ventajas sociales inmerecidas.

Pronto me felicité de mi desconfianza. Varios comerciantes ricos, invitados como yo a coincidir en las puestas con el citado gancho, quedaron perfectamente desplumados. Los infelices habían liquidado en pocas sesiones de timba veinte años de trabajo honrado y de austeras economías. A uno de ellos tuvimos que costearle hasta el bote que le condujo al muelle. El pobrete perdió 15 o 20.000 duros, caudal con que pensaba establecerse en su pueblo y hacer la felicidad de la familia.

Mi llegada a Santander debió ocurrir hacia el 16 de Junio de 1875. Una nube de mujeres nos rodeó, disputándose nuestros equipajes. Impresionóme muy agradablemente el paisaje de la Montaña, cuya frondosa vegetación sólo hallé comparable con la de Cuba. Por referencias de varias personas supe con disgusto que España sólo poseía una estrecha faja de clima francamente europeo: desde el litoral cantábrico hasta la cordillera limitante de las altas mesetas castellanas. El resto deja no poco que desear, desde el punto de vista del régimen pluvial.

De paso para Madrid, visité Burgos, admirando su maravillosa catedral y sus interesantes monasterios de las Huelgas y de la Cartuja. Y después de descansar un par de días en la Corte, tuve al fin la indecible felicidad de regresar a Zaragoza y de abrazar a mis padres y hermanos. Halláronme amarillo, demacrado, con un aspecto doliente que daba pena. ¿Qué hubieran dicho si me contemplan dos meses antes?...

Aunque no recobré la antigua pujanza ni logré sacudir enteramente la anemia palúdica, repusiéronme mucho el aire de la tierra, alimentación suculenta y los irreemplazables cuidados maternales. De tarde en tarde, recidivaba la fiebre; pero ahora la quinina mostrábase más eficaz.

Mejorado, pues, en lo posible, había que pensar en el porvenir. Debía rehacer mi vida, derivándola otra vez hacia el viejo cauce. Mi padre, enérgico siempre conmigo, continuaba señalándome el rumbo del profesorado como el ideal más conforme con mis estudios y aficiones, ya que mis disposiciones para la clínica dejaban harto que desear. Ni mi salud, bastante achacosa, consentía el esfuerzo físico que supone el servicio de la clientela urbana, donde el joven doctor debe estrenarse precisamente con clientes de cuarto piso o de guardilla.

A propósito de mi aspecto enfermizo y a guisa de entreacto agridulce, voy a contar el primero de mis desengaños amorosos.

Poco antes de ingresar en el Ejército, entablé relaciones con cierta señorita huérfana, agradable y bien educada. Sus cartas recibidas durante las campañas de Cataluña y Cuba constituían para mí dulce consuelo.

Regresado a España, visité inmediatamente a mi novia, que vivía al lado de su tía, único pariente que la quedaba. Recibióme bien, pero sin la efusión y alborozo esperados por mí después de cerca de tres años de relaciones y de tan prolongada ausencia. Y, en las sucesivas entrevistas, su reserva y frialdad se acentuaron de modo inquietante.

Naturalmente, dada mi situación de enfermo y licenciado distaba yo bastante de ser lo que se llama un buen partido. Con mi malhadado viaje a Ultramar había perdido la salud y mi carrera. Érame, pues, forzoso abrirme de nuevo camino en la vida. Y el asunto iba para largo.

Asaltáronme, por consiguiente, dudas atormentadoras acerca del verdadero estado sentimental de mi novia. ¿Era aversión, indiferencia o afecto real, aunque contenido por los mandatos de la buena educación? ¿Tendría acaso otro pretendiente?

Para disipar de una vez mi incertidumbre, resolví hacer un experimento decisivo. Las palabras fingen; pero los gestos, como instintivos que son, dicen siempre la verdad. Mi plan era tan sencillo como irreverente. Consistía en averiguar cómo reaccionaría mi prometida ante la impresión de un ósculo furtivo. Habida cuenta de su excesiva pudibundez, la prueba revestía caracteres de extrema gravedad.

Reconozco que el beso deja bastante que desear como reactivo del amor. Y más tratándose de ósculos improvisados, superficiales y puramente epidérmicos. A propósito de lo cual recuerdo ahora la ingeniosa clasificación de base estrictamente anatómica dada por cierto médico francés, que apreciaba el valor sentimental del beso conforme a la siguiente gradación: besos cutáneo-cutáneos, besos mucoso-cutáneos y besos mucoso-mucosos. Yo no juzgué prudente comenzar por el núm. 3.º de la escala, sino por el 1.º Así y todo, practiqué la prueba con indecible pavor. ¡Como que era el primer beso dado por mí a una mujer, no obstante mis veintitrés años cumplidos!...

Cierto día, tras largo rato de coloquio lánguido y anodino, llegó el trágico momento. Al despedirme, reuní todo mi valor; me acerqué irrespetuosamente a mi novia y estampé bruscamente en su faz el ósculo consabido...

Mi prometida palideció súbitamente; lanzó un grito de indignación y retiró rápidamente el rostro. El pudor ofendido coloreó sus mejillas, y lo que fué para mí altamente significativo, hizo gestos de instintiva repugnancia, casi de asco. Y con voz alterada exclamó: «Me ofende usted gravemente con sus audaces incorrecciones. Sepa usted que mi educación y mis creencias me impiden tolerar estas cosas; y aunque no me lo prohibieran, me lo prohibiría la prudencia, porque hay hombres tan mal caballeros que son capaces de contar en los corrillos del café las debilidades y complacencias de sus novias...»

Anonadado quedé al escuchar tan crueles palabras. Formulé algunas balbucientes excusas; le dí automáticamente la mano; dirigí melancólica mirada a aquella estancia donde habían transcurrido tantas horas felices; tomé la puerta y no volví más. ¡Para qué!...

La prueba resultó concluyente. Para aquella mujer yo era un pobre enfermo y, además, ¡quién lo pensara!, un felón. Hallaba justificado y loable que señorita virtuosa y austera repudiara manifestaciones harto expresivas de amante atolondrado; excusaba, por instintiva y profundamente humana, la repugnancia hacia el enfermo; pero al alma me llegó el que una dama me creyera tan mal caballero. Ciertas villanías sólo pueden pensarse cuando la imagen del amante apenas ocupa lugar en el corazón femenino. Además, una doncella discreta y enamorada hubiera encontrado razones más suaves e indulgentes para corregir las demasías —llamémoslas así— de un novio de sobra impetuoso.

Más adelante supe por tercera persona que mi novia estaba completamente desilusionada. La compasión más que el amor la ligaban a su prometido. Disgustábale mi carácter, que le parecía excesivamente brusco y violento (y en ello exageraba), y desconfiaba de mi salud, harto quebrantada. Convengamos en que la perspectiva de viudez prematura en plena pobreza tiene poco de agradable. Como diría Schopenhauer, hablaba en ella el genio de la especie, que tiene siempre razón.

Véase, pues, cómo el protozoario del paludismo contraído en servicio de la patria me dejó, primero, sin sangre, y, después, sin novia. Afortunadamente, no todas las mujeres son tan cuerdas y fríamente calculadoras. Hay también criaturas angelicales con vocación de Hermanas de la Caridad, que, antes de rechazar un rostro pálido y unos ojos hundidos, se preguntan si no sería posible y hasta éticamente bello restaurar a fuerza de ternura y maternales cuidados una salud quebrantada y devolver un hombre a la sociedad. Y frecuentemente lo consiguen.

El desengaño fué grande, pero no incurable, por fortuna. Caí pronto en la cuenta de que no estaba yo para noviazgos. Mi problema, como el problema de España, según Costa, era de escuela y despensa. Y de botica, agregaría yo. Importaba, ante todo, restaurar energías físicas perdidas; estudiar de firme y labrarme un porvenir. Y esto sólo podría conseguirse siguiendo el camino trazado por mi padre. Lo demás se me daría por añadidura.

Frecuenté, pues, nuevamente el anfiteatro; reconciliéme con los abandonados libros de Anatomía e Histología y comencé mi preparación para oposiciones a cátedras.

Mientras tanto, y gracias a la buena amistad del doctor D. Jenaro Casas, se me nombró por la Comisión mixta de estudios médicos Ayudante interino de Anatomía, con 1.000 pesetas de haber anual. Dos años después (28 de Abril de 1877), cuando la Facultad de Medicina de Zaragoza adquirió carácter oficial, recibí el nombramiento de Profesor auxiliar interino, cargo que durante aquellos tiempos (la Facultad hallábase en vías de renovación) daba mucho que hacer por las numerosas cátedras vacantes. Ocasiones hubo en que tuve que explicar tres lecciones diarias. Con esos cargos y el producto de algunos repasos privados de Anatomía ganaba lo bastante para no ser enteramente gravoso a la familia.

Tenía yo nobles ambiciones. Aunque luchando con un carácter excesivamente apocado y retraído, aspiraba a ser algo, a emerger briosamente del plano de la mediocridad, a vindicar (si ello era posible) a mi patria y, dentro de mi modesta esfera, del juicio severo, tantas veces repetido por nacionales y extranjeros, de no haber colaborado en la obra magna del conocimiento científico. Y firme en este anhelo patriótico —que todos mis compañeros estimaban pura locura, cuando no pretensión petulante—, trabajé por alcanzar el modesto pasar y el ocio tranquilo indispensables para mis ambiciosos proyectos. Esta aurea mediocritas cifrábase entonces para mí en la honrosa toga del maestro.

En el próximo volumen referiremos las batallas que mi candor e inexperiencia hubieron de librar hasta alcanzar el ansiado sillón de catedrático; y cómo, logrados al fin el vagar y sosiego necesarios a las tareas del Laboratorio, un pobre médico valetudinario, nada simpático y de carácter huraño y brusco, sin maestros ni protectores, vino a ser, andando el tiempo, investigador laborioso y estimado de los sabios extranjeros.


FIN DEL TOMO PRIMERO


EDICIÓN   Imprenta y Librería de Nicolás Moya, Madrid 1917
Fuente: Project Gutenberg (dominio público)
leermas.gif BIBLIO info

1 Biblioenlaces[editar]

1.1 Índice del libro

TOMO I
Mi infancia y juventud

Advertencia al lector  •  1. Mis padres  •  2. Excursión tardía a mi pueblo natal  •  3. Mi primera infancia  •  4. Mi estancia en Valpalmas  •  5. Ayerbe  •  6. Desarrollo de mis instintos artísticos  •  7. Mi traslación a Jaca  •  8. El padre Jacinto, mi dómine de latín  •  9. Continúan mis distracciones  •  10. Mi regreso a Ayerbe  •  11. Dispone mi padre llevarme a Huesca a continuar mis estudios  •  12. Mis nuevos compañeros de algaradas  •  13. Las vacaciones  •  14. Mi padre me acomoda de aprendiz en una barbería  •  15. Inquina de mi catedrático de griego  •  16. Vuelta al estudio  •  17. El ferrocarril y la fotografía, dos inventos que me causaron indecible asombro  •  18. Revolución de septiembre en Ayerbe  •  19. Comienzo en Zaragoza la carrera médica  •  20. Mis catedráticos de Medicina  •  21. Continúo mis estudios sin grandes mortificaciones  •  22. Recién licenciado en Medicina, ingreso en el cuerpo de Sanidad Militar  •  23. Llegada a La Habana  •  24. Mis distracciones en San Isidro  •  25. Me traslado a La Habana, donde recaigo de mi dolencia

Índice de la obra (dos volúmenes)

1.2 Biblioteca

Catálogo  •  Ayuda

2 Locuciones y expresiones[editar]

Artículo principal: locución
  • auri sacra fames:
    'maldito deseo del oro'   (latinismo)
... Ni sentí nunca eso que Virgilio calificaba con la tan sobada expresión: auri sacra fames...


notas

  1. Red x.svgla Habana, Yes check.svgLa Habana (→ Nombres geográficos)
  2. Red x.svgsiglo de oro, Yes check.svgSiglo de Oro: nombre propio.
    El Siglo de Oro español es un período (1492-1681) de extraordinario florecimiento del arte y las letras.
    mayúsculas y minúsculas, ortotipografía en historia
  3. auri sacra fames: locución