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RECUERDOS DE MI VIDA
Santiago Ramón y Cajal (1852-1934)
TOMO I    Mi infancia y juventud

CAPÍTULO XIV
En crescendo mis distracciones y calaveradas, mi padre me acomoda de aprendiz en una barbería. — Mi hermano Pedro. — El Sr. Acisclo. — Majos y conspiradores. — Las pedreas. — Escaramuza con la fuerza pública. — El placer de los dioses. — Alarma del público con ocasión de las pedreas.


Hay en el cinematógrafo de la memoria imágenes borrosas, y aun verdaderas lagunas, correspondientes a épocas durante las cuales la atención, como la fotografía instantánea en día nublado, no dispuso de energía bastante para impresionar la película cerebral. Y si, mediante enérgica evocación, surge algún suceso en el negro fondo del inconsciente, muéstrase aislado, a modo de estrella que brilla solitaria en cielo encapotado: el hecho emergido suele situarse bien en el espacio, pero difícilmente en el tiempo; cabe referirlo más o menos vagamente a una época, mas no a página determinada del almanaque.

A esta categoría de remembranzas discontinuas y borrosas pertenecen mis recuerdos de los años 65 y 66. Tengo, empero, seguridad de que el 65 interrumpí los estudios por estimar el autor de mis días que su hijo carecía de madurez para el cultivo de la ciencia; y estimo probable que los principales, si no todos los sucesos de que vamos a ocuparnos en este capítulo, acaecieron el año 66, o sea durante mi tercer curso de bachillerato, que abrazaba entonces la historia general y particular de España, el álgebra, la trigonometría y el griego, que se introdujo en la segunda enseñanza en virtud de una disposición transitoria.

De lo que tengo más seguridad es de que el referido tercer curso marcó el período más agitado y azaroso de mi vida estudiantil. Recuerdo también que por entonces acompañóme al Instituto oscense mi hermano, que debía comenzar sus estudios. Era Pedro muchacho tan dócil y atento como aplicado y pundonoroso. Poseía, sin duda, inclinaciones artísticas y pasión por los juegos guerreros; pero estos gustos no fueron poderosos a extraviarle del buen camino ni a apartarle seriamente del estudio.

Mi padre, que cifraba grandes esperanzas en su formalidad y obediencia, temió sin duda el contagio de mi rebeldía, y, obrando con previsión, separó a los hermanos, instalándonos aparte: Pedro fué alojado decorosamente en apacible casa de huéspedes; yo, por castigo de mis distracciones, debí acomodarme de mancebo en una barbería. Al adoptar respecto de mí tan enérgica decisión, perseguía mi padre dos fines: desde luego atarme corto[1], privándome el vagar necesario para correrías y algaradas, y además enseñarme un oficio con que pudiera algún día ganarme el sustento, en caso de ineptitud irremediable o de orfandad prematura.

No me pesa hoy de la resolución de mi padre, que reiteró después en Zaragoza, según se verá en el curso de esta historia. Ella me puso en contacto con el alma del pueblo, a quien aprendí a conocer y a estimar; y domando el nativo orgullo, desenvolvió en mí ese sentimiento de digna modestia anejo a la pobreza laboriosa.

Pero entonces sentí mi esclavitud como un castigo excesivo. ¡Y en qué ocasión!... ¡Precisamente cuando vibraba todavía mi alma con la honda sacudida del choque romántico!... ¡Yo que soñaba entonces con los excelsos protagonistas de Dumas, Chateaubriand y Víctor Hugo...; que, persuadido de mis talentos artísticos, creíame capaz de emular las glorias del Ticiano, de Rafael o de Velázquez..., verme forzado a empuñar la sucia y jabonosa brocha barberil!... ¡Era para morirse de vergüenza!

Pero ¿qué remedio? Tuve, pues, que devorar en silencio lo que en mi necia vanidad consideraba humillación y rebajamiento intolerables. Afortunadamente, a los catorce años la máquina humana es tan plástica, que a todo se acomoda prontamente.

No era, sin embargo, un ogro el Sr. Acisclo —que así se llamaba el amo— a pesar de su fama de gruñón y de la severidad y acritud que prometían sus facciones duras y su color bilioso; antes bien, estuvo conmigo considerado y afable. Condolido al ver mi cara de cuaresma, trató de consolarme con estas o semejantes palabras: «¡Ánimo muchacho! Duros son todos los principios, pero te irás haciendo. Déjate de orgullos y aplícate a remojar barbas, que si, como presumo, te vas haciendo al oficio, dentro de poco ascenderás a oficial y gozarás el momio de tres duros al mes, amén de las propinas».

¡Bonito porvenir!

Sobrábale razón al Sr. Acisclo. Acabé por acomodarme a aquel nuevo género de vida, y llegué hasta encontrar simpáticos a los amos y tolerable mi sujeción[2]. Además, pocas semanas después intimé con el oficial, mozo sanguíneo y bonachón, gran tocador de guitarra[3] y alegre requebrador de criadas y modistas, el cual, en ausencia del amo, me dispensaba de las prosaicas obligaciones anejas a mi cargo, consintiéndome garrapatear papeles y dibujar monigotes. Cobróme afición porque le servía de amanuense, escribiendo en su nombre a cierta maritornes[4] esquelas almibaradas y versos cursis. Y correspondiendo a mis finezas, quiso enseñarme a tocar la guitarra; mas yo, que jamás tuve pasión por la música, no pasé de tañer medianamente la jota y de pespuntear sin gracia un par de polkas elementales.

Harto conocida es la psicología del barbero para que yo caiga en la tentación de descubrirla a mis lectores. Nadie ignora que los legítimos rapabarbas[5] son parlanchines, entrometidos, aficionados a toros, tañedores de guitarra o de bandurria; pero no es tan notorio que en su mayoría profesan ideas republicanas y aun socialistas. Sin embargo, en mi amo quebraba la regla, pues ni tocaba la guitarra ni era dicharachero; en cambio, entraba en la grey común por sus radicalismos políticos y sus alardes revolucionarios. Adornábale otra flor, no frecuente entre la gente del oficio; profesaba la religión de la guapeza[6]. Cuando acudían a afeitarse sus camaradas de juergas y de rondas, no se hablaba en la tienda sino de riñas, broncas, punzadas, jabeques[7] y madrugones. Más de uno de aquellos parroquianos había visitado la cárcel y ostentaba en el pecho honrosas cicatrices de cuchilladas recibidas cara a cara. Sin ser mi amo jactancioso ni hablador, cuando venía a cuento y estaba en vena de confidencias, refería grave y complacientemente las trifulcas y jaranas de que había sido protagonista, y en las cuales, obrando en defensa propia y siempre en buena lid, había dado buena cuenta de sí. Lo que él decía: «O ponerse o no ponerse; no soy pendenciero, pero el que me busca me encuentra siempre».

Sus compadres aprobaban sus máximas y confirmaban sus bravatas. Por las muestras de veneración y respeto que le rendían, vine a conocer que el Sr. Acisclo tenía malas pulgas. Era además entre aquellas gentes autorizado definidor de agravios y juez inapelable en asuntos de honra y caballerosidad callejera.

La conversación entre maestro y parroquianos giraba a menudo sobre política. En ocasiones, hablaban quedo, comunicándose no se qué[8] noticiones. Nuestra curiosidad, empero, atajaba todo disimulo. Así tuvimos noticia de las conspiraciones de Prim, Moriones y Pierrad, generales desterrados que, al decir de nuestros contertulios, estaban a punto de cruzar la frontera al frente de nutrida tropa de carabineros y de bravos montañeses de Jaca, Hecho y Ansó, a fin de proclamar la revolución y derrocar las en aquellos tiempos llamadas ominosas Instituciones.

Aquellos inofensivos ojalateros[9] frotábanse las manos de gusto, saboreando de antemano el triunfo irremisible de la soberanía nacional y la vergonzosa derrota de serviles y moderados.

Mientras tanto, la infeliz esposa del barbero, que no compartía las esperanzas de los conspiradores, antes bien, recelaba alguna vil delación, vivía en perpetua alarma; temía que cualquiera noche[10], según ocurría a menudo en aquellos tiempos, registrara la policía la casa y se llevaran al marido desterrado a Fernando Póo[11].

A la verdad, yo no entendía jota de política, pero me seducían zaragatas, jaranas y marimorenas. Diera entonces cualquier cosa por presenciar un motín o asistir a la construcción y defensa de una barricada. Además, por instinto atraíame el llamado credo democrático, que casaba admirablemente con mi exagerado individualismo y mi ingénita antipatía hacia el principio de autoridad. Como en el cuento del fraile, me cargaba el prior sólo por ser prior.

Para halagar a mi patrón y demostrarle al mismo tiempo mis sentimientos liberales, dí en copiar el busto de los caudillos militares de las revueltas de entonces, singularmente los de Prim y de Pierrad[12]. Por cierto que, aparte mi ingenua devoción hacia el guerrero, lo que más me sedujo en este último héroe fueron sus líneas de busto clásico y la hermosa barba patriarcal[13].

Con ser las citadas estampas harto chapuceras e infieles, merecí calurosos elogios, a que contribuyó también tal cual décima chavacana dedicada a la libertad, escrita al pie de los dibujos. En todo ello había por mi parte algo de cálculo. Porque mi patrón, encantado de los sentimientos precozmente revolucionarios y de los primores pictóricos de su aprendiz, dióle de cada día mejor trato. Hízole merced, no sólo de las horas reglamentarias de clase, sino de casi todas las tardes de poco trabajo. Por donde vino a frustrarse enteramente el plan del autor de mis días.

El encuentro casual de un pequeño tesoro, hecho por ambos hermanos, agravó todavía mis aficiones guerreras. Paseando un día por las inmediaciones de la Ermita de los Mártires, mi hermano Pedro divisó en un basurero cierta cosa brillante; nos aproximamos a ella, la cogimos y, después de frotarla para quitarle la suciedad, resultó ser, ¡oh felicísima sorpresa!, una moneda de oro de 5 duros. Entonces corrían, por fortuna, todavía las onzas, aquellas famosas peluconas, convertidas hoy, desgraciadamente, en raras medallas de museo. Para asegurarnos de la buena ley del doblón lo cambiamos en cierta tienda, y en posesión de tan respetable suma, para nosotros inverosímil, acordamos por unanimidad invertirla en la compra de cierto pistolón imponente, que desde hacía tiempo tentaba diariamente nuestra codicia en el escaparate de vieja armería. Hecha provisión de pólvora, balas y perdigones, comenzamos a ejercitarnos en el manejo del arma, que resultó bastante caprichosa. A fuerza de práctica, llegamos, sin embargo, a afinar algo la puntería y hacer algunos blancos.

Al proveernos de armamento tan impropio de muchachos, era nuestra intención, además de darnos aire de terribles revolucionarios, fomentar antiguas e irresistibles aficiones cinegéticas, saliendo a caza de tordos, perdices y conejos. Mas conforme ocurrió con el formidable mosquete de marras, nunca cobramos pieza importante; sólo algún gorrión, recién salido del nido e inexperto en el vuelo, cayó en nuestras manos.

Creo que fué por aquel año de 1866 cuando me hice temible entre los condiscípulos por mis progresos en el manejo de la honda. Recuerdo que, entre otras pruebas de mi habilidad, podía atravesar a 20 pasos de distancia un sombrero arrojado al aire. No me contenté sólo con el tino; cultivé también el alcance, y señaladamente la celeridad del disparo, en la cual aventajé notablemente a mis rivales: mientras éstos disparaban una piedra, lanzaba yo cuatro o cinco. Fué ésta la época de la sumisión del insolente Azcón y del general reconocimiento de mi supremacía en los juegos guerreros. Como es natural, fuéme espontáneamente ofrecida la jefatura de los bandos en pugna. Yo acepté, según era de presumir, la dirección del bando democrático, pues ya entonces los muchachos jugábamos a reaccionarios y liberales.

Mi prestigio no se fundaba en la mera habilidad y en el ciego arrojo de quien desconoce el peligro y se enardece en el fragor del combate. Séame lícito confesar, aunque padezca mi fama de bravucón, que en mi denuedo había mucho de teatral y algo de cálculo y observación de la psicología infantil.

Durante mi larga experiencia de las trapatiestas estudiantiles, había reparado que la audacia y el furor guerreros, cuando se fingen a la perfección, provocan casi indefectiblemente el pánico del enemigo.

No es cosa de analizar aquí el mecanismo sugestivo en cuya virtud el gesto leonino y la osadía temeraria, hábilmente fingidos, provocan el pavor en nuestros adversarios. Hay algo atávico en esta fanfarronería histriónica, por lo demás ya practicada, según es sabido, por los salvajes y hasta por los héroes de la Iliada. Sobre ello discurren muy doctamente los psicólogos modernos, los cuales advierten cuánto importa para comprender y reproducir en lo posible un estado afectivo, la imitación fidelísima de los gestos y actitudes características de su expresión natural. Ignoro si la reproducción fingida y como instintiva de los ademanes del valor temerario creaban en mí, por una suerte de autosugestión, el estado pasional correspondiente; declaro solamente que, en cuanto ponía cara feroche y avanzaba impertérrito hacia los adversarios, éstos solían emprender la fuga.

Corro riesgo de hacerme pesado, deteniéndome excesivamente en estas frívolas riñas de muchachos. En ellas hay, sin embargo, prescindiendo de su significación antropológica, sobre la cual tan buenas cosas han dicho los psicólogos ingleses, lecciones útiles para los hombres. La ingenuidad del alma infantil transparenta admirablemente los resortes y fines, a menudo inaccesibles, de las luchas de los hombres y de los pueblos. Aparte su carácter instintivo, que parece reproducir estados ancestrales, las contiendas de los muchachos implican un sentimiento loable: el amor a la gloria, es decir, el anhelo de la aprobación y admiración de los iguales; nunca —y esto sólo bastaría para hacer simpáticos a los niños— el sórdido interés.

Otra enseñanza arrojan las luchas infantiles. Revélase asimismo en ellas, mejor aún que en las competiciones de los hombres, cuán principal y decisiva parte tienen en el éxito lisonjero la voluntad enérgica y decisión inquebrantable de vencer. El que toma las cosas a broma es siempre superado por quien las toma en serio; el mero aficionado cede al profesional; quien no lleva al palenque sino fútiles satisfacciones de vanidad, se ve constantemente arrollado por el que pone el alma entera en la empresa y de antemano se preparó vigorizando sus brazos y templando sus armas.

Gracias a mi formalidad, yo acabé por ser técnico refinadísimo en el manejo de la honda. Mis observaciones me llevaron a perfeccionarla; fabriqué sus cuerdas de seda y de cordobán la navécula, y escogí como proyectiles guijarros esféricos y pesados. Hasta llegué a redactar, para uso de mis amigos, cierto cuaderno con estampas, pretenciosamente titulado Estrategia lapidaria, donde se contenían reglas prácticas para hurtar metódicamente el cuerpo cuando era amenazado por varios proyectiles.

Sin esfuerzo imaginará el lector que, antes de alcanzar tanta maestría, habríanme descalabrado muchas veces; y así era la verdad, tanto que mi cabeza está sembrada de viejas cicatrices. Alguna vez, al salir de clase y encasquetarme el sombrero, me encontraba con que éste no encajaba bien, porque el chichón, casi imperceptible antes de entrar en el aula, había crecido durante la lección, libre del freno de la montera.

Pero no insistamos demasiado sobre un tema varias veces tratado. Rindamos, en lo posible, culto al consabido non bis in idem de los latinos. Permítasenos solamente, antes de abandonar definitivamente la pesada narración de pedreas, contar dos episodios relativamente interesantes.

Del primer lance, más cómico que dramático, fué el héroe mi hermano. Peleábamos tranquilamente en cierto callejón próximo al Instituto, ordinario palenque de nuestras trifulcas, cuando, apenas cruzados los primeros proyectiles, noté con extrañeza que los adversarios habían levantado precipitadamente el campo. Recelando una celada, acaso el temido ataque por retaguardia, destaqué dos números, para que, dando un rodeo, explorasen el terreno y me informaran de lo ocurrido. Mas antes de regresar los emisarios, aclaróse súbitamente el misterio: en el otro extremo de la calleja, momentos antes ocupado por los adversarios, aparecieron cuatro municipales sable en mano, y al grito de «¡esperad, canallas!», avanzaron amenazadores. Presumí entonces lo acontecido: la hueste enemiga, sorprendida por la fuerza pública, había huído a la desbandada, y perseguida quizá por los guindillas, había sufrido de manos de éstos los consabidos cintarazos.

La situación era crítica. Harto sabíamos que nuestro destino era apelar a la fuga; mas, al objeto de ganar tiempo y detener un poco a los guardias, dí el alto a mi gente y ordené que, antes de tocar retirada, se hiciese una descarga general. La osadía sirviónos una vez más. Los guindillas, que venían desalados sobre nosotros, pararon en firme y uno de ellos cayó en tierra, lanzándonos soeces insultos.

¿Qué había pasado? Mi piedra, extraída del zurrón de las infalibles, dió violentamente en el muslo de uno de los persecutores[14], quien, transido de dolor, dobló la rodilla en tierra; otro guijarro hizo blanco en el hombro del segundo municipal; mientras que el proyectil de mi hermano, lanzado con gran impulso, acertó, por peregrina casualidad, en la hoja del sable del tercer guardia, rompiendo el acero al ras del puño. El buen hombre quedó en la facha más grotesca imaginable; es decir, esgrimiendo amenazador un mango de latón mondo y lirondo[15]. Sólo un adversario se libró de los proyectiles. Siguióse, como decíamos, un instante de estupor, del cual nos aprovechamos hábilmente para poner pies en polvorosa. Cuando los coléricos guindillas invadieron nuestros reales, era ya tarde para el alcance; habíamos ganado las eras de Cáscaro, salvado el viejo muro, descendido por entre sus sillares y traspuesto, finalmente, el río y la alameda.

Cara pudo costarnos la aventura. Uno de los guardias guardó cama varios días, según contaron; se nos buscó insistentemente por todas partes; afortunadamente ningún compañero nos delató. Y aunque la Policía quiso hacer un escarmiento ejemplar en las presumibles cabezas del atentado contra la autoridad, no lo consiguió, al menos en lo que a mí respecta; porque mi amo, sabedor del lance y acérrimo enemigo de los guindillas, con quienes tenía alguna cuenta pendiente, me ocultó por unos días en casa de un correligionario.

La otra peripecia dramática ha quedado rotulada en mi memoria con el nombre de paliza del montañés. Batíame solo, desde un campo próximo a la carretera, contra ocho o diez estudiantes parapetados en lo alto de la muralla, posición ventajosa a que les obligaba, para igualar las condiciones, mi maravillosa puntería con la honda. En lo más recio del zafarrancho, y cuando acababa de hacer blanco en un sombrero enemigo, veo avanzar hacia mí, con aire nada tranquilizador y enarbolando formidable garrote, a un arriero montañés, que momentos antes cruzaba pacíficamente la carretera al frente de su recua. Esperábale yo entre confiado y escamón, sin saber qué partido tomar, hasta que por sus primeras palabras adiviné lo sucedido: era que de lo alto de la muralla le habían arrojado un cantazo, y oyendo el restallido de mi honda y sorprendiendo mi actitud ofensiva, creyóme autor de la agresión. En vano alegué mi inocencia señalándole la posición de mis adversarios, eclipsados por mi mala ventura en aquellos graves momentos. Sin atender a razones, agarróme del cuello y me sacudió monumental paliza. Desahogado su rencor, incorporóse a la recua y quedé molido y maltrecho.

Vista actual de las eras de Cáscaro, un solar abandonado utilizado como aparcamiento.

    ... escalé… el cercano muro; me remonté a las eras de Cáscaro y me deslicé a lo largo de las derruídas almenas hasta ponerme enfrente del rencoroso montañés...

Pero yo hervía en ira y juré vengarme del atropello, para lo cual la disposición del terreno otorgábame inestimables ventajas. Renqueando por el dolor escalé, como Dios me dió a entender, el cercano muro; me remonté a las eras de Cáscaro y me deslicé a lo largo de las derruídas almenas hasta ponerme enfrente del rencoroso montañés, que caminaba tranquilamente por la carretera, bien ajeno a la borrasca que le esperaba. En un santiamén reuní diez o doce gruesos guijarros y los arrojé sobre el ansotano con vertiginosa rapidez. Espantóse la recua, corriendo a la desbandada. ¡Quién podría contar la corajina del atlético gañán al verse alcanzado por tres o cuatro proyectiles de grueso calibre! El infeliz, que ni podía escalar la muralla, ni abandonar las caballerías, ni esquivar el cuerpo tras de ningún obstáculo, juraba y pateaba como un condenado.

En cuanto llegó a la posada, denunció el hecho al Alcalde; pero las Autoridades no lograron averiguar el nombre del agresor y el lance no tuvo las desagradables consecuencias que eran de temer.

Mi mala fama había cundido de tal modo en el barrio, que hasta las niñas, cuando salían del Colegio, se escondían al verme, temerosas de alguna furtiva pedrada. Por cierto que, entre las muchachas que me cobraron más horror, recuerdo a cierta rubita grácil, de grandes ojos verde-mar, mejillas y labios de geranio, y largas trenzas color de miel. Su tío y padre, a quienes nuestros diarios alborotos impedían dormir la siesta, habíanle dicho pestes[16] de Santiagué, el chico del médico de Ayerbe, y la pobrecilla, en cuanto topaba conmigo, echaba a correr desalada[17], hasta meterse en su casa de la calle del Hospital.

¡Caprichos del azar!... ¡Aquella niña asustadiza, en que apenas reparé por entonces, resultó, andando el tiempo, la madre de mis hijos!...


EDICIÓN   Imprenta y Librería de Nicolás Moya, Madrid 1917
Fuente: Project Gutenberg (dominio público)
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1 Biblioenlaces[editar]

1.1 Índice del libro

TOMO I
Mi infancia y juventud

Advertencia al lector  •  1. Mis padres  •  2. Excursión tardía a mi pueblo natal  •  3. Mi primera infancia  •  4. Mi estancia en Valpalmas  •  5. Ayerbe  •  6. Desarrollo de mis instintos artísticos  •  7. Mi traslación a Jaca  •  8. El padre Jacinto, mi dómine de latín  •  9. Continúan mis distracciones  •  10. Mi regreso a Ayerbe  •  11. Dispone mi padre llevarme a Huesca a continuar mis estudios  •  12. Mis nuevos compañeros de algaradas  •  13. Las vacaciones  •  14. Mi padre me acomoda de aprendiz en una barbería  •  15. Inquina de mi catedrático de griego  •  16. Vuelta al estudio  •  17. El ferrocarril y la fotografía, dos inventos que me causaron indecible asombro  •  18. Revolución de septiembre en Ayerbe  •  19. Comienzo en Zaragoza la carrera médica  •  20. Mis catedráticos de Medicina  •  21. Continúo mis estudios sin grandes mortificaciones  •  22. Recién licenciado en Medicina, ingreso en el cuerpo de Sanidad Militar  •  23. Llegada a La Habana  •  24. Mis distracciones en San Isidro  •  25. Me traslado a La Habana, donde recaigo de mi dolencia

Índice de la obra (dos volúmenes)

1.2 Biblioteca

Catálogo  •  Ayuda

2 Locuciones y expresiones[editar]

Artículo principal: locución
... perseguía mi padre dos fines: desde luego atarme corto, privándome el vagar necesario para correrías y algaradas, y además enseñarme un oficio...
... En ocasiones, hablaban quedo, comunicándose no sé qué noticiones...
... rompiendo el acero al ras del puño. El buen hombre quedó en la facha más grotesca imaginable; es decir, esgrimiendo amenazador un mango de latón mondo y lirondo...
... habíanle dicho pestes de Santiagué, el chico del médico de Ayerbe...


notas

  1. atarme corto: locución
  2. Yes check.svgsujeción, Red x.svgsujección
  3. gran Yes check.svgtocador de guitarra, gran Yes check.svgtañedor de guitarra
  4. Maritornes es un personaje del Quijote (capítulo XVI de la Primera Parte):
        Servía en la venta, asimesmo, una moza asturiana, ancha de cara, llana de cogote, de nariz roma, del un ojo tuerta y del otro no muy sana. Verdad es que la gallardía del cuerpo suplía las demás faltas: no tenía siete palmos de los pies a la cabeza, y las espaldas, que algún tanto le cargaban, la hacían mirar al suelo más de lo que ella quisiera.
        De aquí que maritornes sea una «moza de servicio, ordinaria, fea y hombruna» (DLE en línea).
  5. rapabarbas: palabra compuesta de rapar y barbas. Su plural es invariable: un/unos Yes check.svgrapabarbas.
  6. guapeza: «bizarría, ánimo y resolución en los peligros» (DLE en línea).
  7. jabeques: navajazos en la cara.
  8. no Red x.svgse qué, no Yes check.svgsé qué: locución (→ tilde diacrítica)
  9. Yes check.svgojalateros, Yes check.svghojalateros: (homofonía). Ojalatero(ra) es quien en un enfrentamiento civil se limita a desear -ojalá- el triunfo de los suyos (DLE en línea).
  10. Red x.svgcualquiera noche, Yes check.svgcualquier noche (→ cualquiera)
  11. Fernando Red x.svgPóo, Fernando Yes check.svgPoo: antigua colonia y provincia española en África, con capital en la actual Malabo.
    Poo, con hiato de vocales iguales, es bisílaba: llana, acabada en vocal, sin tilde (→ acentuación).
  12. El brigadier Red x.svgPierrad, Blas Yes check.svgPierrard
  13. Galdós relata cómo Pierrard asiste impasible al linchamiento del gobernador de Barcelona (Episodios Nacionales, quinta serie, «España sin rey», capítulo XXVIII):
        Era la escena del drama federal anunciado, que se hallaba en su primer acto, mejor será decir en el único, porque fue tragedia breve, con muy poco espacio entre la prótasis y la catástrofe.
        Sobre la multitud que ondeaba con hinchazón rugiente, como un mar tempestuoso, se destacó la figura arrogante de un militar anciano que subió a un coche. Su hermosa barba blanca dábale aspecto de un gran Rabino, con ros y levita galonada... Era Pierrad, hombre valiente en la guerra, desgraciado en la paz, y en toda ocasión política enormemente inoportuno; tardío cuando debía llegar pronto, prematuro cuando su tardanza podía ser un suceso favorable. No se sabía si a la multitud arengaba, o si oía su bronco alarido sin comprenderlo... El General era sordo.
        Entre don Blas Pierrad y la Estación, el Gobernador interino arengaba en otra forma y con mejor sentido a la brava multitud. Esta, también un poco sorda como su ídolo en aquel momento, no se enteraba de las sensatas exhortaciones de la autoridad... se arremolinó en torno al señor Reyes; este cayó al suelo... La fiera se inclinó sobre él... Era como el niño recogiendo el juguete que se le ha caído... Los niños, en sus juegos inocentes, inventan diversiones crueles y hacen simulacros de maldades... Ello fue que la iracunda caterva popular echó una cuerda a los pies del infeliz Gobernador interino y le arrastró, no sin tropiezos y dificultades, porque el suelo estaba muy mal empedrado... Los arrastradores, con incierta marcha de niños embriagados por la travesura, tiraban hacia el puerto... Pierrad fue y vino en su coche... los caballos encabritados, parecían luchar con las olas, como caballos de Neptuno. Alguien gritaba junto al General refiriéndole lo que ocurría; mas él no parecía comprenderlo bien.
        Urríes, Angulo y Solís no creyeron prudente marchar a la cola de la bárbara tragedia que se alejaba; y deseando apartar de sus oídos el espantable resuello de la plebe, mezcla de carcajada hombruna y de aullar de canes, retrocedieron calles arriba...
  14. Yes check.svgpersecutores, ras, Yes check.svgperseguidores, ras
  15. mondo y lirondo: locución
  16. habíanle dicho pestes: locución
  17. desalado, da (adjetivo): ansioso
    desalado (participio de desalar): que se le ha quitado la sal (→ homonimia y polisemia)

3 Referencias externas[editar]