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RECUERDOS DE MI VIDA
Santiago Ramón y Cajal (1852-1934)
TOMO I    Mi infancia y juventud

CAPÍTULO TERCERO
Mi primera infancia. — Vocación docente de mi padre. — Mi carácter y tendencias. — Admiración por la naturaleza y pasión por los pájaros.


Los primeros años de mi niñez, salvo los dos pasados en Petilla y uno en Larrés, transcurrieron, parte en Luna, villa populosa de la provincia de Zaragoza, edificada no lejos del Monlora, empinado cerro coronado por antiguo y ruinoso monasterio, y parte en Valpalmas, pueblo más modesto de la misma provincia y distante tres leguas no más del precedente. En este último habitó mi familia cuatro años, desde 1856 a 1860; en él nacieron mis dos hermanas Pabla y Jorja.

Mi educación e instrucción comenzaron en Valpalmas, cuando yo tenía cuatro años de edad. Fué en la modesta escuela del lugar donde aprendí los primeros rudimentos de las letras; pero en realidad mi verdadero maestro fué mi padre, que tomó sobre sí la tarea de enseñarme a leer y a escribir, y de inculcarme nociones elementales de geografía, física, aritmética y gramática. Tan enojoso ministerio constituía para él, más que obligación inexcusable del padre de familia, necesidad irresistible de su espíritu, inclinado, por natural vocación, a la enseñanza. Despertar la curiosidad, acelerar la evolución intelectual, tan perezosa a veces en ciertos niños, le resultaba deleite incomparable. De mi progenitor puede decirse justamente lo que Sócrates blasonaba de sí, que era excelente comadrón de inteligencias.

Hay, realmente, en la función docente algo de la satisfacción altiva del domador de potros; pero entra también la grata curiosidad del jardinero, que espera ansioso la primavera para reconocer el matiz de la flor sembrada y comprobar la bondad de los métodos de cultivo.

Tengo para mí, que desenvolver un entendimiento embrionario, gozándose en sus adelantos e individualizándolo progresivamente, es alcanzar la paternidad más alta y más noble, es como corregir y perfeccionar la obra de la Naturaleza, lanzando al mundo, poblado de seres vulgares y repetidos, una especie original, un temperamento sui generis[1], capaz de formar del mundo visión personal e inconfundible. Fabricar cerebros nuevos: he aquí el gran triunfo del pedagogo.

Esta función docente ejercitábala mi padre no solamente con sus hijos, sino con cualquier niño con quien topaba; porque para él la ignorancia era la mayor de las desgracias, y el enseñar el más noble de los deberes.

Recuerdo bien el tesón que puso, no obstante mi corta edad, en enseñarme el francés. Por cierto que el estudio de este idioma tuvo lugar en cierta renegrida cueva de pastores, no lejana del pueblo (Valpalmas), donde solíamos aislarnos para concentrarnos en la labor y evitar visitas e interrupciones. Por tan curiosa circunstancia, en cuanto tropiezo con un ejemplar del Telémaco[2] surge en mi memoria la imagen de la citada caverna, cuyos socavones y recovecos veo ahora, transcurridos cerca de cincuenta y ocho años, como si los tuviera presentes.

En resumen: gracias a los cuidados de mi padre, adelanté tanto y tan rápidamente, que a los seis años escribía corrientemente y con alguna ortografía, y estaba adornado de bastantes nociones de geografía, francés y aritmética.

A causa de esta relativa precocidad vine a ser el amanuense y el secretario de la casa; y así, cuando un año después mi padre se trasladó a Madrid para completar su carrera y graduarse de doctor en Medicina y Cirugía, fuí yo el encargado de la correspondencia familiar y de enterarle de los sucesos del partido médico, regentado a la sazón por facultativo suplente. Mis progresos dieron ocasión a que mis padres, llenos de ese optimismo tan natural en todos, auguraran para su hijo, un poco a la ligera, como luego veremos, lisonjero porvenir.

En el orden de los afectos y tendencias del espíritu, era yo, como la mayoría de los chicos que se crían en los pueblos pequeños, entusiasta de la vida de aire libre, incansable cultivador de los juegos atléticos y de agilidad, en los cuales sobresalía ya entre mis iguales. Entre mis inclinaciones naturales había dos que predominaban sobre las demás y prestaban a mi fisonomía moral aspecto un tanto extraño. Eran, el curioseo y contemplación de los fenómenos naturales, y cierta antipatía incomprensible por el trato social.

Tales eran la vergüenza y cortedad que experimentaba al verme entre personas extrañas, que cuando debía comer fuera de casa o había en la nuestra convidados, se veían y se deseaban[3] mis padres para hacerme sentar a la mesa y alternar con los forasteros. Tan extremado encogimiento costóme no pocos castigos y reprimendas, pues mi progenitor juzgaba, con harta razón, que semejante repugnancia hacia el trato de gentes, no podía menos de retardar mi evolución mental, originando además rudeza de modales y esquivez y extravagancia de carácter. De que mi padre fué profeta, da testimonio toda mi historia. Tengo por indudable que ese deseo de vivir a mis anchas, entregado a mis caprichos, sustraído constantemente a la coacción moral de las personas mayores, dióme fama de reservado y huraño, me privó de amistades valiosas en momentos de apuro, y retrasó notablemente mi carrera.

Para decirlo de una vez: durante mi niñez fuí criatura díscola, excesivamente misteriosa y retraída y deplorablemente antipática. Aun hoy, consciente de mis defectos, y después de haber trabajado heroicamente por corregirlos, perdura en mí algo de esa arisca insociabilidad tan censurada por mis padres y amigos.

Preciso es reconocer que hay un egoísmo refinado en rumiar las propias ideas y en huir cobardemente del comercio intelectual de las gentes. Ello aporta cierto deleite morboso, sólo disculpable en caracteres celosos de conservar su individualidad. Lejos de los hombres, nos hacemos la ilusión de ser completamente libres. Sólo la soledad nos pone en plena posesión de nosotros mismos. En cuanto un diálogo se entabla, nuestras palabras responden al ajeno pensamiento. Piérdese la iniciativa mental; las asociaciones de ideas sucédense en el orden marcado por el interlocutor, que viene a ser en cierto modo dueño de nuestro cerebro y de nuestras emociones. No podremos evitar ya en adelante que evoque con su cháchara indiscreta o impertinente recuerdos dolorosos, que ponga en acción registros de ideas que quisiéramos enterrar en las negruras del inconsciente. Y esa sensación de esclavitud perdura horas y horas. Pero lo más grave de esta vibración parásita del cerebro es que turba las polarizaciones ideales útiles y nos distrae del trabajo.

¡Qué de veces acudimos en busca de distracción al café o a la tertulia, y salimos con un abatimiento de ánimo, con una sedación de voluntad, que esteriliza o imposibilita, y a veces por mucho tiempo, la cuotidiana[4] labor!

Síguese de aquí que solamente al hombre aislado y entregado a sus pensamientos le es dado gozar de calma inalterable y de un humor sensiblemente uniforme: no sentirá ciertamente en su rincón grandes alegrías, mas no sufrirá tampoco grandes tristezas. Pero atajemos reflexiones impertinentes y reanudemos la narración.

La admiración de la Naturaleza[5] constituía también, según llevo dicho, una de las tendencias irrefrenables de mi espíritu. No me saciaba de contemplar los esplendores del sol, la magia de los crepúsculos, las alternativas de la vida vegetal con sus fastuosas fiestas primaverales, el misterio de la resurrección de los insectos y la decoración variada y pintoresca de las montañas. Y así, me pasaba todas las horas de asueto que mis estudios me dejaban, haciendo correrías por los alrededores del pueblo, explorando barrancos, ramblas, fuentes, peñascos y colinas, con gran angustia de mi madre, que temía siempre, durante mis largas ausencias, que me habría ocurrido algún accidente. Como derivación de estos gustos, sobrevino luego en mí la pasión por los animales, singularmente por los pájaros, de que tenía siempre gran colección. Complacíame en criarlos de pequeñuelos, en construirles jaulas de mimbre o de cañas, y en prodigarles toda clase de mimos y cuidados.

Mi pasión por los pájaros y por los nidos se extremó tanto, que hubo primavera que llegué a saber más de 20 de éstos, pertenecientes a diversas especies de aves. Esta instintiva inclinación ornitológica aumentó todavía ulteriormente. Recuerdo que frisaba ya en los trece años, cuando dí en coleccionar huevos de toda casta de pájaros, cuidadosamente clasificados. Para facilitar la colecta (que mi padre veía con buenos ojos), ofrecí a los muchachos y gañanes una cuaderna por cada nido que me enseñasen. De este modo, la colección se enriqueció rápidamente, llegando a contar 30 ejemplares diferentes. Mostrábala yo orgullosamente a mis camaradas del pueblo como si fuera tesoro inapreciable. Desgraciadamente, mi colección —que guardaba cuidadosamente en una caja especial de cartón dividida en compartimientos minuciosamente rotulados— no pudo conservarse: los ardores del mes de Agosto dieron al traste con mi tesoro, provocando la putrefacción de las yemas y la rotura de las cáscaras. ¡Grande fué mi pena cuando me dí cuenta del percance y comprendí toda la extensión del irreparable daño! Estaba inconsolable al ver que los huevos de engaña-pastor (chotacabras), tordo, gorrión, pardillo, pinzón, cogullada (cogujada), cudiblanca, mirlo, picaraza (garza), cardelina (jilguero), cuco, ruiseñor, codorniz, etc.[6], mostraban las cáscaras abiertas y rezumando líquido corrompido y mal oliente.

Tales aficiones fomentaron mis sentimientos de clemencia hacia los animales. Gustaba de criarlos para gozar de sus graciosos movimientos y sorprender sus curiosos instintos; pero jamás los torturé haciéndoles servir de juguetes, como hacen otros muchos niños. Para cazarlos prefería los procedimientos que permitían cogerlos vivos (besque o liga, lienas[7] con hoyos hondos, la red, etc.). Cuando había reunido muchos y no podía atenderlos y cuidarlos esmeradamente, los soltaba o los devolvía, si eran todavía pequeñuelos e implumes, a sus nidos y a las caricias maternales. En estos caprichos no entraba para nada el interés gastronómico ni la vanidad del cazador, sino el instinto del naturalista. Bastaba para mi satisfacción asistir al maravilloso proceso de la incubación y a la eclosión de los polluelos; seguir paso a paso las metamorfosis del recién nacido, sorprendiendo primeramente la aparición de las plumas sobre la piel de los frioleros pequeñuelos; luego, los tímidos aleteos del pájaro que ensaya sus fuerzas y despereza las alas, y finalmente, el raudo vuelo con que toma posesión de las anchuras del espacio.

Los instintos admirablemente previsores de los animales, llenábanme de ingenua admiración; pero no menos me chocaban las inarmonías que, de vez en cuando, nos ofrece la vida, como acreditando en el Creador extrañas distracciones y complacencias. Recuerdo que, cuando me contaron las tretas de que el cuco se vale para criar su prole (tretas que pude comprobar personalmente), sentí penosa impresión. Fué ésta la primera incongruencia del orden natural que llegó a mi noticia; luego conocí otras todavía más graves con relación a los insectos y crustáceos. Y fué triste cosa pensar que el mal que yo suponía producción puramente humana, tenía ya sus raíces en la más baja animalidad...


EDICIÓN   Imprenta y Librería de Nicolás Moya, Madrid 1917
Fuente: Project Gutenberg (dominio público)
leermas.gif BIBLIO info

1 Biblioenlaces[editar]

1.1 Índice del libro

TOMO I
Mi infancia y juventud

Advertencia al lector  •  1. Mis padres  •  2. Excursión tardía a mi pueblo natal  •  3. Mi primera infancia  •  4. Mi estancia en Valpalmas  •  5. Ayerbe  •  6. Desarrollo de mis instintos artísticos  •  7. Mi traslación a Jaca  •  8. El padre Jacinto, mi dómine de latín  •  9. Continúan mis distracciones  •  10. Mi regreso a Ayerbe  •  11. Dispone mi padre llevarme a Huesca a continuar mis estudios  •  12. Mis nuevos compañeros de algaradas  •  13. Las vacaciones  •  14. Mi padre me acomoda de aprendiz en una barbería  •  15. Inquina de mi catedrático de griego  •  16. Vuelta al estudio  •  17. El ferrocarril y la fotografía, dos inventos que me causaron indecible asombro  •  18. Revolución de septiembre en Ayerbe  •  19. Comienzo en Zaragoza la carrera médica  •  20. Mis catedráticos de Medicina  •  21. Continúo mis estudios sin grandes mortificaciones  •  22. Recién licenciado en Medicina, ingreso en el cuerpo de Sanidad Militar  •  23. Llegada a La Habana  •  24. Mis distracciones en San Isidro  •  25. Me traslado a La Habana, donde recaigo de mi dolencia

Índice de la obra (dos volúmenes)

1.2 Biblioteca

Catálogo  •  Ayuda

2 Locuciones y expresiones[editar]

Artículo principal: locución
  • Ver(se) y desear(se) con algo o con alguien   (tener que esforzarse mucho para lograr un fin → locución verbal)
...cuando debía comer fuera de casa o había en la nuestra convidados, se veían y se deseaban mis padres para hacerme sentar a la mesa y alternar con los forasteros.
..., una especie original, un temperamento sui generis, capaz de formar del mundo visión personal e inconfundible.


notas

  1. Red x.svgsui generis, Yes check.svgsui géneris, Yes check.svgsuigéneris : locución
  2. Mítico personaje de la Odisea, hijo de Odiseo y Penélope.
  3. Verse y desearse: locución
  4. Yes check.svgcuotidiano, Yes check.svgcotidiano (DLE en línea)
  5. Yes check.svgla naturaleza, Yes check.svgla Naturaleza →mayúsculas y minúsculas
  6. engaña-pastor, tordo, gorrión, pardillo, pinzón, cuco, ruiseñor, codorniz...ortotipografía en animales y plantas
  7. Trampas hechas con una losa y ciertos palillos fácilmente desbaratables por el pájaro al picar el cebo. Perdone el lector las voces aragonesas que empleo; algunas de ellas no figuran en el Diccionario. (Nota del autor)