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RECUERDOS DE MI VIDA
Santiago Ramón y Cajal (1852-1934)
TOMO I    Mi infancia y juventud

CAPÍTULO VII
Mi traslación a Jaca. — Las pintorescas orillas del Gállego. — Mi tío Juan y el régimen vegetariano. — El latín y los dómines. — Empeño vano de los frailes en domarme. — Retorno a los devaneos artísticos.


Vista actual del colegio de los escolapios de Jaca (Huesca), en el que ingresó Ramón Y Cajal a los diez años de edad.

Corría el año 61. Hallándome próximo a cumplir los diez de mi edad, decidió mi padre llevarme a estudiar el bachillerato a Jaca, donde había un Colegio de padres Escolapios[1], que gozaba fama de enseñar muy bien el latín y de educar y domar a maravilla a los chicos díscolos y revoltosos. Tratada la cuestión en familia, opuse algunos tímidos reparos: dije a mi padre que, sintiendo decidida vocación por la pintura, prefería cursar la segunda enseñanza en Huesca o en Zaragoza, ciudades donde había Escuela de dibujo e Instituto provincial. Añadí que no me agradaba la medicina, ni esperaba, dados mis gustos e inclinaciones, cobrar afición al latín; de que se seguiría perder tiempo y dinero.

Pero mi padre no se avino a razones[2]. Mostróse escéptico acerca de mi vocación, que tomó acaso por capricho de muchacho voluntarioso y antojadizo.

Dejo ya consignado más atrás que mi padre, intelectualista y practicista a ultranza, estaba muy lejos de ser un sentimental. Se lo estorbaba cierto concepto equivocado del arte, considerado como profesión social. En su sentir, la pintura, la escultura, la música, hasta la literatura, no constituían modos formales de vivir, sino ocupaciones azarosas, irregulares, propias de gandules y de gente voltaria[3] y trashumante, y cuyo término fatal e inevitable no podía ser otro que la pobreza y la desconsideración social. En su concepto, la obsesión artística de algunos jóvenes representa algo así como enfermedad de crecimiento, cuyos síntomas característicos son: tendencia a la holganza y al regalo, aversión a la ciencia y al trabajo metódico y, en fin, indisciplina de la voluntad.

Para persuadirme y traerme a lo que él consideraba el mejor camino, contábame historias de conocidos suyos, artistas fracasados, pintores de historia con demasiada historia y poco dinero; de literatos que se criaban para genios y cayeron en miserables gacetilleros o en famélicos secretarios de Ayuntamiento de pueblo[4]; de músicos resueltos a emular a Beethoven y Mozart que pararon en derrotados y mugrientos organistas de villorrio. Como última razón, y a guisa de consuelo, prometíame que, cuando fuera médico, es decir, a los veintiún años de edad, asegurada mi situación económica, podría divagar cuanto quisiese por las regiones quiméricas del arte; pero entretanto su deber era proporcionarme modo de vivir honesto y tranquilo, capaz de preservarme de la miseria.

No era mi progenitor de los que, tomada una resolución firme, vuelven sobre ella, y menos por las observaciones aducidas por sus hijos. Debí, por tanto, someterme y prepararme al estudio del antipático latín y a trabar conocimiento con los frailes.

En los días siguientes, que eran los postreros de Septiembre, escribió mi padre a Jaca, anunciando a unos parientes, tan honrados como laboriosos, la decisión tomada y su deseo de que recibiesen a su hijo, en concepto de pupilo, durante el tiempo que durasen los estudios. La contestación fué afirmativa, según era de suponer dado el parentesco de mi tío Juan, y los motivos de gratitud que le ligaban a mi familia.

El excelente tío Juan, hermano de mi madre, era un hábil tejedor de Jaca, en donde gozaba bien cimentada fama de laborioso y de hombre cabal. Pero su situación económica, años antes desahogada, había sufrido recientes reveses, a los que vinieron todavía a añadirse la muerte de su mujer y la escapatoria del hijo mayor, brazo derecho del taller y amparo del anciano. Estas desgracias de familia obligáronle a contraer algunas deudas, siendo mi padre el principal, aunque desinteresado acreedor.

Cuento estos detalles para que se comprenda mejor mi especial situación en casa de mi tío. Deseoso mi padre de reintegrarse lo prestado, convino con mi pariente en pagarle un pequeño estipendio mensual por el hospedaje, destinando otra parte del importe de éste a enjugar la deuda.

Con tan singular procedimiento de cobro, cometióse grave error; porque si bien la calidad del parentesco y la bondad de mis patrones, alejaba toda sospecha de malos tratos, era imposible que mi tío, escaso de recursos, y no muy bien de salud para trabajar, se sacrificara para procurar a su sobrino, sin compensaciones pecuniarias suficientes, alimentación y regalo que para sí deseara.

Dispuesto todo para la partida, despedíme con sentimiento de mis amigos, compañeros de tantas travesuras y desmanes; dije adiós al maestro, a quien tanto había hecho rabiar, y cierta hermosa mañana de Septiembre púseme en camino para la ciudad fronteriza, en compañía de mi padre, que deseaba recomendarme eficazmente a los frailes.

Sirviónos de vehículo el carro del ordinario, en el cual y cubriendo el equipaje, habíase extendido mullido colchón. Yo me instalé junto a las lanzas del carro a fin de explorar cómodamente el paisaje.

Las dos primeras horas del viaje transcurrieron lentas y tristes. Era la primera vez que abandonaba el hogar y una impresión de vaga melancolía embargaba mi ánimo. Pensaba en los sollozos de mi madre al desgarrarse de su hijo y en los consejos con que trató de inculcarme el cariño y obediencia a mis tíos y el respeto y veneración a mis futuros maestros.

Poco a poco fué cediendo mi tristeza. El instinto y la curiosidad de lo pintoresco se sobrepusieron a mi languidez.

El camino, algo monótono desde Ayerbe a Murillo[5], se hace muy interesante desde esta población hasta Jaca. Durante gran parte del trayecto, la carretera serpentea por las orillas del Gállego, cuyas rápidas corrientes marchan, en unos puntos, someras y desparramadas, mientras que en otros se concentran y precipitan tumultuosamente por entre acantilados gigantes, medio ocultas en angostas gargantas.

El monte Uruel (Jaca), visto por el Poniente. La proximidad del punto de vista impide reconocer la forma y apreciar la grandiosidad de esta montaña, que sólo aparece bien desde el llano de Jaca, es decir, contemplada por el Norte.

No me cansaba de admirar los mil detalles pintorescos que los recodos del camino y cada altura, penosamente ganada, permitía describir. Entre otros accidentes del panorama, quedaron profundamente grabados en mi retina: los gigantes mallos de Riglos[6], que semejan columnatas de un palacio de titanes; el bloque rocoso de Lapeña, que amenaza desplomarse sobre el pueblo, al pie del cual corre, embutido en profundísimo canal, el rumoroso Gállego; el elevado y sombrío monte Pano, cuya formidable cima asoma por Occidente, no lejos de Anzánigo; y por último, el sombrío y fantástico Uruel, de roja cimera, que domina el valle de Jaca, y semeja colosal esfinge, que guarda la entrada del valle del Aragón.

Mi curiosidad complacíase sobremanera en presencia de tan hermosas perspectivas; y así no cesaba de pedir a mi padre, que conocía a palmos el terreno, noticias detalladas sobre los ríos, aldeas y montañas, cerca de las cuales pasábamos. No sólo satisfizo mi curiosidad, sino que me contó multitud de anécdotas y episodios de su juventud transcurridos en aquellos lugares, y algunos sucesos históricos de que las orillas del Gállego fueron teatro en la funesta primera guerra civil[7].

Llegados a Jaca e instalados en casa de mi tío, fué la primera providencia de mi padre presentarme a los reverendos Escolapios, a quienes me recomendó encarecidamente. Encargóles que vigilaran severamente mi conducta y me castigaran sin contemplaciones en cuanto diera para ello el menor motivo.

El Director del Colegio dió plena seguridad a mi padre acerca de este punto, y para tranquilizarle nos presentó al padre Jacinto, profesor de primero de Latín, que era por entonces el terrible desbravador de la Comunidad y a quien, según fama, no se había resistido ningún rebelde. A la verdad, yo me alarmé algo, sólo un poco, al contemplar la estatura ciclópea, los anchísimos hombros y macizos puños del dómine, que parecía construído expresamente para la doma de potros bravíos. Y me limité a decir para mi capote[8]: «Allá veremos».

Días después sufrí el examen de ingreso, que satisfizo plenamente a los frailes; fué tan lisonjero el éxito, que me consideraron como el alumno mejor preparado para la segunda enseñanza.

Tranquilo mi padre por el buen giro que tomaban las cosas, y esperanzado de que yo pagaría con una aplicación nunca desmentida los afanes y sacrificios que se imponía, regresó a Ayerbe y yo quedé entregado a mi santa voluntad, que era como quedar entregado al diablo mismo.

Dejo apuntado ya que mi tío era muy anciano y estaba achacoso; vivía casi solitario, pues de sus dos hijos sólo el pequeño, mi primo Timoteo, a la sazón aprendiz en una fábrica de chocolate, le acompañaba. Absorbido en su telar, cuidaba poco de la casa, que abandonaba al manejo de vieja criada. Los conocimientos culinarios de esta buena mujer no podían ser más sumarios ni mejor encaminados a evitar el despilfarro y la indigestión.

Las coles, nabos y patatas constituían los platos fundamentales y de resistencia; de vez en cuando, comíamos carne; pero en justa compensación abundaban las gachas de maíz, llamadas allí farinetas, que era una bendición. Días hubo que nos sirvió tres veces gachas y, a fin de evitar la monotonía, nuestra patrona, que no carecía de imaginativa, dió en la flor[9] de asar las farinetas sobrantes del almuerzo; con cuyo ingenioso arbitrio convirtióse el engrudo de maíz en un plato nuevo, tan original como vistoso, que podía pasar, con algo de buena voluntad, por aristocrático pudding. Nuestro postre habitual eran manzanas, fruta de que se cultivan en Jaca variedades excelentes.

Los días de fiesta nos reservaba la patrona grata sorpresa: añadía a las plebeyas gachas suculentos chicharrones. ¡Eran de ver los gestos de contrariedad que hacíamos mi primo y yo cuando la ciega lotería del cucharón nos agraciaba con sólo un premio, reservando la mayoría de los sabrosos tropezones para otros comensales!

Hambre, sin embargo, no pasábamos. Cuando nuestro estómago insatisfecho exigía algún suplemento, hallábamosle en los montones de las sabrosas manzanas del granero y en la improvisación de un plato de patatas al natural, que preparábamos asando estos tubérculos sobre el rescoldo y adobando la amarilla y jugosa miga con algunos granos de sal y gotas de vinagre.

Merced al régimen de las farinetas y a los ayunos de castigo de que más adelante hablaré, quedé hecho un espárrago. Creo que hasta mis facultades mentales declinaron bastante. Dijérase que el engrudo de maíz se me embebió en la cabeza y ocupó el lugar de los sesos; pues, según veremos luego, los buenos de los frailes se vieron y se desearon para imprimir en ellos algunos pocos latines.

Debo añadir que al final de aquel año el trato de mis patrones mejoró muchísimo. Uno de mis primos, Victoriano Cajal, regresado de sus correrías, se estableció en el hogar de sus padres, contrayendo poco después matrimonio con doncella sumamente bondadosa e inteligente. Con aquel inesperado refuerzo, el gobierno de la casa entró en orden y el menú se hizo más variado y suculento.

No sabría decir yo si el vacío de afecciones y la excesiva sequedad de mis maestros exacerbaron mis rebeldías nativas y dieron al traste con promesas formales. Algo debieron influir quizá; imagino, sin embargo, que no fueron condición única de mis extravíos. La loca de la casa con que mi padre no había contado y que de día en día iba exaltándose, a pesar del régimen enervante de las gachas y de los diarios castigos, contribuyó mucho a mi creciente desaplicación.

Retoñaron, pues, vigorosamente mis delirios artísticos. Cobré odio a la Gramática latina, en donde no veía sino un chaparrón abrumador de reglas desautorizadas por infinitas excepciones, que había que meter en la cabeza, quieras que no, a porrazo limpio, como clavo en pared. Desazonábame también esa aridez desconsoladora del estilo didáctico, seco y enjuto, cual carretera polvorienta en verano.

Con la citada antipatía hacia la Gramática, inauguróse en mí esa lucha sorda y tenaz, física y moral entre el cerebro y el libro, en la cual lleva éste siempre la peor parte; porque de los sabios preceptos del texto pocos o ninguno penetran en el alma; pero, en cambio, las divagaciones y ensueños de la fantasía entran a saco, sin compasión, en las hojas del texto, cuyas márgenes se cubren de una vegetación parásita de versos, paisajes, episodios guerreros y regocijadas caricaturas.

Mis textos latinos —el Cornelio Nepote, el Arte poética de Horacio, etc.— vencidos en esta batalla, transformáronse rápidamente en álbums[10] donde mi desbordante imaginación depositaba diariamente sus estrafalarios engendros. Y como las márgenes de los libros resultaban harto angostas para contener holgadamente todas mis alegres «escapadas al ideal», más de una vez me decía: «¡Lástima de Gramática que no fuera todo márgenes!»

Pero si mi Nebrija[11] no me enseñaba nada, aprovechaba, en cambio, para divertir a mis camaradas. En cuanto llegaba yo a clase, rodeábanme los golosos de las ilustraciones del texto, que corría de mano en mano y era más zarandeado y sobado que rueda de barquillero.


EDICIÓN   Imprenta y Librería de Nicolás Moya, Madrid 1917
Fuente: Project Gutenberg (dominio público)
leermas.gif BIBLIO info

1 Biblioenlaces[editar]

1.1 Índice del libro

TOMO I
Mi infancia y juventud

Advertencia al lector  •  1. Mis padres  •  2. Excursión tardía a mi pueblo natal  •  3. Mi primera infancia  •  4. Mi estancia en Valpalmas  •  5. Ayerbe  •  6. Desarrollo de mis instintos artísticos  •  7. Mi traslación a Jaca  •  8. El padre Jacinto, mi dómine de latín  •  9. Continúan mis distracciones  •  10. Mi regreso a Ayerbe  •  11. Dispone mi padre llevarme a Huesca a continuar mis estudios  •  12. Mis nuevos compañeros de algaradas  •  13. Las vacaciones  •  14. Mi padre me acomoda de aprendiz en una barbería  •  15. Inquina de mi catedrático de griego  •  16. Vuelta al estudio  •  17. El ferrocarril y la fotografía, dos inventos que me causaron indecible asombro  •  18. Revolución de septiembre en Ayerbe  •  19. Comienzo en Zaragoza la carrera médica  •  20. Mis catedráticos de Medicina  •  21. Continúo mis estudios sin grandes mortificaciones  •  22. Recién licenciado en Medicina, ingreso en el cuerpo de Sanidad Militar  •  23. Llegada a La Habana  •  24. Mis distracciones en San Isidro  •  25. Me traslado a La Habana, donde recaigo de mi dolencia

Índice de la obra (dos volúmenes)

1.2 Biblioteca

Catálogo  •  Ayuda

2 Locuciones y expresiones[editar]

Artículo principal: locución
...Pero mi padre no se avino a razones. Mostróse escéptico acerca de mi vocación...
...Y me limité a decir para mi capote: «Allá veremos»....
  • dar alguien en la flor de algo   (contraer la costumbre de hacer o decir algo → locución verbal)
...nuestra patrona, que no carecía de imaginativa, dio en la flor de asar las farinetas sobrantes del almuerzo...


notas

  1. un Red x.svgColegio/Yes check.svgcolegio de padres Red x.svgEscolapios/Yes check.svgescolapios (→mayúsculas y minúsculas)
  2. avenirse a razones: locución
  3. gente voltaria: de carácter inconstante.
  4. famélicos secretarios de Red x.svgAyuntamiento/Yes check.svgayuntamiento de pueblo
  5. Murillo de Gállego (Zaragoza)
  6. Los mallos de Riglos: formaciones rocosas en Riglos (Huesca).
  7. Conflicto entre el absolutismo y liberalismo (reinado de Fernando VII) en el período del Trienio Liberal (1820-1823)
  8. decir para mi capote: locución
  9. dar alguien en la flor de algo: locución
  10. Red x.svgálbums, Yes check.svgálbumes
  11. Elio Antonio de Nebrija (1441-1522), autor de la Gramática castellana (1492).