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RECUERDOS DE MI VIDA
Santiago Ramón y Cajal (1852-1934)
TOMO II    Historia de mi labor científica

CAPÍTULO TERCERO
Mi traslación á Valencia. — Mis giras por la ciudad y sus alrededores. — Los oradores del Ateneo Valenciano. — Epidemia colérica de 1885 é inoculaciones profilácticas del Dr. Ferrán. — Encargado por la Diputación de Zaragoza del estudio de la vacunación anticolérica, doy una conferencia en la capital aragonesa y la Diputación recompensa mi labor publicando mis estudios y regalándome magnífico microscopio. — Resultados de mis investigaciones sobre el cólera. — Trabajos histológicos. — Decido publicar mis pesquisas en Revistas extranjeras.


Allá por los primeros días de Enero de 1884 me trasladé á Valencia, tomando posesión de la Cátedra de Anatomía. Me hospedé provisionalmente con mi familia en una fonda situada en la Plaza del Mercado, cerca de la famosa Lonja de la Seda. Comprados los muebles necesarios, nos instalamos después en modesta casa de la calle de las Avellanas, donde disponía de sala holgada y capaz para laboratorio. Días después me nacía una hija.

Fiel á mi pensamiento de que las cosas son más interesantes que los hombres, consagré algunos días á explorar las curiosidades de la ciudad. Visité la magnífica Catedral; subí al Miguelete para admirar la hermosura y extensión de la huerta y la cinta de plata del lejano mar latino; escudriñé los alrededores de la ciudad y los encantadores pueblecillos del Cabañal, Godella, Burjasot, etc. Visité el puerto del Grao, ordinario paseo del pueblo valenciano en días de asueto, y asalté, en fin, lleno de voracidad artística y arqueológica, las ruinas del teatro romano de Sagunto.

Me encontraba en un país nuevo para mí, de suavísima temperatura, en cuyos campos florecían la pita y el naranjo, y en cuyos espíritus anidaban la cortesía, la cultura y el ingenio. Por algo se llama á Valencia la Atenas española[1].

Fuí cordialmente acogido en la Facultad de Medicina. Era rector entonces el notable cirujano Ferrer Viñerta, temperamento brusco, vehemente y autoritario, pero bonachón y cariñoso en el fondo. Brillaban en el elenco docente maestros tan prestigiosos como Campá, Gimeno, Ferrer y Julve, Peregrín Casanova, Gómez Reig, Orts, Magraner, Machi, Crous y Casellas, Moliner, etc. Caí bien en aquella piña de excelentes compañeros. Con su viveza meridional se dieron pronto cuenta de que el nuevo colega no venía á quitar moños á nadie[2], ni en la esfera académica ni en la arena del ejercicio profesional, sino á vivir modesta, pero independientemente, entregado á sus favoritos estudios, ajeno á la política y á toda suerte de camarillas y clientelas caciquiles.

Á fin de despolarizarme algo de las tareas micrográficas que absorbían y cuasi deformaban, por exclusivismo funcional, todas mis facultades, me hice socio del Casino de la Agricultura, centro de la gente de buen tono, donde encontré una piña de personas cultas y agradabilísimas. Entre ellas recuerdo al simpático y culto profesor de Historia Natural, Arévalo Vaca; á Guillén, médico y naturalista distinguido; al farmacéutico Narciso Loras, amigo buenísimo; á Villafañé, catedrático de Matemáticas de la Universidad, polemista ardoroso y atrabiliario, pero inocente en el fondo; á Peset, joven brillante entonces y actual profesor de Terapéutica de Valencia; á D. Prudencio Solís, catedrático de la Escuela normal, cabeza culta, equilibrada y persona de bellísimos sentimientos, etc.

Con igual propósito ingresé en el Ateneo Valenciano, centro científico-literario, similar del de Madrid, que congregaba por aquella época lo más selecto y brillante de la juventud intelectual de la región levantina. Allí, en aquel modesto local de la calle de Cavanilles, tuve ocasión de conocer y aplaudir, entre otras personas de renombre, al joven entonces, y ya clarísimo orador y maestro, Amalio Gimeno; á Segura, consumado dialéctico y culto expositor de las cuestiones sociales; á Luis Morote, que acababa de leer á Flaubert, los Goncourt y Zola, y criticaba, amena y espiritualmente, las tendencias del naturalismo literario; á mi paisano M. Zabala, recién llegado de Zaragoza, que sobresalía por la sobriedad y la intención de su oratoria, y por su particular competencia en las ciencias históricas; á M. Mas, cirujano humanista, que esgrimía con igual desembarazo la lengua y el bisturí, y que era en aquella casa intérprete elocuente y autorizado del libre examen y de los credos políticos ultra-radicales; al afamado profesor Pérez Pujol, peritísimo en la historia de la Edad Media y en las ciencias sociales, y cuyas frases fluían, puras y armoniosas, como raudal sonoro en artística fontana. Allí, en aquella incubadora de artistas de la palabra ó de la pluma, y con motivo de no sé qué inauguración solemne, admiré también por vez primera el verbo soberano de Moret, quien disertó acerca del progreso social, y cuya palabra, colorista y jugosa, pintaba cuadros tan plásticos y reales, que al evocar entonces, por contraposición con la moderna civilización, basada en la libertad, la civilización antigua, fundada en la esclavitud, nos parecía contemplar al suavísimo Platón filosofando con sus discípulos en el jardín de Academo, entre calles de mirtos y adelfas, y á la sombra de plátanos seculares; mientras los esclavos labraban penosamente la tierra ó gemían de fatiga en el obrador del artífice para que, cual flor del espíritu, resplandecieran gloriosos la ciencia y el arte griegos... En aquella casa, en fin, admiré, tiempos después, al asombroso y malogrado aragonés D. Joaquín Arnau, talento tan vasto y completo, que ganó simultáneamente por oposición tres cátedras de asignaturas diferentes, y á quien la Universidad de Valencia, fertilísima en oradores, escogió para dar, en nombre del Claustro, la bienvenida al gran Castelar, con ocasión de una visita del célebre tribuno á la Atenas levantina.

Este oreo literario y político hízome mucho bien, evitando á mi cerebro esas temibles atrofias compensadoras del especialismo profesional, en virtud de las cuales vemos con pena todos los días á matemáticos, físicos, químicos y naturalistas insignes, discurrir como si carecieran de sentido común, en cuanto se les saca de sus habituales estudios, y se les obliga á platicar de filosofía, de arte ó de ciencias sociales.

Dejo apuntado algo acerca de lo modesto de mi domicilio. Añadiré ahora que me confiné, conscientemente y por sistema, en la mediocridad económica, á fin de disponer á mi talante de todo el tiempo que me dejaba libre la enseñanza oficial. Penetrado de que un presupuesto equilibrado es condición inexcusable de la paz del hogar y de la serenidad de espíritu necesaria á la actividad científica, decidí vivir con los 52 duros de paga mensual á que ascendía mi haber de catedrático (3.500 pesetas al año). Pero como un Laboratorio en plena actividad consume casi tanto como la familia, hube de buscar, según costumbre, ingresos complementarios, no en el ejercicio profesional, según hábito general, sino en la extensión de la función pedagógica. Organicé, por tanto, en Valencia, con mejor éxito todavía que en Zaragoza, un curso práctico de Histología normal y patológica, al cual acudieron bastantes médicos que cursaban libremente el doctorado, y algunos doctores deseosos de ampliar sus conocimientos en Histología y Bacteriología; ciencia esta última que entonces alboreaba prometedora en el horizonte, á impulsos de los geniales descubrimientos de Pasteur y de Koch.

Uno de los jóvenes más asiduamente asistentes á mis lecciones, fué el Dr. Bartual, talento sólido y completo (actualmente catedrático de Histología de Valencia), y cuyo alejamiento del Laboratorio, por imposición del enervante medio social, deploramos cuantos conocimos de cerca sus excepcionales aptitudes y su adecuada y concienzuda preparación para la investigación científica; otro discípulo, frustrado igualmente para la ciencia por falta de ambiente, fué el Dr. E. Alabern, á quien faltó resolución para desertar oportunamente del Cuerpo de Aduanas y consagrarse á la carrera del profesorado. Pero la lista de los buenos, extraviados en el desierto, sería interminable...

Con los nuevos ingresos no sólo evité el temible déficit, sino que alimenté holgadamente mi Laboratorio, procurándome además nuevos aparatos científicos; por ejemplo: un microtomo[3] automático de Reichert, que me prestó inestimables servicios. Porque hasta entonces no había usado más microtomo que la vulgar navaja barbera (el rudimentario microtomo de Ranvier que poseía ofrecía más inconvenientes que ventajas), para el manejo de la cual había adquirido, ciertamente, bastante habilidad, mas con cuyo auxilio resultaba imposible conseguir regularmente cortes finos de alguna extensión.

El cólera de 1885, que hizo tantos estragos en Valencia y su comarca, me obligó temporalmente á abandonar las células y fijar mi atención en el bacillus comma[4], el insidioso protagonista (recién descubierto por Koch en la India) de la asoladora epidemia. Decía en páginas anteriores que en el horizonte científico surgía un nuevo mundo, la microbiología, consagrada al estudio de los microbios ó bacterias (hongos archimicroscópicos, agentes de las infecciones) y al mecanismo de su acción patógena sobre el hombre y los animales. Las novísimas y sorprendentes conquistas de Pasteur y Chaveau, en Francia, y de Koch, Cohn, Löffler, etc., en Alemania, atrajeron vivamente la atención de los micrógrafos, muchos de los cuales desertaron del viejo solar histológico, fundado por Schwann y Virchow, para plantar sus tiendas en el terreno casi virgen de los invisibles enemigos de la vida. Yo sufrí también la sugestión del nuevo sol de la ciencia, que iluminaba con inesperadas claridades los obscuros problemas de la Medicina. Y cedí durante algunos meses á las seducciones del mundo de los seres infinitamente pequeños. Fabriqué caldos, teñí microbios y mandé construir estufas y esterilizadoras para cultivarlos. Ya práctico en estas manipulaciones, busqué y capturé en los hospitales de coléricos el famoso vírgula de Koch, y dime á comprobar la forma de sus colonias en gelatina y agar-agar, con las demás propiedades biológicas, ricas en valor diagnóstico, señaladas por el ilustre bacteriólogo alemán.

Eran días de intensa emoción. La población, diezmada por el azote, vivía en la zozobra, aunque no perdió nunca (dicho sea en honor de Valencia) la serenidad; los hospitales, singularmente el de San Pablo, rebosaban de coléricos. Recuerdo que en mi propio domicilio (calle de Colón) murieron varios atacados.

Como de costumbre, reinaban entre los médicos la contradicción y la duda. Los viejos galenos, recelosos de toda novedad, ateníanse, en teoría, á la doctrina clásica de los miasmas, y, en el orden práctico, al inevitable láudano de Sydenham. Los creyentes en el microbio, jóvenes en su mayoría, recomendaban hervir el agua potable y no ingerir alimento ni bebida que no hubiera sufrido cocción preliminar. Atribuyo al uso del agua hervida y demás precauciones higiénicas, la inmunidad de mi familia, no obstante conservar en mi Laboratorio casero deyecciones de colérico y cultivos del germen en gelatinas y caldos.

Por cierto que por aquellos días (2 de Julio de 1885), período culminante de la epidemia, me nació mi cuarto hijo.

En medio de la preocupación general apareció en Valencia el Dr. Ferrán, célebre médico tortosino[5], predicando por boca de elocuentes amigos y admiradores, la buena nueva de la vacuna anticolérica. Después de algunos experimentos de Laboratorio practicados en conejos de Indias, y de ciertas audaces y abnegadas auto-inoculaciones, creyó haber encontrado un cultivo del vírgula[6] que, inoculado en el hombre, le inmuniza seguramente contra el microbio virulento llegado por la vía bucal.

La clase médica, emocionada por el anuncio de la citada vacuna, discutió vehementemente el tema en Academias y Ateneos, Revistas profesionales y hasta en periódicos políticos. Como siempre, mostrose en el debate ese dualismo irreductible de viejos y jóvenes, de misoneistas y filoneistas[7] Para los primeros, la vacuna constituía deplorable error científico, cuando no industrial negocio de mal género; los segundos se entusiasmaron con la iniciativa del médico tortosino, cuyos talentos y laboriosidad pusieron en las nubes. En fin, ciertos devotos fervientes de Ferrán llevaron su celo higiénico hasta organizar un comité ó sociedad encargada de hacer propaganda, fabricar en grande escala la vacuna, gestionar del Gobierno y de las autoridades autorización para ensayar la nueva inmunización, y en fin, una vez logrado el permiso, efectuarla sistemáticamente en todas las provincias atacadas.

Invitado insistentemente por el citado comité, yo decliné humildemente la honra de colaborar en la obra común; deseaba conservar mi independencia de juicio y quedar inmune de toda sospecha crematística. Porque, á la verdad, valor hacía falta para desafiar las virulentas campañas que el Dr. Moliner y otros médicos hacían desde los periódicos contra los fundamentos científicos de la vacuna, y sobre todo, contra el comité profiláctico... Además, parecíame prematura la fe en el novísimo remedio. ¡Y si á la postre resultaba que la tal vacuna no vacunaba!...

Pocos conservamos, durante aquella efervescencia pasional, donde los intereses luchaban con más encarnizamiento que las ideas, la serenidad de espíritu necesaria para juzgar. No me envanecen mis aciertos de entonces; nada hay más fácil que hallar el buen camino cuando nuestro pensamiento recibe su inspiración en las alturas del patriotismo, y la voluntad se mantiene ajena á toda baja concupiscencia ó bastardo interés. Y el mejor galardón de mi conducta lo recibo hoy al ver que, no obstante los años transcurridos, puedo mantener en lo científico y en lo moral mis puntos de vista de entonces. Durante aquellos días, á cuantos me hicieron la honra de consultarme sobre las mencionadas inoculaciones, expresé lo que diría hoy mismo si el caso se repitiese: gran satisfacción de que á un médico español se debiera tan loable iniciativa; mi deseo de que, comprobada la inocuidad de la vacuna, se ensayara en las personas y poblaciones que lo solicitaran; el consejo de que, para evitar censuras y murmuraciones, dichas prácticas fueran al principio inspeccionadas por una comisión oficial, encargada, además, de formar estadísticas imparciales de los resultados obtenidos; en fin, mis ruegos encarecidos, á los fines morales y patrióticos de la empresa, de que el Dr. Ferrán declarara explícitamente el secreto de su vacuna, con el objeto de que las delegaciones extranjeras y españolas, reunidas á la sazón en Valencia, no quedaran defraudadas en su expectación ni sospecharan de la buena fe de la sociedad vacunadora, ni, en fin, formaran de nosotros una opinión poco lisonjera.

No tuve la fortuna de ser oído. Y ello me dolió mucho, porque mis fáciles vaticinios se cumplieron en todas sus partes, con bochorno del nombre español. Aquellos extranjeros que por primera vez concurrieron á España para comprobar una invención científica, chasqueados en su curiosidad, y exagerando quizás la transcendencia práctica de algunos defectos metodológicos (impureza eventual de los cultivos del vírgula[6], deficiencias del instrumental usado en la esterilización de los caldos y en la expedición de éstos á las sucursales de vacunación, etc.), una vez regresados á sus sendos países, escribieron de Ferrán y de los médicos españoles verdaderos horrores... ¡Oh, qué amargo desencanto devoraron entonces quienes, como yo, encendidos en celo patriótico y en irreflexivo entusiasmo, saludábamos en el Dr. Ferrán una gloria positiva de la ciencia española!

La circunstancia de vivir yo en Valencia y ser aficionado á la micrografía, me valió ser designado por la Diputación provincial de Zaragoza, en unión del Dr. Lite, delegado oficial, para estudiar la enfermedad epidémica reinante en la región levantina (todavía se discutía si era ó no cólera) y emitir dictamen sobre el valor real de la profilaxis.

Cumpliendo, pues, el honroso cometido, seguí atentamente la campaña de la sociedad vacunadora; conferencié con los delegados científicos oficiales (el Dr. Mendoza entre otros); practiqué experimentos de inoculación del vírgula en los animales; analicé bacteriológicamente varias muestras del caldo utilizado por Ferrán en sus inoculaciones; me inyecté yo mismo la linfa vacunífera á fin de conocer de cerca sus efectos fisiológicos; y, en fin, comprobé estadísticas oficiales y particulares, etc.

Allegados los datos necesarios, aquel verano me trasladé á Zaragoza (Julio de 1885), ante cuya Diputación y en presencia de numeroso público expuse el resultado de mis estudios y experimentos. Mis conclusiones afirmaban resueltamente el carácter colérico de la epidemia, que se había propagado entonces por gran parte de España; atribuían, como cosa muy verosímil, al vírgula[6] de Koch la responsabilidad de la infección; ponían en duda el pretendido cólera experimental en los conejos y cobayas, animales en quienes sólo se producían, por inyección del microbio, fenómenos inflamatorios locales ó septicémicos harto diferentes del síndrome colérico del hombre; y en lo tocante al punto principal, ó sea la profilaxis, me declaré poco favorable al procedimiento Ferrán, aunque admitiendo su práctica, á título de investigación científica (los cultivos puros del vírgula inyectados bajo la piel resultan inofensivos) y sin forjarme grandes ilusiones sobre su eficacia.

Expuestas oralmente las citadas conclusiones, primer avance de mis observaciones y juicios sobre el tema, proseguí ahincadamente las pesquisas experimentales. Á este propósito, me instalé con la familia en una finca ó Torre (llamada Torre de las canales) que poseía mi padre cerca de San Juan, á legua y media de Zaragoza, donde organicé un Laboratorio de campaña, y pude, sin recelo, guardar y estudiar tranquilamente mis cobayas y conejos inoculados. No me faltaron los vírgulas, primera materia de mis pesquisas, pues precisamente por aquellos días se había extendido el cólera por los pueblos y casas de campo de la huerta y hacía estragos en la capital, en cuyos hospitales me proporcioné abundante semilla para mis cultivos.

Por cierto que, acerca del modo de propagación de la epidemia, confirmé desde luego su origen hídrico. Por ejemplo: los huertanos, que no obstante vivir casi aislados en las torres, hacían uso del agua de las acequias contaminadas por el lavado de ropas de coléricos, eran frecuentes víctimas del cólera; en tanto que solían librarse fácilmente aquellas familias que, por precaución, bebían agua de los pozos ó se servían exclusivamente de la hervida.

Mis ensayos de profilaxis en los animales reveláronme que el problema de la inmunización era harto más arduo de lo que se creía. Conseguíase, en efecto, según anunciaba Ferrán, á favor de inyecciones subcutáneas de cultivos del vírgula, cierta resistencia del cobaya enfrente de ulteriores y más fuertes dosis del microbio virulento, inoculado por idéntica vía; mas, careciendo el comma de Koch de acción patógena en el intestino de dicho roedor, resultaba imposible aportar prueba decisiva y concluyente sobre la eficiencia de la inyección. Para procurarse esta demostración, fuera preciso hallar un mamífero colerizable por la vía bucal y susceptible de hacerse refractario á la infección intestinal, mediante previa inoculación subcutánea de cultivos puros del vírgula virulento ó atenuado. Por desgracia, este animal, idóneo á la dilucidación del grave problema profiláctico, se desconocía entonces.

Á fines de Septiembre de aquel año, según prometí á la Diputación provincial zaragozana, redacté extensa monografía, bajo el título de Estudios sobre el microbio vírgula del cólera y las inoculaciones profilácticas. Zaragoza, 1885. El librito, que se imprimió por cuenta de dicha Corporación, apareció ilustrado por 8 grabados litográficos ejecutados por mí y algunos de ellos tirados en color.

Excusado es advertir que semejante monografía, redactada con ocasión de una misión oficial, y sin los medios de trabajo necesarios, no contiene ningún hecho nuevo importante. Representaba, ante todo, el fruto de una labor de confirmación y contraste de los memorables y entonces novísimos descubrimientos de Koch y de las estimables contribuciones de Hueppe, van Ermergen, Nicati y Riesch, Ferrán, etc. Con todo eso, según suele acontecer en todo estudio minucioso y esmerado, sus páginas encierran algunos detalles descriptivos originales y tal cual apreciación teórica no exenta de valor.

Entre otras menudencias originales, figuraban, en el orden técnico, un proceder práctico y sencillo para teñir el bacillus comma, y otro encaminado á conservar, colorear y montar definitivamente sus colonias en gelatina y agar, etcétera. (Citado y confirmado más adelante por van Ermergen).

En el orden científico, añadíamos: a, un análisis comparativo minucioso, de los microbios de las aguas y deyecciones, dotados, á semejanza del vírgula, de la propiedad de liquidar la gelatina; b, la demostración (independientemente de Pfeiffer) de que el microbio de Koch, poco patógeno en inyección subcutánea, resulta sumamente virulento en el peritoneo del cobaya; c, y, sobre todo, la prueba experimental de la vacuna química, es decir, de la posibilidad de preservar á los animales de los efectos tóxicos del vírgula más virulento, inyectándoles de antemano, por la vía hipodérmica, cierta cantidad de cultivos muertos por el calor[8].

En el orden teórico, contenía mi Memoria algunos puntos de vista dignos de atención, puesto que han sido repetidos después por eximios bacteriólogos al justipreciar los fundamentos teóricos y valor práctico de las vacunas de Ferrán, Haffkine, Kölle y otros. «Difícil parece admitir —decíamos— que la mera inoculación hipodérmica en el hombre de un cultivo puro de vírgulas, incapaces de emigrar hasta el intestino, ni de provocar, por consiguiente, trastorno alguno análogo al cólera, sea poderosa á esterilizar completamente el tubo digestivo, órgano en continuación del mundo exterior y exclusivo terreno donde prospera y desarrolla su formidable poder patógeno el germen de dicha enfermedad.» Y no menciono aquí, á causa de su carácter meramente crítico y circunstancial, los experimentos y observaciones probatorios de que los famosos cuerpos muriformes de Ferrán, por los cuales ascendía el vírgula á la categoría botánica de las peronosporas, representaban, con otras formas aliadas, simples cristales precipitados en los caldos, y de que los oogonos, aparatos de reproducción señalados en el vírgula por el mismo autor, constituían formas monstruosas ó degenerativas aparecidas en los terrenos esquilmados.

Acerca de este último punto, es decir, tocante á los procesos regresivos observables en el protoplasma del bacillus comma senil, ó que se cría en medios pobres en substancias nutritivas, publiqué ulteriormente una comunicación en La Crónica Médica, de Valencia (Contribución al estudio de las formas involutivas y monstruosas del coma-bacilo de Koch, 20 de Diciembre de 1885), en donde se demostraba el carácter francamente degenerativo, no sólo de los oogonos de Ferrán, sino de los pretendidos esporos de Hueppe, Ceci, etc.[9].

Excusado es decir que todas estas modestas contribuciones teórico-experimentales pasaron inadvertidas por los bacteriólogos. Eran aquellos tiempos harto difíciles para los españoles aficionados á la investigación. Debíamos luchar con el prejuicio universal de nuestra incultura y de nuestra radical indiferencia hacia los grandes problemas biológicos. Admitíase que España produjera algún artista genial, tal cual poeta melenudo, y copiosos danzantes de ambos sexos; pero se rechazaba hasta la hipótesis de que surgiera en ella un verdadero hombre de ciencia. Acaso contribuyeron algo al desdén con que entonces nos trataban los sabios, la inhábil actitud adoptada por Ferrán con los delegados extranjeros en el asunto de la profilaxis colérica, y los candorosos errores del médico tortosino en punto á la morfología y multiplicación del vírgula de Koch.

Microscopio Carl Zeiss de Cajal:   «... Al recibir aquel impensado obsequio, no cabía en mí de satisfacción y alegría...»
(imagen no mostrada en la edición original)

Con todo, si mi labor careció de eco en los Laboratorios de París y Berlín —y con ello no se perdió cosa mayor—, valióme, en cambio, un galardón material y espiritual de gran transcendencia para mi carrera. Agradecida la Diputación de Zaragoza al celo y desinterés con que trabajé por servirla, decidió recompensar mis desvelos, regalándome un magnífico microscopio Zeiss. Al recibir aquel impensado obsequio, no cabía en mí de satisfacción y alegría. Al lado de tan espléndido Statif, con profusión de objetivos, entre otros el famoso 1,18 de inmersión homogénea, última palabra entonces de la óptica amplificante, mi pobre microscopio Verick parecía desvencijado cerrojo[10]. Me complazco en reconocer que, gracias á tan espiritual agasajo, la culta Corporación aragonesa cooperó eficacísimamente á mi futura labor científica, pues me equiparó técnicamente con los micrógrafos extranjeros mejor instalados, permitiéndome abordar, sin recelos y con la debida eficiencia, los delicados problemas de la estructura de las células y del mecanismo de su multiplicación.

Dejo apuntado ya que la referida investigación sobre el cólera me trajo el gusto por la bacteriología y por el estudio de los problemas patológicos. Muchas veces me he preguntado si no hubiera sido mejor para mi porvenir moral y económico haber cedido á la sugestión de la moda, abandonando definitivamente, á ejemplo de muchos, la célula por el microbio. Ciertamente, no faltaban incentivos y razones para justificar un cambio de frente. El camino histológico me condenaba sin remisión á la pobreza, en compensación de la cual sólo brindaba, si lo recorría con fortuna, el frío elogio ó la tibia y razonable estima de dos ó tres docenas de sabios, harto más inclinados á la emulación que al panegírico; mientras que el camino de la bacteriología, menos trillado entonces y bordeado de tierras casi vírgenes, prometía al investigador afortunado inagotables veneros económicos, fama popular ruidosa, y acaso gloriosa epifanía. Ahí estaban como ejemplos vivos y emulaciones soberanas esos bienhechores de la humanidad, que antaño se llamaban Pasteur, Koch, Lister, y que hoy se llaman Behring, Roux, Ehrlich, Löffler, Schaudin, Grassi, Metchnikoff, etc.

Sin embargo, movido por mis inclinaciones, y sobre todo por motivos de índole económica, escogí al fin la discreta senda histológica, la de los goces tranquilos. Sabía bien que por angosta jamás podría recorrerla en carroza; pero me sentiría dichoso asistiendo en mi rincón, y en el olvido de todos, al espectáculo cautivador de la vida animal íntima, y escuchando embelesado, desde el ocular del microscopio, los rumores de la bulliciosa colmena que todos llevamos dentro. En cuanto á la razón económica aludida, no es otra que lo oneroso de los trabajos bacteriológicos.

La Histología es ciencia modesta y barata. Adquirido el microscopio, redúcese el gasto á reponer algunos reactivos poco dispendiosos, y á procurarse, de vez en cuando, tal cual rana, salamandra ó conejo. Pero la Bacteriología es ciencia de lujo. Su culto requiere toda una Arca de Noé de víctimas propiciatorias. Cada experimento encaminado á fijar el poder patógeno de un germen, ó la acción de toxinas y vacunas, exige una hecatombe[11] de conejos, conejillos de Indias, á veces de carneros y de mamíferos más corpulentos. Súmese á esto el dineral que cuesta la cría y reposición de tantos animales de experimentación, amén del gasto de gas indispensable al régimen de autoclaves y estufas de esterilización é incubación.

Tal fué la consideración, harto prosaica y terrena, que me obligó á guardar fidelidad á la religión de la célula y á despedirme con pena del microbio, al cual sólo de tarde en tarde, con ocasión de análisis periciales ó de investigaciones comprobatorias, me digné saludar, penetrado de ese afecto respetuoso, no exento de envidia, con que saludamos al amigo millonario, de quien nuestra inopia nos aleja irremediablemente.

Regresado, pues, á Valencia en Octubre de 1885, continué entregándome con pasión al análisis de los tejidos vivos. Fruto de aquella labor, que se prolongó dos ó tres años (de 1885 á 1888) fueron varias comunicaciones de Histología comparada concernientes: á la estructura del cartílago, de la lente del cristalino, y, sobre todo, de la fibra muscular de los insectos y de algunos vertebrados. Pecaría de ingrato y olvidadizo si no consignara ahora que en la nomenclatura y sistemática de los insectos y demás animales estudiados (batracios, reptiles, etc.), prestáronme inestimable concurso el ilustre naturalista Boscá, á la sazón Director del Jardín botánico de Valencia, mi excelente amigo Arévalo Vaca, Catedrático de Historia natural y el Dr. Guillén, distinguido médico naturalista.

Ocupábame también por entonces en la publicación de una obra extensa de Histología y técnica micrográfica, que salía por cuadernos. Su impresión corría á cargo del activo editor valenciano D. Pascual Aguilar, quien sin escatimar gastos había lanzado ya el primer fascículo (comprensivo de la Técnica micrográfica y Elementología), en Mayo de 1884[12].

Sosteníanme en esta empresa varios motivos: el deseo de reunir en haz todas las observaciones más ó menos originales recolectadas á campo traviesa[13] en los dominios histológicos; la conveniencia de disciplinar mi desbordante curiosidad, moldeándola en las rigideces de un programa fijado de antemano; y, sobre todo, el patriótico anhelo de que viera la luz en nuestro país un tratado anatómico que, en vez de concretarse á reflejar modestamente la ciencia europea, desarrollara en lo posible doctrina propia, basada en personal investigación. Sentíame avergonzado y dolorido al comprobar que los pocos libros anatómicos é histológicos, no traducidos, publicados hasta entonces en España, carecían de grabados originales y ofrecían exclusivamente descripciones servilmente copiadas de las obras extranjeras.

En contraposición con tan bochornosa costumbre, hija de tradicional pereza, mi libro había de contener solamente, según promesa solemne del prólogo, grabados originales y conclusiones deducidas de personales pesquisas. No me arredraban entonces la insuficiente preparación científica ni la penuria bibliográfica. Daba por seguro que, en mi impaciencia y aturdimiento de incipiente observador, habría de incurrir inevitablemente en equivocaciones y temeridades; mas, cegado por mi exaltación patriótica, prefería en todo caso el error propio al error ajeno, la hipótesis estrafalaria concebida por mí á la teoría ingeniosa, pero falsa ó insuficiente, sugerida por otros. Que en mi actitud mental entraba por mucho la infatuación y el orgullo... ¡quién lo duda! Pero este orgullo se coloreaba con los matices simpáticos del amor á la raza. Hoy siéntome satisfecho de aquellas gallardías. Que las cuestas á arriba hay que acometerlas á todo vapor, aprovechando como combustible hasta las malas pasiones, como sean dinamógenas[14]. Y en la investigación científica la cuesta es el empezar. Quédese el freno para más adelante, vencidas ya las grandes resistencias.

Á la citada obra estuve ahincadamente consagrado desde 1884 á 1888. Al acabarse, comprendía 203 grabados en madera, copiados de mis preparaciones, y ejecutados por un excelente artista valenciano y contaba con 692 páginas, de letra menuda. Agotada pronto la primera edición, contra mis previsiones, hubo de imprimirse la segunda en 1893, cuando yo me había trasladado á la Universidad de Barcelona. El editor Aguilar hizo, según noticias, un bonito negocio.

En vena de confidencias acerca de mis publicaciones de aquellos tiempos, no debo omitir ciertos artículos de popularización histológica que, bajo el título de Las maravillas de la Histología, aparecieron en La Clínica, semanario profesional de Zaragoza, dirigido por mi condiscípulo y amigo D. Joaquín Gimeno Vizarra. Algunos de estos artículos, desbordantes de fantasía y de ingenuo lirismo, fueron reproducidos y ampliados después en la Crónica de Ciencias Médicas de Valencia. Firmábalos el doctor Bacteria, pseudónimo terrible, que yo usaba para mis temeridades filosofico-científicas y las críticas joco-serias. Dejando aparte el estilo, inspirado en la manera frondosa y bejucal del gran Castelar —¡estilo Castelar sin Castelar!—, alentaba en dichos trabajitos el buen propósito de llamar la atención de los médicos curiosos sobre el encanto inefable del mundo, casi ignoto, de células y microbios, y de la importancia excepcional de su estudio objetivo y directo.

Al emborronar estas cuartillas tengo ante mí los precitados artículos. Perdone el lector mi vanidad senil si declaro que ahora, pasados treinta y tres años, hallo algún solaz en leer estas fervorosas expansiones científico-literarias. Dejando á un lado exageraciones de pensamiento é incorrecciones de forma, transciende de ellas algo como un aroma confortador de confianza juvenil y de fe robusta en el progreso social y científico. Hallo también atrayente cierto sentimiento de curiosidad frescamente satisfecha, y un fervor de pasión hacia el estudio de los arcanos de la vida, que en vano buscaríamos hoy en los escritos primerizos de la ponderada, equilibrada, circunspecta y financiera juventud intelectual.

Como muestra de mi estilo de entonces y de las ideas filosofico-biológicas que me seducían, voy á transcribir aquí algunos párrafos de los consabidos artículos de La Clínica.

Entre los espectáculos cautivadores que nos ofrece el microscopio, enumeraba:

«La contracción amiboidea ó protoplásmica, que permite al leucocito errante abrir brecha en la pared vascular, desertando de la sangre á las comarcas conjuntivas, á la manera del preso que lima las rejas de su cárcel; los campos traqueales y laríngeos, sembrados de pestañas vibrátiles que, por virtud de secretos impulsos, ondean, cual campo de espigas, al soplo de brisa vernal; el incansable latigueo del zoospermo, corriendo desalentado hacia el óvulo, imán de sus amores; la célula nerviosa, la más noble casta de elementos orgánicos, extendiendo sus brazos de gigante, á modo de los tentáculos de un pulpo, hasta las provincias fronterizas del mundo exterior, para vigilar las constantes asechanzas de las fuerzas fisico-químicas; el óvulo, con su sencilla y severa arquitectura, guardando el secreto de las formas orgánicas y cuyo protoplasma se asemeja á la nebulosa donde bullen en germen mundos innumerables, que se desprenderán en futuros anillos; la geométrica arquitectura de la fibra muscular (especie de complicadísima pila de Volta), donde, á semejanza de la locomotora, el calor se transforma en fuerza mecánica; la célula glandular que, por sencilla manera, fabrica los fermentos de la química viviente, consumiendo generosamente su propia vida en provecho de los demás elementos sus hermanos; las células adiposas, modelo de economía doméstica, quienes en previsión de futuras escaseces, reservan los alimentos sobrantes del festín de la vida para utilizarlos en las huelgas orgánicas y en los grandes conflictos nutritivos... Todos estos fenómenos, tan varios, tan maravillosamente coordinados, atraen con seducción irresistible, y su contemplación inunda nuestro espíritu de satisfacciones tan puras y elevadas como perdurables.»

Para ver de cerca é intimar efusivamente con los protagonistas de tan sorprendentes fenómenos, añadíamos: «Venid con nosotros al laboratorio del micrógrafo. Allí, sobre la platina del microscopio, desgarrad el pétalo de una flor, sin consideración á su hermosura ni á su aroma: arrancad después una parcela de los tejidos animales; disociadla sin piedad, aunque las fibras contráctiles palpiten y se estremezcan al contacto de las agujas. Asomaos después á la ventana del ocular, y... cosa notable, resultado estupendo, la hoja del vegetal como el tejido del animal os revelarán por todas partes una construcción idéntica: especie de colmena formada por celdillas y más celdillas, separadas por una argamasa intersticial poco abundante, y albergando en sus cavidades, no la miel de la abeja, sino la miel de la vida, bajo la forma de una materia albuminoide, semisólida, granulosa, cuyo seno encierra un pequeño corpúsculo: el núcleo.»

«Examinad ahora una gota de saliva, un poco del epitelio que cubre vuestra lengua, una gota de vuestra sangre, el moho de las materias orgánicas en descomposición, etc... y siempre la misma referida arquitectura: células y más células, más ó menos transformadas, repitiéndose con monotonía y uniformidad abrumadoras.»

«Esta tenacidad de composición de los tejidos orgánicos, en el líquido como en el sólido, así en el músculo como en el nervio, en el tallo como en la flor; esta repetición fastidiosa del mismo tema estructural constituye la verdad primordial de la histología; el hecho básico sobre que se funda la grandiosa y transcendental teoría celular de Schwann y de Virchow.»

Expongo después el aspecto fisiológico de tan soberana concepción, y me pregunto: «¿Será posible que dentro de nuestro edificio orgánico habiten innumerables inquilinos que se agitan febriles, á impulsos de espontánea actividad, sin que nos percatemos de ello? ¿Y nuestra tan decantada unidad psicológica? ¿En qué han venido á parar el pensamiento y la conciencia con esta audaz transformación del hombre en un polípero?... Cierto que pueblan nuestro cuerpo millones de organismos autónomos, eternos y fieles compañeros de glorias y fatigas, cuyas alegrías y tristezas son las nuestras; y cierto que tan próximas existencias pasan desapercibidas del yo; pero este fenómeno tiene fácil y llana explicación si consideramos que el hombre siente y piensa por sus células nerviosas, y que el no yo, el verdadero mundo exterior comienza ya para él en las fronteras de las circunvoluciones cerebrales.» (Aquí late en germen y obscuramente la hipótesis formulada después por Durand de Gross y Forel acerca de la existencia de conciencias medulares y ganglionares múltiples, ignoradas del yo, el cual representaría la conciencia privilegiada y autocrática de las células cerebrales).

Harto influído por las ideas de Häckel y Huxley y por la poco afortunada teoría del plason, de Claudio Bernard, me declaraba partidario, en principio, de la generación espontánea, pese á los experimentos de Pasteur, que hallaba concluyentes solamente por lo que toca al origen de la vida actual.

«¡Quién sabe —exclamaba, lleno de ingenuo optimismo,— si los sabios del porvenir demostrarán algún día que el Génesis de la vida, que las tradiciones de los pueblos nos pintan con poéticos colores cual obra de un Creador omnipotente, surgida en el grandioso teatro de una naturaleza virgen, bajo los rayos de un sol joven y como nunca esplendente y entre los hosanas de los ángeles y querubines... quién sabe, repito, si la ciencia logrará probar que la vida tuvo más humildes orígenes, iniciándose en los tenebrosos senos del mar, sin más protagonista que los átomos con su perpetuo palpitar, sin más testigos que las fuerzas fisico-químicas!...»

En otro artículo señalo, acaso por primera vez, un concepto que ha tenido después en Alemania sabios y autorizados intérpretes: el de la concurrencia y lucha intercelular dentro del organismo.

«¿Quién osará negar que existe una severa competencia de carreristas en los zoospermos, que, para dar cima al acto supremo de la fecundación, vuelan en denso enjambre hacia el óvulo? Sólo uno de ellos, el más fuerte, ó el más afortunado, sobrevivirá á la destrucción irrevocable para sus compañeros más perezosos. No más él rasgará el misterioso velo de la membrana vitelina, y se unirá al fin, despojado de su cola degradante y en conjugación sublime, con el núcleo femenino. De este ósculo de amor brotará la innumerable progenie de células del organismo. Pero sólo aquel zoospermo privilegiado alcanzará el alto honor de perpetuar la raza y de conservar y transmitir, cual nueva vestal, el fuego sagrado de la vida...»

Señalábamos después la rigurosa concurrencia nutritiva de las células de un mismo tejido, las luchas homéricas libradas entre los elementos semiasfixiados de los territorios inflamados, ó de los elementos amenazados por la invasión de los tumores. Y, en fin, independientemente de Metchnikoff, hablábamos «de las reacciones de las células contra los gérmenes animales ó vegetales que pululan por la atmósfera y penetran en el organismo; de la guerra incesante librada entre lo pequeño y lo grande; entre lo visible y lo invisible, etc.»

Mas para atenuar la crudeza de esta desconsoladora verdad (la lucha universal), añadimos que «así como en toda nación civilizada la concurrencia vital se extingue ó se atenúa en gran parte por la división del trabajo, que hace á los ciudadanos solidarios en sus intereses y aspiraciones, también en el estado orgánico, gracias á la previsión de las células nerviosas y al citado reparto profesional y, en fin, á la supresión del ocio y de la excesiva libertad individual, etc., la lucha desaparece ó se dulcifica, mostrándose no más cuando la alimentación comunal (de órganos ó células) se compromete gravemente por causas interiores ó exteriores.»

En otro pasaje hacía notar, en coincidencia con muchos biólogos y filósofos á quienes no había leído, que la naturaleza sólo se preocupa de la vida de la especie. «Una existencia, por grande que sea, aun realzada por el prestigio de la idea, aun ennoblecida por los fulgores del genio, nada significa á los ojos de la Naturaleza. Que todo un pueblo sucumba; que razas enteras sean aniquiladas en la lucha por la vida; que especies zoológicas antes pujantes sean inmoladas en la bárbara batalla, poco importa al principio director del mundo orgánico... Lo importante es ganar la contienda, tocar la meta final objeto de la evolución orgánica.»

¿Cuál es esta finalidad, caso de existir? ¡Profundo misterio!

En otro artículo nos consolábamos de la impenetrabilidad del tremendo arcano y de la inexorabilidad de la muerte individual, proclamado la eternidad y continuidad del protoplasma, es decir, de lo que, después de nosotros, llamó Weissmann plasma germinativo.

«Consolémonos, considerando que si la célula y el individuo, sucumben, la especie humana y, sobre todo, el protoplasma, son imperecederos. El accidente muere, pero la esencia, ó sea la vida, subsiste. Estimando el mundo orgánico como un árbol cuyo tronco fué el primer protoplasma, cuyas ramas y hojas forman todas las especies nacidas después por diferenciación y perfeccionamiento, ¡qué importa que algunas ramitas se desgajen á impulsos del vendabal, si el tronco y la matriz protoplasmática subsisten vigorosos; prometiendo retoños de cada vez más hermosos y lozanos!... No hay, pensándolo bien, organismos progenitores y producidos, ni individuos independientes, ni vivos ni muertos, sino una sola substancia, el protoplasma, que llena el mundo con sus creaciones, que crece, se ramifica, se moldea temporalmente en individuos efímeros, pero que nunca sucumbe. En nuestro ser se agita aún aquel viejo protoplasma del archiplason (es decir, la primera célula aparecida en el cosmos), punto de partida quizás de toda la evolución orgánica.»

(Es curiosa la coincidencia de esta doctrina pseudopanteísta con algunas lucubraciones posteriores de Weissmann, Le Dantec y otros).

«Este protoplasma llenó con sus creaciones el espacio y el tiempo; él se arrastró en el gusano, vistióse de irisados colores en el vegetal, adornóse con la radiante corona del espíritu en el mamífero. Comenzó inconsciente y terminó consciente. Fué esclavo y juguete de las fuerzas cósmicas y acabó por ser el látigo de la naturaleza y el autócrata de la creación.» (Adviértanse también singulares concordancias con las conocidas ideas de Schopenhauer y Hartmann, Spencer, etc., á quienes no había leído todavía. ¿Es que llegó hasta mí algún resumen de la filosofía de lo Inconsciente ya entonces publicada? No lo recuerdo).

«¿Á dónde va la vida? nos preguntamos en otro pasaje del mismo atrevido artículo. `'¡Cualquiera lo sabe!... Pero entonces creíamos probable que la evolución tiende á producir formas de cada vez más perfectas, más progresivas, siquiera no viéramos muy claro el concepto de perfección.»

«¿Ha llegado á la meta y agotado su fecundidad en el organismo humano ó guarda en cartera proyectos de más elevados organismos, de seres infinitamente más espirituales y clarividentes, destinados á descorrer el velo que cubre las causas primeras, y acabando con todas las obscuras polémicas de sabios y filósofos? (¿Quién no ve aquí en esbozo la teoría del superhombre, defendida posteriormente por Nietzsche?)»

«¡Quién sabe!... —continuábamos—. ¡Acaso ese protoplasma semidiós fenecerá también, en aquel triste día apocalíptico, en que la antorcha solar se apague, el rescoldo central de nuestro globo se enfríe y no queden sobre su corteza sino fúnebres despojos é infecundas cenizas!... ¡Día horrendo, soledad angustiosa, noche obscurísima aquella en la cual se apague con la luz de nuestro Universo la luz del pensamiento! ¡Pero no... esto es imposible!... ¡Aquel protoplasma soberano, cuyas creaciones abrumaron el espacio, que taladró cordilleras, que transformó los mares y continentes, que jugó con el viento, con el vapor y con el rayo, que esculpió el planeta para hacer de él un palacio digno de su grandeza, y subyugó las fuerzas naturales, convirtiéndolas en esclavos de sus caprichos..., no puede morir!... Cuando nuestro miserable planeta se fatigue y la fría vejez haya consumido el fuego de su corazón, y la tierra se torne cual páramo helado, y el sol enrojecido y muriente amenace sumirnos en tinieblas eternas..., el protoplasma orgánico habrá tocado la perfección de su obra. ¡Entonces el rey de la Creación abandonará para siempre la humilde cuna que meció su infancia, asaltará audazmente otros mundos y tomará solemne posesión del Universo!...»

¡Bien se ve que no había leído á Clausius ni conocía las fatídicas predicciones de la termo-dinámica!... ¡Ante mi optimismo candoroso quédase en mantillas el de Metchnikoff, quien en libro reciente (Estudios sobre la naturaleza humana) sólo promete á la especie humana, para cuando las neuronas aprendan á defenderse mejor de los fagocitos y toxinas intestinales, una senectud tranquila, plácida y exquisitamente adaptada á la idea de la muerte!... Adelantándome en muchos años á las tan decantadas fantasías de Wells, daba yo por misión fundamental de la evolución, la eternidad de la vida y la conquista intelectual y material del Cosmos... Excusez du peu![15]...


EDICIÓN   Imprenta y Librería de Nicolás Moya, Madrid 1917
Fuente: Project Gutenberg (dominio público)
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1 Biblioenlaces[editar]

1.1 Índice del libro

TOMO II
Historia de mi labor científica

Dos palabras al lector  •  1. Me preparo para oposiciones a cátedras  •  2. Caigo enfermo con una afección pulmonar grave  •  3. Mi traslación a Valencia  •  4. Decido publicar mis trabajos en el extranjero  •  5. Mi traslación a la Cátedra de Histología de Barcelona  •  6. Algunos detalles tocantes a mis trabajos de 1888  •  7. Excesiva reserva de los sabios acerca de mis trabajos  •  8. Mi actividad continúa en aumento  •  9. Trabajos de 1891  •  10. Mi traslación a la Corte  •  11. Peligros de Madrid para el hombre de laboratorio  •  12. La Sociedad Real de Londres me encarga la Croonian Lecture  •  13. Mis trabajos durante los años 1894, 1895 y 1896  •  14. Las teorías y los hechos  •  15. Mi producción en 1898 y 1899  •  16. Mi labor durante los años 1899 y 1900  •  17. Invitado por la Universidad Clark  •  16 bis. Aquejado de una crisis cardíaca, resuelvo vivir en el campo  •  17 bis. Congreso médico internacional de 1903 celebrado en Madrid  •  18. Mis hallazgos con la nueva fórmula de impregnación argéntica  •  19. Trabajos del trienio 1905 a 1907  •  20. Honores y recompensas extraordinarios  •  21. Trabajos efectuados entre 1907 y 1917  •  22. Continúa la exposición de los trabajos del último decenio  •  23. Epílogo. Mi actividad docente y la multiplicación espiritual

Índice de la obra (dos volúmenes)

1.2 Biblioteca

Catálogo  •  Ayuda

2 Locuciones y expresiones[editar]

Artículo principal: locución
  • quitar los moños a alguien: bajarle los humos, disputarle la posición o el cargo, rivalizar (locución verbal).
... el nuevo colega no venía a quitar moños á nadie, ni en la esfera académica ni en la arena del ejercicio profesional...
... recolectadas á campo traviesa en los dominios histológicos...


notas

  1. Valencia, la Atenas española (→ Sobrenombres de ciudades y lugares)
  2. quitar moños a alguien: locución
  3. microtomo, de micro-, pequeño, y -tomos, que corta: instrumento para cortar láminas muy finas que puedan ser observadas al microscopio.
    (base compositiva culta).
  4. bacillus comma, Yes check.svgcomma bacillus: expresión inglesa para el Vibrio cholerae, la bacteria causante del cólera.
  5. tortosino, na: gentilicio de Tortosa (Tarragona).
  6. 6,0 6,1 6,2 vírgula: el vibrión colérico, Vibrio Cholerae, tiene forma de coma o vírgula más o menos curvadas.
  7. Red x.svgmisoneistas y Red x.svgfiloneistas / Yes check.svgmisoneístas y Yes check.svgfiloneístas: hiatos de vocal cerrada tónica, acentuada.

    Red x.svg/mi.so.neis.ta/,   Yes check.svg/mi.so.ne.ís.ta/
    Red x.svg/fi.lo.neis.ta/,   Yes check.svg/fi.lo.ne.ís.ta/

    Son antónimos: el misoneísta recela de los cambios, mientras que el filoneísta es un ferviente partidario de los mismos.

  8. (nota 18 del autor) Casi todos los autores atribuyen á dos bacteriólogos americanos, MM. Salmon y Smith (On a new method of producing inmunity from contagious diseases. Proceed. of the Biol. Soc. of Washington, 22 Febrero 1886) el honor de haber probado la posibilidad de vacunar á los animales mediante la inoculación de cultivos muertos. Séanos lícito recordar que tal demostración fué aportada primeramente por nosotros en Septiembre de 1885. Por entonces también anunciaron Ferrán y Pauli haber resuelto el mismo problema; mas como no declararon en 1885 en qué consistía el modo de fabricación de su vacuna, que sólo divulgaron más tarde en los Compt. rend. de la Acad. de Sciences (sesión del 18 de Enero de 1886), mi prioridad no puede ofrecer la menor duda.
  9. (nota 19 del autor) Entre los varios autores que, inconscientemente, confirmaron estos estudios, citaremos por ejemplo á Podwyssowsky (Centralblatt für pathol. Anat., etc., Bd. 1893), quien describe y dibuja exactamente, ocho años después que nosotros, las mismas degeneraciones del protoplasma bacteriano, así como las formas esféricas del microbio, adoptando enteramente nuestra interpretación.
  10. mi pobre microscopio Verick parecía desvencijado cerrojo: su primer microscopio, que había adquirido con lo ahorrado en Cuba (Tomo II, Cap. 1 imagen)
  11. hecatombe, del griego hekatón, «cien», y boũs, «buey»: sacrificio religioso de cien bueyes. De ahí se generalizó a 'matanza', 'gran mortandad'.
  12. (nota 21 del autor) Cajal: Manual de Histología normal y técnica micrográfica. Valencia. Editor: Pascual Aguilar, 1884-1888.
  13. a campo traviesa: locución
  14. dinamógeno, na, del griego dýnamis 'fuerza' y ‒geno 'crear': vigorizante, estimulante (base compositiva culta).
  15. Excusez du peu! (francés): ¡ahí es nada!