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RECUERDOS DE MI VIDA
Santiago Ramón y Cajal (1852-1934)
TOMO I    Mi infancia y juventud

CAPÍTULO XXIV
Mis distracciones en San Isidro. — La danza de negros y el arpa del saboyano. — Se agrava mi enfermedad y se deniega mi solicitud de abandonar temporalmente la Trocha. — Pido mi licencia absoluta. — Gracias a la supresión de la Trocha, logro abandonar mi destino. — Un mes en el hospital de San Miguel.


La temporada transcurrida en San Isidro, aparéceseme hoy borrosa y gris como mirada al través de espesa niebla. Mi situación era por cada día más lastimosa. La mayoría de mis horas consumíanse en el lecho, sin más consuelo y asistencia —vamos al decir— que los prodigados por un practicante (el de los chanchullos) que me detestaba cordialmente. No obstante la quinina, el tanino y opio (para la disentería), mis alivios eran fugaces, episódicos; la ansiada mejoría parecía alejarse indefinidamente, burlando mis esperanzas. Por primera vez comencé a dudar de los recursos defensivos de mi organismo. En las horas melancólicas en que, arrastrándome del lecho, podía respirar el aire libre y presenciar el ajetreo de las gentes, ¡con cuánta envidia miraba la robusta salud de los negros, los inconscientes obreros de la Trocha!... A ratos, aquella ola de vida y alegría desbordantes parecíame algo así como una insolencia...

Aquellos africanos traídos a Cuba por buques negreros, nos daban lección de paciencia y resignación. Lejos de sentir nostalgias por la patria lejana, celebraban regocijadamente sus fiestas, entregándose a zambras alegres y cánticos salvajes.

Era la danza de las negradas espectáculo singular y atrayente. Mientras ciertas parejas, medio desnudas, bailaban incesantemente bajo un sol de fuego, otros cimarrones marcaban el compás, golpeando sobre largos tambores labrados en troncos de árbol. De vez en cuando, una voz chillona y selvática entonaba sencillo estribillo, traducción acaso de algún viejo canto aprendido en los bosques africanos. Por su repetición, grabóse indeleblemente en mi memoria el siguiente:

«Yo fuí quien maté el caimán,
Caimán...
Caimán...
Yo fuí quien maté el caimán.»

Y así sucesivamente durante ocho o diez horas. Un coro de gritos salvajes saludaban al cantante al terminar cada estrofa.

Aquellos danzantes bárbaros poseían músculos de acero. El sudor corría a raudales por su piel de ébano y el sol arrancaba a sus relieves musculares reflejos metálicos. Lejos de amansar su fogosidad, tan formidable ajetreo parecía estimularles. En algunas parejas, el crescendo de piruetas, contorsiones y gestos eróticos llegaba al frenesí. De seguro que ningún europeo habría resistido la mitad de aquel violentísimo ejercicio.

Entre nuestras distracciones de San Isidro figuraban también conciertos de arpa. Mas esto exige volver atrás, consignando un antecedente.

Por aquella época, la Isla de Cuba[1] era sima de soldados. Y como la recluta voluntaria para Ultramar resultaba de cada vez más premiosa, apelaron los banderines de enganche de la Península a todo linaje de ardides, aun los más abusivos y vituperables. A tal propósito, agentes reclutadores sin escrúpulos frecuentaban garitos y tabernas, y comprometían, previa la correspondiente borrachera, a cuantos extranjeros jóvenes caían en sus redes. Así fueron a Cuba muchos mozos saboyanos, infelices artistas, que por la citada época recorrían España cantando, al son del arpa, el himno de Garibaldi.

Uno de estos desventurados italianos dió con sus huesos en la enfermería de San Isidro. Padecía de hepatitis e hidropesía, y en su rostro ictérico mostrábase además el sello del paludismo crónico. Ignoro cómo, durante su azarosa peregrinación al través de la Isla, había logrado conservar el precioso instrumento musical, junto al cual solía dormir en la enfermería, receloso de que se lo arrebataran. Este soldado músico era mozo servicial y amable, y cuando le dejaba la fiebre, nos obsequiaba con conciertos al aire libre. Al complacernos, además de nuestra gratitud granjeaba algunos pesos que economizaba para el ansiado día de la repatriación.

Aún parece que le veo a la luz de la luna, amarilla la faz, abatida y triste la mirada, con el vientre hidrópico, rasgo morboso que le daba aspecto trágicamente grotesco. Puesto en el centro del corro, y apoyando su debilidad en el tronco de un árbol, lanzaba al aire con gusto y sentimiento, que nuestra hambre musical convertía en exquisitos, romanzas de Rossini y Donizetti, canciones napolitanas y aires saboyanos impregnados de penetrante melancolía. Más de una vez, gracias al humilde aventurero, olvidaba yo las tristezas de mi situación y confortaba el ánimo con las gratas emociones del arte.

Dejo apuntado más atrás, que mi dolencia tendía a empeorar. En los seis o siete meses pasados en San Isidro gocé solamente fugacísimos alivios. El hígado y el bazo mostraban tumefacción alarmante, y la temible hidropesía se iniciaba. En vano suplicaba a mi jefe técnico el doctor Grau una licencia temporal. «Carezco de personal, contestaba siempre. Resista usted cuanto pueda; cuando disponga de gente de refresco, haré un esfuerzo por reemplazarle.»

Mis esperanzas empezaban a nublarse ante aquella actitud de resistencia que tenía todo el aspecto de abandono despiadado. Y acabé por pensar que para salvarme era de todo punto preciso sustraerme lo antes posible a los efectos de aquella atmósfera deletérea.

Pero ¿cómo?... En mi situación desesperada, sólo percibí un remedio: pedir la licencia absoluta por enfermo, es decir, renunciar a la carrera militar y reintegrarme a la Península. Elevé, pues, una instancia al Capitán general, por conducto de las autoridades sanitarias de Puerto Príncipe; y cuando esperaba ansiosamente el resultado, informóme un amigo de que en la capital del Camagüey se negaban a tramitar mi solicitud. Mi piadoso jefe el doctor Grau creyó, sin duda, que mi decaído organismo podría tirar unos meses más...

Debo la vida a cierto caballeroso brigadier, de cuyo nombre, ¡oh ingratitud!, no puedo hacer memoria. Dejo expuesto ya que las trochas como recurso defensivo habían caído en descrédito, si bien nadie quería cargar con la responsabilidad de suprimirlas. Por iniciativa del Capitán general, efectuóse al fin una jira de inspección a dichas líneas militares. Y el citado brigadier, a quien tocó visitar la del Bagá o del Este, donde yo me encontraba, impresionóse tan vivamente al reconocer el mal estado de los soldados y la muchedumbre de enfermos inútiles, que ordenó destruir inmediatamente los fortines y retirar las guarniciones. Compadecido de mi estado, y noticioso de que mi solicitud de licencia habíase atascado, quizás intencionadamente, en la capital del distrito, tomó sobre sí el encargo de cursarla personalmente, prometiéndome además acelerar todo lo posible la resolución del Capitán general.

Disuelta la trocha del Bagá, fueron los enfermos concentrados en diversos hospitales, singularmente en el de San Miguel, adonde fuí yo a parar, esta vez no como médico director, sino como modesto caso clínico.

Allí, en un destartalado pabellón destinado a los oficiales enfermos, pude una vez más reconocer la irremediable ineficacia de la caridad oficial. Aun en los establecimientos benéficos mejor organizados, el doliente siéntese siempre algo abandonado material y espiritualmente; fáltale siempre esa tierna y vigilante solicitud de que sólo la madre o la esposa poseen el secreto. Por imperio del hábito, hermanas de la caridad, enfermeros y practicantes adquieren pronto cierta insensibilidad ante el dolor ajeno, amén del acompasamiento rutinario que el egoísmo del enfermo atribuye a la indiferencia o al despego. Además, el paciente ansía privilegios; quisiera ser foco de la general preocupación; hallar, en fin, en torno suyo el suave afecto de sensibilidades vírgenes, no embotadas aún por la diaria batalla contra el dolor. Pero ello es casi imposible, como lo es también que las angustiosas peripecias de la enfermedad se ajusten a los horarios administrativos.

Por mi parte, acostumbrado a ser bastante mal atendido en San Isidro, soportaba con relativa resignación mi soledad sentimental. No así mis vecinos inmediatos, entre ellos cierto teniente coronel, de carácter violento, el cual juraba y se exasperaba cuando las hijas de la caridad no acudían inmediatamente a sus apuros. En su irritación, dicho jefe —enfermo de tuberculosis grave— dió en la manía de llamar a tiros de revólver... Por cierto que al oir la primera vez el estampido, creímos todos que se había suicidado o que había herido a algún enfermero demasiado gandul. Yo procuraba calmarle y, en la medida de mis posibilidades físicas, acudía a sus llamadas para apagar su sed devoradora y administrarle medicinas.

Transcurridas algunas semanas, mejoré lo bastante para abandonar el Hospital y trasladarme a Puerto Príncipe. Gracias a mi brigadier bienhechor, la nueva instancia había surtido efecto. Mas para obtener la licencia absoluta a título de inutilizado en campaña, era requisito inexcusable sufrir reconocimiento facultativo. Efectuóse, pues, en Puerto Príncipe, dando por resultado el diagnóstico de caquexia palúdica grave, incompatible con todo servicio.

Cumplida tal formalidad, y noticioso de que el Capitán general accedía al adelanto de la licencia, tomé la vuelta de la Habana, donde debía cobrar mis atrasos, obtener el pasaporte y esperar el vapor.

Como inutilizado en campaña tenía derecho a pasaje gratuito. Pero mis apuros económicos eran grandes. Se me debían ocho o nueve pagas. A causa de la orgía administrativa reinante, corría riesgo de pasar en la Habana un par de meses, ocupado en la liquidación de mis haberes, cuando precisamente mi estado exigía la más rápida repatriación.

A fin de prevenir tan grave contratiempo, un mes antes tuve la previsión de escribir a mi padre. En la carta pintábale sinceramente mi aflictiva situación y le rogaba el envío de dinero. Llegada la letra, y ya más tranquilo, consagréme a gestionar del Habilitado el cobro de mis atrasos. Al pronto rehusó pagarme, a pretexto de que la consignación del último trimestre no había sido hecha efectiva; pero, a fuerza de súplicas y porfías, conseguí liquidar mis haberes, no sin dejar en las garras del aprovechado funcionario un 40 y hasta un 50 por 100 del importe de aquéllos. Así y todo junté cerca de 600 pesos, con que enjugué pequeñas deudas, y adquirí lo necesario para el viaje de retorno.


EDICIÓN   Imprenta y Librería de Nicolás Moya, Madrid 1917
Fuente: Project Gutenberg (dominio público)
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1 Biblioenlaces[editar]

1.1 Índice del libro

TOMO I
Mi infancia y juventud

Advertencia al lector  •  1. Mis padres  •  2. Excursión tardía a mi pueblo natal  •  3. Mi primera infancia  •  4. Mi estancia en Valpalmas  •  5. Ayerbe  •  6. Desarrollo de mis instintos artísticos  •  7. Mi traslación a Jaca  •  8. El padre Jacinto, mi dómine de latín  •  9. Continúan mis distracciones  •  10. Mi regreso a Ayerbe  •  11. Dispone mi padre llevarme a Huesca a continuar mis estudios  •  12. Mis nuevos compañeros de algaradas  •  13. Las vacaciones  •  14. Mi padre me acomoda de aprendiz en una barbería  •  15. Inquina de mi catedrático de griego  •  16. Vuelta al estudio  •  17. El ferrocarril y la fotografía, dos inventos que me causaron indecible asombro  •  18. Revolución de septiembre en Ayerbe  •  19. Comienzo en Zaragoza la carrera médica  •  20. Mis catedráticos de Medicina  •  21. Continúo mis estudios sin grandes mortificaciones  •  22. Recién licenciado en Medicina, ingreso en el cuerpo de Sanidad Militar  •  23. Llegada a La Habana  •  24. Mis distracciones en San Isidro  •  25. Me traslado a La Habana, donde recaigo de mi dolencia

Índice de la obra (dos volúmenes)

1.2 Biblioteca

Catálogo  •  Ayuda

2 Locuciones y expresiones[editar]

Artículo principal: locución


notas

  1. Red x.svgIsla de Cuba, Yes check.svgisla de Cuba (→ mayúsculas y minúsculas)