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Libros de caballerías

PALMERÍN DE INGLATERRA
Francisco de Moraes (1500-1572)

CAPÍTULO CUARTO
Primaleón


El gigante Dramusiando, tanto que tuvo a don Duardos en su prisión, supo de su tía Eutropa que a su fortaleza vendría un caballero que le prendería o le mataría a él; y porque tenía sus cosas por ciertas vivía con tanto cuidado, que esto le hacía usar de mayores cautelas de lo que hasta allí hacía; y como entonces la fama de los temidos gigantes Daligán de la Escura Cueva y del temido Pandaro fuese tan sonada que sólo con los nombres hacían espanto, tuvo manera que con grandes promesas los trujo para fortalecer su castillo, ordenando que cada uno de los que allí viniesen a la entrada de la puerta justase primero con don Duardos, y a la salida della hobiesen batalla con el temido Pandaro y venciéndole se combatiesen con Daligán de la Escura Cueva; y siendo el caballero tal que todas estas afrentas pasase a su honra, que hobiese batalla con el mesmo Dramusiando, que era tal, que si no fuera por las palabras de su tía, bien creyera que ninguna ayuda le era necesaria para defender su castillo y ofender a cuantos a él viniesen.

Una tarde aportó en aquel valle el muy esforzado príncipe Primaleón, cansado de las muchas aventuras que por él pasaron y muy triste porque ninguna della fué tal que le diesen nuevas de don Duardos. Venía en un caballo morcillo, vestido de armas de verde y leonado, trayendo ocupados los ojos en la suavidad que aquellos árboles y corrientes de aguas hacían a quien a vista della caminaba; y así allegó a la puente al tiempo que don Duardos acababa de enlazar el yelmo y de tomar una gruesa lanza; estaba en un hermoso caballo alazán del gigante, armado de armas negras sembradas de fuegos, en el medio dellas unos corazones que ardían; en el escudo, en campo negro, la tristeza, puesta por tal arte, que ella misma enseñaba su nombre a quien no la conocía. Primaleón, que así le vió, le dijo:
  —Señor caballero, ¿no daréis licencia a quien desea ver esa fortaleza que lo pueda hacer sin pasar por la furia de vuestras manos?
  —La costumbre de la entrada os diré —dijo don Duardos—, y es que habéis de justar conmigo; y si me venciéredes, pasares por otros peligros dudosos, y entonces podréis ver lo que deseáis.

Dicho esto, apartándose lo necesario se encontraron con tanta fuerza, que las lanzas volaron en menudas piezas; y tomando otras dos lanzas muy más gruesas que las otras, pasaron la segunda y tercera y cuarta carrera sin ninguno llevar ventaja; mucho se espantaron de la fortaleza uno del otro, mas a la quinta se toparon de los cuerpos con tanta fuerza, que juntamente vinieron al suelo; mas como en entramos hobiese tanto ánimo, luego se levantaron. Primaleón, con gran coraje de se ver así caer, echó mano a su espada, y embrazando su escudo se vino para don Duardos. Mas don Duardos, como hobiese probado muchos caballeros y ninguno tanto le había durado en la silla como aquél y le había así derocado, púsole luego en muy gran sospecha lo que podría ser y oyéndole hablar conoció verdaderamente ser aquel que había pensado, y apartándose afuera, le dijo:
  —Señor Primaleón, yerro sería pensar ninguno que en ninguna cosa se puede igualar con vos.

Primaleón le conoció en la habla, y dejando la espada le fué abrazar, mas en esto abrieron las puertas y Pandaro le llamó que se recogiese, que Dramusiando lo mandaba. Así que no tuvo tiempo para más que decille que se iba a su prisión. Primaleón se fué tras él, y a la entrada de la puerta el gigante le recibió armado de hojas de acero, de que todo venía cubierto; en la mano derecha traía una maza de hierro pesada y en la otra traía un escudo, cercado de arcos del mismo metal, diciendo:
  —Agora quiero ver si esfuerzo o maña os salvan de mis manos.
  —Mayor detenimiento —dijo Primaleón— sería querer responderte lo que esas palabras locas merecen que quebrar la soberbia con que son dichas.

Mas Pandaro bajaba ya con un golpe tal, que el escudo de Primaleón, en que dió, fué hecho piezas, de que quedó muy poco contento por no tener con qué se cubrir en tiempo de tanta necesidad, y tornándole con otro, tomó al gigante en descubierto por una pierna, con tanta fuerza que, no le valiendo las armas, le cortó gran parte della, de que Pandaro quedó tan lisiado que casi no se podía tener en ella, y acudiéndole con otros tan a menudo que lo hacía desatinar, y con tanta desenvoltura que ninguno que el gigante diese aprovechaba, que todos se los hacía perder. Dramusiando, que los miraba a una ventana, juntamente con don Duardos, le preguntó quién era aquel caballero; él se lo dijo con asaz tristeza por ver el estado en que su amistad le había traído, de que Dramusiando en saberlo quedó del todo contento. Pues tornando a la batalla, el temido Pandaro echó el escudo a las espaldas, y tomando la maza con dos manos, se fué contra su enemigo, hiriéndole con tanta fuerza, que allí fuera el fin de sus días si tan bien no se guardara, dándole luego el pago con golpes más ciertos, de que la maza con cuatro dedos de la mano cayó en el suelo. Pandaro se quiso abajar por ella, mas él le dió de las manos tan recio que dió con él en el suelo casi sin acuerdo, e quiriéndole meter la espada por la visera del yelmo, vió sobre sí aquel espantoso Daligán de la Escura Cueva, que le dixo:
  —A mí, a mí, caballero, que no a quien ya no se puede defender.

Primaleón, que vió tal contrario delante de sí, viendo que no tenía con qué resistiese sus fuertes golpes, se abrazó por el escudo de Pandaro, y cubriéndose con él, que muy pesado era, comenzaron entre sí otra batalla, tal que la primera, en comparación de ésta, parecía nada, porque como el gigante viniese holgado y fuese de los más fuertes del mundo, y como a Primaleón viniese a la memoria que en aquella fortaleza estaba don Duardos preso, peleaba tan animosamente que el patio por donde andaban estaba lleno de sangre que de entramos salía, puesto caso que el gigante andaba peor por la ligereza de Primaleón, que se le defendía trayéndole ya el escudo tan deshecho que no tenía con qué se amparar; y desta manera anduvieron en la batalla la mayor parte del día, trayendo cada uno tales heridas que el desfallecimiento de sangre que dellos salía hacía los golpes ser de menos fuerza; en este tiempo fué el gigante tan congojado y ahogado del trabajo de las armas que cayó como si fuera muerto. Primaleón, que así lo pensó, se sentó sobre un poyo, tan cansado de lo mucho que había hecho, que no podía menearse. Dramusiando, que vió el fin de la batalla, bajaba al patio al tiempo que Primaleón quería subir allá riba. Dramusiando le dijo:
  —Caballero, si quisiésedes haber duelo de vos, bien sería que os rindiésedes a mí y curaran de vuestras heridas, ganadas con tanta honra y que os ponen la vida en tanto peligro.

Negóse a ello Primaleón, y entonces el gigante arremetió a él con la espada alta, dándole tales golpes, que le hacía revolver a todas partes; Primaleón comenzóse a defender lo mejor que pudo, que para ofendello otro reposo le fuera necesario; la batalla fué entre ellos tal, que hacía olvidar las pasadas; mas los golpes del gigante eran tales, que adonde alcanzaban hacían tanto daño que las armas no lo podían resistir; y viendo la bondad de Primaleón, pesábale tanto velle morir, que, quitándose afuera, le dijo:
  —Ce, caballero, agora conocerás que más con voluntad de favorecer tus heridas que con miedo de tus fuerzas te cometí que dejases la batalla; vee si lo quieres hacer, si no esta espada será castigo de tu locura, porque la vida no se ha de dejar a quien della no se contenta.

Primaleón, poniendo los ojos en sí, y viendo sus armas rotas y así herido de muchas heridas, vinósele a la memoria su Gridonia, y con una soledad triste comenzó a sentir lo que ella dél sentiría; y dijo consigo mesmo:
  —Señora, hoy es el postrero día que vuestros cuidados me pueden dar que pensar; yo moriré en esta batalla, y ninguno dirá que con temor de la muerte perdí nada de mi honra. ¡Oh emperador Palmerín, cuán mal agora sabes el poco descanso que para tu edad te aparejo! ¡Oh mi señora Gridonia, este es el bien que la fortuna a vos y a mí tenía guardado! Mas agora ¿por qué no me acuerdo que en vuestro nombre cometí tan grandes cosas como ésta, y que en ellas quedé siempre con vitoria?

Y estas palabras le pusieron tamaño esfuerzo, que casi no sintiendo las heridas que tenía, se fué contra él gigante, diciendo:
  —Haz lo que pudieres, trabaja por defenderte, porque si hasta aquí peleaste comigo, agora con otras fuerzas y otro hombre te combates.

Y el gigante se fué a él, y comenzaron esta batalla tan diferente de las pasadas que don Duardos se espantaba de lo que vió, que a su parecer era la cosa más notable del mundo, en la cual anduvieron tanto que Dramusiando fué puesto en recelo de ser vencido, porque los golpes de Primaleón no parecían de hombre tan mal herido; mas como los del gigante no tuviesen resistencia, porque no tenía armas ni escudo con que se cubrir, fué puesto en tanta flaqueza, que casi no tenía fuerzas para sostener el espada, y lo que hacía era lo que el corazón le prestara, y ésta, como fuese sola y sin tener otra ayuda, dió con su señor en el suelo más muerto que vivo, con gran placer del gigante, y así como estaba le mandó llevar al aposento de don Duardos para que fuese curado, y primero que entendiese en la cura de su persona le hizo curar, porque, como se dijo, este Dramusiando fué el hombre que más deseó conservar la vida de los buenos caballeros que hubo en el mundo, por el poco temor que los tenía.


EDICIÓN   Instituto-Escuela. Madrid, 1924.
Fuente: Project Gutenberg (dominio público)
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1 Biblioenlaces[editar]

1.1 Índice del libro

Palmerín de Inglaterra

1. La floresta encantada  •  2. Los mellizos de Flérida  •  3. Desierto y Palmerín  •  4. Primaleón  •  5. El torneo  •  6. El Caballero de la Fortuna

1.2 Biblioteca

Catálogo  •  Ayuda

2 Locuciones, expresiones y sentencias[editar]

Artículo principal: locución


notas