Wikilengua
Ir a la navegaciónIr a la búsqueda


CAPÍTULO XVII
Dos inventos que me causaron indecible asombro: el ferrocarril y la fotografía. — Mi iniciación en los estudios anatómicos. — Saqueo macabro. — La memoria de las cosas y la de los libros. — La aurora del amor.


No deja de ser instructivo conocer la actitud del niño en presencia de las grandes invenciones de la ciencia. Este choque moral, sobre revelar tendencias intelectuales congénitas, pone de manifiesto la verdadera vocación.

Fué el ferrocarril, entonces novísimo en España, el primero de mis asombros[1]. Allá por los años de 1865 a 1866, debía yo trasladarme a Huesca, desde el pueblo de Sierra de Luna, donde habitaba mi familia. Acompañábame el abuelo paterno, un montañés rubio, casi gigante, de setenta y cinco años, admirable por su agilidad y su fuerza, quien, después de visitar a sus nietos, regresaba a Larrés para incorporarse al abandonado pegujal. Hasta la primera estación (la de Almudévar) el trayecto fué recorrido a caballo. (Dicho sea entre paréntesis, yo era entonces consumado jinete).

Mas para comprender lo que sigue importa exponer un antecedente. Meses antes ocurrió en la estación de Tardienta, según creo, horrible descarrilamiento, de que resultaron muchos muertos y heridos. Excusado es decir que el recuerdo de la catástrofe no se apartaba de mi ánimo, preocupándome seriamente. Y así, cuando apareció el tren, experimenté sensación de sorpresa mezclada de pavor. De buena gana hubiera retrocedido al pueblo. A la verdad, el aspecto del formidable artilugio era poco tranquilizador. Delante de mí avanzaba, imponente y amenazadora, cierta mole negra, disforme, compuesta de bielas, palancas, engranajes, ruedas y cilindros. Semejaba a un animal apocalíptico, especie de ballena colosal forjada con metal y carbón. Sus pulmones de titán despedían fuego; sus costados proyectaban chorros de agua hirviente; en su estómago pantagruélico ardían montañas de hulla; en fin, los poderosos resoplidos y estridores del monstruo sacudían mis nervios y aturdían mi oído. Al colmo llegó mi penosa impresión cuando reparé sobre el ténder dos fogoneros, sudorosos, negros y feos como demonios, ocupados en arrojar combustible al anchuroso hogar. Miré entonces a la vía y creció todavía mi alarma al reparar la desproporción entre la masa de la locomotora y los endebles, roñosos y discontinuos rieles, debilitados además por remaches y rebabas. Cuando el tren los pisaba parecían gemir dolorosamente, doblegándose al peso de la mole metálica. El valor me abandonó por completo...

Paralizado por el terror, dije a mi abuelo: «¡Yo no me embarco!... Prefiero marchar a pie...» Sin hacerme caso, mi colosal antepasado, quieras que no, me embutió en un vagón. Entráronme sudores de angustia. Un vaho de carne desaseada y mal oliente ofendió mis narices. Encontréme, barajado y como bloqueado, entre maletas, cestas, gallinas, conejos y zafios labriegos y aldeanas.

Por fortuna, a poco de arrancar el tren, fué disipándose el susto: la imagen del paisaje sirvió como derivativo a la emoción. Colgado a la ventanilla, contemplé embebecido la cabalgata interminable de aldeas grises, de chopos raquíticos, palos del telégrafo, trajinantes polvorientos y amarillos rastrojos. Y al fin, al ver cómo avanzábamos, me dí cuenta cabal de las ventajas de aquel singular modo de viajar. Llegados a Vicien[2], mi tranquilidad era completa.

En el referido terror al tren, que parecerá acaso un poco extraño, entraron dos elementos: de una parte, el enervador recuerdo del trágico descarrilamiento ocurrido meses antes; y de otra, ese miedo instintivo e irrefrenable hacia lo desconocido, cuando se presenta con aspecto imponente, característico de niños y salvajes. Trátase, según dicen los psicólogos, de un instinto humano primario, modificable, sin embargo, a impulsos de la razón y de la experiencia.

Más adelante, libre de emociones deprimentes, admiré la admirable creación de Watt y Stephenson, y percibí toda su enorme transcendencia social. Repitamos una idea, convertida actualmente en vulgarísimo lugar común, a saber: que éstas y otras ingeniosas creaciones de la ciencia (el telégrafo, el teléfono, la telegrafía sin hilos, la aviación, etc.), encierran la peregrina virtud de concentrar la experiencia, suprimiendo el espacio y el tiempo, rémoras de nuestra insaciable curiosidad, y de enriquecer la sensibilidad con series casi infinitas de nuevas y gratísimas sensaciones. Claro es que entonces no tenía sino el presentimiento, bastante obscuro, de tan grandiosas perspectivas.

Ante los crecientes milagros de la industria moderna, se me ocurre hoy esta duda: El pequeño cerebro humano, organizado en vista de una vida primitiva, sencilla y patriarcal, y adaptado para encerrar escaso número de imágenes y representaciones, ¿podrá soportar impunemente la sobreactividad febril a que le fuerzan tantas y tan variadas maneras de sentir, gozar y conocer?

La impresión producida por la fotografía ocurrió más tarde, creo que en 1868[3], en la ciudad de Huesca. Ciertamente años antes había topado con tal cual fotógrafo ambulante, de esos que, provistos de tienda de campaña o barraca de feria, cámara de cajón y objetivo colosal, practicaban, un poco a la ventura, el primitivo proceder de Daguerre. Según es sabido, las copias se obtenían sobre láminas de plaqué, y eran necesarios varios minutos de exposición.

Pero el daguerreotipo[4] se transformó rápidamente en la invención admirable de la fotografía al colodión húmedo. En este nuevo método, las materias fotogénicas empleadas eran el yoduro y bromuro de plata, extendidos sobre cristal, en delgadísima cutícula. Bastaban veinte o treinta segundos a la luz difusa brillante, para lograr un buen clisé. El retrato era ya fácilmente abordable. Además, habíase conseguido la inestimable ventaja de la multiplicación de las pruebas, ya que de una negativa se sacaban en papel cuantas positivas se desearan.

Gracias a un amigo que trataba íntimamente a los fotógrafos, pude penetrar en el augusto misterio del cuarto obscuro[5]. Ello fué en Huesca. Los operadores habían habilitado como galería las bóvedas de la ruinosa iglesia de Santa Teresa, situada cerca de la Estación. Huelga decir con cuán viva curiosidad seguiría yo las manipulaciones indispensables a la obtención de la capa fotogénica y la sensibilización del papel albuminado, destinado a la imagen positiva.

Todas estas operaciones produjéronme indecible asombro. Pero una de ellas, la revelación de la imagen latente, mediante el ácido pirogálico, causóme verdadera estupefacción. La cosa me parecía sencillamente absurda. No me explicaba cómo pudo sospecharse que en la amarilla película de bromuro argéntico, recién impresionada en la cámara obscura, residiera el germen de maravilloso dibujo, pronto a aparecer bajo la acción de un reductor. ¡Y luego la exactitud prodigiosa, la riqueza de detalles del clisé y ese como alarde analítico con que el sol se complace en reproducir las cosas más difíciles y complicadas, desde la maraña inextricable del bosque hasta las más sencillas formas geométricas, sin olvidar hoja, brizna, guijarro o cabello!...

Y, no obstante, aquellos modestos fotógrafos obraban tamaños milagros sin la menor emoción, horros y limpios de toda curiosidad intelectual. De la contestación a mis ansiosas interrogaciones deduje que a ellos les tenía completamente sin cuidado la teoría de la imagen latente. Lo importante consistía en retratar mucho y cobrar más. Dijéronme solamente que el prodigio de la revelación advino por casualidad, y que esta felicísima casualidad sonrió por primera vez al célebre Daguerre.

¡El azar!... ¡Todavía el azar como fuente de conocimiento científico en pleno siglo XIX!... ¡Pero entonces el mundo está lleno de enigmas, de cualidades ocultas, de fuerzas desconocidas!... Por consiguiente, la ciencia, lejos de estar agotada, brinda a todos con filones inagotables. Puesto que vivimos, por fortuna, en la aurora del conocimiento de la naturaleza; puesto que nos rodea aún nube tenebrosa, sólo a trechos rasgada por la humana curiosidad; si, en fin, el descubrimiento científico se debe tanto al genio como al azar..., entonces todos podemos ser inventores. Para ello bastará jugar obstinada e insistentemente a un sólo número de esta lotería... Todo es cuestión de paciencia y perseverancia...

Al fantasear aquí sobre la fotografía, no puedo menos de estampar una reflexión melancólica. ¡Lástima grande que hayamos nacido demasiado temprano! Los que somos ya viejos y añoramos los dorados días de la niñez y adolescencia, ¿cuánto daríamos hoy por poseer fotografías de nuestra edad pueril y, sobre todo, las de nuestros queridos progenitores en plena florescencia de energía y juventud? ¡Qué dicha sería contemplar ahora la lozana belleza de nuestras madres, de quienes cuantos pasamos de los sesenta recordamos tan sólo la efigie desfigurada y marchita por el sublime sacrificio de la maternidad en complicidad con las injurias del tiempo!...

De cualquier modo, el conocimiento rudimentario adquirido en Huesca del mecanismo fotográfico fué el primum movens[6], andando el tiempo, de una pasión, apenas mitigada hoy, cumplidos los sesenta y cinco. Conforme notaremos más adelante[7], el cultivo de la cámara obscura, además de servir de sucedáneo a vehementes y nunca satisfechas apetencias artísticas, fué en todo tiempo el descanso de mis fatigas, el olvido de pretericiones e injusticias y, en fin, el remedio soberano de dolencias físicas y morales.

El verano de 1868 está asociado en mi memoria con mi iniciación en los estudios anatómicos.

Dejo ya consignado en otro capítulo que mi padre había sido, durante su carrera, hábil disector y fervoroso cultivador de la anatomía humana. Solía decir que los éxitos quirúrgicos debíanse, más que a la lectura de los libros, a la exploración de los cadáveres.

Importa recordar, para comprender lo que sigue, que aquellos tiempos eran la edad de oro de la cirugía artística, de precisión y escamoteo. Frescos aún los laureles conquistados en Francia por Velpeau y Nélaton, y en España, por Argumosa y Toca, los médicos noveles, expertos en achaques de disección, salían del aula resueltos a emular, con nuevas audacias operatorias, la gloria de tan altos maestros. Y fuerza es confesar que la empresa era entonces más ardua que hoy. Antaño los héroes del bisturí triunfaban solamente cuando se habían tomado el trabajo de escudriñar el organismo hasta en sus más recónditos repliegues. Pero hogaño, gracias a las conquistas de la asepsia y de la anestesia, el cirujano se atreve a todo; porque sabe que si logra impedir la agresión de los microbios del pus, de la erisipela, el tétanos y la septicemia, la piadosa naturaleza perdonará los pecados artísticos y distracciones anatómicas cometidos.

Ocioso es advertir que en aquella época no había nacido la microbiología. Ni Pasteur ni Koch habían dado a luz sus descubrimientos inmortales, de que tan bien ha sabido aprovecharse el arte operatoria. La garantía del éxito dependía, pues, casi enteramente de la pulcritud y rapidez de la intervención y, sobre todo, del grado de diafanidad con que en la mente del cirujano aparecía, en el solemne momento de desflorar la virginidad de los órganos, la complicada máquina viviente. El operador de buena cepa, educado en el anfiteatro, podía prever la marcha del bisturí a través del dédalo de músculos, nervios y vasos, con la misma precisión con que prevé el artillero, al desarrollar sus ecuaciones, la trayectoria de un proyectil.

Después de lo dicho, hallará natural el lector que mi padre resolviera aficionarme a la anatomía harto tempranamente. Fundándose, sin duda, en el aforismo vulgar «quien da primero da dos veces», decidió inculcar a su hijo, inmediata y vigorosamente, las nociones eminentemente intuitivas de la osteología humana.

«Pesado y árido te parecerá el estudio de los huesos —me decía—; pero hallarás en él, por compensación, introducción luminosa al conocimiento de la medicina. Casi todos los médicos adocenados lo son por haber flaqueado en los comienzos. El estudiante que aprende concienzudamente los huesos, toma gusto al estudio de músculos, vasos y nervios; quien domina la anatomía halla fáciles y llanas la fisiología y patología; en fin, el que ha profundizado la máquina sana y enferma, resulta en definitiva médico óptimo y prestigioso cirujano. Y sabe de cierto que la anatomía es más necesaria al cirujano que al médico. La patología interna tiene no poco de ciencia contemplativa; al modo de la astronomía, prevé eclipses que no sabe evitar; mientras que la patología externa, como ciencia de acción y de dominio, a todo se arroja, mudando y suspendiendo a capricho el curso de los procesos orgánicos. Y quisiera persuadirte eficazmente de que tu provecho y conveniencia se cifran en ser cirujano y no médico; porque has de notar que las gentes agradecen el trabajo, no en razón del mérito intrínseco, sino de la evidencia del servicio y de lo cruento y audaz de la intervención. Para los efectos del premio existirá siempre entre el cirujano y el médico la misma relación que entre el diplomático y el caudillo. Quien persuadiendo triunfa, granjea opinión, no libre de envidia; quien triunfa combatiendo, tiraniza hasta la envidia misma. Tras éste corre desalada la gloria; aquél suele perseguirla sin alcanzarla. ¡Triste verdad es que el hombre sólo se humilla ante la gloria roja! Un poco de sangre realza el esplendor del éxito, marcándolo con el cuño de la popularidad.»

Por estas razones, que traduzco naturalmente con amplia libertad, fué demostrada la supremacía científica y social de la cirugía sobre la medicina, y quedó justificado el empeño de iniciar lo antes posible mi educación anatómica, comenzando por la osteología, base y fundamento de todo el edificio médico. Tengo para mí que el futuro disector de Zaragoza, el catedrático de Anatomía de Valencia y el investigador modesto, pero tenaz y activo que vine a ser andando el tiempo, fueron el fruto de aquellas primeras lecciones de osteología explicadas en un granero. A casi todos los hombres les sucede lo mismo. La jerarquía social, así como la función peculiar desempeñada en la vida colectiva, dependen, a menudo, de una viva y persistente sugestión producida en la adolescencia; acción inductora, baladí en sí misma, pero que a la manera de la aguja del guardafreno, tuvo la virtud de encarrilar definitivamente nuestra actividad y de marcar rumbo definitivo a la obra del porvenir. Lo que no logró mi padre, según veremos más adelante, es que su hijo resultara renombrado cirujano ni siquiera clínico mediocre.

Quizás interese algo al lector el saber cómo nos procuramos el material científico de la nueva enseñanza. A riesgo de hacerme pesado, entraré aquí en algunos pormenores.

Estudiar los huesos en el papel, es decir, teóricamente, hubiera sido crimen didáctico, de que mi maestro era incapaz. Sabía harto que la naturaleza sólo se deja comprender por la contemplación directa, sin velos humanos, y que los libros no son por lo general otra cosa que índices de nombres y clasificaciones de hechos.

Mas ¿cómo adquirir el precioso material anatómico? Cierta noche de luna, maestro y discípulo abandonaron sigilosamente el hogar y asaltaron las tapias del solitario camposanto. En una hondonada del terreno vieron asomar, en confusión revuelta, medio enterradas en la hierba, varias osamentas procedentes sin duda de esas exhumaciones o desahucios en masa que, de vez en cuando, so pretexto de escasez de espacio, imponen los vivos a los muertos.

¡Grande fué la impresión que me causó el hallazgo y contemplación de aquellos restos humanos! A la mortecina claror del luminar de la noche, aquellas calaveras medio envueltas en la grava, y sobre las cuales trepaban irreverentes cardos y ortigas, me parecieron algo así como el armazón de un buque náufrago encallado en la playa. Enfrenando la emoción, y temerosos de ser sorprendidos en la fúnebre tarea, dimos comienzo a la colecta, escogiendo en aquel banco de humanas conchas los cráneos, las costillas, las pelvis y fémures más enteros, nacarados y rozagantes. Preferíamos las calaveras blancas y jóvenes, cuyos huesos, como las ideas, se habían mantenido elásticos y movibles, a las cabezas duras y seniles, de coyunturas rígidas y soldadas.

Al escalar, de retorno, la tapia del fosal con la fúnebre carga a la espalda, el pavor me hizo apretar el paso. Parecíame percibir, en el entrechocar de las osamentas, protestas e imprecaciones de los difuntos: a cada momento temía que algún duende o alma en pena nos atajara el paso, castigando a los audaces profanadores de la muerte.

Pero no pasó nada. La emoción de lo maravilloso, tan grata a mi enfermiza sensibilidad de poeta, faltó por completo en aquel episodio macabro, durante el cual, para que todo fuera vulgar, ni siquiera apareció el cárdeno fulgor de los fuegos fatuos. Pronto comenzó el inventario y estudio de aquellos fúnebres despojos.

En este éxodo, a través del rocalloso desierto humano, nuestro Moisés fué el libro monumental de Lacaba, a que se añadió más adelante el Cruveilhier; pero quien verdaderamente me condujo a la tierra de promisión fué mi padre. Llevado de celo docente insuperable, consagró todos sus ocios a hacerme notar los más insignificantes accidentes de la conformación de los huesos, desarrollando en mí de pasada una cualidad escasamente cultivada por los maestros, es decir, la sensibilidad analítica, o sea la aptitud de percibir lo diferenciado y nuevo en lo al parecer corriente y uniforme. Nada esencial quedó por reparar en la morfología interior y exterior de cada pieza del esqueleto. Complacíase mi lápiz en animar las inertes conchas del organismo, dibujando esquemáticamente los músculos que las agitaron y las venas y arterias que las nutrieron. Adornado del vistoso velamen, el armazón del barco humano ofrecíase más bello y comprensible. La carne sobreañadida explicaba el esqueleto, y éste explicaba la carne.

Bien miradas las cosas, mi fervor anatómico constituía una de tantas manifestaciones de mis sentimientos artísticos; para mi sensibilidad, la osteología constituía un tema pictórico más. Sediento de cosas objetivas y concretas, acogía con ansia el pedazo de maciza realidad que se me entregaba. Áridos y todo, aquellos datos me resultaban más positivos y patentes que la dialéctica de D. Ventura y las lucubraciones[8] de la metafísica. Sentía, además, especial delectación en ir desmontando y rehaciendo, pieza a pieza, el reloj orgánico, y esperaba entender algún día algo de su intrincado mecanismo.

Gran satisfacción recibió mi padre al reconocer mi aplicación. Vió, al fin, que su hijo, tan desacreditado por sus maleantes andanzas del Instituto oscense, era menos gandul y frívolo de lo que le habían contado. Y en los optimistas vaticinios que todo padre gusta hacer sobre el porvenir de sus hijos, pensó que su retoño no se vería reducido a vegetar tristemente en una aldea. ¡Por qué no había de vestir, andando el tiempo, la honrosa toga del maestro!

Recuerdo todavía cuán grandes eran su placer y orgullo —harto excusables dada su doble naturaleza de padre y de maestro— cuando, en presencia de algún facultativo amigo, invitábame a lucir mis conocimientos osteológicos, formulando preguntas del tenor siguiente: ¿Qué órganos pasan por la hendidura esfenoidal y el agujero rasgado posterior? ¿Con qué huesos se articula la apófisis orbitaria del palatino? ¿En qué punto de la cara es dable, mediante punta de alfiler, tocar cinco huesos? ¿Cuántos músculos se insertan en la cresta del ilíaco y en la línea áspera del fémur? Y otras mil cuestiones de este jaez, que yo despachaba de carretilla, embobando a los circunstantes.

Sorprendió, sin duda, al autor de mis días, que un muchacho que pasaba plaza —y así era la verdad— de poco memorioso, hubiese logrado retener, en solos dos meses de trabajo, tantos cientos de nombres enrevesados y muchísimos detalles descriptivos tocantes a conexiones de arterias, músculos y nervios. «¡Bah! —solía exclamar con acento entre severo y acariciador— tu falta de memoria es la excusa con que pretendes disculpar tu gandulería.»

En puridad de verdad, ambos teníamos razón. Según dejo apuntado ya, mi retentiva era mediocre para los nombres sueltos, para el polvo de los conceptos aislados; empero tal flaqueza mnemotécnica se atenuaba mucho en cuanto la palabra y la idea quedaban estrechamente vinculadas con alguna percepción visual clara y vigorosa. Por lo demás, notoria y muy bien estudiada por los psicólogos y pedagogos es la tenacidad con que se asocian símbolos verbales y conceptos científicos al recuerdo de un objeto reiterada y atentamente percibido. Dudosa parece la existencia de excepciones; y pienso que cuantos se quejan de retentiva infiel equivocaron el método de aprender. Leyeron en los libros en vez de leer en las cosas[9]; pretendieron retener sin procurar asimilar y discurrir.

Todavía no he olvidado, después de cerca de cincuenta años, la anatomía aprendida en Ayerbe. Al escribir estas líneas, las imágenes del etmoides, del esfenoides, del coronal, etc., danzan en mi caletre con el colorido y vivacidad de una obsesión. Nada sería más fácil para mí que trazar un diseño fiel de los referidos objetos. Cuéntase que Temístocles pedía un arte de olvidar, para descartar recuerdos importunos y dolorosos. Por motivos diferentes celebraría yo que se descubriese un narcótico capaz de adormecer y borrar esos recuerdos cuya utilidad pasó o perdió casi del todo su primitiva importancia. Tales representaciones álzanse en la mente con la firmeza y perennidad de construcciones ciclópeas, ocupando en el cerebro un terreno que desearíamos conservar vacío para registrar y organizar nuevas adquisiciones. Porque el conocido adagio «el saber no ocupa lugar» es uno de los mayores desatinos que han podido decirse.

Para que no sea todo referir monótonas aventuras de chicuelo o discurrir sobre áridos problemas pedagógicos, vamos a decir algo, a guisa de intermezzo sentimental, de lo que, con frase espiritual, designó el tiernísimo escritor d’Amicis, la aurora del amor, es decir, esa suave e indefinible atracción surgida durante los primeros años de la mocedad entre jóvenes de sexo diferente.

Tendría yo entonces unos dieciséis años y vivía en Ayerbe. Mis hermanas Pabla y Jorja tenían la costumbre de coser y bordar durante las largas noches invernales, junto al hogar, en unión de algunas amigas íntimas. Una de las más asíduas a nuestra tertulia casera llamábase María. Frisaba en los catorce años, poseía ojos negros, grandes y soñadores, mejillas encendidas, cabello castaño claro, y esas suaves ondulaciones del cuerpo, acaso demasiado acusadas para su edad y prometedoras para breve plazo de espléndida floración de mujer.

Fué una progresión insensible desde la curiosidad al afecto, pasando por todos los grados de la amistad. Pronto advertí que su trato me era necesario; que su conversación me complacía; que sus ausencias me contrariaban; en fin, que me enojaba seriamente si la veía acompañada de algún mozo del pueblo. Sus ojos negros, sobre todo, tenían sobre mí irresistible ascendiente. Érame grato prodigarla[10] mil atenciones y menudos servicios. Dibujaba para ella letras y adornos, destinados a ser bordados; regalábala[10] dulces y estampas; prestábala[10], cuando podía, algún libro de poesías o novela sentimental, y alababa sus gustos, defendiendo calurosamente su parecer en las pequeñas diferencias con sus amigas. Concluída la velada, tenía a gala y orgullo acompañarla hasta su casa.

Mi estado afectivo, en suma, era un dulce embeleso, cierta beatitud tranquila e inefable, absolutamente limpia de todo apetito sensual. Jamás cruzó por mi mente un pensamiento pecaminoso. Verdad es que, no obstante los dieciséis años, mi sensibilidad sexual hallábase bastante atrasada, según suele suceder a la mayoría de los jóvenes fervorosamente entregados a los ejercicios físicos.

Excusado es decir que no llegué jamás a formular una declaración explícita. Tampoco supe bien si logré interesarla. Miedo y vergüenza me daba averiguarlo. Sabido es que estas afecciones nacientes, esencialmente platónicas, se asustan de las palabras. ¡Es cosa tan fuerte y seria formular un «Te amo»!... Por nada de este mundo hubiera arriesgado yo tan grave confidencia. La declaración envuelve además todos los riesgos del brusco desenlace; acaso guarda cruel desengaño. ¡Preferible es la reserva y la indecisión alimentadoras de la esperanza!... De este modo la fantasía desatada puede forjar las más gratas ilusiones.

Pocas veces la aurora del amor se trueca en pleno día pasional, y menos en pasión satisfecha. Desde la pubertad a la juventud la mujer no es perturbada por ningún grave acontecimiento; tranquila en su hogar, su constancia afectiva apenas implica sacrificio; la vida femenil puede, por tanto, proseguir la misma plácida trayectoria. Bien al contrario en el joven: el tiempo transcurrido desde los dieciséis a los veintiún años señálase por honda crisis intelectual y moral. Debe cambiar radicalmente de ambiente, trasladarse a la ciudad para seguir carrera y labrarse un porvenir; por consiguiente, ve asediada su sensibilidad por toda clase de incentivos. ¡Cómo extrañar que distracciones y olvidos malogren encariñamientos tempranamente comenzados!...

Tal me ocurrió a mí. Y no porque forasteros amores me asaltaran, sino más bien por los efectos apagadores de la ausencia. Así, pues, la imagen de la hermosa muchacha fué desvaneciéndose en mi memoria. Además, volví después pocas veces a Ayerbe. Gustábame siempre verla y hablarla; pero notaba que se había hecho demasiado mujer. Al fin, cierto mocetón del pueblo, menos tímido y reservado que yo, habló a sus padres y se casó con ella. Hoy es madre feliz de muchos hijos y abuela de muchos nietos.

La ausencia fué, repito, quien heló aquel amor en cierne. Séame permitido añadir que fué también un poco cómplice mi morboso romanticismo.

Cuentan los naturalistas que la hembra de la efémera[11], llegada la fase de mariposa, renuncia a alimentarse (carece de órganos digestivos o los tiene notablemente atrofiados), entregándose exclusiva y fervorosamente al amor. Grácil, elegante, aérea, despliega solamente sus poderosas alas a los efectos del vuelo nupcial; sus ojos grandes y de admirable arquitectura sírvenle no más para descubrir y contemplar al codiciado amante. Y ante la sublime empresa de la perpetuación de la especie, el insecto alado se olvida hasta de la conservación de la propia existencia.

Algo así pensaba yo en mi empalagoso romanticismo, que debía ser la mujer ideal: un ser esbeltísimo, vaporoso, alado, sin más preocupación que el amor, de color quebrada por la inapetencia y el histerismo, con ojos amoratados por el insomnio y la pasión y, a ser posible, con algo de anemia y de tuberculosis. ¡Quién lo creyera!... ¡La color[12] sana, las mejillas turgentes, las formas ligeramente opulentas, el genio alegre, la perfecta ecuanimidad sentimental de María la perjudicaron a mis ojos!...

Santiago Ramón y Cajal
(Petilla de Aragón, 1852 - † Madrid, 1934)

EDICIÓN   Imprenta y Librería de Nicolás Moya, Madrid 1917
Fuente: Project Gutenberg (dominio público)
leermas.gif BIBLIO info

1 Índice de la obra[editar]

TOMO I
Mi infancia y juventud

Advertencia al lector  •  1. Mis padres  •  2. Excursión tardía a mi pueblo natal  •  3. Mi primera infancia  •  4. Mi estancia en Valpalmas  •  5. Ayerbe  •  6. Desarrollo de mis instintos artísticos  •  7. Mi traslación a Jaca  •  8. El padre Jacinto, mi dómine de latín  •  9. Continúan mis distracciones  •  10. Mi regreso a Ayerbe  •  11. Dispone mi padre llevarme a Huesca a continuar mis estudios  •  12. Mis nuevos compañeros de algaradas  •  13. Las vacaciones  •  14. Mi padre me acomoda de aprendiz en una barbería  •  15. Inquina de mi catedrático de griego  •  16. Vuelta al estudio  •  17. Dos inventos que me causaron indecible asombro: el ferrocarril y la fotografía  •  18. Revolución de septiembre en Ayerbe  •  19. Comienzo en Zaragoza la carrera médica  •  20. Mis catedráticos de Medicina  •  21. Continúo mis estudios sin grandes mortificaciones  •  22. Recién licenciado en Medicina, ingreso en el cuerpo de Sanidad Militar  •  23. Llegada a La Habana  •  24. Mis distracciones en San Isidro  •  25. Me traslado a La Habana, donde recaigo de mi dolencia


TOMO II
Historia de mi labor científica

2 Biblioteca[editar]

Catálogo  •  Ayuda

3 Locuciones y expresiones[editar]

Artículo principal: locución
  • primum movens:
    el primer motor; lo que mueve, sin ser movido por nada. Concepto filosófico de Aristóteles que aquí equivale a inicio (→latinismo).
...el conocimiento rudimentario adquirido en Huesca del mecanismo fotográfico fué el primum movens, andando el tiempo, de una pasión, apenas mitigada hoy, cumplidos los sesenta y cinco....
  • Leyeron en los libros en vez de leer en las cosas:
    contraposición entre el aprendizaje teórico, pasivo (en los libros) y el práctico, activo (en las cosas).
... cuantos se quejan de retentiva infiel equivocaron el método de aprender. Leyeron en los libros en vez de leer en las cosas; pretendieron retener sin procurar asimilar y discurrir.


notas

  1. La línea Liverpool-Manchester (1830) es la primera del mundo. Por parte de España, en 1848 se inaugura la de Barcelona-Mataró; pero en 1837 había entrado en servicio en la colonia de Cuba la de La Habana-Matanzas.
  2. Red x.svgVicien, Yes check.svgVicién
  3. Joseph Nicéphore Niépce obtiene la primera fotografía en 1826, mediante una técnica que requería una prolongada exposición a la luz. En 1837-1839 Louis Daguerre lo mejora notablemente con su emulsión de sales de plata: el daguerrotipo.
  4. Yes check.svgdaguerrotipo (daguerreotipo en Méjico): compuesto de Daguerre (su epónimo) y tipo.
  5. Yes check.svgobscuro, Yes check.svgoscuro
  6. primum movens: locución
  7. Véase el capítulo 2 de la segunda parte.
  8. Yes check.svglucubraciones, Yes check.svgelucubraciones
  9. Leyeron en los libros en vez de leer en las cosas: expresión
  10. 10,0 10,1 10,2 Érame grato Red x.svgprodigarla/Yes check.svgprodigarle mil atenciones
    Red x.svgregalábala/Yes check.svgregalábale dulces y estampas
    "Red x.svgprestábala/Yes check.svgprestábale, cuando podía, algún libro de poesías...
    laísmo
  11. efémera: orden de insectos (Ephemeroptera) que incluye a libélulas y caballitos del diablo. Su vida adulta es muy breve (efímera), lo que atrajo la atención, ya desde la Antigüedad, por Aristóteles y Plinio el Viejo.
    ortotipografía en animales y plantas
  12. Yes check.svgel color, Yes check.svgla color (DLE en línea)
    género y significado