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CAPÍTULO XVIII
Revolución de Septiembre en Ayerbe. — Ruptura de las campanas. — El odio del pueblo a los guardas rurales. — Mis profesores de Física, Matemáticas, etc. — Ulteriormente, me reconcilio con la Geometría y el Álgebra, aunque algo tarde. — Concluyo el bachillerato.


Al final de aquel verano nos sorprendió la famosa revolución de Septiembre[1], suceso que tanta importancia había de tener en la vida moral y política de España. Ayerbe, villa de 600 vecinos y conocida en todo el Alto Aragón por el liberalismo de sus hijos, no podía permanecer indiferente ante el alzamiento nacional. Y así, en cuanto el telégrafo trajo la nueva de la batalla de Alcolea[2], mis paisanos se sublevaron también, proclamando el credo progresista y creando, a imitación de las capitales, la indispensable Junta revolucionaria.

Recuerdo que fué cierta hermosa mañana de otoño. Desde las primeras horas del día la población perdió su aspecto pacífico: una inquietud extraña pareció apoderarse de los vecinos, que, formando corros en la plaza, comentaban calurosamente las noticias llegadas de Huesca y Zaragoza. Leíanse públicamente ardientes proclamas revolucionarias y se oían vítores entusiastas a Serrano, Topete, y sobre todo a Prim.

Sin comprender la significación de los sucesos, llamóme la atención el que, contra la costumbre, la Guardia civil[3] permaneciese encuartelada, sin meterse con los alborotadores, y que la Guardia rural[3], terror de los campesinos, hubiera desaparecido, abandonando, según dijeron, equipos y uniformes. Por escotillón y como si obedecieran a una consigna, surgieron por todas partes labriegos armados con todo linaje de arreos militares y hasta con hoces y puñales. Ciertos sujetos, que parecían estar en el secreto de lo ocurrido, improvisaron con dicho personal un batallón de voluntarios, de cuya fuerza fué segregado un retén o guardia permanente, que se instaló en el palacio de los marqueses de Ayerbe. En la ventana del cuerpo de guardia flameaba roja bandera, sin emblemas ni escudos. Pelotones del pueblo, a los que nos sumamos los zagalones y muchachos, recorrían la población, marchando a los acordes de la banda municipal y desahogándonos con los gritos de «¡Viva la libertad! ¡Abajo los Borbones! ¡Mueran los moderados!» Con las calientes notas del himno de Riego, incansablemente ejecutado por la citada banda, alternaban entusiastas aclamaciones a los caudillos de la revolución. Un grupo de sublevados arrancó de las escuelas el retrato de Isabel II, quemándolo en la plaza, entre las rechiflas y denuestos de plebe alborotada.

Luego ocurrió un hecho que jamás he podido comprender. En cumplimiento de cierto desdichado bando de la Junta revolucionaria provincial, que ordenaba «que todas las campanas, menos las de los relojes, fueran descolgadas y enviadas a la Casa Nacional de la Moneda», el Comité revolucionario de Ayerbe desmontó las hermosas campanas de la iglesia y las redujo a añicos.

Confieso que, no obstante simpatizar con el movimiento liberal y complacerme como el que más en aquellas patrióticas bullangas, ese acto de inútil vandalismo me trajo como una sombra de remordimiento. ¿Qué positivo beneficio recibía el pueblo con enviar a Madrid sus campanas para acuñar unos puñados de cuadernas? Ninguno.

Me apenaba, sobre todo, la falta de sentido artístico del pueblo. Los destructores de aquellas campanas, ¿cómo no sintieron que rompían también algo vivo y muy íntimo, que renunciaban a recuerdos queridos... que renegaban de fechas inolvidables?...

Ignoro si los pedazos de bronce llegaron a Madrid; pero recuerdo bien que al poco tiempo hubo que comprar otras campanas.

Algunos días después de los sucesos mentados, el batallón de milicianos organizóse más seriamente, aprovechando al efecto los pertrechos de la Guardia rural[3] y bastantes fusiles proporcionados por ardientes patriotas. Alma de aquella milicia popular fueron Pueyo, Fontana, Nivela y otros consecuentes y antiguos progresistas, cuyos sentimientos democráticos les habían valido, en los ominosos tiempos de González Brabo, deportaciones y persecuciones sin cuento. A estos beneméritos patricios, tan prudentes como desinteresados, se debió el que durante la efervescencia y desorden de los primeros días no ocurriera un solo desmán: los milicianos improvisados desahogaron sus odios a la reacción, entregándose a vistosos escarceos militares y efectuando guardias, retenes, revistas y ejercicios.

Naturalmente, a los chicos nos entusiasmaban aquellas paradas y ejercicios, y muy señaladamente las maniobras de la escuadra de gastadores, en la cual destacaba, por su marcialidad y gallardía, cierto carpintero, radical exaltado, apodado Carretillas. Antiguo miliciano nacional, conservaba inmaculados, para lucirlos en las formaciones, flamante casaca y descomunal morrión. Su aspecto de veterano y lo flamante del uniforme eran objeto de general admiración y envidia. Como era de esperar, el morrión de Carretillas sugestionó a los chicos, que decidieron encasquetarse también el venerable símbolo progresista; y así, al poco tiempo (e ignoro por la iniciativa de quién) la mayoría de los mozalbetes aparecimos encaperuzados con una especie de ros alto, sin visera, copa de paño rojo, escarapela lateral con los colores nacionales y cintas colgantes en las que campeaba el mote: ¡Viva la libertad!

En Ayerbe, como en todas las poblaciones de España, las escasas personas ilustradas que dirigieron el movimiento revolucionario conocían quizás el sentido de éste; pero el pueblo, y singularmente los proletarios, no se enteraron ni poco ni mucho de su tendencia y alcance. Casi todos esperaban de la libertad algo que pudiera traducirse en aumento y mejora de las condiciones materiales de la vida. Fácil sería recordar sucesos y frases que prueban la existencia de este anhelo socialista, latente siempre en el corazón de los desheredados.

Allá va un cantar muy popular entonces en Ayerbe, y cuyos chabacanos versos son harto significativos:

Ya pensaban los rurales
que nunca s’acabaría
el cobrar los ocho riales
sin saber d’onde salían.

El siguiente dicho que me comunica un amigo de Ayerbe es también muy elocuente. A uno de los más exaltados patriotas, ronco a fuerza de gritar: «¡Abajo los Borbones!», le preguntaron:

—Pero, ¿sabes tú quiénes son los Borbones?

Y el interrogado contestó con aire de profunda convicción:

—¡Otra que diez!... Pues, ¿quiénes han de ser sino... los rurales?

¿Por qué esta aversión de los campesinos a los custodios de la propiedad? Fácil es presumirlo. Se aborrecía a la Guardia rural por el exagerado celo con que amparaba los intereses de la burguesía territorial. Por la cosa más insignificante los citados guardias molestaban y vejaban a los pobres aldeanos, a quienes metían en la cárcel o castigaban con fuertes multas, sin pararse a distinguir el ladrón formal del infeliz, que, aguijado por la miseria, cogía en el monte esparto para hacer un vencejo, o arrancaba menguada carga de aliagas y romeros, o apacentaba una vaca en las dudosas lindes de una propiedad: pequeños abusos consuetudinarios tolerados recíprocamente por todos, como venerable resto de comunismo patriarcal. Hasta los chicos sentíamos esta inquina hacia los pardos uniformes. En cuanto nos sorprendían haciendo ademán de escalar una tapia o de trepar a un árbol, aunque fuera en invierno, los rurales nos propinaban monumental paliza o formulaban una denuncia en regla, seguida de la multa correspondiente.

Pese a los entusiastas de las llamadas libertades modernas y a los empigorotados y orondos paladines del individualismo, empeñados en no ver el abismo psicológico que separa las clases intelectuales de los infelices esclavos del trabajo manual, éstos creerán siempre que libertad es sinónima de bienestar. En vano se le dirá al jornalero que estas dos palabras significan cosas distintas; que la libertad sólo es un medio para la conquista de la dicha material, la cual no es patrimonio exclusivo de los poderosos; que si, a pesar del libre ejercicio de sus facultades, vienen el paro forzoso y la miseria, debe resignarse a su suerte, fiándolo todo a la Providencia y a la esperanza en una vida mejor. Todas estas razones son para el pobre puros tiquis miquis[4], cuando no burlas sangrientas.

Del desdén del proletariado por las conquistas democráticas y el ejercicio de los deberes políticos no debemos extrañarnos. La libertad de conciencia, la de la Prensa, el sufragio universal, etc., sólo interesan a los que tienen la cotidiana digestión asegurada y gozan del ocio indispensable para leer y pensar. Primero es vivir, después vivir bien y luego cooperar moral y materialmente a la seguridad y engrandecimiento de la patria. El primum vivere deinde philosophare[5] se aplica mejor al pobre que al sabio. ¿Qué le importa la vida de la colonia a quien no tiene garantizada la propia? Medicinas, no libertades, pide el doliente.

Seamos sinceros y no nos duela consignar, pese a nuestro egoísmo[6], que el individualismo, principio cardinal de la democracia, es esencialmente anticristiano y representa en la lucha social la tiranía de los fuertes. En la fiera batalla económica librada en el campo de la libre concurrencia, el pobre, el débil y el ineducado serán siempre las víctimas. El liberalismo puro, no mitigado en sus crudezas por instituciones de tendencia socialista, se traducirá indefectiblemente para el obrero en la menguada libertad de escoger el amo y la clase de fatiga que le resulten más llevaderas y menos dolorosas.

Tendiendo la mirada por los extensos dominios de la zoología y antropología primitiva, se buscará en vano un solo ejemplo de libertad completa que no esté indisolublemente asociada a una existencia rudimentaria, difícil y azarosa. El ocioso sin riesgo, rodeado de respetos y amparado y mimado de la comunidad, es creación exclusiva de la civilización humana. Baste recordar aquí las industriosas repúblicas de hormigas, abejas y termites[7]. En aras de la regularidad alimenticia y de la paz social, estos ingeniosos insectos han sacrificado el parasitismo y la libertad. En cambio, seres tan autónomos como el microbio y el amibo[8] arrastran una existencia tan ruin y precaria como breve.

Réstame, para dar término a la narración de mis estudios del bachillerato, decir algo de mi actitud enfrente de ciencias tan importantes como la Física, las Matemáticas (Geometría, Trigonometría y Álgebra) y la Historia natural.

Sea que fatigado de distracciones e informalidades comenzara a sentar la cabeza, sea que las últimas asignaturas de la segunda enseñanza casaran algo mejor que el griego y el latín con mis tendencias y gustos, ello es que les presté alguna más atención, sobre todo a la Física, la Química y la Historia natural.

Explicaba el curso de Física y Química elementales don Serafín Casas, amigo y condiscípulo de mi padre. Gustábanos su manera sencilla y clara de exponer. Y recuerdo que, por adaptación a nuestra inopia matemática, deshuesaba las lecciones de ecuaciones e integrales. En cambio, cada ley o propiedad esencial era comprobada mediante experimentos concluyentes, que venían a ser para nuestra ingenua curiosidad juegos de manos de sublime taumaturgo. Por día de fiesta diputábamos aquel en que al comenzar la clase veíamos sobre la mesa imponentes y extraños aparatos de latón, muy especialmente las formidables máquinas eléctricas de tensión entonces a la moda.

Dejo apuntado ya cuán interesante encontré la Física, la ciencia de los milagros. La óptica, la electricidad y el magnetismo (que entonces caían bajo el epígrafe general de fluidos imponderables), con sus maravillosos fenómenos, teníanme embobado. Claro es que las nociones adquiridas entonces fueron harto elementales.

Arrastrado por mis crecientes aficiones, más adelante y ya terminada la carrera (1875 a 1877), emprendí la lectura de la admirable Física médica de Wundt y de la Óptica fisiológica del genial Helmholtz. Tales estudios, aparte satisfacer inclinaciones imperativas de mi espíritu, éranme necesarios para dominar las teorías de la visión y del microscopio. Con excepcional interés estudié en el Wundt la doctrina de las ondulaciones del éter, sólido fundamento de la física moderna[9]. Por cierto que con tal motivo eché muy de menos conocimientos matemáticos, que debí aprender oportunamente en el Instituto oscense[10].

Se me impuso entonces lo que a todos los estudiantes descuidados en vías de regeneración y conscientes de su ignorancia. Lo no asimilado en sazón y despaciosamente, debió ser adquirido después autodidácticamente y con todos los inconvenientes de la precipitación y de la ausencia de guía. En mis febriles y porfiadas acometidas a la ciencia de la cantidad llegué hasta engolfarme en el Cálculo diferencial e integral. Y algo humillado, debí consolidar los cimientos de mi saber, volviendo sobre aquellos modestos y resobados manuales de Geometría y Trigonometría, tan distraídamente leídos en Huesca.

Abordando tales estudios episódicamente, durante las horas libres que me dejaban urgentes ocupaciones, mi tesón heroico aprovechó para comprender, pero no para retener y dominar el alto cálculo. Notorio es que quien desee forjarse un buen cerebro matemático, esto es, susceptible de orientarse airosa y ágilmente en el dédalo de ecuaciones e integrales que erizan las páginas de los tratados modernos de física, ha de consagrar a este orden de estadios la totalidad de sus esfuerzos mentales, aprovechando, a ser posible, la época admirablemente plástica de la mocedad, entre los dieciséis y los veintiún años, amén de rendir después a dichas tareas asiduo culto.

Por desgracia, el médico, a excepción de algunos problemas de oculística y de hidráulica (estudio físico de la circulación de la sangre, determinación de las aberraciones de refracción del ojo, etc.), tiene poquísimas ocasiones de emplear el cálculo. Esencialmente descriptivas, las ciencias biológicas trabajan casi exclusivamente sobre la cualidad, que escapa a toda determinación cuantitativa.

Mucho he deplorado después el tiempo neciamente perdido en el bachillerato y durante el año del preparatorio. No culpo de mi desaplicación a mis beneméritos profesores del Instituto oscense y de la Facultad de Ciencias de Zaragoza. De mi penuria matemática —que después he tratado de reparar— fueron, ante todo, responsables mis irresistibles tendencias objetivas, aparte maleantes distracciones. Séame, empero, lícito expresar que en mi desdén por la ciencia de Viète, Descartes y Lagrange y Euler, colaboró también el desdichado método de enseñanza seguido en los Institutos. Rindiendo culto al hábito general, y por sumisión al método de los textos, que entonces —si no recuerdo mal— se imponían de Real orden, nuestros profesores de Matemáticas se dirigían casi exclusivamente a la memoria de sus discípulos. La forma de exposición, excesivamente austera y abstracta, desdeñaba todo antecedente histórico y todo ornamento anecdótico, susceptibles de promover el gusto y atraer el interés del oyente. No es de extrañar, pues, que la mayoría de los alumnos oyéramos las reglas, teoremas y corolarios con absoluta indiferencia, a veces con tedio mortal. Nuestros rutinarios profesores parecían empeñados en hacernos creer que las nociones geométricas y algébricas representan inútiles cavilaciones de hombres ociosos, sin más interés práctico que algunas vulgares aplicaciones a la contabilidad mercantil, a la agrimensura y a la arquitectura.

Realmente, hasta los veintitrés o veinticuatro años no tuve yo idea de la enorme transcendencia de la ciencia del cálculo. Recuerdo bien cómo fué ello. Disponíame a leer las celebradas obras de Laplace (que figuraban en la biblioteca de la Universidad de Zaragoza), y deseoso de prepararme para comprenderlas, decidí, con buen acuerdo, consultar algunos libros de vulgarización astronómica, entre otros, los tan conocidos y populares de Flammarion y algunos de J. Fabre, el genial observador de los insectos.

Los libros de Flammarion me deleitaron mucho, pero no saciaron plenamente mi afán de comprender. Encuéntranse en ellos lirismo desbordante, emoción comunicativa, descripciones pomposas, pero pocas demostraciones. En cambio, el pequeño Manual de Fabre, titulado Le ciel, fué para mí luminosa revelación. Aquí campea también la retórica, usada con discreción y mesura (sabido es que el «príncipe de los insectos» fué excelso poeta); pero las frases no ahogan las ideas. Y en todas las páginas del libro late la preocupación de iniciar al principiante en el mecanismo esencial de los métodos geométricos, con ayuda de los cuales fueron descubiertas las estupendas verdades de la cosmografía y astronomía.

Allí, en aquel librito, que principia con la definición de un triángulo y acaba con la demostración de las más sublimes conquistas astronómicas, me reconcilié al fin con la desdeñada Geometría y con la execrada Trigonometría. Allí advertí con asombro que la ciencia del espacio, sin más instrumentos que un grafómetro, algún jalón y unas cuantas líneas trazadas sobre el papel, había dado cima a proezas del tenor siguiente: medir la dimensión y determinar la forma real de la tierra; fijar la distancia y el tamaño de la luna; averiguar el volumen y lejanía del sol; determinar la forma de las órbitas planetarias, etc. Y, descendiendo a más modestas empresas: conocer la elevación y anchura de una torre o de una montaña sin remontarlas; averiguar la amplitud de un río sin vadearlo, fijar la posición de un barco perdido en el mar, etc., etc.

Y todas estas estupendas hazañas habíalas realizado —repito— la maga Geometría, con métodos tan sencillos como elegantes; plantando un jalón, midiendo una base, trazando en el papel los ángulos formados por la visual del objeto y la dirección de aquélla (cuando se trata de la determinación de la distancia de la luna, la base, naturalmente, debe ser enorme, casi un meridiano completo). En conclusión; todo consistía en recomponer figuras ideales a medio trazar, en completar hábilmente triángulos mutilados, ofrecidos pródigamente por la naturaleza, como otros tantos llamamientos a nuestra curiosidad. En especial, la ingeniosísima demostración geométrica de la distancia del sol, dada hace más de dos mil años por Hiparco de Samos[11], me llenó de ingenua admiración. Ciertamente, la trigonometría nos proporciona hoy métodos mucho más exactos y hacederos para la resolución de éste y de otros magnos problemas; justo es reconocer, sin embargo, que el astrónomo griego, al revelarnos el sublime poder de la geometría, fué de los primeros que abrieron el camino.

Y entrando en otro orden de aplicaciones, supe también, con igual asombro, que aquellas curvas, cuyas propiedades y ecuaciones tanto nos aburrieron en el Instituto (la elipse, la parábola, la hipérbola), coinciden casual y milagrosamente con las órbitas de los astros y las trayectorias de los móviles; que los triviales cuadritos de coordenadas y abscisas, tan menospreciados a los catorce años, sirven para presentar, gráfica y clarísimamente, la trayectoria de un móvil, y en general, la marcha de un fenómeno en función de espacio y tiempo; en fin, que aquellas enrevesadas y, al parecer, inútiles ecuaciones del álgebra, expresan también, por otra estupenda casualidad, las relaciones cuantitativas de muchas leyes físicas y hasta biológicas.

En conclusión: caí un poco tarde en la cuenta de que las verdades matemáticas, que rutinarios y secos pedagogos consideran, no sin cierta aristocrática infatuación, cual construcción deductiva (cadena de verdades cuyo primer eslabón se hunde en la esencia del espíritu), surgida a priori[12], a espaldas y hasta con menosprecio de la experiencia, representan, por el contrario, imposición ineluctable del mundo objetivo, algo así como la quinta esencia[13] de los conceptos derivados de la percepción y escrupulosamente depurados de contingencias, a fin de que la lógica racional pueda manipularlos ágil y cómodamente. Y, sabido esto, no me sorprendió ya que los axiomas y fórmulas de la geometría y del álgebra se acoplen tan estrechamente a la realidad exterior, puesto que, en último análisis, de la realidad proceden.

Pero tan luminosas verdades penetraron —insisto— harto tardíamente en mi espíritu, cuando el fruto no podía ser ya copioso ni brillante.

La Historia natural me gustó casi tanto como la Física; pero no sació, sino muy imperfectamente, mis apetitos intelectuales. Con tedio consideraba aquellas bárbaras nomenclaturas y complicadas clasificaciones, tan abrumadoras para la memoria como refractarias a la lógica; la fatigosa enumeración de los caracteres externos de plantas y animales, y los criterios harto arbitrarios de la determinación de las especies. Verdad es que entonces no había nacido o no se había divulgado entre nosotros el evolucionismo, única doctrina susceptible de introducir algún orden, claridad y comprensión en el caos de los fenómenos biológicos.

Bastante más tarde, allá por los años 74 o 75, llegaron a mi noticia las obras fundamentales de Lamarck, Spencer y Darwin, y pude saborear las jugosas y elegantes, aunque frecuentemente exageradas hipótesis biogénicas de Haeckel, el brioso profesor de Jena. ¡Por cierto que la primera refutación del famoso libro del Origen de las especies de Darwin, llegada a mis manos, fué escrita por Cánovas del Castillo!... Tratábase de cierto discurso de Ateneo, tan briosamente escrito como flojamente documentado. Me lo proporcionó en Madrid uno de los fervientes admiradores del insigne estadista.

Para cerrar definitivamente el azaroso período del bachillerato, séame lícito trascribir aquí algunos párrafos de cierto artículo del Dr. R. Salillas, escrito con ocasión de uno de mis modestos triunfos académicos. Dejo dicho ya que el primer antropólogo criminalista de España fué uno de mis amigos y condiscípulos. Con Arizón, Ricardo Monreal, Tobeñas y otros, formaba la grey de los muchachos formales y aplicados; empero, de vez en cuando, su natural inquieto y un tanto aventurero le arrastraba a tomar parte en nuestras zalagardas. En las siguientes consideraciones, publicadas en «El Liberal»[14] hace ya muchos años, apunta, además, algún recuerdo no consignado en el presente libro:

«La isla de Cajal.—El anuncio de la publicación de la autobiografía del insigne histólogo, me hace recordar vivamente la época en que lo conocí.
    Y la recuerdo por un detalle singular.
    El muchacho de entonces, de la época en que cursábamos el segundo año de Humanidades (como antiguamente se decía) en el Instituto de Huesca, no era un innominado, un desconocido, una figura del montón.
    Tenía una personalidad que, bien considerada, coincide con la que ya puede llamarse su personalidad histórica.
    Los panegiristas de Cajal, todos ellos ilustres, reconocen que no ha tenido maestro; que se ha formado solo; que lo que es constituye una manifestación de su propia potencia, de su firme voluntad, de su esclarecido intelecto.
    No ha tenido maestros... Ni los quiso tener, añadiría yo.
    Aquel muchacho de apariencia arisca, no muy sociable, que se aislaba siempre que podía y que por su actitud de reconcentración reflexiva siempre estaba aislado, era clasificable entre los caracteres que, según Juan Huarte —otro escolar de la Universidad de Huesca—, llaman los toscanos caprichosos por su semejanza con las cabras, que viven aisladas en los cerros.
    Cajal, en la época en que lo conocí, no fué discípulo de ningún catedrático... ¡Y así lo trataron ellos más de una vez!
    El Instituto no lo atraía con ningún género de curiosidad ni estímulo.
    Iba, cuando iba, a la cátedra, venciéndose a sí propio.
    Su inclinación era muy otra.
    Al dejarse llevar de su tendencia, salía al campo libre, solo generalmente, alguna vez con muy pocos amigos, que lo secundaban más bien que lo comprendían, y en largas o en pequeñas expediciones sentía siempre la contrariedad de tener que volver...
    La primera vez que merecí una confidencia de Cajal, fué leyéndome una novela que escribía e ilustraba.
    No sé cómo lo admiré más, si como novelista o como dibujante.
    Aquella novela, que entonces no la podía comparar, la clasificaría ahora entre las robinsonianas. Un naufragio, la salvación en un leño, el arribo a una isla desierta y la continuación de la aventura en aquel territorio, descubriendo la flora, la fauna y los salvajes pobladores.
    Todo esto no tendría nada de particular en la historia del autobiografiante, si se considera que el hacer versos o el hacer literatura, el fantasear y también el hacer monos, aunque se hagan mucho mejor de lo generalmente acostumbrado, es, como el mismo Cajal ha dicho, un sarampión, una fiebre eruptiva.
    Lo importante es que la novela coincida con la acción personal, y que esa acción, constantemente manifestada, conduzca a un resultado efectivo.
    Cajal era un novelista de acción. Nos leía su novela y la representamos juntos más de una vez.
    Una avenida de un modesto río, más modesto que el Manzanares, caracterizó la escena del naufragio.
    En los sotillos del Isuela, que es el río de que se trata, se vieron a la hora del baño algunos salvajes, pintados con el lodo de la orilla, saltando y trepando muy bizarramente, y manejando con cierta habilidad sus arcos al disparar las flechas.
    No fué un juego, fué una representación.
    Cajal creía, y nos hizo creer, en la posibilidad de que la novela se realizara.
    Poco a poco la novela, infiltrándose en nuestro espíritu y avasallándolo, fué tomando proporciones realizables, y entonces, conociendo con minuciosidad los peligros que habíamos de correr, las luchas con los elementos, con las fieras y con los hombres, decidimos emprender la aventura, pero con una condición motivadora: la de salir suspensos, la de perder curso.
    Éramos tres. Yo fuí el único a quien la condición no le comprometía; pero asistí lleno de inquietudes a los preparativos de la expedición, los acompañé hasta la salida, los seguí con los ojos y regresé a mi casa con tal pena, que no recuerdo una pena semejante.
    Sin poderlo disimular rompí en llanto de desesperación, y alarmados mis padres les tuve que decir entre sollozos lo que les ocurría a mis amigos, riéndose entonces cuantos me escuchaban.
    Volvieron, y su vuelta contribuyó mucho a que la novela en acción empezara a no tener éxito.
    Pero después, tras muchos años en que no supe nada de mi compañero escolar, cuando supe lo que hacía, cuando lo ensalzaron sus descubrimientos, volví a creer, y a creer firmemente, que entre aquella novela de corte robinsoniano y la realidad de los descubrimientos científicos, no había ni siquiera variación de asunto.
    Ganivet ha dicho que lo que importa es tener la fragua encendida, y Cajal ha dicho que lo que importa es tener una hipótesis directriz.
    ¡Lo que importa es creer y poder!
    Así fueron los conquistadores y descubridores en la epopeya del descubrimiento de América.
    Así son los investigadores científicos.
    En el insigne histólogo revivió, siendo niño, la idea semilegendaria de las aventuras náuticas.
    Siguió creyendo en su isla. Navegó, se orientó y llegó victoriosamente.
    ¡La isla existía!
    En los centros nerviosos, en la médula y en el cerebro se encuentra efectivamente la Isla de Cajal.»

Santiago Ramón y Cajal
(Petilla de Aragón, 1852 - † Madrid, 1934)

EDICIÓN   Imprenta y Librería de Nicolás Moya, Madrid 1917
Fuente: Project Gutenberg (dominio público)
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1 Índice de la obra[editar]

TOMO I
Mi infancia y juventud

Advertencia al lector  •  1. Mis padres  •  2. Excursión tardía a mi pueblo natal  •  3. Mi primera infancia  •  4. Mi estancia en Valpalmas  •  5. Ayerbe  •  6. Desarrollo de mis instintos artísticos  •  7. Mi traslación a Jaca  •  8. El padre Jacinto, mi dómine de latín  •  9. Continúan mis distracciones  •  10. Mi regreso a Ayerbe  •  11. Dispone mi padre llevarme a Huesca a continuar mis estudios  •  12. Mis nuevos compañeros de algaradas  •  13. Las vacaciones  •  14. Mi padre me acomoda de aprendiz en una barbería  •  15. Inquina de mi catedrático de griego  •  16. Vuelta al estudio  •  17. Dos inventos que me causaron indecible asombro: el ferrocarril y la fotografía  •  18. Revolución de septiembre en Ayerbe  •  19. Comienzo en Zaragoza la carrera médica  •  20. Mis catedráticos de Medicina  •  21. Continúo mis estudios sin grandes mortificaciones  •  22. Recién licenciado en Medicina, ingreso en el cuerpo de Sanidad Militar  •  23. Llegada a La Habana  •  24. Mis distracciones en San Isidro  •  25. Me traslado a La Habana, donde recaigo de mi dolencia

TOMO II
Historia de mi labor científica

2 Biblioteca[editar]

Catálogo  •  Ayuda

3 Locuciones y expresiones[editar]

Artículo principal: locución
  • primum vivere deinde philosophare
    Expresión o cita latina: primero vivir, después filosofar.
...El primum vivere deinde philosophare se aplica mejor al pobre que al sabio. ¿Qué le importa la vida de la colonia a quien no tiene garantizada la propia?...
... cual construcción deductiva… surgida a priori, a espaldas y hasta con menosprecio de la experiencia


notas

  1. Revolución de Septiembre de 1868, La Gloriosa, que acabará con el reinado de Isabel II.
  2. A los pocos días de iniciada La Gloriosa se libra la batalla de Alcolea (Córdoba) el 28 de septiembre de 1868, con triunfo total de los sublevados.
  3. 3,0 3,1 3,2 Red x.svgGuardia civil, Yes check.svgGuardia Civil
    Red x.svgGuardia rural, Yes check.svgGuardia Rural
    mayúsculas y minúsculas
  4. Yes check.svgtiquismiquis, Yes check.svgtiquis miquis: reparos, objeciones, consideraciones de escasa importancia.
  5. expresión latina
  6. Yes check.svgegoísmo, Red x.svgegoismo: hiato de vocal cerrada tónica (→ acentuación)
  7. Red x.svgtermites, Yes check.svgtermitas
  8. Yes check.svgel amibo (desusada), Yes check.svgla ameba (DLE en línea)
  9. El éter explicaba la propagación de la luz en el vacío. El experimento de Michelson-Morley (1887) echará abajo tal hipótesis.
  10. oscense: gentilicio de Osca, antigua ciudad de la Tarraconense, hoy Huesca (DLE en línea).
  11. Error del editor:
    Red x.svgHiparco de Samos, Yes check.svgAristarco de Samos
        Existe Hiparco de Nicea (siglo II a.C.), quién elabora el primer catálogo estelar y determina la distancia Tierra-Luna tomando como base el diámetro terrestre.
        Aristarco de Samos (siglo III a.C.) es el primero en demostrar que el Sol está a mayor distancia que la Luna. Partiendo del hecho de que con la Luna en cuarto creciente el sistema Tierra-Luna-Sol configura un triángulo rectángulo en cuyo vértice principal está el satélite, y midiendo entonces el ángulo Luna-Sol, concluye que la estrella dista de nosotros veinte veces más que la Luna. Realmente son 400 veces: la carencia de un goniómetro suficientemente preciso le impidió obtener una mejor medida de la distancia.
  12. a priori: locución
  13. Yes check.svgquintaesencia, Yes check.svgquinta esencia (→ compuesto)
  14. El Liberal: importante diario matutino (1879-1939).