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CAPÍTULO XXIII
Llegada a la Habana[1]. — Soy destinado al hospital de campaña de «Vista Hermosa». — Enfermo, al poco tiempo, de paludismo. — Aprovecho mi forzada quietud para aprender el inglés. — Mi dolencia se agrava y se me concede licencia para convalecer en Puerto Príncipe. — Iniciada mi mejoría, soy destinado a la enfermería de San Isidro en la «Trocha del Este». — La vida en la Trocha. — Música a la luz de la luna. — Mis cándidos quijotismos me impulsan a corregir abusos administrativos, y sólo consigo que me empapele el jefe de la fuerza.


La travesía hasta Puerto Rico y Cuba hízose con mar bella y excelente humor. Por entonces la Compañía Trasatlántica de Comillas daba buen trato, y no faltaban a bordo distracciones, sin contar la murmuración, socorrido recurso de todos los pasajes. Pero a mí me han interesado siempre muy poco las chinchorrerías y comadreos. De día concentraba mi atención en el magnífico espectáculo del mar: el vuelo de las gaviotas, la persecución de los tiburones, el salto de los peces voladores y esas como flores flotantes, de aspecto gelatinoso y sutil, que se llaman medusas, sifonóforos, etc., etc. Llegada la noche, me abismaba en la contemplación de aquel cielo, cuyas constelaciones se renovaban conforme nos aproximábamos al ecuador. Hasta en el negro oleaje encontraba sorpresas cautivadoras. En noches de calma no se limitaba a copiar pasivamente las luces del firmamento, sino que irradiaba profundos y misteriosos fulgores. Y mi curiosidad infantil se embelesaba persiguiendo la estela fosforescente dejada por enjambres de noctilucos[2], excitados por la formidable sacudida de la hélice. Como se ve, mi afán de nuevas impresiones íbase satisfaciendo.

Hacia el día décimosexto[3] de la navegación surgió muy de mañana la ciudad de San Juan de Puerto Rico, con su imponente fortaleza militar y su blanco caserío, dispuesto en pintorescas graderías. Impaciente por pisar la tierra descubierta por Colón, aproveché el alto del vapor para corretear la ciudad y la campiña inmediata, donde observé sorprendido algunas muestras de la flora tropical. En fin, reanudado el viaje, dos días después arribamos a la Habana[1].

Maravilloso e inolvidable es el panorama de la populosa capital cubana vista desde lejos. A la izquierda, conforme se entra en la bahía, se impone, con su mole formidable, el castillo del Morro, erizado de cañones y comparable por su figura y posición al de Monjuich; y, a la derecha, dilátanse, en serie interminable, casas, palacios y quintas entrecortados por bellísimos jardines donde descuellan elegantes palmeras. En fin, ya dentro de la bahía, especie de hoz recortada por innumerables calas[4] y promontorios, se descubre el puerto, frontero del barrio comercial; mientras que hacia el fondo álzanse varias colinas verdes cuyas faldas salpican pintorescos arrabales.

Fuera inoportuno detenerme a describir las harto conocidas bellezas de la Habana[1] y de su fértil campiña. Tampoco entra en mis cálculos referir menudamente mis impresiones de viajero. Me concretaré solamente a declarar que la primera gran ciudad americana visitada por mí parecióme mera continuación de Andalucía. En efecto, andaluza es el habla, dulzona y matizada con graciosos ceceos; andaluzas las casas (formadas de planta baja y principal), con sus encantadores patios y jardines, y andaluz el espíritu fino y soñador, pero lánguido y perezoso, del criollo[5].

Quizás fué grave mal para la prosperidad económica de la América española el no haber, desde el principio, aprovechado preferentemente para la empresa colonizadora nuestras fuertes razas del Norte, laboriosas, económicas y desbordantes de natalidad, en lugar de recurrir predilectamente a la gente andaluza y extremeña, inteligente, generosa y capaz de todos los heroísmos, según acredita la historia, pero de inferior aptitud para las fecundas luchas del comercio y de la industria.

Acerca de mis emociones de turista en la capital de las Antillas, concretaréme a decir que todo atraía mi curiosidad y en todo hallaba ocasión de asombro y enseñanza. La extraña mezcla de razas circulantes por las calles; la suntuosidad de los parques, donde además de flores peregrinas y de pitas gigantescas, crecía la altísima palmera real; los sabrosos frutos del país, como el plátano, el coco, el mango y la piña; los árboles frondosísimos de hoja perenne, entretejidos de bejucos o lianas trepadoras; un cielo tan pronto azul como gris, pronto a desatarse en furiosas tormentas; y por encima de aquella naturaleza desbordante, que parecía entonar un cántico a la vida, el padre sol cayendo a plomo, y como plomo derretido, sobre nuestras cabezas...

Cuando se codicia ardientemente algo, la realidad suele burlar la esperanza. Pero a mí no me defraudó el deseo: ante la realidad palpitante, las imágenes de los libros conservaron sus prestigios. Por donde vivía como soñando o como sumergido en una especie de encantamiento.

En algunas cosas, no obstante, sufrí decepción; por ejemplo: en las famosas selvas vírgenes, tan celebradas por los poetas románticos. Ante mis interrogaciones reiteradas, las gentes del país me señalaron la manigua[6]. Pero la impresión causada por ésta fué insignificante. En vez del bosque milenario, no profanado por planta humana, me encontré con vulgar matorral sembrado de arbustos y pequeños cedros y caobos creciendo en desorden. Consoléme hasta cierto punto, considerando que las necesidades de la colonización habían impuesto el descuaje de la primitiva selva. Ni era cosa de establecer cercados de bosque, a guisa de vedados de caza, para deleite de los futuros amantes de la naturaleza. ¡Lástima no haber arribado cuatro siglos antes, cuando los compañeros de Colón hollaron tantas excelsas virginidades!...

De la fauna quedé también mediocremente satisfecho. Escaseaban los animales indígenas, y los que veía resultaban poco imponentes. Ni un jaguar, ¡ni siquiera una triste serpiente de cascabel!... En mis correrías por los alrededores de la ciudad, sólo pude sorprender el vulgarísimo gorrión cosmopolita, pájaro importado de España; algunos cuervos y tordos, y cierta avecilla menuda y nada vistosa, llamada por los guajiros[7] vigirita. (Aludiendo sin duda a la flojedad y delicadeza de este pajarillo, nuestros soldados designaban vigiritas a los criollos, y particularmente a los mambises[8] o insurrectos; en cambio, los peninsulares éramos llamados gorriones y patones). Solamente enjaulados, admiré al polícromo[9] papagayo de las Antillas y algunos preciosos ejemplares de colibrís[10] del Perú.

Contrarióme asimismo la total extinción de la raza indígena. En su lugar, y entregada a las más rudas faenas, se mostraba la raza negra y sus variados mestizajes, de que los cargadores del muelle constituían arrogantes ejemplares. En cuanto al criollo, me hizo la impresión de pálida planta de estufa, vegetando muelle y parásitamente a expensas de la savia del africano o del mulato. Alguna vez, sin embargo, encontré entre los criollos tipos activos y robustos; mas por lo común, y salvadas algunas excepcionales complexiones, la raza blanca parecióme incapaz de resistir los ardores y peligros del clima tropical. El blanco degenera allí rápidamente. Aludo, naturalmente, al europeo ocupado en las faenas agrícolas y expuesto, por tanto, a muchedumbre de parásitos, de que son, a menudo, portadores los mosquitos (paludismo, fiebre amarilla, etc.). Claro es que el cubano, confinado en las urbes, entregado al comercio o a profesiones ajenas al esfuerzo muscular y al rigor del aire libre, resiste mucho mejor los efectos enervadores del clima; así y todo, su vigor sólo se mantiene a costa de reiteradas inoculaciones de sangre europea.

En virtud de esta exquisita acomodación a la vida sedentaria, la mujer cubana no sólo ha conservado mejor que el hombre el tipo de la raza, sino que ha afinado su delicada feminidad, adquiriendo, así en lo espiritual como en lo físico, dulzuras y suavidades excepcionales o desconocidas en las bellezas de Europa. Esto explica por qué la mayoría de nuestros jefes y generales ultramarinos cayeron en las redes de aquellas lánguidas e irresistibles hermosuras.

En estas exploraciones y novelerías transcurrió cerca de un mes. Terminado el período de aclimatación, hízose necesario distribuir el personal médico recién venido de la Península. A tal propósito, fuimos cierto día convocados los candidatos en la Inspección de Sanidad; allí se nos informó de las plazas vacantes. Las había de médicos de regimiento en las columnas de operaciones; de profesores de guardia en los hospitales urbanos y, en fin, de directores de enfermerías de campaña.

Si el lector tiene presente el carácter sandiamente quijotesco del autor de este libro, deducirá fácilmente que me sería adjudicado uno de los peores destinos. Y así fué, en efecto. Inspirado en sentimientos de equidad y abnegación, por nadie agradecidos, me abstuve de presentar las cartas de recomendación. Quise correr mi suerte o, mejor dicho, la suerte que no quisieran correr mis compañeros; los cuales, harto más prácticos y ajenos a mis escrúpulos, removieron cielo y tierra para asegurarse las plazas de hospital, verdaderas sinecuras, o, en su defecto, las de médico de batallón. Para los tontos o desvalidos quedaron reservadas las enfermerías de la manigua y de las trochas, estaciones aisladas, de difícil aprovisionamiento, y extraordinariamente insalubres.

Claro es que también el médico de batallón en campaña corría serios peligros; pero tenía al menos la ventaja de cobrar puntualmente. Sabía, además, que, tras algunos días de excursión por la manigua, podría regresar a la capital del distrito para restaurar fuerzas, remendar alifafes y participar de las satisfacciones de la vida social.

Por cierto que la enfermería que yo debía regentar era de las más peligrosas e incomunicadas: la de Vista Hermosa, perdida en plena manigua, dentro del distrito de Puerto Príncipe, en medio de un país asolado y despoblado por la guerra.

Días después del reparto de plazas, zarpó el vapor que debía conducirnos a Nuevitas; en él nos embarcamos algunos médicos destinados al Departamento central, con buen golpe de tropas de refresco para cubrir bajas. Un tren blindado nos trasladó en pocas horas desde Nuevitas, al través del manigual desierto, a la capital del Camagüey[11]. Alojéme en la famosa Fonda del Caballo Blanco, donde se hospedaron también mis camaradas Vela y Sánchez Herrero. En fin, transcurridos algunos días de descanso, incorporéme a mi destino, aprovechando la marcha de una columna volante, encargada de racionar la citada enfermería de Vista Hermosa.

Por cierto que ya en marcha, durante un alto de la columna, y bajo el techo de estancia abandonada, tuve por primera vez noticia del próximo advenimiento de la restauración monárquica. Invitado a tomar café con algunos jefes y oficiales, cierto comandante aragonés sorprendióme con esta pregunta, disparada a quemarropa[12]:

—Usted, que acaba de llegar de España, ¿qué me cuenta de la conspiración que debe proclamar a D. Alfonso?

—Creo —murmuré— que la República conservadora merece la confianza del Ejército.

—Bien veo, paisano, que vive usted en el limbo. ¡Cómo!... ¿Ignora usted que todo el Ejército, sin excepción, es alfonsino, y que cualquier día, pese a la resistencia de los politiquillos, caerá la República?...

Lleno de estupor, dirijo una mirada interrogativa al coronel, jefe de la fuerza, para leer en sus gestos alguna señal de reprobación, o al menos de contrariedad... Todo lo contrario. Pronto comprendí que lo expresado por mi paisano era diaria comidilla de la oficialidad, y que el Ejército de Cuba, como el de la Península, se había pasado en masa al campo alfonsino.

En vano Castelar, con su prudencia política y espíritu oportunamente conservador, trabajaba por consolidar definitivamente la República, ideal de la Revolución: el recuerdo de la indisciplina militar y de las vergonzosas escenas de Cartagena, la habían matado definitivamente en el corazón del Ejército y en el pensamiento de las clases directoras del país. El golpe de Estado de Pavía era indeclinable.

Entonces acudieron a mi memoria ciertos hechos presenciados en Cataluña, acerca de cuya significación no había parado mientes. Cuando nuestra columna pernoctaba en alguna villa importante, los oficiales tertulianos del café o del casino se escindían en dos grupos: la masa principal, con el coronel a la cabeza, agrupábase en una o varias mesas próximas, cuchicheando de política; mientras que cierto pequeño contingente, constituído por oficiales o jefes de procedencia republicana, formaba rancho aparte. Dábase, pues, el caso singular de que, en plena República, los oficiales republicanos (cuyo número disminuía incesantemente) vivían como avergonzados de su origen, y eran tratados desconfiadamente y casi con hostilidad por sus camaradas monárquicos.

Los sucesos hicieron pronto buenas las profecías del comandante. Sabido es que poco después (29 de Diciembre de 1874) sobrevino la sublevación de Sagunto y la proclamación de D. Alfonso XII[13].

El pueblo de Vista Hermosa constituía un pequeño poblado extendido por las faldas de suave altozano, rodeado de extensos maniguales. En la eminencia más culminante alzábase sólido fortín cuadrado, construído con gruesos troncos de árbol y surcado de aspilleras. En él se alojaba una compañía (harto mermada por las enfermedades) a las órdenes de un capitán. A corta distancia estaba emplazado el hospital, enorme barracón de madera, con techo de palma y capaz para unas 300 camas. En los ángulos periféricos orientados hacia la manigua, destacábanse dos robustos torreones, reforzados por parapeto de troncos. Al abrigo del[14] fuerte y de la enfermería, únicos edificios de alguna importancia, extendíanse los almacenes y algunas pobres rancherías de chinos y negros. En los alrededores veíase un descampado, limpio de bosque, cuya maleza exuberante había que segar con frecuencia, para que no invadiera los barracones con su pujante crecimiento, ni facilitara, por tanto, las sorpresas del vigilante enemigo.

Cada mes nos enviaban desde Puerto Príncipe las raciones necesarias para el hospital y guarnición, aprovechando al efecto el tránsito de columnas de operaciones. En el intervalo, quedábamos absolutamente incomunicados con el mundo, siendo peligrosísimo aventurarse en la manigua más de un kilómetro, pues los mambises nos espiaban; casi todos los días había tiroteo entre ellos y los centinelas.

Por aquella época, la enfermería puesta a mi cuidado albergaba más de 200 enfermos, casi todos palúdicos o disentéricos, procedentes de las columnas volantes de operaciones en el Camagüey.

Dormía yo junto a mis pacientes, dentro de la gran barraca, en un cuartito separado del resto por tabique de tablas. Además de cama y mesa, contenía mi departamento, en pintoresca mescolanza, fusiles de los soldados muertos, cartucheras y fornituras de todas clases, cajas de galletas y azúcar, botes de medicamentos, singularmente del sulfato de quinina, la providencia del palúdico en los países tropicales. Con cajones y latas vacías, dispuse en un rinconcito un laboratorio fotográfico y construí el estante destinado a mi exigua biblioteca.

Al principio, no obstante la fatiga y las emociones inherentes al cuidado de tantos enfermos, lo pasé bastante bien, amenizando mis ocios con la lectura, el dibujo y la fotografía. Por fortuna, como ya sabe el lector, la ausencia de vida social la he soportado siempre bien, gracias al noble vicio pictórico y a mi incansable afición por la lectura.

Pero contra los microbios nada valen las seducciones del arte ni las expansiones de la imaginación. El espíritu se mantenía bien, pero entretanto el cuerpo decaía. Ni la ración alimenticia, compuesta de pan, galletas, arroz y café, era la más adecuada para criar buena sangre. En vano pretendía entonar el organismo agregando al menú, de tarde en tarde, tal cual plátano o coco, arrebatados eventualmente por algún negro merodeador de ingenios abandonados.

Al fin flaqueó mi resistencia y caí enfermo de paludismo. Nubes de mosquitos nos rodeaban: además del Anopheles claviger, ordinario portador del protozoario de la malaria, nos mortificaban el casi invisible gegén[15], amén de ejército innumerable de pulgas, cucarachas y hormigas. La ola de la vida parásita nos envolvía por todas partes.

¡Qué cosa más triste es la ignorancia! Si, por aquella época, hubiéramos sabido que el vehículo exclusivo del paludismo es el mosquito, España habría salvado miles de infelices soldados, arrebatados por la caquexia palúdica en Cuba o en la Península... Para evitar o limitar notablemente la hecatombe, habría bastado proteger nuestros lechos con simples mosquiteros o limpiar de larvas de Anopheles las vecinas charcas.

Nada remediaba el tomar dosis heroicas de sulfato de quinina. Por de pronto se mejoraba; mas, transcurridos algunos días, volvía la accesión. Ésta vino a ser en mí diaria, a causa, sin duda, de reinoculaciones muy próximas del plasmodium. Entretanto, había perdido el apetito y las fuerzas; el bazo se hipertrofiaba; la color hízose terrosa; andaba premiosamente, y la anemia, ¡la terrible anemia palúdica!, se iniciaba con todo su cortejo de síntomas alarmantes. Al fin quedé postrado, siéndome imposible atender a los enfermos. Un practicante estulto me suplía; todo iba manga por hombro. Para colmo de desdicha, ¡al paludismo se agregó la disentería!...

¡Oh el admirable optimismo de la juventud!... Mi vida estaba tan seriamente amenazada como la de los infelices soldados disentéricos, tuberculosos y palúdicos que morían en torno mío; y, con todo eso, abrigaba tal confianza en la fortaleza de mi constitución, que, en cuanto abonanzaban los síntomas, aprovechaba mi forzoso reposo en aprender el inglés, a cuyo efecto habíame procurado en la Habana buen golpe de libros e ilustraciones yanquis, amén del indispensable Ollendorff. Creía firmemente que, en cuanto pudiera sustraerme a la influencia de aquellos miasmas (entonces se creía en los miasmas de los pantanos como causa de paludismo), recobraría rápidamente la salud. Tengo por seguro que mi profunda confianza en la vis medicatrix[16] me salvó.

Por aquellos meses hubo en Vista Hermosa cierta alarma que nos reveló la entereza y decisión de mis enfermos. Sería la del alba cuando nos sorprendió tumulto de voces y descargas. Arrojéme de la cama, vestíme sumariamente, y me informaron de que cierta partida enemiga, emboscada en la vecina manigua, trataba de sorprendernos. En efecto, vislumbrábase entre los árboles agitación de jinetes y peones, la mayoría negros y mulatos. Apercibido a tiempo el jefe de nuestro poblado, tomó rápidamente medidas defensivas, y, lleno de interés hacia mí, me ofreció amparo en la fortaleza.

—No tenga usted cuidado —le dije—. Si los mambises atacan el hospital, sabremos defendernos; en todo caso, mi deber es permanecer al lado de los enfermos.

Todo esto ocurrió en un santiamén. Habíame acometido la accesión febril, y hallábame en un estado de exaltación casi delirante. No obstante, empuñé un fusil, me proveí de cartuchos y recorrí las camas, invitando a los enfermos menos graves a la común defensa. La mayoría de ellos, aun los postrados por la calentura, incorporáronse en el lecho y descolgaron el Remington. Los que podían tenerse de pie se concentraron en los bastiones del barracón; los imposibilitados arrodilláronse en la cama, y desde ella y sacando el fusil por las ventanas, apuntaban al enemigo. Una descarga respondió al tiroteo de los mambises.

Mas los insurrectos, al encontrarnos tan apercibidos, retiráronse sin intentar repetir la hazaña de Cascorro, otro poblado como el nuestro, donde semanas antes habían sorprendido y macheteado a la guarnición y a los enfermos.

Una vez más se frustraba, por fortuna, mi loco anhelo de bélicas contiendas. En mi entusiasmo olvidaba a menudo que mi cometido no era batirme, sino curar enfermos. Como se ve, el ansia de notoriedad, de vanagloria, me perseguía hasta en el lecho del dolor...

Mi enfermedad, como dejo apuntado, marchaba de mal en peor. En vista de lo cual, solicité del inspector de Sanidad de Puerto Príncipe un mes de licencia. Aunque con dificultades y regateos de tiempo (faltaba personal para reemplazarme), se me otorgó al fin. Arribado a la capital del Camagüey, un tratamiento racional, y más que nada la cesación de nuevas infecciones, me aliviaron mucho. La fotografía aquí reproducida no da suficiente idea del aspecto chupado y anguloso de mi rostro, aun en la época de máxima reparación. En realidad, había caído en ese estado de decadencia orgánica conocido con el nombre de caquexia palúdica, que debía prolongarse muchos años, y de cuyas lejanas repercusiones morbosas soy todavía víctima.

En vista de mi relativa convalecencia, el jefe de Sanidad, Dr. Grau, agregóme al Cuerpo de médicos de guardia del Hospital Militar de Puerto Príncipe, donde alterné con algunos amigos de la Península, y tuve el gusto de conocer al Dr. Ledesma, que sobresalía ya como operador habilísimo.

Mes y medio permanecí en la ciudad. Fué la época más agradable de mi estancia en Cuba. Todas las tardes concurrían al Café del Caballo Blanco, entre otros camaradas, Joaquín Vela y Martín Visié, excelente amigo y condiscípulo. No obstante mis andanzas por cafés, casinos y tertulias caseras, tuve la entereza de resistir a los tres grandes vicios de nuestra oficialidad: el tabaco, la ginebra y el juego. Verdad que no estaba yo para trotes.

El alcoholismo, sobre todo, hacía estragos en el ejército. Del coñac y de la ginebra, mejor aún que del vómito, podía decirse que eran los mejores aliados del mambís. Fumando de lo más caro, y bebiendo ginebra y ron a todo pasto[17], no era extraño que muchos jefes y oficiales decayeran física y moralmente. Además, retenidas las pagas, pasaban apuros económicos.

También yo luché con dificultades de este género, aunque por causas independientes de mi voluntad. Durante mis cuatro meses de permanencia en la isla no había recibido sino la primera paga de capitán (125 pesos oro). En vano remitía mensualmente a la Habana los justificantes de haberes. La penuria económica de los médicos de enfermerías no obedecía sólo al clásico desbarajuste de la administración española; debióse también al desfalco de un tal Villaluenga, farmacéutico del Hospital Militar de la Habana y habilitado general del Cuerpo de Sanidad, el cual se fugó a los Estados Unidos en compañía de 90.000 pesos y de una pelandusca[18].

En esto del cobro de las pagas reinaba desigualdad irritante. Los médicos militares de servicio en las capitales percibían puntualmente sus haberes; para los médicos de batallón solían retrasarse algo, si bien disponían del recurso de percibir anticipos de la caja del regimiento o de empeñar pagas devengadas en casas de comercio; pero los pobretes que prestábamos servicios en trochas o en enfermerías de campaña, dependíamos en lo económico de la Habilitación general de la Habana, y, sin relaciones de amistad con el comercio de las ciudades, quedábamos frecuentemente desamparados.

Tal me ocurrió a mí. Habiendo expuesto al Dr. Grau mi precaria situación, tuvo la bondad de gestionar entre los compañeros un préstamo (125 pesos) a reintegrar, como era justo, de mis haberes atrasados. En aquellas azarosas circunstancias, mi demanda era inexcusable. Supe, sin embargo, con sorpresa, gracias al amigo Visié, que aquel guante en favor de un compañero había desagradado profundamente. «¿Qué hombre es éste —decían— que, a poco de estar en la isla, demanda una limosna para vivir?... Apele, como los demás, al crédito; que se espabile y sacuda su cortedad de genio».

En efecto; yo fuí siempre poco espabilado; pero en aquella ocasión mis compañeros deslucieron una buena acción con una injusticia. ¡No se hacían cargo de que había pasado cuatro meses en un desierto, y de ellos tres gravemente enfermo!... ¡Mi crédito!... ¿Pero qué mercader de Puerto Príncipe se hubiera arriesgado a prestar su dinero a un pobre diablo desconocido, de figura espectral, y condenado, verosímilmente, a extinguirse en breve plazo en cualquier rincón de las trochas?

El fallecimiento del médico director de la enfermería de San Isidro en la Trocha del Este, puso fin a mi situación provisional de profesor de guardia en Puerto Príncipe. Sin considerar que había en disponibilidad otros ayudantes médicos más modernos que yo, ni fijarse en que mi salud distaba mucho de estar consolidada, el Dr. Grau designóme para reemplazar al compañero fallecido, quien, por cierto, había sustituído a su vez a otro médico caído también en el cumplimiento del deber. Acepté dócilmente el nuevo cargo, aunque, a la verdad, hízome poca gracia entrar en fila macabra con mis desdichados antecesores.

La enfermería de San Isidro era uno de los varios hospitales de campaña anejos a la trocha militar del Este, la cual comenzaba en Bagá, pequeña población de la amplia bahía de Nuevitas. Emplazada en terreno bajo y pantanoso, ofrecía, si cabe, mayor insalubridad que Vista Hermosa, a la que llevaba solamente la ventaja de superior facilidad en comunicaciones y aprovisionamientos. Porque entre San Isidro y San Miguel de Nuevitas, la principal ciudad de la trocha, no lejos de Bagá, circulaba diariamente cierto tren militar o plataforma, como nosotros lo llamábamos. Para proteger el hospital de campaña, vasto cobertizo capaz para 300 enfermos, alzábase recio fortín, cuadrado, destinado a la guarnición. Algunos pobres bohíos, habitados por lavanderas y obreros negros de la trocha, completaban el exiguo poblado, que dependía en absoluto de San Miguel, para los suministros de víveres y demás operaciones comerciales.

Mala suerte tuve al adjudicárseme aquel destino. De las deficiencias higiénicas de San Isidro certificaban, de una parte, la guarnición, casi siempre enferma en sus dos tercios; y, de otra, el hecho singular de haber sido escogido dicho paraje —vasta sabana cruzada por ciénagas— como lugar de corrección de oficiales borrachos y calaveras. Uno o dos meses de destierro en San Isidro considerábase como recurso heroico capaz de domar las más enconadas rebeldías. Se decía, y no a humo de pajas, que, acabada la suave condena, los oficiales levantiscos mostraban la más dulce de las tranquilidades: los unos, por la sencilla razón de haberse muerto; los otros, por yacer impotentes en el lecho del dolor...

A poco de mi llegada pude ya comprobar las excelencias de aquel lugar de expiación. Acababa precisamente de fallecer cierto capitán borracho y pendenciero, y se preparaban a embarcar en la plataforma liberadora, con paso débil y mirada desfalleciente, dos oficiales recién cumplidos. Para reemplazarlos, llegaron, a los pocos días, cierto capitán de Administración Militar medio loco, pero muy listo, y con quien por cierto mantuve ruidosas polémicas filosóficas, y tres oficiales de diversas Armas, acusados de promover escándalos y cometer muchos excesos en los cafés y demás centros de recreo. Eran gente alegre y dicharachera. Oyendo sus proezas, pasaba muy buenos ratos. ¡Qué de novelescas conquistas amorosas!... ¡Cuántos ingeniosos recursos para burlar la antipática vigilancia de maridos y papás! ¡Qué de infalibles ardides contra la bolsa de los usureros!...

Lo malo fué que tan amenas pláticas se acabaron pronto. Una o dos semanas después casi todos aquellos arrogantes Lovelaces cayeron en cama con calentura. Y cuando sonó la hora de la ansiada emancipación, arrojáronse del lecho, resueltos a no permanecer en San Isidro ni un minuto más. Dos de ellos fueron transportados al tren en camilla. Recuerdo que, al decirme adiós, miráronme con esa conmiseración con que el rescatado de Argel debía contemplar al cautivo sin esperanza.

Tal fué el idílico y apacible retiro con que me obsequió el Dr. Grau, en cumplimiento de atribuciones y deberes indiscutibles. No me quejé y no me quejo hoy. Al fin y al cabo, alguno había de cargar con el mochuelo.

No estará demás informar brevemente al lector de la significación del sistema defensivo de las Trochas militares.

Las trochas de Cuba eran caminos bordeados por fuerte empalizada, con o sin alambradas de refuerzo, y amparados cada 500 metros por blockhaus, donde vigilaban pequeños destacamentos de soldados. Cada 1.000 o más metros alzábase un fortín de madera, guarnecido por una compañía o fracción de ella. De distancia en distancia, levantábanse algunos poblados; en ellos la línea militar era defendida mediante puestos militares de cierta importancia, a cuya sombra protectora se amparaban enfermerías y almacenes.

La llamada Trocha del Este o del Bagá, aunque no terminada, extendíase de Norte a Sur unos 52 kilómetros, comprendía tres o cuatro hospitales de campaña, y secuestraba, en una inmovilidad enervante, varios miles de soldados. La trocha de Júcaro a Morón, mucho más larga, inmovilizaba ocho o diez mil, que había que renovar cada tres o cuatro meses. Épocas hubo en San Isidro, durante las cuales las tres cuartas partes de las guarniciones de la línea militar eran baja en las enfermerías; por donde quedaban blockhaus y fortines casi abandonados y a merced del enemigo.

En teoría, el plan —un tanto pueril— parecía bien pergeñado. Nuestros técnicos militares debieron quizá discurrir así: Afecta la gran Antilla figura de salchicha, con dos estrangulaciones centrales divisoras del territorio en tres principales departamentos: el de las Villas y Occidental, rico y floreciente, y cuya tranquilidad importaba mucho asegurar; el Central o del Camagüey, donde la insurrección tuvo siempre tenaces partidarios, y, en fin, el oriental (Bayamo, Holguín, Santiago, etc.), donde la rebelión alcanzaba todo su auge. «Si cortamos la isla de Norte a Sur —debieron pensar nuestros estrategas— por las susodichas escotaduras, mediante empalizadas y series de fortines, quedarán convertidas aquellas regiones en perfectos compartimentos estancos. Y una vez acabadas, las trochas serán eficaces desde luego para preservar del contagio revolucionario al próspero departamento de las Villas, fuente de valiosos recursos; y además para que un ejército relativamente pequeño vaya limpiando, sucesiva y metódicamente, de insurrectos cada compartimento estanco.»

Los repetidos reveses de la campaña probaron, sin embargo, que las trochas constituyeron grave error militar. Acaso la de Júcaro a Morón prestó al principio, cuando las partidas revolucionarias alcanzaban exiguos contingentes o constaban de soldados poco aguerridos, servicios positivos; pero ulteriormente, los inconvenientes superaron con mucho a los harto discutibles beneficios. Todo el mundo pudo ver, y ello consta en las manifestaciones del general Portillo y en las representaciones al Gobierno del Capitán general Concha, que aquellas inexpugnables murallas de la China eran tácticamente ineficaces. Atravesábanlas impunemente los insurrectos (recuérdese, entre otros cruces célebres, el de la trocha del Júcaro realizado por Máximo Gómez en 1874, para propagar el fuego de la rebelión a las Villas); inmovilizaban sin fruto copioso ejército que habría sido eficacísimo en operaciones de persecución activa; aumentaban en grado indecible, particularmente durante la época de las lluvias, las bajas por enfermedad (¡muchos fortines se alzaban en marismas y pantanos!...); y, en fin, consumieron en trabajos de explanación, fortalezas, construcción de estacadas, entretenimiento de hospitales y depósitos de víveres y medicamentos, sumas fabulosas. Y esto precisamente cuando los apuros económicos de la metrópoli, casi huérfana de crédito y desangrada por dos tremendas guerras peninsulares, eran abrumadores.

Cuando más tarde, aleccionados por dolorosa experiencia, abandonamos las trochas, éstas habían causado más de 20.000 víctimas.

¡Asombra e indigna reconocer la ofuscación y terquedad de nuestros generales y gobernantes, y la increíble insensibilidad con que en todas épocas se ha derrochado la sangre del pueblo!

Al referir aquellos sucesos, después de ocurrida la catástrofe colonial, es difícil resistir a la tentación de indagar las causas de tantos reveses y de recordar los grandes desaciertos de nuestra política ultramarina. Es triste reconocer que la característica de los estadistas españoles consistió siempre en rechazar obstinadamente las lecciones de la historia. Nuestros políticos vivieron siempre al día, atentos al conflicto presente, sin preocuparse lo más mínimo del porvenir. Ni los episodios desdichados de la emancipación de América, ni dos agotadoras campañas en Cuba, ni el consejo de los pocos políticos clarividentes que hemos tenido, como Aranda, Prim y Pí y Margall, hicieron mella en el cerril egoísmo de nuestras oligarquías turnantes.

Con una falta de cordura incomprensible en preclaros talentos, hombres como Castelar y Cánovas pensaban que Cuba —esa Cuba que nos aborrecía y cuya independencia, deseada por América entera, era inevitable— valía la pena de sacrificarle España. La frase efectista del célebre estadista conservador «hasta el último hombre y la última peseta», ha pasado a la historia cual testimonio elocuente de cómo en España puede llegarse al pináculo del Poder sin la prudencia y previsión necesarias para salvaguardar los primordiales intereses de una raza. Harto más hábiles fueron, en conflictos semejantes, otras naciones. Recuérdese a Portugal y Holanda conservando sus colonias, no obstante las codicias de las naciones más poderosas. ¡Qué pena pensar que la rectificación a tiempo de nuestro criterio político, en orden al régimen de las posesiones de Asia y América, hubiera conservado sin mermas el glorioso patrimonio de nuestros mayores!...

Al rectificar nuestra conducta, nada teníamos que inventar. Bastaba con imitar a Inglaterra, la maestra insuperable en las artes de la política, siempre atenta a las enseñanzas de la realidad. De la guerra separatista de los Estados Unidos sacó el gran principio de la autonomía, gracias a cuya leal y generosa aplicación cesó el movimiento emancipador de sus colonias, que, diversificadas en lo político, vemos hoy de cada vez más compenetradas en espíritu y sentimiento con la metrópoli. Mientras tanto, nuestra evolución política en punto al gobierno colonial, consistió en pasar del régimen tutorial al régimen asimilista. Y cuando, apremiados por las circunstancias, pensamos en dictar reformas para Cuba, sólo se nos ocurrió planear incoloro simulacro de autonomía administrativa y política, es decir, una de esas medias medidas, exentas de generosidad, por igual aborrecibles a criollos y peninsulares, y que los temperamentos resueltos, en su odio a la metrópoli, rechazan siempre como burlas intolerables.

Si al menos, al terminar la primera guerra de Cuba, —que, como todas las contiendas civiles, acabó necesariamente en pacto— hubiéramos cumplido lealmente solemnes compromisos; si en vez de llevar a las Cortes fórmulas hábiles hubieran nuestros Gobiernos convertido en ley, como ofreció Martínez Campos, las condiciones de la paz del Zanjón, habríamos quizás evitado la segunda guerra separatista, y con ella el desastroso choque con los Estados Unidos... Hemos caído porque no supimos nunca ser generosos ni justos.

Pero con estas dolorosas digresiones pierdo de vista el asunto y falto además a formales promesas. Volvamos, pues, a San Isidro.

Mi labor médica en San Isidro era abrumadora, pues pasaban de 300 los enfermos. Por suerte, la patología resultaba poco variada y difícil: viruela (que hacía estragos en los negros), úlceras crónicas, disentería y paludismo. A cada una de tales dolencias aplicábase un tratamiento ritual.

Pero si el servicio profesional, aunque pesado, no ocasionaba graves quebraderos de cabeza, en cambio los daba, y grandes, el saneamiento administrativo del hospital. En San Isidro buena parte de los empleados estafaban al Estado, desde el jefe de la guarnición hasta los practicantes y cocineros. Conforme era de presumir, el Quijote que yo llevaba en el cuerpo se me alborotó al tener noticia de tan innobles abusos, y me lancé resuelto a la pelea, precisamente cuando mi salud volvió a quebrantarse seriamente.

He aquí la técnica empleada por los defraudadores para vivir parásitamente a expensas de la administración.

En dos o tres ocasiones habíanseme quejado los enfermos sujetos a ración de gallina de la insipidez y aspecto estropajoso de las raciones servidas. Extrañado de la queja, me propuse averiguar a todo trance por qué las aves de corral habían perdido de pronto su exquisito sabor. El azar llevóme cierto día a pasear por los alrededores del poblado, donde sorprendí un bien repuesto gallinero, perteneciente al cocinero del hospital. Fué tal encuentro para mí rayo de luz en las tinieblas. Y enlazando los hechos y olfateando las pistas, vine a resolver al fin el problema, amén de averiguar otros muchos abusos cometidos, con la complicidad del cocinero y practicantes, a beneficio del jefe y oficiales de la guarnición.

El escamoteo de las gallinas verificábase de dos maneras: 1.ª De acuerdo con el cocinero, recibían los enfermos como buenas raciones de gallina trozos de ésta de que se había extraído precisamente el caldo, y exentos, por tanto, de substancia. 2.ª Los practicantes cargaban en la libreta de prescripciones y régimen, firmada diariamente por mí, cierto número suplementario de raciones. Merced a tan ingeniosa invención, practicantes y oficiales comían pollo a todo pasto y aún quedaba algo para poblar el corral del cocinero, un negrazo tan bellaco como insolente.

La confrontación, hecha de memoria para no inspirar recelos, de las libretas del régimen, antes y después de ser enviadas a San Miguel por el practicante, me confirmó la realidad del abuso y me reveló, además, que, apelando al socorrido procedimiento de las adiciones, casi toda la carne, huevos, Jerez y cerveza consumidos por los oficiales y practicantes, salía del presupuesto del hospital.

Al encararme, indignado, con el cocinero y practicantes, autores materiales de la defraudación, se desarrolló la escena consiguiente, que ellos afrontaron con sorprendente cinismo, como quien tiene bien guardadas las espaldas. Ante mis interrogaciones apremiantes, declararon que el chanchullo, si así podía llamarse tan venial irregularidad, constituía régimen consuetudinario de la enfermería; que, gracias a su prudente tolerancia, consiguió mi antecesor vivir en paz con los oficiales, amén de economizar casi enteramente su sueldo; y, en fin, que yo debía dejarme de chismes y tonterías y allanarme a las clásicas prácticas administrativas. ¡Y esto sucedía cuando yo, atacado nuevamente de paludismo, para no acudir a la cocina del hospital, gastaba parsimoniosamente mis últimos centavos y entablaba tratos con cierto almacenista de San Miguel para pignorar una paga atrasada!

Todavía si la mencionada distracción hubiera obedecido a la necesidad, habría acallado mis escrúpulos; mas constábame, al contrario, que jefes y oficiales cobraban puntualmente sus haberes. En cuanto al cocinero y practicantes, hacían con lo defraudado tráfico vituperable.

De este modo resultó inevitable el choque con el comandante. En conferencia reservada censuré su proceder incorrecto; le expresé la imposibilidad moral en que me veía de tolerar tales irregularidades, ya que pesaba sobre mí la responsabilidad administrativa del hospital; añadí, en fin, que estaba dispuesto a corregir radicalmente los abusos.

Mi interlocutor se enojó mucho, reprochándome y hasta burlándose de lo que él llamaba chinchorrerías; pero no echó las cosas a barato. Acaso me creyera incapaz de sanear administrativamente el hospital. Sin embargo, cuando días después se encontraron jefes y oficiales sin víveres de guagua y advirtieron que las libretas de pedidos para la enfermería se comprobaban a diario, reaccionaron vivamente. Comenzó entonces contra mí una guerra de alfilerazos y de pequeñas insidias; se me condenó al aislamiento; se hizo lo posible, en suma, para agotar las fuerzas morales de un enfermo... Excusado es decir que cocinero y practicantes veían, no sin regocijo, cómo la enfermedad minaba rápidamente mi organismo. Otra persona más cavilosa que yo habría temido un envenenamiento. Afortunadamente, conservaba incurable optimismo.

Entre las malevolencias con que el comandante trató de molestarme, hubo una que estuvo a punto de provocar grave cuestión personal. En las noches de alarma (no raras en San Isidro), el comandante pretendía encerrar dos caballos suyos en el hospital, al lado de los enfermos, a fin de protegerlos contra los merodeadores; en justificación del capricho, alegaba que no cabían en el fortín de su residencia y que la enfermería era el sitio más seguro para guardarlos. Yo me opuse siempre a tan antihigiénica pretensión, varias veces renovada, y el jefe, aunque refunfuñando, acababa por desistir. Perdida ahora la cordialidad, pensó, sin duda, que no debía respetar mis escrúpulos. Y cierta noche, en que yo me hallaba acostado con fiebre alta, oí que traían los caballos a la sala, percibiéndose olor de cuadra insoportable. Vestíme de prisa y salí casi tambaleándome al encuentro de los palafreneros, a quienes rechacé a empellones, obligándoles a retirar el ganado. Noticioso, entretanto, el jefe de lo ocurrido, vino furioso hacia mí, exclamando con voz alterada por la cólera:

—¿Quién es usted para desobedecerme? ¡Aquí represento la suprema autoridad y usted tiene el deber de acatar ciegamente mis órdenes!...

—Dispense usted —repliqué—; dentro de este recinto no hay más autoridad que la mía. Pesa sobre mí la responsabilidad del cuidado de los enfermos, y en conciencia, no puedo consentir que por capricho de usted se convierta la sala en cuadra inmunda...

Ciego por la ira, y sin reparar en que estaba delante de un enfermo, se abalanzó en ademán de agredirme. Yo me puse a la defensiva, dispuesto a devolver golpe por golpe. La fiebre abrasaba mi cabeza, y hubo un momento en que todo lo vi rojo. Afortunadamente, los oficiales, harto más discretos que el comandante, comprendieron lo absurdo de la situación y nos separaron y apaciguaron.

Conforme era de esperar, el jefe me instruyó sumaria por insubordinación y amenazas a la autoridad. Comenzaron, pues, las actuaciones. La causa crecía como la espuma. Mi superior jerárquico propagó la especie de que no había de parar hasta mandarme a presidio. Para hacer buenas sus amenazas, confiaba mucho en cierto tío suyo, el brigadier X., habitante a la sazón en Santiago y personaje muy influyente en la Capitanía general. Mas al fin ocurrió lo que era de esperar. En cuanto, por mis declaraciones y denuncias, conocieron las autoridades de Puerto Príncipe las escandalosas filtraciones y los abusos de autoridad consentidos o cometidos por el jefe militar de San Isidro, todos, incluso el famoso general de quien tanto fiaba su sobrino, apresuráronse a echar tierra al asunto. De mi proceso, pues, nadie volvió a acordarse. Y un oportuno relevo del comandante, fundado en motivos de salud —allí todos estábamos más o menos enfermos—, restableció definitivamente la paz en San Isidro.

Santiago Ramón y Cajal
(Petilla de Aragón, 1852 - † Madrid, 1934)

EDICIÓN   Imprenta y Librería de Nicolás Moya, Madrid 1917
Fuente: Project Gutenberg (dominio público)
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1 Índice de la obra[editar]

TOMO I
Mi infancia y juventud

Advertencia al lector  •  1. Mis padres  •  2. Excursión tardía a mi pueblo natal  •  3. Mi primera infancia  •  4. Mi estancia en Valpalmas  •  5. Ayerbe  •  6. Desarrollo de mis instintos artísticos  •  7. Mi traslación a Jaca  •  8. El padre Jacinto, mi dómine de latín  •  9. Continúan mis distracciones  •  10. Mi regreso a Ayerbe  •  11. Dispone mi padre llevarme a Huesca a continuar mis estudios  •  12. Mis nuevos compañeros de algaradas  •  13. Las vacaciones  •  14. Mi padre me acomoda de aprendiz en una barbería  •  15. Inquina de mi catedrático de griego  •  16. Vuelta al estudio  •  17. Dos inventos que me causaron indecible asombro: el ferrocarril y la fotografía  •  18. Revolución de septiembre en Ayerbe  •  19. Comienzo en Zaragoza la carrera médica  •  20. Mis catedráticos de Medicina  •  21. Continúo mis estudios sin grandes mortificaciones  •  22. Recién licenciado en Medicina, ingreso en el cuerpo de Sanidad Militar  •  23. Llegada a La Habana  •  24. Mis distracciones en San Isidro  •  25. Me traslado a La Habana, donde recaigo de mi dolencia

TOMO II
Historia de mi labor científica

2 Biblioteca[editar]

Catálogo  •  Ayuda

3 Locuciones y expresiones[editar]

Artículo principal: locución
  • a quemarropa:
    desde muy cerca -un disparo-; con brusquedad -una pregunta- (locución adverbial).
... sorprendióme con esta pregunta, disparada a quemarropa...
quema + ropa > Red x.svgquemaropa, Yes check.svgquemarropa (compuesto) →rr (dígrafo)
... Al abrigo del fuerte y de la enfermería, únicos edificios de alguna importancia, extendíanse los almacenes...
... bebiendo ginebra y ron a todo pasto, no era extraño que muchos jefes y oficiales decayeran física y moralmente.


notas

  1. 1,0 1,1 1,2 Red x.svgla Habana, Yes check.svgLa Habana (→ Nombres geográficos)
  2. Red x.svgnoctilucos, Yes check.svgnoctilucas (DLE en línea).
    Del latín noctilūca 'la que luce de noche': protozoo marino luminiscente del género Noctiluca (→ Ortotipografía en animales y plantas).
  3. Red x.svgdécimosexto, Yes check.svgdecimosexto
    Compuesto de los ordinales décimo y sexto que admite dos grafías: décimo sexto (sintagmática) o decimosexto (univerbal). Esta última es llana acabada en vocal, sin tilde (→ acentuación).
    décimo + sexto:
    Yes check.svgdecimosexto, /de.ci.mo.sex.to/, Red x.svgdécimosexto
    → décimo sexto


    Se exceptúan de la norma los adverbios acabados en -mente derivados de adjetivos con tilde, únicas palabras del español con dos acentos que conservan aquélla:

    cortés + -mente → Yes check.svgcortésmente, /cor.tés.men.te/, Red x.svgcortesmente
    dócil + -mente → Yes check.svgdócilmente, /.cil.men.te/, Red x.svgdocilmente
  4. cala: ensenada pequeña (→ homonimia y polisemia, lista de homónimos).
  5. criollo: descendiente de españoles nacido en las colonias americanas.
  6. manigua: tipo de bosque. Es voz taína de La Española y otros territorios del mar Caribe
  7. guajiro: en Cuba, persona del medio rural.
  8. mambís o mambí: revolucionario independentista de Santo Domingo y Cuba (siglo XIX)
  9. Yes check.svgpolicromo, Yes check.svgpolícromo (→ palabras con doble acentuación)
  10. Yes check.svgcolibrís, Yes check.svgcolibríes (→ formación del plural)
  11. Camagüey: provincia cubana, de capital homónima.
  12. a quemarropa: locución
  13. Alfonso XII el Pacificador, hijo de Isabel II, rey de España (1874-1885). El 29 de diciembre de 1874 el general Arsenio Martínez-Campos Antón se pronuncia en Sagunto a favor del príncipe Alfonso.
  14. al abrigo de: locución
  15. Red x.svggegén, Yes check.svgjején: pequeño mosquito de picadura muy irritante.
  16. Vis medicatrix naturae: 'el poder curativo de la naturaleza', principio de la medicina hipocrática (latinismo).
  17. a todo pasto: locución
  18. Yes check.svgpelandusca, Yes check.svgpelandrusca