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CAPÍTULO IV
Mi estancia en Valpalmas. — Los tres acontecimientos decisivos de mi niñez: los festejos destinados a celebrar nuestras victorias de África, la caída de un rayo en la escuela y el eclipse de sol del año 60.


Durante los últimos años pasados en Valpalmas (pueblo de la provincia de Zaragoza, no lejos de Egea[1]), ocurrieron tres sucesos que tuvieron decisiva influencia en mis ideas y sentimientos ulteriores. Fueron éstos: la conmemoración de las gloriosas victorias de África; la caída de un rayo en la escuela y en la iglesia del pueblo, y el famoso eclipse de sol del año 60[2]. Tendría yo por entonces siete u ocho años.

Los festejos acordados por el Ayuntamiento de Valpalmas para celebrar los triunfos de nuestros bravos soldados en África[3], fueron rumbosos y proporcionados al entusiasmo patriótico que reinaba entonces en toda España. «Por fin —oía yo decir—, las lanzas y espadas a menudo esgrimidas contra nosotros mismos, se han vuelto contra los odiados enemigos de la raza.» ¡Hacía tanto tiempo que la gloriosa bandera española no había flameado sobre los muros de extranjera ciudad! No cabía duda; la raza hispana había vuelto en sí, readquiriendo conciencia de su propio valer. Aquellos eran los mismos esforzados infantes de Pavía[4] y San Quintín[5].

¡Con qué cordial e ingenuo entusiasmo vitoreábamos a los bravos soldados de África, y singularmente a los generales Prim y O’Donnell! ¡Cuán orgullosos estábamos de la derrota de Muley-el-Abbas y de la sangrienta toma de Tetuán, y cuán indignados también contra la diplomacia inglesa —la pérfida Albión[6] , como se decía entonces, con olvido de los inestimables servicios que nos prestara en nuestra guerra contra los franceses— por haber detenido con un gesto de altivez y de mal humor el avance triunfal de nuestras tropas!... No tenía yo entonces representación muy clara del carácter de las ofensas recibidas, de la legitimidad y necesidad de la venganza, ni de las ventajas morales y materiales que la guerra podía traernos; pero, al ver alegría y entusiasmo en todo el mundo, me entusiasmé y alborocé también, aceptando mi parte en los obsequios y finezas con que nuestros rudos, pero patrióticos ediles de Valpalmas, quisieron exteriorizar la gran satisfacción y noble orgullo que rebosaba en todos los corazones.

Entre los festejos preparados para celebrar la entrada de nuestras tropas en Tetuán, recuerdo las marchas, pasos-dobles[7] y jotas, ejecutadas con más fervor que afinación por cierta murga traída de no sé dónde; y una hoguera formidable encendida en la plaza pública, y en cuyas brasas se asaron y cocieron, a semejanza de lo contado por Cervantes en las bodas de Camacho[8], muchos carneros y gallinas. Al compás de la ruidosa orquesta, circulaban de mano en mano, y sin darse punto de reposo, botas rebosantes de excelente vino de la tierra, así como sabrosas tajadas, a las cuales, como se comprenderá bien, no hicimos asco los chicos; antes bien, jubilosos por la fiesta y el jolgorio, y alborotados con esta especie de comunión patriótica, nos pusimos ahítos de carne y medio calamocanos de mosto[9].

Fué ésta la primera vez que surgieron en mi mente, con plena conciencia, la idea y el sentimiento de la patria. Representa, por lo común, el patriotismo pasión tardía; acaricia el espíritu durante la adolescencia, cuando penetran en sensorio las primeras nociones precisas acerca de la historia y geografía nacionales. Estas nociones exceden y dilatan el mezquino concepto de familia y, empequeñeciendo el amor al campanario, nos enseñan que más allá de los términos de la región viven millones de hermanos nuestros que aman, esperan, luchan y odian al unísono con nosotros; que, en suma, hablan la misma lengua y tienen iguales origen y destino. Tamaño sentimiento de solidaridad se exalta todavía en el niño cuando lee el relato de las hazañas de sus mayores: tales lecturas despiertan en él la admiración y el culto hacia los héroes de la raza, defensores del territorio nacional contra las agresiones de los extraños, y sugiérenle, además, el noble deseo de emular a las grandes figuras de la historia y de sacrificarse, si preciso fuera, en el altar sagrado de la patria.

Pero en mí, por virtud quizá del acontecimiento aludido, acaso por el concurso de otras causas, el sentimiento de patria fué muy precoz. Pobres e incompletas eran las nociones históricas aprendidas en la escuela o de labios de mi padre; pero bastáronme para formar alta idea de mi nación como entidad guerrera, descubridora y artística, y para que me considerase orgulloso de haber nacido en España.

Harto sabido es que el sentimiento de patria es doble; entran en él afectos y aversiones. De una parte, el amor al terruño y el culto a la raza; y, de otra, el odio a los extranjeros, con quienes la nación hubo de contender en defensa de la independencia. Por entonces reinaban en Aragón, como en la mayor parte de España, estas dos formas del patriotismo, y singularmente la negativa. No me daba yo cuenta entonces de cuán instintivo y natural era en nosotros el aborrecimiento al feroz marroquí, enemigo legendario del cristiano, y cuán excusable el odio al francés, cuyos incontrastables poder y riquezas habían atajado nuestro movimiento de expansión en Europa. En ello, sin embargo, latía una injusticia que más adelante corregí.

Andando el tiempo y creciendo en luces y reflexión, eché de ver que, en punto a agresiones injustas y desapoderadas, allá se van todos los pueblos. Todos hemos hecho guerras justas e injustas. Y, al fin, han prevalecido, no los más valerosos, sino los más ricos e inteligentes. No es, pues, de extrañar que, andando el tiempo, repudiara progresivamente la inquina y antipatía al extranjero, para no cultivar sino la faz positiva del patriotismo, es decir: el amor desinteresado de la casta y el ferviente anhelo de que mi país desempeñara en la historia del mundo y en las empresas de la civilización europea brillante papel[10].

De todos modos, y sin desconocer que en mi exaltación patriótica han entrado muchos y muy diversos factores, parece incuestionable que tuvo positiva influencia el suceso de referencia, suceso muy propio para inflamar las almas juveniles, y sembrar gérmenes de entusiasmo que vegetan y florecen vigorosamente en la madurez.

El segundo acontecimiento a que hice referencia, es decir, el rayo caído en la escuela, con circunstancias y efectos singularmente dramáticos, dejó también ancha estela en mi memoria. Por la primera vez aparecióse ante mí, con toda su imponente majestad, esa fuerza ciega e incontrastable imperante en el Cosmos, fuerza burladora de los designios humanos, indiferente, al parecer, a nuestras cuitas y dolores, que no distingue de probos y de réprobos, de inocentes o de malvados.

He aquí el horripilante suceso: Estábamos los niños reunidos una tarde en la escuela y entregados, bajo la dirección de la maestra, a la oración (el maestro guardaba cama aquel día). Ocupados en tan piadoso ejercicio, según costumbre de todos los sábados, y corridas ya las primeras horas de la tarde, encapotóse rápidamente el cielo y retumbaron violentamente algunos truenos, que no nos inmutaron; cuando de repente, en medio del íntimo recogimiento de la plegaria, vibrantes aún en nuestros labios aquellas suplicantes palabras: «Señor, líbranos de todo mal», sonó formidable y horrísono estampido, que sacudió de raíz el edificio, heló la sangre en nuestras venas y cortó brutalmente la comenzada oración. Polvo espesísimo mezclado con cascotes y pedazos de yeso, desprendidos del techo, anubló nuestros ojos, y acre olor de azufre quemado se esparció por la estancia, en la cual, espantados, corriendo como locos, medio ciegos por el polvo densísimo, y cayendo unos sobre otros bajo aquel chaparrón de proyectiles, buscábamos ansiosamente, sin atinar en mucho rato, la salida. Más afortunado o menos paralizado por el terror, uno de los chicos acertó con la puerta, y en pos de él nos precipitamos despavoridos los demás, pálidos, sudorosos, desencajados, y huyendo de aquella atmósfera irrespirable.

La viva emoción que sentíamos no nos permitió darnos cuenta de lo ocurrido: creíamos que había estallado una mina, que se había hundido la casa, que la iglesia se había derrumbado sobre la escuela..., todo se nos ocurrió, menos la caída de un rayo.

Algunas buenas mujeres que nos vieron correr desatinados socorriéronnos inmediatamente; diéronnos agua; limpiáronnos el sudor polvoriento, que nos daba aspecto de fantasmas, y vendaron provisionalmente a los que íbamos heridos. Una voz salida de entre el gentío nos llamó la atención acerca de cierta figura extraña, negruzca, colgante en el pretil del campanario. En efecto, allí, bajo la campana, envuelto en denso humo, la cabeza suspendida por fuera del muro, yacía exánime el pobre sacerdote, que creyó inocente poder conjurar la formidable borrasca con el imprudente doblar de la campana. Algunos hombres subieron a socorrerle y halláronle las ropas ardiendo y una terrible herida en el cuello, de que murió pocos días después. El rayo había pasado por él, mutilándole horriblemente. En la escuela, la maestra yacía sin sentido sobre el pupitre, herida también por la exhalación, que respetó, sin embargo, al maestro.

Poco a poco nos dimos cuenta de lo ocurrido: un rayo o centella había caído en la torre, fundiendo parcialmente la campana y casi electrocutando al párroco; continuando después sus giros caprichosos, penetró en la escuela por una ventana, horadó y rompió el techo del piso bajo, donde los chicos estábamos, y deshizo buena parte de la techumbre; pasó por detrás de la maestra, a la que sacudió violentamente, privándola de sentido, y, después de destrozar un cuadro del Salvador, colgante del muro, desapareció en el suelo por ancho boquete, especie de galería ratonil, labrada junto a la pared.

Ocioso fuera encarecer el estupor que me causara el trágico suceso.

Por primera vez cruzó por mi espíritu, profundamente conmovido, la idea del desorden y de la inarmonía. Sabido es que para el niño, la naturaleza constituye perpetuo milagro. La noción científica de ley, penetra en el cerebro infantil muy tardíamente, con las revolucionarias enseñanzas de la física y de la geografía astronómica. No inquieta, sin embargo, al niño ese caprichoso fluir de los fenómenos. Se lo estorba el profundo optimismo de toda vida que empieza, y sobre todo la certeza, adquirida por las enseñanzas del catecismo, de que existe en las alturas un Dios bueno que vigila piadosamente la marcha del gran artilugio cósmico e impone y sostiene la concordia entre los elementos. Padres y maestros le han revelado también que el Principio psicológico del Universo es, además, tiernísimo padre y excelso artista. En su infinito poder, adapta ingeniosamente las vicisitudes de las estaciones a las necesidades de la vida, y descendiendo de su austeridad, se digna componer y conservar, para edificación y regalo de la sensibilidad humana, cuadros soberbios: el cielo y sus celajes arrebolados; los prados y campos vernales, sembrados de amapolas y cernidos de mariposas; la negra noche, tachonada de estrellas; los árboles y vides cuajados de frutos...

Mas he aquí que de improviso tan hermosa concepción, que yo, como todos los niños, había formado, se tambalea. La riente paleta del sublime Artista se entenebrece; inopinadamente, el idilio se trueca en tragedia.

Muchas interrogaciones, a cual más formidables, me asaltaron. ¿Será cierto —pensaba— que el Dios de la Doctrina cristiana y de la Historia sagrada sienta infinita piedad por los hombres? ¿En su fervor religioso, los teólogos no habrán exagerado algo el interés que inspiramos a la Divinidad? ¿Y si resultara que nos mide con el mismo rasero que a las más humildes bestezuelas? Si realmente lo puede todo y es infinitamente bueno, según aseguran formalmente el cura y el maestro, ¿cómo esta vez no ha interpuesto una mano piadosa en el furioso engranaje de los elementos, evitando la muerte de un santo varón, el destrozo de un templo y el terror de tantos inocentes? Y mi fantasía, sobreexcitada por la emoción, forjó no sé cuantas absurdas conjeturas.

Tales dudas y cavilaciones pasaron luego, cediendo el campo a más vulgares preocupaciones; pero dejaron en mí el amargo germen del pesimismo. Doy por seguro que el libro, todavía inédito, pero redactado desde hace muchos años, acerca de las inarmonías del mundo y de la vida (libro que no he publicado porque, a la luz de la crítica moderna, carece de toda novedad esencial), tuvo su germen en el luctuoso acontecimiento referido.

Afortunadamente, la edad de los ocho años no es propicia a la filosofía, ni consiente largas abstracciones. En la aurora de la vida es harto fugaz el sentimiento para que ningún suceso pueda perturbar, de modo duradero, la hermosa serenidad del niño, entregado, por irresistible instinto, a modelar y robustecer el cuerpo con el juego y la gimnasia espontáneos, y a enriquecer y vigorizar el espíritu con ese continuo curioseo y exploración del espectáculo de la Naturaleza.

El tercer acontecimiento que me produjo también efecto moral importante, fué el eclipse de sol del año 60[2]. Anunciado por los periódicos, esperábase ansiosamente en el pueblo, en el cual muchas personas, protegidos los ojos con cristales ahumados, acudieron a cierta colina próxima, desde la cual esperaban observar cómodamente el sorprendente fenómeno. Mi padre me había explicado la teoría de los eclipses, y yo la había comprendido bastante bien. Quedábame, empero, un resto de desconfianza. ¿No se distraerá la luna de la ruta señalada por el cálculo? ¿Se equivocará la ciencia? La inteligencia humana, que no pudo prever la caída de un rayo en mi escuela, ¿será capaz, sin embargo, de predecir fenómenos ocurridos más allá de la tierra, a millones de kilómetros? En una palabra; el saber humano, incapaz de explicar muchas cosas próximas, tan íntimas como nuestra vida y nuestro pensamiento, ¿gozará del singular privilegio de comprender y vaticinar lo lejano, aquello que menos puede interesarnos desde el punto de vista de la utilidad material? Claro que estas interrogaciones no fueron pensadas de esta forma; pero ellas traducen bien, creo yo, mis sentimientos de entonces.

Es justo reconocer que la casta Diana[11] no faltó a la cita, cumpliendo a conciencia y con exquisita exactitud su programa. Parecía como que los astrónomos, además de profetas, habían sido un poco cómplices, empujando la luna con las palancas de sus enormes telescopios hasta el lugar del cielo donde habían acordado ensayar el fenómeno. Durante el eclipse, hízome notar mi padre esa especie de asombro y de indefinible inquietud que se apodera de la naturaleza entera, acostumbrada a ser regulada en todos sus actos por el acompasado ritmo de luz y de obscuridad, de calor y de frío, resultante del eterno girar de la tierra. Para los animales y para las plantas, el eclipse parece constituir un contrasentido, algo así como imprevista equivocación de las fuerzas naturales, como olvidadas de los perennes intereses de la vida.

Se comprenderá fácilmente que el eclipse del 60 fuera para mi tierna inteligencia luminosa revelación. Caí en la cuenta, al fin, de que el hombre, desvalido y desarmado enfrente del incontrastable poder de las fuerzas cósmicas, tiene en la ciencia redentor heroico y poderoso y universal instrumento de previsión y de dominio.

—¿Pero la ciencia lo sabe todo, lo puede todo? «No —me contestaba mi padre—; la ciencia es poderoso gigante en unas cosas, débil e impotente infante en muchas otras. Cuando el problema es esencialmente geométrico, como en el caso de los movimientos de los astros, y los datos de las ecuaciones contienen solamente masas, pesos y velocidades, la ciencia acierta y prevé; pero cuando los términos se complican, y las incógnitas crecen y los símbolos son insustituíbles por valores cuantitativos, la mente humana se ofusca y sufre las tristes consecuencias de su ignorancia; porque la naturaleza procede muchas veces como aquella famosa esfinge de Tebas[12], tan citada por literatos y filósofos, la cual decía al caminante: “Adivíname o te devoro” [13].

»El hombre de ciencia, que con tan maravillosa precisión ha sabido calcular la fecha y duración de un eclipse; que conoce la distancia de los astros a la tierra y ha logrado fijar la velocidad de la luz, no podrá averiguar si este año se perderá o no la cosecha de trigo, o si durante el otoño furiosa tormenta arrasará nuestras vides. En el arduo fenómeno de la vida es, sobre todo, donde la ciencia humana debe confesar humildemente su impotencia. El científico que tan penetrantemente ha sabido explorar los arcanos del mundo geométrico, sólo muy lenta y presurosamente sabe explorarse a sí mismo; de donde resulta el paradójico contraste de que la ciencia capaz de pesar los astros y fijar su composición, sea impotente para determinar y esclarecer la estructura y la función de esas células cerebrales, con ayuda de las cuales pesamos, medimos y calculamos.»

No fueron éstas ciertamente las frases de mi padre; pero ellas envuelven, sin duda, el sentido general de sus explicaciones.

El eclipse de sol del año 1860 contribuyó poderosamente a mi afición por los estudios astronómicos. Mi cariño a la cosmografía llegó más adelante hasta leer no sólo todas las obras de popularización escritas por Flammarion y Fabre, sino hasta las abstrusas y esencialmente matemáticas de Laplace; aunque mi rudimentaria preparación en el alto cálculo me obligara a saltar sobre las inaccesibles integrales para fijarme exclusivamente en las leyes y en los hechos de observación.

Santiago Ramón y Cajal
(Petilla de Aragón, Navarra, 1852 - † Madrid, 1934)

EDICIÓN   Imprenta y Librería de Nicolás Moya, Madrid 1917
Fuente: Project Gutenberg (dominio público)
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1 Índice de la obra[editar]

TOMO I
Mi infancia y juventud

Advertencia al lector  •  1. Mis padres  •  2. Excursión tardía a mi pueblo natal  •  3. Mi primera infancia  •  4. Mi estancia en Valpalmas  •  5. Ayerbe  •  6. Desarrollo de mis instintos artísticos  •  7. Mi traslación a Jaca  •  8. El padre Jacinto, mi dómine de latín  •  9. Continúan mis distracciones  •  10. Mi regreso a Ayerbe  •  11. Dispone mi padre llevarme a Huesca a continuar mis estudios  •  12. Mis nuevos compañeros de algaradas  •  13. Las vacaciones  •  14. Mi padre me acomoda de aprendiz en una barbería  •  15. Inquina de mi catedrático de griego  •  16. Vuelta al estudio  •  17. Dos inventos que me causaron indecible asombro: el ferrocarril y la fotografía  •  18. Revolución de septiembre en Ayerbe  •  19. Comienzo en Zaragoza la carrera médica  •  20. Mis catedráticos de Medicina  •  21. Continúo mis estudios sin grandes mortificaciones  •  22. Recién licenciado en Medicina, ingreso en el cuerpo de Sanidad Militar  •  23. Llegada a La Habana  •  24. Mis distracciones en San Isidro  •  25. Me traslado a La Habana, donde recaigo de mi dolencia


TOMO II
Historia de mi labor científica

2 Biblioteca[editar]

Catálogo  •  Ayuda

3 Locuciones y expresiones[editar]

Artículo principal: locución
  • La pérfida Albión   (Inglaterra, Gran Bretaña, Reino Unido, los ingleses, lo ingléslocución nominal)
    • pérfido, da: desleal, traidor
    • Albión: quizás de albus, blanco, en alusión a los acantilados blancos de Dover.
...y cuán indignados también contra la diplomacia inglesa —la pérfida Albión, como se decía entonces, con olvido de los inestimables servicios que nos prestara en nuestra guerra contra los franceses—...


notas

  1. Ejea de los Caballeros (Zaragoza).
  2. 2,0 2,1 Eclipse total de sol del 18 de julio de 1860, observado desde España por científicos de varios países.
  3. Guerra Hispano-Marroquí, que finaliza con el Tratado de Wad-Ras de 26 de abril de 1860. España resulta vencedora e impone a Marruecos una serie de cesiones e indemnizaciones (Wikipedia).
  4. La batalla de Pavía se libró el 24 de febrero de 1525 entre el ejército francés al mando del rey Francisco I y las tropas germano-españolas del emperador Carlos V, con victoria de estas últimas, en las proximidades de la ciudad italiana de Pavía (Wikipedia).
  5. Batalla de San Quintín (10 de agosto de 1557) entablada en el marco de las Guerras italianas entre las tropas del imperio español y el ejército francés. Victoria decisiva para el reino de España (Wikipedia).
  6. La pérfida Albión: locución
  7. Red x.svgpasos-dobles, Yes check.svgpasodobles (→lista de compuestos)
  8. Segunda parte del Quijote, capítulo XX →CVC.cervantes.es
  9. ahítos de carne y medio calamocanos de mosto: saciados de carne y mareados, bebidos (DLE en línea).
  10. De la faz negativa del patriotismo, de que hablaba yo en 1900, tenemos actualmente en España dolorosos ejemplos. Con ocasión de la horrenda catástrofe europea, los españoles que leen —afortunadamente son los menos— aparecen divididos en dos bandos, encarnizadamente enemigos: los neutrófilos, en realidad germanófilos, y los anglófilos o aliadófilos. Pero no nos engañemos. Con razón se ha dicho que aquí nadie ama a nadie; todos aborrecen. Los unos odian a Alemania, a causa de sus ínfulas de raza superior y su concepción autocrática del Estado. Los otros a Francia e Inglaterra, por haber sido cuna y constituir vivo ejemplo de la tolerancia religiosa y de las libertades civiles. Lo que por ninguna parte asoma es el amor sincero a España y el convencimiento de que sólo por el esfuerzo enérgico y consciente de sus hijos podrá venir su engrandecimiento político y elevación cultural. (Nota del autor)
  11. La casta Diana: la Luna.
  12. la Yes check.svgesfinge de Tebas, la Yes check.svgEsfinge →mayúsculas y minúsculas
  13. Según la mitología la Esfinge planteaba un acertijo a quién pretendía entrar en Tebas; errar la respuesta suponía la muerte: ¿cuál es la única criatura que al amanecer anda a cuatro patas, al mediodía anda a dos y al caer la tarde anda a tres?. Sólo Edipo respondió correctamente: Escucha, aún cuando no quieras, Musa de mal agüero de los muertos, mi voz, que es el fin de tu locura. Te has referido al hombre, que cuando se arrastra por tierra, al principio, nace del vientre de la madre como indefenso cuadrúpedo y, al ser viejo, apoya su bastón como un tercer pie, cargando el cuello doblado por la vejez. (Wikipedia)