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CAPÍTULO VI
Desarrollo de mis instintos artísticos. — Dictamen de un revocador sobre mis aptitudes. — ¡Adiós mis ensueños de artista! — Utilitarismo e idealismo. — Decide mi padre hacerme estudiar para médico y enviarme a Jaca.


Por entonces, si mi memoria no me es infiel, comenzaron, o al menos cobraron gran incremento, mis instintos artísticos. Tendría yo como ocho o nueve años, cuando era ya en mí manía irrefrenable manchar papeles, trazar garambainas en los libros y embadurnar las tapias, puertas y fachadas recién revocadas del pueblo, con toda clase de garabatos, escenas guerreras y lances del toreo. En cuanto afanaba[1] una cuaderna, ya estaba comprando papel o lapiceros; pero como no podía dibujar en casa porque mis padres miraban la pintura cual distracción nefanda, salíame al campo, y sentado en un ribazo junto a la carretera, copiaba carretas, caballos, aldeanos y cuantos accidentes del paisaje me parecían interesantes. De todo ello hacía gran colección, que guardaba como oro en paño[2]. Holgábame también en embadurnar mis diseños con colores, que me proporcionaba raspando las pinturas de las paredes o poniendo a remojo el forro, carmesí o azul obscuro[3], de los librillos de fumar (entonces las cubiertas estaban pintadas con colores solubles). Recuerdo que adquirí gran habilidad en la extracción del color de los papeles pintados, los cuales empleaba también a guisa de pinceles, humedecidos y arrollados en forma de difumino; industria a que me obligaba la falta de caja de colores y la carencia de dinero para comprarlos.

Mis gustos artísticos, de cada vez más definidos y absorbentes, crearon en mí hábitos de soledad y contribuyeron no poco al carácter huraño que tanto disgustaba a mis padres. En realidad mi sistemático arrinconamiento no nacía de aversión al trato social, toda vez que, según dejamos dicho, el de los niños me contentaba y satisfacía; nació de la necesidad de sustraerme, durante mis ensayos artísticos y fabricaciones clandestinas de instrumentos músicos y guerreros, a la severa vigilancia de las personas mayores.

Mi padre, trabajador y estudioso como pocos, dotado de gran voluntad y de talento científico nada vulgar, adolecía de una laguna mental: carecía casi totalmente de sentido artístico y repudiaba o menospreciaba toda cultura literaria y de pura ornamentación y regalo. Se había formado de la vida ideal extremadamente severo y positivo. Era lo que los educadores llaman un puro intelectualista.

En su concepto, en el problema de la educación, lo importante consistía en la adquisición de conocimientos positivos y en el desarrollo del entendimiento, a fin de preparar ventajosamente al adolescente para el ejercicio de una profesión honrosa y lucrativa. La educación del corazón, que tanta importancia tiene para la felicidad, no entró nunca en sus miras. Consideraba al hombre cual mero instrumento de producción que había que adiestrar muy tempranamente para prevenir contingencias y percances. Sin duda amaba el saber por el saber; pero rendíale tributo sobre todo por la capacidad financiera que a la sabiduría va unida. «El hombre, solía decir, cuanto más sabe más gana, y cuanto más gana más útil es a sí y a su familia.»

Tengo para mí que esta tendencia de mi padre no fué originaria, sino adquirida; constituía adaptación harto positivista o equilibración excesiva impuesta por el ambiente moral riguroso que rodeó su juventud. Ese sagrado temor a la pobreza, representa a menudo el poso amargo que deja en el corazón la áspera lucha contra la miseria, la injusticia y el abandono.

En la esfera familiar, la citada concepción utilitaria y un tanto pesimista del mundo que mi padre había formado produjo dos consecuencias: el sobretrabajo[4] y la economía más austera. Mi pobre madre, ya muy económica y hacendosa de suyo, hacía increíbles sacrificios para descartar todo gasto superfluo y adaptarse a aquel régimen de exagerada previsión.

Lejos de mí la idea de censurar una conducta que permitió a mis padres adquirir el peculio[5] necesario para trasladarse a Zaragoza, dar carrera a los hijos y crearse una posición, si no brillante y fastuosa, desahogada y libre de cuidados; pero es preciso reconocer que el espíritu de economía tiene límites trazados por la prudencia, límites que es harto arriesgado traspasar. El ahorro excesivo declina rápidamente hacia la tacañería, cayendo en la exageración de reputar superfluo hasta lo necesario; destierra del hogar la alegría que brota comúnmente de la satisfacción de mil inocentes bagatelas y poco onerosos caprichos; impide las gratas expansiones de la novela, del teatro, de la pintura o de la música, que no son vicios, sino necesidades instintivas del joven, a que debe atender toda discreta y perfecta educación; y en fin, relaja en la familia los lazos del amor, porque los hijos se acostumbran a mirar a sus padres como los perennes detentadores de la felicidad del presente. Añadamos aún que nadie puede vivir teniendo constantemente delante de los ojos el espectro terrorífico de la muerte: el hombre vive porque olvida que debe morir. Buena y santa es la previsión que se anticipa a los tristes sucesos y ampara a la prole de los posibles y aciagos reveses de la fortuna; mas debe tenerse presente que la vida sólo es tolerable en cuanto vale la pena de ser vivida. Ni es lícito olvidar tampoco que cada edad tiene sus deleites como tiene su cruz, y que es triste regla de conducta sacrificar enteramente la dicha de la edad juvenil a los mustios y anodinos placeres de la ancianidad.

Confío en que el lector hallará natural que yo reaccionase obstinadamente contra un ideal tan triste de la vida, ideal que mataba en flor todas mis ilusiones de mozuelo y cortaba bruscamente los arranques de mi naciente fantasía. Ciertamente, sin el misterioso atractivo del fruto prohibido, las alas de la imaginación hubieran crecido, pero no hubieran llegado quizás a adquirir el desarrollo hipertrófico que alcanzaron. Descontento del mundo que me rodeaba, refugiéme dentro de mí. En el teatro de mi calenturienta fantasía, sustituí los seres vulgares que trabajan y economizan por hombres ideales, sin otra ocupación que la serena contemplación de la verdad y de la belleza. Y traduciendo mis ensueños al papel, teniendo por varita mágica mi lápiz, forjé un mundo a mi antojo, poblado de todas aquellas cosas que alimentaban mis ensueños. Paisajes dantescos, valles amenos y rientes, guerras asoladoras, héroes griegos y romanos, los grandes acontecimientos de la historia... todo desfilaba por mi lápiz inquieto, que se detenía poco en las escenas de costumbres, en la copia del natural vulgar y en los tráfagos de la vida común. Eran mi especialidad los terribles episodios bélicos; y así, en un santiamén cubría una pared de barcos echados a pique, de náufragos salvados en una tabla, de héroes antiguos cubiertos de brillantes arneses y coronados de empenachado yelmo, de catapultas, muros, fosos, caballos y jinetes.

Pocas veces dibujaba soldados modernos: hallábalos insignificantes, prosaicos, cargados con su mochila y manta que les presta aire de faquines, con su feo ros, triste parodia del antiguo y majestuoso casco, y con la corta y casi inofensiva bayoneta, especie de asador sin mango, caricatura ridícula de la elegante, artística y tajante espada.

Además, la guerra moderna, a tiro limpio, considerábala antiartística y cobarde. Pensaba yo que en ella no puede vencer ya el guerrero más gallardo, corajoso y arrogante, sino acaso el más pusilánime y ruin que disparó su fusil desde un reparo y a mansalva. Antojábaseme semejante manera de combatir, más propia para degradar la raza humana que para mejorarla: una verdadera selección al revés. Sin duda que las guerras antiguas eran mortíferas, pero eran al menos siempre elegantes y estaban conformes con el principio de la evolución, ya que en ellas ceñían casi siempre el lauro los exquisitos artistas de la energía, de la forma y del ritmo. Hoy el plomo enemigo diezma preferentemente a los corpulentos, valerosos y arrojados, y respeta a los pequeños, flojos y pusilánimes. «En adelante —decía para mis adentros— no triunfarán los griegos, sino los persas; el heroísmo desarmado será arrollado por la riqueza y el frío cálculo; el zorro desarmará al león, y aquellos hermosos atletas, lustre y prez de la especie humana, los Milones de Crotona, cuyos esforzados brazos, endurecidos en mil combates gloriosos, fueron el escudo y el antemural de la patria, quedarán relegados a la triste y baja condición de Hércules de feria.»

De los asuntos guerreros pasaba al santoral. Pero cuando pintaba santos, prefería los de acción a los contemplativos, y sobre todo los de caballería, entre los cuales, según adivinará fácilmente el lector, gozaba de todas mis simpatías el mío, es decir, Santiago apóstol, patrón de las Españas y terror de la morisma. Complacíame en representarlo tal como lo había contemplado en las estampas, o sea galopando intrépido sobre una parva de cadáveres de moros, la espada sangrienta en la diestra y el formidable escudo en la siniestra. ¡Con qué piadoso esmero iluminaba yo el yelmo con un poco de gutagamba y pasaba una raya azul por la espada, y me detenía en las negras barbas de mi santo, las cuales me salían largas, borrascosas, cual suponía yo que debía ser la pelambrera de los apóstoles!

Ramón y Cajal labriego bebiendo acuarela.jpg
Para quienes gusten de estas bagatelas, reproducimos aquí dos acuarelas encontradas rebuscando entre mis viejos papeles. Fueron ejecutadas de memoria, cuando yo tenía nueve o diez años, poco después de la época del 'desahucio del revocador'. Ambas, sobre todo la primera, ofrecen ostensibles defectos de dibujo y proporciones. Una de ellas representa cierto labriego de Ayerbe bebiendo en la taberna; la otra reproduce la ermita de la Virgen de Casbas, en los Anguiles, cerca de la citada villa.

Una de las copias del apóstol Santiago, hecha en papel e iluminada con ciertos colores que pude añascar[6] en la iglesia, fué causa de mi perdición, y de que mis aficiones artísticas tuvieran en mi padre, ya de suyo mal avenido con toda clase de inclinaciones estéticas, enemigo declarado. Aburrido ya, sin duda, de quitarme lápices y dibujos, y viendo la ardiente vocación demostrada hacia la pintura, decidió mi padre averiguar si aquellos monos tenían algún mérito y prometían para su autor las glorias de un Velázquez o los fracasos de un Orbaneja[7]. Y como no hubiese nadie en el pueblo suficientemente competente en achaques de dibujo, recurrió el autor de mis días a cierto revocador forastero, llegado por aquellos tiempos a Ayerbe, cuyo cabildo le había contratado para enjalbegar y pintar las paredes de la iglesia, terriblemente averiadas y chamuscadas por reciente incendio.

Llegados a presencia del Aristarco, desplegué tímidamente mi estampa; miróla y remiróla el pintor de brocha gorda, quien, después de mover significativamente la cabeza y de adoptar actitud digna y solemne, exclamó:

—¡Vaya un mamarracho! ¡Ni esto es apóstol, ni la figura tiene proporciones, ni los paños son propios... ni el chico será jamás un artista!...

Aterrado quedé ante el categórico veredicto. —¿Pero de veras no tiene el chico aptitudes para el arte? —osó mi padre replicar. —Ninguna, amigo mío —contestó implacable el rascaparedes—. Y dirigiéndose a mí, añadió: —Venga acá, señor pintamonas, y repare usted en las manazas del apóstol, que parecen muestras de guantero; en la cortedad del cuerpo, donde las ocho cabezas prescritas por los cánones han menguado a siete escasas, y, en fin, fíjese en el caballo, que parece arrancado de un tiovivo.

Yo no entendía jota de cánones; pero veía disiparse como humo mis más caras ilusiones, y me atreví a contestar tímidamente «que una figura copiada o arreglada de malas estampas no podía juzgarse con la severidad de un estudio del natural, pues ni yo había contemplado apóstoles, ni visto los arneses ni vestimentas de antiguos guerreros. Añadí que algunos de los defectos denunciados no me lo parecían del todo; así, un guerrero a caballo no podía ser tan largo como puesto de pie. Y en cuanto a las manos, ¿quería usted que las de un apóstol, acostumbrado a pegar recio y a empuñar formidable y pesada lanza, las tuviera tan pequeñas y relamidas como una señorita? Por lo que atañe al colorido, tiene usted razón; pero no habiendo yo podido proporcionarme otros colores que el bermellón, el ocre y ultramar que usted gasta en la iglesia, lo que usted debía hacer, antes que censurar mi paleta, es emplear otra mejor surtida. En resolución, dudo mucho que usted sea verdadero artista, ni siquiera persona medianamente discreta y razonable; pues de serlo, sabría usted excusar las incorrecciones en que forzosamente ha de caer un aficionado de nueve años, que pinta sin maestros, cuya falta de habilidad podría ser corregida con el estudio y el trabajo.» Claro está que no fueron tales mis palabras, pero sí mis razones.

Pero el cultivador del almazarrón y del albayalde hablaba ex cathedra[8] y me desahució definitivamente. El silencio harto significativo de mi padre dióme a entender que todo estaba perdido. En efecto, la opinión del manchaparedes cayó en mi familia como el dictamen de una Academia de Bellas Artes. Decidióse, por tanto, que yo renunciara a los devaneos del dibujo y me preparara para seguir la carrera médica. En consecuencia, arreció la persecución contra mis pobres lápices, carbones y papeles; lo que me obligó a emplear todas las artes del disimulo para ocultarlos y ocultarme cuando, arrastrado por mi pasión favorita, holgábame en la copia de toros, caballos, guerreros y paisajes. Todavía conservo algunos de aquellos infantiles ensayos tan execrados por el famoso revocador. Como muestra de mis dibujos de entonces reproduzco cierta acuarela donde saltan a la vista graves defectos de proporción. Presenta harto grotescamente a un baturro en la taberna, empuñando el clásico porrón. ¿Pero quién pinta mejor, sin estudios, a los ocho años de edad?

Así comenzó entre mis progenitores y yo guerra sorda entre el deber y el querer; así surgió en mi padre la oposición obstinadísima contra una vocación tan claramente afirmada y definida; oposición que había de prolongarse aún diez o doce años, y en la cual, si no naufragaron del todo mis tendencias artísticas, murieron definitivamente mis aspiraciones a ser pintor.

¡Adiós ambiciosos ensueños de gloria, ilusiones de futuras grandezas! ¡Era menester trocar la mágica paleta del pintor por la roñosa y prosaica bolsa de operaciones! ¡Era forzoso cambiar el mágico pincel, creador de la vida, por el cruel bisturí, que sortea la muerte; el tiento del pintor, que parece cetro de rey, por el nudoso bastón de médico de aldea!

Tenía yo entonces un concepto demasiado lisonjero del arte y de los artistas. A mis ojos, el pintor genial aparecía como un ser superior, de estirpe de dioses, destinado a depurar la naturaleza de escorias y prosaísmos, de incongruencias y fealdades, y susceptible de crear un mundo ideal, superior al real y más digno de su Creador. Pensaba, además, que el augusto ministro de la belleza estaba llamado a desempeñar misión social de gran transcendencia: reconfortar las almas abatidas en sus conflictos con la realidad; conmover y edificar los corazones mostrándoles sublimes arquetipos de belleza moral y de alto patriotismo; y, en fin, difundir un poco de luz y alegría en el tenebroso camino por donde marcha la humanidad, fatigada por el trabajo y afligida por el dolor. Hoy, sin dejar de admirar a los buenos artistas, no hablaría de ellos con tanto entusiasmo. Y en este momento pienso, sobre todo, en esos modernísimos pintores que, ansiosos de renombre improvisado y no sabiendo cómo destacar y amplificar la minúscula personalidad, hacen gala de menospreciar el dibujo, el color, la perspectiva, las proporciones, el ambiente, todo lo que constituyó siempre la característica de los grandes maestros —de los cultivadores de la pintura perenne—, para sustituirlos con miserables engendros que se dirían visiones de beodos o pesadillas de enajenados[9]. Pero no divaguemos y continuemos nuestro relato.

Mis conocimientos literarios hacían, entretanto, débiles progresos. Asistía a la escuela; pero atendía poco y aprendía menos. En realidad, mi instrucción elemental era bastante buena gracias a las lecciones de mi padre, que me enviaba al aula municipal, antes con la mira de sujetarme, que con la de que me ilustrara. Este prudente freno a mi libertad lo imponía mi carácter díscolo y mi afición a la vagancia. Cuanto más que mi progenitor no podía vigilarme: se lo impedía la numerosa clientela del pueblo y, sobre todo, sus salidas frecuentes a los anejos de Linás, Riglos, Los Anguiles y Fontellas. El seguimiento de mis pasos y la reprensión de mis desmanes corría, pues, a cargo del maestro y de mi madre, la cual, harto atareada con la crianza de los pequeños y el gobierno del hogar, no podía consagrar a su primogénito toda la atención deseada.

No obstante las precauciones tomadas, el diablo me tentaba a menudo. En cuanto la ocasión se presentaba, los revoltosos de clase hacíamos pimienta[10], celebrándola unas veces con peleas que armábamos en las afueras; otras explorando y escalando las ruinas del histórico castillo, en donde nos complacíamos en remedar las batallas de los tiempos feudales; y, en fin, engolfándonos en la vecina sarda, bosque secular de encinas, en donde pasábamos largas horas disparando flechazos a los pájaros y buscando nidos de picaraza (garza).

Por cierto que en este último entretenimiento ocurrióme cierta vez, dolorosa sorpresa: encaramado en la copa de una encina, afanábame en explorar un nido de garza, cuando, después de tocar cierta cosa peluda y blanduja, saqué súbitamente la diestra ensangrentada y dolorida a puros mordiscos: una familia de ratas, que había hecho presa del nido y devorado los huevos, revolvióse furiosamente contra el intruso que venía a molestarles en la pacífica posesión de su rapiña.

Loarre (Huesca) castillo desde el este 1883.jpg
Dos vistas del Castillo de Loarre, objetivo de mis correrías y curioseos arqueológicos durante mi adolescencia. La primera muestra la fortaleza-palacio de Sancho Ramírez, vista desde el Este[11]. La segunda enfoca el mismo tema pero desde más lejos, y fué tomada por mí allá por los años de 1883.

En otra ocasión, mi pasión por los nidos púsome en apretadísimo lance. Deseoso de explorar un nido de águilas, descendí como pude la gradería de imponente escarpa (Sierra de Linás); contemplé de cerca los aguiluchos todavía implumes, que me miraban espantados; pero no pude llegar hasta ellos. Temiendo la acometida de las águilas, cuyos chillidos creía oir, traté de escapar de la cornisa en que me había metido; pero al intentar la ascensión tropecé con dificultades insuperables. La especie de repisa en que mediante temerario salto había caído mostraba las paredes altas y casi lisas; quedé cogido como en trampa, pasando horas de terrible ansiedad bajo un sol abrasador y con el riesgo de morir de hambre y sed, pues nadie podía socorrerme por aquellas soledades. Mi industria y la navaja de que iba siempre acompañado salváronme al fin. Gracias a la herramienta y a la relativa blandura de la roca logré ensanchar algunas angostas grietas que, sirviéndome de peldaños y de agarradero para las manos, pusiéronme en franquía. ¡Qué de temeridades como éstas podría contar si no temiera abusar de la paciencia del lector!

A su regreso de los pueblos, mi padre se enteraba de las demasías y algaradas de sus hijos y, montando en cólera, nos aplicaba azotaina monumental, amén de increpar a mi pobre madre (cosa que sentíamos mucho), por lo que él llamaba sus descuidos y excesivas blanduras para con nosotros.

El anuncio de estas palizas paternas, las cuales, por lógica progresión y por adaptación adecuada al acorchamiento de nuestra piel, se iniciaron con vergajos y terminaron con trancas y tenazas, infundíanos verdadero terror; y así aconteció en alguna ocasión, que por evitar la harto expresiva caricia paternal huíamos de casa, causando con ello honda pena a nuestra madre, que, angustiada y atribulada, nos buscaba por todo el pueblo.

Recuerdo que habiendo hecho mi hermano y yo novillos cierta tarde, y noticiosos de que alguien había llevado el soplo al severo autor de nuestros días, decidimos escaparnos a los montes, en donde permanecimos media semana o más, merodeando por los campos y alimentándonos de frutas y raíces; hasta que una noche, y cuando ya íbamos tomando gusto a la vida salvaje, mi padre, que nos buscaba por todos los escondrijos del vecino monte, hallónos durmiendo tranquilamente en un horno de cal. Sacudiónos de lo lindo, atónos codo con codo, y en tan afrentosa disposición nos condujo al pueblo, en cuyas calles tuvimos que soportar la chacota de chicos y mujeres.

Eran las somantas o tundas, según habrá colegido el lector, ordinario término de nuestras hazañas; pero, en virtud del proceso adaptativo susodicho los palos nos escocían, pero no nos escarmentaban. Mientras los cardenales estaban frescos guardábamonos muy bien de reincidir; pero una vez borrados, olvidábamos el propósito de la enmienda. Y es que los impulsos naturales, cuando son muy imperiosos, se deforman algo, se disimulan siempre, mas no se anulan jamás. Contrariados en nuestros gustos, privados del placer de campar por breñas y barrancos, a fin de ejercitar el lápiz del dibujante, la flecha del guerrero o la red del naturalista, asistíamos rezongando a la escuela, sin corregirnos ni formalizarnos. Todo se reducía a variar el teatro de nuestras diabluras: los diseños del paisaje se convertían en caricaturas del maestro; las pedreas al aire libre se transformaban en escaramuzas de banco a banco, en las cuales servían de proyectiles papelitos, tronchos, acerolas, garbanzos y judías; y en fin, a falta de papel de dibujo servíame de las anchas márgenes del Fleury, que se poblaban de garambainas, fantasías y muñecos; alusivos unos al piadoso texto, otros harto irreverentes y profanos.

En la escuela, mis caricaturas, que corrían de mano en mano, y mi cháchara irrestañable con los camaradas, indignaban al maestro, que más de una vez recurrió, para intimidarme, a la pena del calabozo, es decir, al clásico cuarto obscuro; habitación casi subterránea plagada de ratones, hacia la que sentían los chicos supersticioso temor y yo miraba como ocasión de esparcimiento, pues me procuraba la calma y recogimiento necesarios para meditar mis travesuras del día siguiente.

Allí, en las negruras de la cárcel escolar, sin más luz que la penosamente cernida a través de las grietas de ventano desvencijado, tuve la suerte de hacer un descubrimiento físico estupendo, que en mi supina ignorancia creía completamente nuevo. Aludo a la cámara obscura, mal llamada de Porta, toda vez que su verdadero descubridor fué Leonardo de Vinci.

He aquí mi curiosa observación: El ventanillo cerrado de mi prisión daba a la plaza, bañada en sol y llena de gente. No sabiendo qué hacer, me ocurrió mirar al techo, y advertí con sorpresa que tenue filete de luz proyectaba, cabeza abajo y con sus naturales colores, las personas y caballerías que discurrían por el exterior. Ensanché el agujero y reparé que las figuras se hacían vagas y nebulosas; achiqué la brecha del ventano sirviéndome de papeles pegados con saliva, y observé, lleno de satisfacción, que, conforme aquella menguaba, crecía el vigor y detalle de las figuras. Por donde caí en la cuenta de que los rayos luminosos, gracias a su dirección rigurosamente rectilínea siempre que se les obliga a pasar por angostísimo orificio, pintan la imagen del punto de que provienen. Naturalmente mi teoría carecía de precisión, ignorante como estaba de los rudimentos de la óptica. En todo caso, aquel sencillo y vulgar experimento dióme altísima idea de la física, que diputé desde luego como la ciencia de las maravillas. Claro es que tenía en cuenta el portento del ferrocarril, de la fotografía (recientemente inventada por entonces), la aerostación, etc. Y mis entusiasmos, algo instintivos, no me engañaban. Porque a la física somos deudores de la gloriosa civilización europea. Si fuera posible restar del patrimonio del humano saber las leyes y fenómenos de dicha ciencia, el hombre retrocedería bruscamente al estado cavernícola.

Por entonces, muy ajeno a las grandiosas perspectivas que abre al espíritu el estudio de las fuerzas naturales, propúseme sacar partido de mi impensado descubrimiento. Y montando sobre una silla entreteníame en calcar sobre papel aquellas vivas y brillantes imágenes que parecían consolar, como una caricia, las soledades de mi cárcel.

«¿Qué me importa —pensaba yo— carecer de libertad? Se me prohibe corretear por la plaza, pero en compensación la plaza viene a visitarme. Todos estos fantasmas luminosos son fiel trasunto de la realidad y mejores que ella, porque son inofensivos. Desde mi calabozo asisto a los juegos de los chicos, sigo sus pendencias, sorprendo sus gestos, y gozo, en fin, lo mismo que si tomara parte en sus diversiones.»

Muchas veces he pensado que la dicha está en la contemplación y que toda acción es más o menos dolorosa. ¡Qué hermoso fuera observar a los hombres como el astrónomo observa los astros, sin intervenir para nada en el conflicto de las voluntades! ¡Así debe contemplar Dios a los hombres desde el alto Empíreo! El autor de la Creación dispone quizás también de colosal cámara obscura, tendida allá en las negruras del espacio, en cuyo fondo discierne las imágenes de todos los fenómenos del Cosmos, desde el girar de los mundos hasta el palpitar de los átomos. Si no fuera irreverencia hablar en sentido directo del ojo de Dios, diríamos que posee retina tan vasta, que puede recibir la imagen total del Cosmos; acuidad diferencial tan exquisita, que alcanza a distinguir hasta el electron y las partículas del éter (caso de que no sean la misma cosa); tan poderosa capacidad para la apreciación de la tercera dimensión, que ve por transparencia, con su tamaño natural y con su relieve propio, desde los mundos más próximos hasta las más remotas nebulosas. Pero no recaigamos en enfadosas divagaciones.

Ufano con mi descubrimiento, tomaba cada día más apego al reino de las sombras. Pero tuve la simplicidad de comunicar mi hallazgo a los camaradas de encierro, los cuales, después de reirse de mi bobería, aseguraron que dicho fenómeno carecía de importancia, por ser cosa natural y como juego que hace la luz al entrar en los cuartos obscuros. ¡Cuántos hechos interesantes dejaron de convertirse en descubrimientos fecundos, por haber creído sus primeros observadores que eran cosas naturales y corrientes, indignas de análisis y meditación! ¡Oh, la nefasta inercia mental, la inadmirabilidad de los ignorantes! ¡Qué de retrasos ha causado en el conocimiento del Universo!

Es curioso notar cómo el vulgo que alimenta su fantasía con narraciones de brujas o de santos, sucesos misteriosos y lances extraordinarios, desdeña, por vulgar, monótono y prosaico, el mundo que le rodea, sin sospechar que en el fondo de él todo es arcano, misterio y maravilla. Todos podemos convertir el sainetón, gris, fastidioso y casero, en comedia de alta magia, por cuyo escenario desfilen hadas y gnomos, gigantes y monstruos, ángeles y diablos, Princesas que descienden a Cenicientas y Cenicientas que suben a Reinas. Para operar tan prodigiosa metamorfosis, la ciencia posee una varilla mágica y cierto talismán infalibles: llámanse respectivamente atención y reflexión.

Por lo demás, dejo consignado que mi flamante descubrimiento físico no podía granjearme los honores de la prioridad. Dos siglos antes había sido hecho por el gran Leonardo, que fué no sólo insigne pintor, sino físico ilustre; de presumir es también que, en tiempos más remotos, otros muchos sorprendieran, aunque no publicaran, el sorprendente fenómeno.

Santiago Ramón y Cajal
(Petilla de Aragón, Navarra, 1852 - † Madrid, 1934)

EDICIÓN   Imprenta y Librería de Nicolás Moya, Madrid 1917
Fuente: Project Gutenberg (dominio público)
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1 Índice de la obra[editar]

TOMO I
Mi infancia y juventud

Advertencia al lector  •  1. Mis padres  •  2. Excursión tardía a mi pueblo natal  •  3. Mi primera infancia  •  4. Mi estancia en Valpalmas  •  5. Ayerbe  •  6. Desarrollo de mis instintos artísticos  •  7. Mi traslación a Jaca  •  8. El padre Jacinto, mi dómine de latín  •  9. Continúan mis distracciones  •  10. Mi regreso a Ayerbe  •  11. Dispone mi padre llevarme a Huesca a continuar mis estudios  •  12. Mis nuevos compañeros de algaradas  •  13. Las vacaciones  •  14. Mi padre me acomoda de aprendiz en una barbería  •  15. Inquina de mi catedrático de griego  •  16. Vuelta al estudio  •  17. Dos inventos que me causaron indecible asombro: el ferrocarril y la fotografía  •  18. Revolución de septiembre en Ayerbe  •  19. Comienzo en Zaragoza la carrera médica  •  20. Mis catedráticos de Medicina  •  21. Continúo mis estudios sin grandes mortificaciones  •  22. Recién licenciado en Medicina, ingreso en el cuerpo de Sanidad Militar  •  23. Llegada a La Habana  •  24. Mis distracciones en San Isidro  •  25. Me traslado a La Habana, donde recaigo de mi dolencia

TOMO II
Historia de mi labor científica

2 Biblioteca[editar]

Catálogo  •  Ayuda

3 Locuciones y expresiones[editar]

Artículo principal: locución
...De todo ello hacía gran colección, que guardaba como oro en paño...
  • hacer pimienta   (faltar a clase, hacer novillos → locución verbal propia de Aragón, España)
...En cuanto la ocasión se presentaba, los revoltosos de clase hacíamos pimienta, celebrándola unas veces con peleas que armábamos en las afueras; otras explorando y escalando las ruinas del histórico castillo...
  • ser un Orbaneja   (tener que explicar lo que se hace, por ser confuso, oscuro → locución verbal).
...decidió mi padre averiguar si aquellos 'monos' tenían algún mérito y prometían para su autor las glorias de un Velázquez o los fracasos de un Orbaneja...
Encontramos una referencia a esta expresión en el capítulo LXXI de la segunda parte del Quijote: […] porque este pintor es como Orbaneja, un pintor que estaba en Úbeda; que, cuando le preguntaban qué pintaba, respondía: ‘’Lo que saliere’’; y si por ventura pintaba un gallo, escribía debajo: “Éste es gallo”, porque no pensasen que era zorra. […]
  • cultivador del almazarrón y del albayalde   (pintor de brocha gorda →expresión despectiva)
    Almazarrón y albayalde son pigmentos rojo y blanco, respectivamente.
    ex chatedra   (en tono magistral → latinismo con función de locución adverbialDLE en línea)
...Pero el cultivador del almazarrón y del albayalde hablaba ex cathedra y me desahució definitivamente...


notas

  1. afanar: coloquialmente hurtar, robar (DLE en línea).
  2. como oro en paño: locución
  3. Yes check.svgobscuro, Yes check.svgoscuro
  4. sobretrabajo: trabajo intenso, excesivo. Compuesto formado por la preposición sobre y el sustantivo trabajo.
  5. Yes check.svgpeculio, Yes check.svgpecunio
  6. añascar: conseguir (DLE en línea)
  7. ser un Orbaneja: locución
  8. cultivador del almazarrón y del albayalde
    Yes check.svgex cathedra, Yes check.svgex cátedra
    →expresiones
  9. Aludo a los desdichados cubistas, prerrafaelistas, impresionistas, a los que lo pintan todo negro, o todo azul, o todo verde, en fin, a la cáfila de extravagantes que han deshonrado el arte de Rafael y de Velázquez. ¡Ah! ¡Con cuánto gusto, si el divino papel que represento no me lo estorbara, saltaría cada primavera a la arena crítica, y probaría, como tres y dos son cinco, con la competencia que me da el ser catedrático de Anatomía patológica y Teratología, y aficionado, además, a la óptica aplicada, las extrañas deformidades anatómicas y las horribles incongruencias de color, de perspectiva y de composición, para las cuales tienen nuestros críticos de arte, ¡quién lo dijera!, increíbles suavidades e indulgencias, cuando no alabanzas fervorosas! (Nota del autor)
  10. hacer pimienta: locución
  11. desde el Red x.svgEste/Yes check.svgeste (mayúsculas y minúsculas)