Mediante la romanización se representan en el alfabeto latino los términos escritos originalmente en otro sistema de escritura, como el cirílico, el griego, el árabe, el hebreo, el chino o el hindi. A diferencia de la traducción, que traslada el significado de una palabra de una lengua a otra, la romanización busca ofrecer una equivalencia formal en caracteres latinos. Para ello, se recurre a dos métodos principales según la finalidad del texto: la transliteración y la transcripción.
- La transliteración es una conversión carácter por carácter (letras o grafemas). Su objetivo suele ser la reversibilidad exacta, que permita la reconstrucción del texto original. A menudo recurre a signos diacríticos o caracteres especiales para representar grafemas sin equivalente directo en el alfabeto latino. Se emplean en ámbitos bibliográficos, cartográficos y académicos (como en las etimologías del DLE).
- La transcripción es una representación centrada en la pronunciación y los sonidos (fonemas) de la palabra original. Se adapta a las reglas ortográficas de la lengua de destino para que un lector no especialista pueda leer el término de forma natural. A diferencia de la transliteración, suele carecer de reversibilidad estricta. Un mismo nombre original puede transcribirse de forma distinta según el idioma de destino.
Por ejemplo, el apellido ruso Чайковский se translitera según la norma internacional ISO como Čajkovskij. La transcripción recomendada en español es Chaikovski, pero en francés lo usual es Tchaïkovski, mientas que en alemán es Tschaikowski.
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