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1 Referencias[editar]

2 CAPÍTULO VII[editar]

Excesiva reserva de los sabios acerca de mis trabajos. — Para prevenir desconfianzas decido mostrar mis preparaciones ante la Sociedad anatómica alemana. — En Berlín contraigo relaciones personales con los célebres histólogos Alberto Kölliker, His, Waldeyer y otros sabios tudescos. — Mi visita al Laboratorio de Histología de W. Krause en Göttingen. — Breve gira por el Norte de Italia. — Impresión personal acerca de los sabios alemanes.

Natural es que todo autor apetezca y se desviva por la aprobación de su público. Y el mío, formado por limitado número de especialistas, se hallaba en el extranjero, desparramado por unas cuantas Universidades alemanas, francesas, italianas, inglesas y escandinavas. Para sentir esa interior satisfacción de que hablan nuestras Ordenanzas y seguir trabajando con entusiasmo, érame forzoso conquistar á los sabios de buena voluntad. Quimérico fuera esperar la unanimidad del aplauso. ¿Cómo iba yo á persuadir á investigadores de antiguo comprometidos en la defensa de hechos erróneos ó de hipótesis gratuitas? Descontado tenía que mis ideas habían de molestar á los reticularistas, y singularmente á la escuela de Golgi. Y aunque mis trabajos de entonces contribuyeron poderosamente á divulgar los métodos y las conquistas positivas del profesor de Pavía, la voluntad de los sabios suele ser[p. 142] tan paradójica, que agradece más la defensa de un error palmario que la comprobación de una verdad discutida.

Mientras tanto, vivía intranquilo y receloso. Me alarmaba un poco el silencio guardado por los autores, á quienes hice obsequio de los números de mi Revista, durante la última mitad del año 1888 y la primera de 1889. Varios trabajos recibidos este último año acerca de la estructura del sistema nervioso, ó no me citaban ó lo hacían desdeñosamente, como de pasada, y sin conceder beligerancia á mis opiniones[48]. De la consulta de las Revistas alemanas saqué la impresión de que la mayoría de los histólogos ni me había leído.

Pero yo deseaba persuadir á todo trance. Me sublevaba ante la idea de pasar por iluso ó por farsante. Á dos recursos apelé para ganar la confianza de los autores imparciales: Fué el primero traducir mis principales monografías neurológicas al francés, publicándolas en las Revistas alemanas más autorizadas; consistió el segundo, en mostrar[p. 143] personalmente á los sabios mis mejores preparaciones y con ellas la legitimidad de mis juicios.

Las traducciones se iniciaron en 1889 y continuaron el 90 y siguientes. La Revista mensual internacional de mi amigo el Dr. W. Krause insertó dos Memorias: una consagrada á la organización del cerebelo[49], y otra al estudio del lóbulo óptico de las aves[50]. En ambas se contienen algunos hechos nuevos, además de los aparecidos en la Revista trimestral; porque yo suelo continuar trabajando en el Laboratorio aun durante la corrección de las pruebas. El profesor Carlos Bardeleben, de Jena, con quien entablé correspondencia, concedió también hospitalidad en su entonces recién creado Anatomischer Anzeiger, á las comunicaciones relativas á la retina de las aves[51] y á la fina estructura de la médula espinal[52].

Las referidas traducciones dieron á conocer lo más esencial de mis aportaciones científicas; empero ellas por sí, aun ilustradas con láminas escrupulosamente copiadas del natural, no me hubieran granjeado muchas aprobaciones. Estas vinieron gracias al empleo del segundo recurso citado: la demostración objetiva directa. Nada convence como[p. 144] los hechos vistos, sobre todo cuando son claros y categóricos.

Á este propósito, solicité formar parte de la Sociedad anatómica alemana, donde figuraban anatómicos, histólogos y embriólogos de muchas naciones, singularmente de la Confederación germánica y de Austria-Hungría. Dicha Corporación se congregaba cada año en una ciudad universitaria diferente. Durante las sesiones, los congresistas debatían problemas anatómicos de actualidad; mostraban, en apoyo de sus doctrinas, las preparaciones macro-microscópicas obtenidas; comunicaban los detalles de los métodos usados; en suma, señalábanse á los apasionados de la investigación las direcciones fecundas y los filones recién abiertos á la explotación científica. En fin, paralelamente á las tareas del Congreso, los fabricantes exponían las recientes creaciones de los instrumentos de observación y experimentación.

Mucho se ha abusado después de los Congresos científicos internacionales. Con todo eso, las reuniones de especialistas ofrecen ventajas incontestables á los amantes del Laboratorio. En ella se exhiben los métodos, y se conocen los sabios. Mucho es comprobar de visu el rendimiento analítico máximo de un proceder en manos de su inventor; pero vale aún más intimar espiritual y cordialmente con los inventores. Excelente táctica resulta cultivar la amistad y asegurarse la benevolencia de aquellos con quienes, por afinidad de gustos, se habrá de dialogar y acaso contender en noble competencia. Sólo el trato modera y suaviza las actitudes ariscas del chauvinismo; merced á él, émulos y rivales pertenecientes á países diversos, acaban por comprenderse y estimarse, adquiriendo al fin plena conciencia de que son colaboradores y camaradas en una magna obra común.

[p. 145]La referida Sociedad anatómica celebraba aquel año de 1889 sus sesiones en la Universidad de Berlín, durante la primera quincena de Octubre. Obtenido el permiso del Rector (26 de Septiembre de 1889) para tomar parte en las tareas del susodicho Congreso, reuní al efecto todos mis escasos ahorros, y me encaminé, lleno de esperanzas, á la capital del Imperio germánico. En el camino giré algunas instructivas visitas á las ciudades universitarias de Lyon y Ginebra y á la de Francfort sobre el Mein, población desprovista de Universidad, pero próvida en sabios de primer orden. En ella conocí al célebre neurólogo C. Weigert, autor de valiosos métodos de teñido del tejido nervioso; á Edinger, la mayor autoridad en neurología comparada, y en fin, á Ehrlich, inventor del proceder tintóreo de su nombre, y que, andando el tiempo, había de obtener el premio Nobel como galardón de sus grandes descubrimientos en los dominios de la Bacteriología y Seroterapia.

Excusado es decir que mis colegas del Congreso anatómico me dispensaron acogida cortés. Había en ella algo de sorpresa y de curiosidad expectante. Les chocaba, sin duda, encontrar un español aficionado á la ciencia y espontáneamente metido en las andanzas de la investigación. Acabadas las lecciones orales, á que consagré, á causa de mi impaciencia, poca atención, vinieron las demostraciones.

Desde muy temprano me instalé en la sala laboratorio ad hoc, donde, en largas mesas y enfrente de amplios ventanales, se erguían numerosos microscopios. Desembalé mis preparaciones; requerí dos ó tres instrumentos amplificantes, además de mi excelente modelo Zeiss, traído por si acaso; enfoqué los cortes más expresivos concernientes á la estructura del cerebelo, retina y médula espinal, y en fin, comencé á explicar, en mal francés, ante los curiosos,[p. 146] el contenido de mis preparaciones. Algunos histólogos me rodearon; pocos, porque, según ocurre en tales certámenes, cada congresista atiende á lo suyo: después de todo, natural es que se prefiera enseñar lo propio á examinar lo ajeno[53].

Entre los que más interés mostraron por mis demostraciones, debo citar á His, Schwalbe, Retzius, Waldeyer, y singularmente á Kölliker. Según era de presumir, estos sabios, entonces celebridades mundiales, iniciaron su examen con más escepticismo que curiosidad. Sin duda esperaban un fiasco. Mas cuando hubieron desfilado ante sus ojos, en cortejo de imágenes clarísimas é irreprochables, el axon de los granos del cerebelo, las cestas pericelulares, las fibras musgosas y trepadoras, las bifurcaciones y ramas ascendente y descendente de las raíces sensitivas, las colaterales largas y cortas de los cordones de substancia blanca,[p. 147] las terminaciones de las fibras retinianas en el lóbulo óptico, etc., los ceños se desfruncieron. Al fin, desvanecida la prevención hacia el modesto anatómico español, las felicitaciones estallaron calurosas y sinceras.

Me asediaban á preguntas acerca de las condiciones técnicas en cuya virtud semejantes preparados habían sido obtenidos. «Nosotros hemos ensayado reiteradamente —me decían— el método de Golgi y sólo hemos conseguido decepciones y fracasos.» Entonces les expuse, en un francés chabacano, menuda y pacientemente, todos los pequeños secretos de manipulación de la reacción cromo-argéntica; señalé las edades y condiciones de los embriones y animales más favorables al logro de buenos preparados, é indiqué las reglas prácticas encaminadas á aminorar en lo posible el carácter aleatorio del método, etc.

El más interesado de mis oyentes fué A. Kölliker, el venerable patriarca de la Histología alemana. Al final de la sesión, condújome en carruaje al lujoso hotel en que se alojaba; me convidó á comer; presentóme después á los histólogos y embriólogos más notables de Alemania, y en fin, se desvivió por hacerme agradable la estancia en la capital prusiana.

—Los resultados obtenidos por usted son tan bellos —me decía—, que pienso emprender inmediatamente, ajustándome á la técnica de usted, una serie de trabajos de confirmación. Le he descubierto á usted, y deseo divulgar en Alemania mi descubrimiento[54].

[p. 148]

Y, en efecto, durante los años de 1890 y siguientes, aparecieron en diversos Archivos alemanes, y singularmente en el Zeitschrift f. wissenschaftliche Zoologie —de que el Dr. Kölliker era director— una serie de magníficas monografías sobre el cerebelo[55], la médula espinal[56], el bulbo[57], el lóbulo óptico, etc. En ellas no sólo se confirmaban, según había prometido, mis modestas conquistas científicas, sino que se ampliaban y perfeccionaban notablemente, adornándolas además con ingeniosas interpretaciones fisiológicas.

Yo debo mucho al insigne maestro de Würzburgo. Sin duda que la verdad se habría abierto al fin camino. Mas á la gran autoridad de Kölliker se debe el que mis ideas fueran rápidamente difundidas y apreciadas por el mundo sabio. Por honrosa excepción entre los grandes investigadores, juntaba Kölliker, á un gran talento de observación asistido de infatigable laboriosidad, modestia encantadora y rectitud y serenidad de juicio excepcionales. Al insigne maestro bávaro aludía yo, especialmente, cuando, en capítulos anteriores, deplorando el orgullo satánico de ciertos hombres de ciencia, declaraba que los había también sapientísimos, al par que buenos y honrados.

Alberto v. Kölliker, célebre histólogo alemán, Profesor en la Universidad de Würzburgo.

Era tan poco dado al culto vanidoso de la consecuencia,[p. 149] que, habiendo sido partidario de la teoría reticular, la abandonó, adaptándose con flexibilidad juvenil á las nuevas concepciones del contacto y de la independencia morfológica de las neuronas. En su afecto hacia mí, llevó la benevolencia hasta aprender el español para leer mis primeras comunicaciones. Más tarde puso el colmo á su modestia, traduciendo personalmente para su Zeitschrift f. wissensch. Zool. el texto de un trabajo mío sobre el Asta[p. 150] de Ammon, etc. Por todo ello y por otras muchas pruebas de afecto, testimoniadas en cartas y publicaciones, conservo del glorioso maestro recuerdo imborrable y gratitud profunda.

En el Congreso de Berlín tuve también el honor de tratar al ilustre Gustavo Retzius, profesor de Anatomía de Estocolmo, uno de los investigadores más sagaces, laboriosos y concienzudos que he conocido; á W. His, el gran embriólogo de Leipzig, de quien ya hice memoria en el capítulo anterior; á Waldeyer, el maestro venerado de la Anatomía é Histología alemanas, catedrático en la Universidad de Berlín; á van Gehuchten, joven y ya brillante profesor de la Universidad de Lovaina, con el cual había mantenido ya correspondencia con ocasión de nuestros trabajos sobre la fibra muscular, y, en fin, á Schwalbe, C. Bardeleben y otros anatómicos renombrados. De algunos de ellos, convertidos luego en benévolos patrocinadores de mis ideas, me ocuparé en el próximo capítulo.

De regreso de Berlín, hice escala en la pequeña ciudad de Gotinga, donde tuve el gusto de abrazar á mi amigo el Dr. W. Krause. En su compañía pasé tres ó cuatro días deliciosos. Mostróme lo más importante de la ciudad, sobre todo los museos y laboratorios de la Universidad; me presentó á un colega suyo, gran coleccionador de cuadros y admirador de la pintura española (estaba encantado de un Velázquez harto dudoso que pretendía poseer), el cual nos agasajó con suculento banquete; y, en fin, me acompañó á su laboratorio oficial, instalado por cierto en modesta casa de vecindad, y en donde trabajaban algunos pocos discípulos en medio de un material é instrumental nada lujoso, pero suficiente. Excusado es decir que me apresuré á mostrar al Dr. Krause mis preparaciones, y aún le regalé al[p. 151]gunas; las referentes á la retina, tema en que predilectamente se ocupaba, le interesaron vivamente.

En nuestras conversaciones de sobremesa cambiamos noticias acerca de la organización de nuestras respectivas Universidades. Llenóme de asombro el saber que los profesores eran escogidos casi libremente, sin oposición ni concurso. Me chocó también la ausencia de plan uniforme de enseñanza, y algo así como el abandono sistemático de ese espíritu de unidad y centralización, tan caros hogaño en nuestra España, por imitación servil de la organización universitaria francesa. Cada ciencia tenía su hogar propio, que recibía el nombre del Instituto, comprensivo de la cátedra, laboratorio para el profesor y sus discípulos, la biblioteca, etc. Nada de exámenes si no es al final de la carrera. En fin, los profesores, distinguidos en las categorías de docente privado, profesor extraordinario y profesor numerario, en vez de ajustarse á nómina equitativa, cobraban del Estado y de la ciudad, según sus méritos, amén de recibir también honorarios de sus alumnos.

¡Supresión de exámenes, cantonalismo profesoral, retribución por los alumnos, ingreso sin oposición y sin concurso y, frecuentemente, por una especie de contrata!... He aquí un conjunto de reformas que, aplicadas á España, país clásico de la holganza, del favoritismo y de la cuquería, nos harían retroceder antes de diez años al estado salvaje. Por algo ha dicho Paulsen que cada país posee el régimen universitario que necesita, es decir, el mejor posible, dado el estado de la ética social.

Después de este descanso en una apacible y pequeña Universidad alemana, tan fértil en grandes sabios como limpia de intrigas y ambiciones, proseguí mi viaje de regreso. Visité rápidamente la pintoresca Lucerna y el poético lago de los Cuatro Cantones; crucé los Alpes por el San[p. 152] Gotardo, sintiendo en el alma que la escasez de mis recursos no me permitiera detenerme en la contemplación de aquellos incomparables panoramas, y en fin, recorrí el Norte de Italia, particularmente Turín, Pavía y Génova, famosas ciudades universitarias.

En Turín tuve el gusto de conocer personalmente al insigne histólogo italiano Julio Bizzozero y al no menos célebre profesor Angelo Mosso. Recuerdo que sus sendas cátedras y laboratorios estaban instalados en un viejo convento, en locales poco apropiados. Quise averiguar cuáles eran los recursos de la Universidad y los sueldos de los Profesores, y me encontré con dos sorpresas: la primera, que el profesorado italiano, con valer mucho, ganaba poco más que el nuestro (el sueldo límite para los más antiguos era de 10.000 liras), con un rendimiento docente y científico infinitamente superior; la segunda, que, inspirándose en altos móviles de patriotismo y de amor á la ciencia, las Corporaciones populares (como si dijéramos el Ayuntamiento y la Diputación provincial) y personajes opulentos, añadían, á la modesta cantidad consignada para material en los presupuestos del Estado, donativos cuantiosos destinados á experimentos científicos. Una Junta mixta de próceres y de autoridades administraba estos fondos supletorios, según las necesidades de cada Cátedra y de cada Profesor.

He aquí una conducta que llenará de estupor á nuestros Municipios y Diputaciones, tan bien hallados con el cerril y antipatriótico cantonalismo corporativo. Aparte los altos fines educativos y culturales, la Universidad y demás Instituciones oficiales representan para la ciudad, tanto un gran prestigio, como un gran provecho. Ya que no por solidaridad y amor á la ciencia, por egoísmo y emulación bien entendidos, deberían las citadas Corporaciones venir en ayuda del Estado, costeando nuevas enseñanzas, mejo[p. 153]rando las existentes y fomentando, en fin, el espíritu de investigación. Pero estas verdades tan sencillas, ¿podrían penetrar siquiera en las compactas cabezas de nuestros ediles ó en las seseras no menos ebúrneas de nuestros próceres?

En Pavía no tuve el gusto de encontrar al ilustre profesor Camilo Golgi. Estaba en Roma, á donde le llevaban en ciertas épocas del año sus iniciativas de Senador. Notemos de pasada que en Italia los sabios más renombrados suelen recibir, entre otras recompensas, la investidura de miembros de la Alta Cámara. Contrarióme mucho la ausencia del maestro. Doy por seguro que, de haber podido mostrarle mis preparaciones y rendirle al mismo tiempo mis sentimientos de admiración, hubiéranse evitado, para lo futuro, polémicas y equívocos enfadosos.

En fin, tras una visita rápida á Génova, donde fuí muy bien recibido por el Profesor de Anatomía, tomé la vuelta de Marsella y regresé á Barcelona.

De esta rápida excursión por las Universidades extranjeras, saqué la convicción profunda de que la superioridad cultural de Alemania, Francia é Italia no estriba en las Instituciones docentes, sino en los hombres. Lo he dicho ya: los recursos materiales de que disponían sabios insignes, pareciéronme poco superiores á los nuestros, y en algún caso, claramente inferiores. Encuéntrase á menudo en Alemania Privat docent, ilustrado con grandes descubrimientos, y, sin embargo, atenido durante muchos años á retribuciones que desdeñarían nuestros auxiliares. Pero hay otro hecho todavía más significativo: con relativa frecuencia (este fenómeno se da también en Inglaterra), la Universidad llama á su seno á investigadores geniales, que se formaron solos, en localidades apartadas, teniendo[p. 154] por laboratorio un desván y sin más recursos que las modestas economías del médico de aldea.

Bien se ve, pues, que en los países del Norte, aparte las formas de la organización docente, existe una causa general y profunda de florecimiento cultural. El vaso parece á veces de tosco barro; pero la esencia suele ser exquisita.

¿Cuál es esta esencia? Fuera inoportuno estudiar aquí de pasada las condiciones complejas de la grandeza científica alemana. Y además, nada nuevo podríamos decir. Limitémonos á consignar no más mis impresiones de entonces.

La cultura superior parecióme fruto complejo de la educación individual y social. En la Universidad se enseña á trabajar, pero el ambiente social, obra del Estado, enseña algo mejor: el respeto y la admiración hacia el hombre de ciencia. De nada servirá que el universitario reciba una cultura técnica eficiente y con ella el ansia noble y patriótica de colaborar en la obra común de la civilización, si, al mismo tiempo, no contempla en torno suyo despreciada la pereza, aborrecidas la farsa y la intriga, galardonado el mérito superior y reverenciado el genio.

¡Justicia, en fin!... He aquí el secreto.

3 CAPÍTULO VI[editar]

En las figuras 6, 7 y 8 mostramos esquemáticamente lo más esencial de mis hallazgos en la retina. Nótese, sobre todo, cómo las tres series de neuronas (conos y bastones, bipolares y gangliónicas) se articulan, según dos planos concéntricos.

[p. 119]Husos musculares.—De cierto alcance para la fisiología muscular resulta también un pequeño trabajo aparecido en el mismo número de la Revista de Histología, y titulado Terminaciones nerviosas en los husos musculares de la rana[40].

Fig. 7.—Esquema donde se muestran las conexiones entre las diversas neuronas de la retina de las aves y la marcha del impulso nervioso— A, células bipolares.

En esta comunicación, basada en las revelaciones del método de Ehrlich al azul de metileno, se hace notar:

a) La existencia en los husos de Kühne de los batracios y reptiles (fibras musculares pequeñas portadoras de un órgano nervioso terminal específico y, al parecer, sensitivo, pero de significación dudosa por entonces) de dos clases de arborizaciones nerviosas:[p. 120] una, la ya conocida por los autores, continuada con fibras gruesas; otra ú otras, no descritas, más finas, situadas en las regiones alejadas de la tumefacción fusiforme.

b) En vista de que una de las terminaciones es enteramente idéntica á la de las placas motrices ordinarias, y que la otra posee caracteres en un todo semejantes á los observados en los órganos músculo-tendinosos de Golgi, califícase la arborización pequeña de motriz, y la extensa ó específica de sensitiva. La excitación de este último aparato terminal, durante la contracción de los músculos, suscitaría, al llegar al cerebro, la percepción del estado de contracción de los músculos (sentido muscular de que hablan los fisiólogos).

Fig. 8.—Algunos tipos de células gangliónicas (B, C) de la retina de las aves; e, b, d, f, arborización final de las fibras centrífugas.

Parecidos hechos fueron posteriormente comunicados por Ruffini, Huber y de Witt, Dogiel, Sherrington, etc., quienes adoptaron también, aunque sin conocerla, nuestra interpretación fisiológica. Opinión semejante defendió asimismo, en igual fecha que nosotros, Kerschner (Anat. Anzeiger, 1.º de Mayo de 1888), aunque sin precisar detalles ni dar figuras de la doble terminación.

En fin, para poner remate á esta pesada reseña acerca de la labor de 1888, citemos aún dos artículos, de menos enjundia que los precedentes.

El primero, concerniente á la textura de la fibra mus[p. 121]cular del corazón[41], contenía, entre otros hechos, los siguientes:

a) Demostración, en torno de las fibras cardíacas, de un verdadero sarcolema, más fino que el de las células estriadas comunes. (Confirmado muchos años después por Hoche, Ebner, Heidenhain, Marceau, etc.).

b) Indicación de que las llamadas placas ó escaleras de cemento intercalar de las células cardíacas corresponden á las líneas de Krause, y ofrecen una situación infrasarcolemática.

El segundo artículo versaba sobre las células y tubos nerviosos del lóbulo cerebral eléctrico del torpedo[42], donde el tamaño colosal de los elementos presta singulares facilidades al análisis. Á favor de la disociación y del método de Boveri (mezcla de ácido ósmico y nitrato de plata), se pusieron de manifiesto los siguientes hechos:

a) Existencia de positivas estrangulaciones en los tubos conductores de un centro nervioso, las cuales habían sido negadas por Ranvier y sólo mencionadas en la substancia blanca de la médula espinal por Tourneaux y Le Goff.

b) Presencia de un anillo de cemento en el punto del axon en que se inicia la mielina, y de dos anillos al nivel de las estrangulaciones del tubo medular.

c) Ausencia de anastomosis de las ramificaciones protoplásmicas de las células, disposición que confirmaba los resultados del método de Golgi.

d) Aparición, en torno del cuerpo de las neuronas, de una fina cubierta. Esta particularidad sólo muchos años después fué ratificada por los autores.

Hasta aquí, lo publicado en 1888.

[p. 122]Médula espinal.—Durante el año 1889, mi actividad continuó vigorosa y despierta, aplicándose á diversos temas neurológicos; sin embargo, concentróse especialmente en el estudio de la médula espinal de aves y mamíferos.

Al abordar este asunto, cuya obscuridad conocía bien por haberla padecido muchas veces al explicar, como profesor de Anatomía, la organización del eje raquídeo, movióme, en primer término, el propósito de dilucidar en lo posible el arduo problema de la terminación de las raíces posteriores ó sensitivas. Y aunque, después de mis exploraciones acerca del cerebelo, resultaba presumible que semejantes arborizaciones siguieran también la ley del contacto pericelular, era indispensable confirmar de visu esta concordancia, averiguar con precisión el itinerario real de las fibras sensitivas al través de la substancia gris, y señalar, en fin, las neuronas con ellas relacionadas.

Antes de puntualizar mis observaciones, no estará de más recordar brevemente al lector el estado de nuestros conocimientos acerca de la organización á la médula espinal allá por los años de 1880 á 1889.

Ciertamente, los experimentos de la fisiología y los datos recolectados por la anatomía patológica humana y comparada, asistida del método de las degeneraciones secundarias (Waller, Türk, Charcot, Bouchard, Lowenthal, Münzer) ó del de las atrofias de Gudden y Forel, habían logrado fijar el carácter motor ó sensitivo de muchos nervios, localizar grosso modo el núcleo de origen de los centrífugos y de terminación de los centrípetos, y diferenciar, en fin, en el espesor de los cordones, vías ó categorías separadas de fibras de idéntica conducción (vía piramidal ó de los movimientos voluntarios, vía cerebelosa ascendente, cordón de Goll formado por fibras sensitivas centrales, etc.). Por su parte, el análisis macro-microscópico había alcanzado[p. 123] algunos éxitos positivos, deslindando en la substancia gris, aparte esas grandes provincias llamadas astas anterior y posterior, ciertos territorios de peculiar estructura, tales como: las pléyades celulares motrices del asta ventral, la substancia gris central, la columna vesiculosa de Clarke, la substancia de Rolando, las comisuras blanca ó anterior y gris ó posterior, etc. Se sabía igualmente, ó más bien se adivinaba —porque demostración fehaciente del hecho no existía— que los tubos de la substancia blanca están en continuación con axones de neuronas emplazadas en la substancia gris, los cuales, después de un curso longitudinal más ó menos largo, retornaban al territorio de las astas, donde primeramente se congregan en haces de varia dirección, para dispersarse al fin en plexo difuso y enmarañado.

Pero acerca de los puntos principales de la histología del eje medular raquídeo, esto es, sobre el problema del origen y terminación de las fibras arribadas de los cordones, el origen de las comisuras y, en suma, la disposición final de las fibras exógenas ó sensitivas, los neurólogos sólo exponían conjeturas frecuentemente obscuras, á veces contradictorias y en todo caso incomprobables. En realidad, la histología de dicho centro nervioso ofrecía sólo un dato importante, sólidamente cimentado: el origen real de las raíces anteriores. En efecto; desde la época, entonces remota, de Deiters, Clarke, Kölliker, quedó patentizado que las gigantes neuronas multipolares del asta anterior proyectaban hacia adelante robusto cilindro del eje, que, cruzando el cordón antero-lateral, emerge de la médula, constituyendo las raíces anteriores, para distribuirse en definitiva en los músculos voluntarios.

De tal pobreza de noticias anatómicas exactas eran responsables —ocioso es declararlo— los métodos de investigación, harto insuficientes para abordar con éxito el arduo[p. 124] problema. Por ejemplo, el método de las degeneraciones secundarias ya citado, ó el de las atrofias de Gudden y Forel, si permitían señalar la situación y curso de ciertas vías nerviosas de la substancia blanca, mostrábanse incapaces de puntualizar su origen y terminación en la gris; y en cuanto á los procederes histológicos de Weigert ó del ácido ósmico, susceptibles, según es notorio, de presentar intensa y selectivamente teñidos los tubos medulados, estrellábanse contra la fatalidad de que, justamente los segmentos más interesantes de las fibras nerviosas, es decir, el segmento de origen celular y la ramificación terminal de las mismas, carecen de forro de mielina (que es lo que fija el color) y resultan, por ende, inaccesibles.

La empresa sólo podía ser acometida, con alguna esperanza de éxito, mediante el método de Golgi, que tiñe precisamente los segmentos amedulados del protoplasma nervioso. Sólo del excepcional poder revelador de la reacción cromo-argéntica cabía esperar un poco de orden en aquel caos de opiniones contradictorias. Mas, según dejo apuntado, tan valioso recurso, ó no se aplicaba por ningún histólogo, ó se aplicaba en la médula adulta, donde la reacción negra es eventualísima y en donde, además, la enormidad de las distancias recorridas por los apéndices celulares y la complicación estructural hacen estéril todo esfuerzo analítico.

En la figura 5, tomada de los textos neurológicos más autorizados de la época, reproducimos un esquema de la estructura medular. En el seno de la substancia gris se observa una red difusa (C, g), donde vendrán á fundirse, según Gerlach, las extremidades de las dendritas y las arborizaciones nerviosas de las raíces posteriores ó sensitivas. Para Golgi —lo hemos dicho ya— (véase la fig. 9, I), la red constaría exclusivamente de proyecciones nerviosas.

Fig. 9.—Esquemas destinados á comparar la concepción de Golgi acerca de las comunicaciones sensitivo-motrices de la médula espinal (I) con el resultado de mis investigaciones (II).— A, raíces anteriores; B, raíces posteriores; a, colateral de las radiculares motrices; b, células de axon corto que intervendrían, según Golgi, en la formación de la red; c, red difusa intersticial; d, nuestras colaterales largas en contacto con las células motrices; e, colaterales cortas.

[p. 125]Repárese que los axones de las neuronas medulares más gruesas se suponen, por conjetura, en continuación con las fibras de la substancia blanca (fig. 5, g); pero como tales conductores son escasísimos, con relación al formidable número de fibras gruesas y finas que el método de Weigert descubre en el espesor de la substancia gris, quedan sin vinculación conocida la mayoría de los tubos nerviosos procedentes de la substancia blanca.

Al nivel de la raíz anterior se reconoce la entrada en[p. 126] ella del axon de las células gigantes del asta anterior; pero se comete el error de admitir la existencia de cilindros-ejes motores cruzados (fig. 5, a).

En la región de la columna de Clarke, la citada figura 5 ofrece, en consonancia con un parecer muy generalizado (Freud, Edinger, Schiefferdecker, Lenhossék, etc.), ciertos corpúsculos esféricos ó fusiformes, exentos de dendritas y provistos de dos prolongaciones nerviosas, una en continuación con las raíces posteriores, y otra, dirigida hacia el cordón lateral, donde constituiría la vía cerebelosa ascendente (fig. 5, G y C).

La substancia gelatinosa de Rolando sólo contendría neuroglia con más ó menos cantidad de fibras nerviosas.

En fin, las fibras de la raíz posterior arribadas de los ganglios sensitivos, se comportarían de muy diversas maneras: un haz de fibras emana, según dejamos dicho, de las células de la columna de Clarke; otro, el más importante, se ramificaría, perdiéndose en el espesor del asta posterior é ingresando en la red continua de Gerlach ó de Golgi (fig. 5, B); otro fascículo, sin ramificarse en la substancia gris, trazaría un codo para tornarse ascendente en el cordón de Burdach (d); algunas fibras, en fin, ganarían las comisuras y el espesor del asta anterior.

Esta, repetimos, era una de tantas interpretaciones, acaso la más sencilla. Porque la fórmula estructural variaba bajo la pluma de cada escritor. De mí sé decir que allá, por el decenio de 1877 á 1887, prodújome muchos quebraderos de cabeza el esfuerzo por sacar algo en limpio de las descripciones de los sabios, en punto á la composición é itinerario de las raíces sensitivas. Conservo todavía un cuaderno de apuntes, datado del año 1877, en donde tengo registrados y dibujados en variedad de colores (para alivio del trance de mis oposiciones á cátedras) tres esque[p. 127]mas perfectamente inconciliables, tomados de los textos neurológicos en boga. Desconcertado y perdido en aquel mare magnum de fibras y de células, desesperé á menudo de mis modestas entendederas... ¡Caprichos de la suerte! ¡Quién me dijera entonces que, andando el tiempo, había yo de contribuir á desenmarañar un poco la madeja medular!

Ello se debió simplemente —déjolo ya consignado— á la feliz ocurrencia de aplicar el método de Golgi al estudio de la médula espinal de los embriones de ave y de mamífero. Holgaría, después de lo expuesto, entrar en pormenores de mis trabajos, que el lector curioso hallará en el texto de mis libros y monografías sobre el asunto. Aquí me limitaré á enumerar las más importantes conclusiones de mis comunicaciones de 1889 y 1890[43]:

1.ª Se describe detalladamente un factor característico importante de la substancia gris, escapado á la sagacidad de los cultivadores de los métodos de coloración de la mielina: las colaterales de la substancia blanca. Ciertamente, tales fibras habían sido percibidas en buena parte de su trayecto por los neurólogos que hicieron uso de los métodos comunes ó del de Weigert (Schiefferdecker, Flechsig, Kölliker, Lenhossék, etc.), pero desconocieron su origen y terminación, considerándolas hipotéticamente axones directos cordonales ó sensitivos. Las aludidas ramas nacen en ángulo recto de las fibras longitudinales de todos los cordones, penetran horizontalmente en el territorio de las astas, donde se terminan á favor de ra[p. 128]mificaciones libres, espesadas, varicosas, aplicadas íntimamente al contorno del cuerpo y dendritas de las neuronas. Cada célula yace en un nido ó maleza de ramúsculos pertenecientes á diversos conductores de la substancia blanca (fig. 10, e, f y fig. 11, H).

2.ª Se esclarece la composición de las comisuras, demostrando que la dorsal resulta del cruce de colaterales del cordón posterior y lateral, y que en la anterior entran tres sistemas de conductores: colaterales del cordón antero-lateral, axones de células del tipo comisural y, en algunos casos, expansiones protoplásmicas de neuronas motoras (comisura protoplásmica) (fig. 10, f, i, a).

Fig. 10.—Esquema de la disposición de las células nerviosas de la médula espinal y fibras colaterales de la substancia blanca: a, colateral cruzada de la comisura posterior; b, colateral del asta posterior; c, colateral larga del cordón posterior; j, fibra radicular motriz; r, radicular sensitiva; u, columna de Clarke; f, colaterales de la comisura anterior; m, célula comisural; n, célula cordonal; k, célula motriz. (Esta figura es copia de una de las tablas murales que sirvió para mis conferencias de 1894).

[p. 129]3.ª Atendiendo al paradero del axon, se establece una clasificación racional de las neuronas de la substancia gris, á saber: células motrices ó radiculares, células funiculares ó cordonales y células comisurales, según que su respectiva expansión funcional salga de la médula, ingrese en los cordones de su lado ó cruce la línea media para incorporarse á los cordones del opuesto (fig. 10, j, m, n).

Fig. 11.—Aspecto general de las colaterales en un corte transversal de la médula espinal.— A, surco anterior; B, plexo de colaterales del asta anterior; C, comisura anterior de colaterales; G, colaterales para el asta posterior; H, colaterales largas ó sensitivo-motrices; J, plexo de colaterales de la columna de Clarke; E, colaterales cruzadas de la comisura posterior.

4.ª Además de la continuación, por simple acodamiento, de los axones funiculares y comisurales con tubos longitudinales de la substancia blanca, se expone la existencia de bifurcaciones en T ó Y, en cuya virtud se producen dos fibras cordonales, una ascendente y otra descendente (fig. 12, f).

5.ª Se comunica, además, la presencia de cilindros-ejes pluri[p. 130]cordonales, quiero decir progenitores de varios tubos ascendentes y descendentes, incorporados á cordones diferentes.

6.ª Se prueba que la substancia de Rolando consta, además de fibras nerviosas y de células de neuroglia, de numerosísimas y diminutas neuronas, cuyo axon sutilísimo dirígese al cordón posterior y singularmente á la región limítrofe del lateral, para generar vías cortas ascendentes y descendentes (fig. 13).

Fig. 12.—Corte longitudinal de los cordones posterior y lateral de la médula espinal, á fin de mostrar el comportamiento de las raíces posteriores y el origen de las colaterales.— A, radiculares sensitivas.

7.ª Se señala, tanto en las aves como en los mamíferos, la verdadera disposición terminal de las tan discutidas raíces sensitivas. Según mostramos en el esquema de las figuras 9 y 12, A, cada fibra llegada del ganglio raquídeo correspondiente se bifurca en rama ascendente y descendente. La primera constituye de ordinario la vía central, prolongándose hasta el bulbo; la segunda acaba á distancias variables, arqueándose y ramificándose en la substancia gris. Del curso del tallo, pero sobre todo del itinerario longitudinal de ambas ramas[p. 131] ascendente y descendente, brotan en ángulo recto infinidad de ramas colaterales penetrantes en la substancia de Rolando y centro del asta dorsal (fig. 9, d, e y fig. 12, a, b).

Prescindiendo aquí de subdivisiones de haces y pormenores de conexión, importa notar que las referidas ramas forman dos grandes corrientes: una de fibras cortas, arborizadas en torno del soma de las neuronas cordonales y comisurales (asta posterior, anterior, substancia de Rolando, columna de Clarke, etc.); otra de fibras largas que, disponiéndose en haz postero-anterior, cruza casi toda la substancia gris para terminar, al fin, en los nidos envolventes de las células motrices.

Fig. 13.—Diminutas células nerviosas de la substancia de Rolando (A, B, F, etc.).— J, región del cordón lateral adonde van los finísimos axones.

Según puede apreciarse en la figura 11, H, estas colaterales sensitivas largas tienen por misión propagar el impulso centrípeto, llegado de la piel y otros órganos sensibles, á las neuronas motoras; representan, pues, una vía refleja sensitivo-motriz (reflejo-motriz de Kölliker).

8.ª Por lo que toca á la neuroglia, se sanciona definitivamente una opinión hipotética, sugerida por Vignal, His y otros, á saber: que las células en araña (corpúsculos neuróglicos adultos) no son otra cosa que elementos epiteliales emigrados de su yacimiento originario, el muro ependimal, y los cuales, por atrofia de sus apéndi[p. 132]ces polares, se han hecho estrellados. Véase la figura 14, e, g, donde mostramos las transiciones entre ambas gradaciones evolutivas.

Fig. 14.—Evolución de las células neuróglicas de la médula espinal del embrión de pollo.— A, epéndimo; a y b, células epiteliales de los surcos anterior y posterior; g, célula neuróglica producida por emigración y transformación de una célula epitelial.

9.ª En fin, acerca de los ganglios raquídeos ó sensitivos, origen de las raíces posteriores, se comprueba en las aves y mamíferos una suposición muy discutida de His, el célebre embriólogo de Leipzig, según la cual, las células monopolares sensitivas afectan, durante las fases más tempranas de su evolución, la figura bipolar con una expansión gruesa dirigida hacia la periferia (superficies sensibles del organismo) y otra continuada con las raíces posteriores. Conforme mostramos en la figura 15, h, i, j, el paso de la forma en huso á la piriforme ó monopolar resulta de la sucesiva aproximación de los polos anterior y posterior del soma neuronal, hasta modelarse un tallo común.

[p. 133]Acerca de la interpretación de este hecho interesante, en cuya virtud repítense en la ontogenia de aves y mamíferos fases adultas de los corpúsculos sensitivos de invertebrados y vertebrados inferiores, trataremos más adelante.

Fig. 15.—Corte donde aparecen un trozo de médula (A), un ganglio raquídeo (D) y otro simpático del embrión de pollo.— B, raíz anterior de la médula espinal; h, i, j, gradaciones entre la forma bipolar y monopolar; C, raíz posterior; E, nervio raquídeo.

Prescindiendo de su virtualidad constructiva, las precedentes observaciones relativas á la médula espinal revis[p. 134]ten cierto alcance crítico. Valen por lo que afirman, pero valen también por lo que niegan. Cuando, disipada la prevención hacia el método de Golgi, gracias á las predicaciones de Kölliker y nuestras, varios investigadores, entre ellos el mismo Kölliker, van Gehuchten, Edinger, Lenhossék, Azoulay, Lugaro, etc., exploraron dicho órgano nervioso en los embriones y animales jóvenes, se convino unánimemente en rechazar definitivamente determinados supuestos basados en observaciones incompletas. Tales son: las radiculares motrices cruzadas (fig. 5, a), las fibras sensitivas continuadas con neuronas de la columna de Clarke (fig. 5, G), las radiculares posteriores exentas de divisiones y continuadas con fibras del cordón de Burdach (figura 5, d), etc.

Fig. 16.—Diversos pisos de arborizaciones ópticas en la corteza gris del lóbulo óptico de un pájaro.— A, fibras llegadas de la retina; a, b, c, sus arborizaciones libres.

[p. 135]Lóbulo óptico de las aves.—Acabamos de ver cómo se verifica en la médula espinal la terminación de las fibras nerviosas sensitivas. ¿Compórtanse de igual manera las fibras centrípetas sensoriales, es decir, las llegadas de la retina, bulbo olfatorio, nervio acústico, etc.? La cuestión entrañaba interés teórico de primer orden. Se imponía, pues, la exploración de los centros ópticos, á fin de ver si también en ellos se cumple la ley del contacto mediante arborizaciones libres pericelulares.

Fig. 17.—Esquema donde aparece el enlace entre las arborizaciones de las fibras ópticas y cierto elemento de axon arciforme. (Lóbulo óptico del pájaro de pocos días). Las flechas señalan la marcha del impulso nervioso.

De todos los centros sensoriales el más cómodo para esta investigación, y singularmente propicio á las revelaciones de la reacción cromo-argéntica, es el lóbulo óptico de los embriones de ave y de aves de pocos días (embrión de pollo desde el dieciséis día en adelante, pájaros recién nacidos, etc.). La posición dentro de este órgano de las fibras ópticas ó conductores arribados de la retina, era bastante bien conocida, gracias á los estudios de Stieda, Bellonci y otros autores. Tales fibras constituyen una zona[p. 136] superficial, por debajo de la cual generan un plexo concéntrico, en cuyas mallas aparecen las neuronas receptoras.

Aparte la demostración del modo de terminación de las fibras ópticas, la citada monografía contiene numerosos datos morfológicos y estructurales de positivo valor. No hemos de referirlos aquí todos. El lector curioso de tales asuntos deberá consultar nuestra Memoria de 1889[44] ó la traducción publicada dos años después en el International Monatsschrift[45] del Dr. Krause. Citemos tan sólo los hechos que revisten algún alcance fisiológico.

a) Demostración de que las fibras del nervio óptico se terminan en las zonas más periféricas del lóbulo, á favor de arborizaciones complicadas, varicosas y libres, las cuales se enlazan por contacto con los penachos protoplásmicos de numerosos corpúsculos gangliónicos situados en las zonas profundas del órgano.

b) Descubrimiento de un gran número de tipos morfológicos de neuronas, entre ellos uno caracterizado por ofrecer un axon singular, de forma recurrente y nacido del trayecto de la dendrita radial, á gran distancia del soma. Tales elementos, llamados corpúsculos de axon en cayado, son muy interesantes para la teoría, pues prueban perentoriamente la conducción axípeta de las dendritas, etc. (figura 17, A).

Sobre la anatomía del lóbulo óptico de las aves aportaron después valiosas contribuciones Kölliker, van Gehuchten y, sobre todo, mi hermano, que consagró al argumento, según haremos notar en su día, varias importantes comunicaciones. En resumen, tales trabajos confirmaron la[p. 137] conclusión fundamental desprendida de mis observaciones, á saber: que también en los centros sensoriales los impulsos aferentes se propagan por contacto desde las fibras centrípetas ó retinianas á los penachos protoplásmicos y cuerpo celular de las neuronas centrales.

La intensa labor de mi laboratorio en 1889 permitió cosechar además tal cual interesante adquisición en otros órganos sensoriales y hasta en tejidos no nerviosos.

Fig. 18.—Morfología de las células nerviosas bipolares de la mucosa olfativa del ratón de pocos días.— a, axon; d, nerviecitos que cruzan el dermis de la mucosa y van al bulbo olfatorio.

Entre estas escapadas fuera de mis predilectas aficiones, merece consignarse la rotulada Nuevas aplicaciones del método de coloración de Golgi[46]. Prescindiendo de cosas menudas, resaltan en este trabajillo los siguientes hechos:

a) Demostración de la continuación individual de la expansión profunda de las bipolares olfatorias (corpúsculos situados en la[p. 138] mucosa de este nombre), con una sola fibrilla axónica de los nervios de la olfación (fig. 18), refutándose, por ende, las pretendidas ramificaciones mencionadas en estas fibras por Ranvier y Castronuovo (confirmado después por v. Gehuchten, Retzius, Brun, etc.).

b) Se prueba la existencia, dentro del protoplasma de las células glandulares salivales, de ramificaciones delicadas continuadas con los conductos secretorios (confirmado y ampliado notablemente por Retzius, Müller y otros).

c) Se describen independientemente de Kupffer y mediante el cromato de plata, los capilares biliares del hígado de diversos vertebrados.

d) Se prueba que las fibras nerviosas simpáticas acaban libremente sobre las células glandulares.

Otra de las modestas comunicaciones aludidas vió la luz en una Revista profesional, La Medicina Práctica[47]. Contiene un ensayo de interpretación teórica de la totalidad de los hechos morfológicos recolectados en monografías anteriores. Entre otros conceptos, juzgamos dignos de ser recordados los siguientes:

a) Se repudia la nomenclatura fisiológica de las neuronas expuesta por Golgi. Sabido es que este sabio, apoyándose en observaciones insuficientes, agrupó las células nerviosas en dos grandes clases: células motrices ó del tipo I, caracterizadas por exhibir talla considerable y ofrecer un axon que conserva su individualidad y que se continúa con las fibras de la substancia blanca ó con las raíces motrices; y células sensitivas ó del tipo II, caracterizadas por afectar de ordinario menor volumen y mostrar un axon que, á poco de su origen, pierde su individualidad, descomponiéndose en plena substancia gris en una arborización continuada con la supuesta red difusa intersticial.

Habiendo encontrado nosotros ambos tipos celulares de Golgi en la retina y en la mayoría de los centros nerviosos, lo mismo sensitivos que motores, para no prejuzgar cuestiones no resueltas, sus[p. 139]tituímos la citada nomenclatura por esta otra: células de axon largo, esto es, participante en la formación de los nervios y de la substancia blanca; y células de axon corto, arborizado libremente en el seno de la substancia gris.

b) Se hace de la célula sensorial ó bipolar una categoría especial de neuronas, estimando la expansión periférica ó receptora (bipolar olfativa, retiniana, ganglionar raquídea) como una rama dendrítica ó protoplásmica, cuya misión es recoger corrientes (movimiento celulípeto), echando así las bases de la teoría de la polarización dinámica, creada, ulteriormente, por van Gehuchten y nosotros.

c) Se cita el oficio receptor de las dendritas de las células mitrales del bulbo olfatorio, del ramaje protoplásmico de las células de Purkinje, del de los corpúsculos gangliónicos retinianos, etc.

d) Se formula la hipótesis de que la morfología y modo de ramificación del axon guarda relación con el número y forma de los elementos con quienes establece contactos, etc., etc.

4 Capítulo XX.[editar]

Donde se cuentan las bodas de Camacho el rico, con el suceso de Basilio el pobre

Apenas la blanca aurora había dado lugar a que el luciente Febo, con el ardor de sus calientes rayos, las líquidas perlas de sus cabellos de oro enjugase, cuando don Quijote, sacudiendo la pereza de sus miembros, se puso en pie y llamó a su escudero Sancho, que aún todavía roncaba; lo cual visto por don Quijote, antes que le despertase, le dijo:

— ¡Oh tú, bienaventurado sobre cuantos viven sobre la haz de la tierra, pues sin tener invidia ni ser invidiado, duermes con sosegado espíritu, ni te persiguen encantadores, ni sobresaltan encantamentos! Duerme, digo otra vez, y lo diré otras ciento, sin que te tengan en contina vigilia celos de tu dama, ni te desvelen pensamientos de pagar deudas que debas, ni de lo que has de hacer para comer otro día tú y tu pequeña y angustiada familia. Ni la ambición te inquieta, ni la pompa vana del mundo te fatiga, pues los límites de tus deseos no se estienden a más que a pensar tu jumento; que el de tu persona sobre mis hombros le tienes puesto: contrapeso y carga que puso la naturaleza y la costumbre a los señores. Duerme el criado, y está velando el señor, pensando cómo le ha de sustentar, mejorar y hacer mercedes. La congoja de ver que el cielo se hace de bronce sin acudir a la tierra con el conveniente rocío no aflige al criado, sino al señor, que ha de sustentar en la esterilidad y hambre al que le sirvió en la fertilidad y abundancia.

A todo esto no respondió Sancho, porque dormía, ni despertara tan presto si don Quijote con el cuento de la lanza no le hiciere volver en sí. Despertó, en fin, soñoliento y perezoso, y, volviendo el rostro a todas partes, dijo:

— De la parte desta enramada, si no me engaño, sale un tufo y olor harto más de torreznos asados que de juncos y tomillos: bodas que por tales olores comienzan, para mi santiguada que deben de ser abundantes y generosas.

— Acaba, glotón —dijo don Quijote—; ven, iremos a ver estos desposorios, por ver lo que hace el desdeñado Basilio.

— Mas que haga lo que quisiere —respondió Sancho—: no fuera él pobre y casárase con Quiteria. ¿No hay más sino tener un cuarto y querer alzarse por las nubes? A la fe, señor, yo soy de parecer que el pobre debe de contentarse con lo que hallare, y no pedir cotufas en el golfo. Yo apostaré un brazo que puede Camacho envolver en reales a Basilio; y si esto es así, como debe de ser, bien boba fuera Quiteria en desechar las galas y las joyas que le debe de haber dado, y le puede dar Camacho, por escoger el tirar de la barra y el jugar de la negra de Basilio. Sobre un buen tiro de barra o sobre una gentil treta de espada no dan un cuartillo de vino en la taberna. Habilidades y gracias que no son vendibles, mas que las tenga el conde Dirlos; pero, cuando las tales gracias caen sobre quien tiene buen dinero, tal sea mi vida como ellas parecen. Sobre un buen cimiento se puede levantar un buen edificio, y el mejor cimiento y zanja del mundo es el dinero.

— Por quien Dios es, Sancho —dijo a esta sazón don Quijote—, que concluyas con tu arenga; que tengo para mí que si te dejasen seguir en las que a cada paso comienzas, no te quedaría tiempo para comer ni para dormir, que todo le gastarías en hablar.

— Si vuestra merced tuviera buena memoria —replicó Sancho—, debiérase acordar de los capítulos de nuestro concierto antes que esta última vez saliésemos de casa: uno dellos fue que me había de dejar hablar todo aquello que quisiese, con que no fuese contra el prójimo ni contra la autoridad de vuesa merced; y hasta agora me parece que no he contravenido contra el tal capítulo.

— Yo no me acuerdo, Sancho —respondió don Quijote—, del tal capítulo; y, puesto que sea así, quiero que calles y vengas, que ya los instrumentos que anoche oímos vuelven a alegrar los valles, y sin duda los desposorios se celebrarán en el frescor de la mañana, y no en el calor de la tarde.

Hizo Sancho lo que su señor le mandaba, y, poniendo la silla a Rocinante y la albarda al rucio, subieron los dos, y paso ante paso se fueron entrando por la enramada.

Lo primero que se le ofreció a la vista de Sancho fue, espetado en un asador de un olmo entero, un entero novillo; y en el fuego donde se había de asar ardía un mediano monte de leña, y seis ollas que alrededor de la hoguera estaban no se habían hecho en la común turquesa de las demás ollas, porque eran seis medias tinajas, que cada una cabía un rastro de carne: así embebían y encerraban en sí carneros enteros, sin echarse de ver, como si fueran palominos; las liebres ya sin pellejo y las gallinas sin pluma que estaban colgadas por los árboles para sepultarlas en las ollas no tenían número; los pájaros y caza de diversos géneros eran infinitos, colgados de los árboles para que el aire los enfriase.

Contó Sancho más de sesenta zaques de más de a dos arrobas cada uno, y todos llenos, según después pareció, de generosos vinos; así había rimeros de pan blanquísimo, como los suele haber de montones de trigo en las eras; los quesos, puestos como ladrillos enrejados, formaban una muralla, y dos calderas de aceite, mayores que las de un tinte, servían de freír cosas de masa, que con dos valientes palas las sacaban fritas y las zabullían en otra caldera de preparada miel que allí junto estaba.

Los cocineros y cocineras pasaban de cincuenta: todos limpios, todos diligentes y todos contentos. En el dilatado vientre del novillo estaban doce tiernos y pequeños lechones, que, cosidos por encima, servían de darle sabor y enternecerle. Las especias de diversas suertes no parecía haberlas comprado por libras, sino por arrobas, y todas estaban de manifiesto en una grande arca. Finalmente, el aparato de la boda era rústico, pero tan abundante que podía sustentar a un ejército.

Todo lo miraba Sancho Panza, y todo lo contemplaba, y de todo se aficionaba: primero le cautivaron y rindieron el deseo las ollas, de quién él tomara de bonísima gana un mediano puchero; luego le aficionaron la voluntad los zaques; y, últimamente, las frutas de sartén, si es que se podían llamar sartenes las tan orondas calderas; y así, sin poderlo sufrir ni ser en su mano hacer otra cosa, se llegó a uno de los solícitos cocineros, y, con corteses y hambrientas razones, le rogó le dejase mojar un mendrugo de pan en una de aquellas ollas. A lo que el cocinero respondió:

— Hermano, este día no es de aquellos sobre quien tiene juridición la hambre, merced al rico Camacho. Apeaos y mirad si hay por ahí un cucharón, y espumad una gallina o dos, y buen provecho os hagan.

— No veo ninguno —respondió Sancho.

— Esperad —dijo el cocinero—. ¡Pecador de mí, y qué melindroso y para poco debéis de ser!

Y, diciendo esto, asió de un caldero, y, encajándole en una de las medias tinajas, sacó en él tres gallinas y dos gansos, y dijo a Sancho:

— Comed, amigo, y desayunaos con esta espuma, en tanto que se llega la hora del yantar.

— No tengo en qué echarla —respondió Sancho.

— Pues llevaos —dijo el cocinero— la cuchara y todo, que la riqueza y el contento de Camacho todo lo suple.

En tanto, pues, que esto pasaba Sancho, estaba don Quijote mirando cómo, por una parte de la enramada, entraban hasta doce labradores sobre doce hermosísimas yeguas, con ricos y vistosos jaeces de campo y con muchos cascabeles en los petrales, y todos vestidos de regocijo y fiestas; los cuales, en concertado tropel, corrieron no una, sino muchas carreras por el prado, con regocijada algazara y grita, diciendo:

— ¡Vivan Camacho y Quiteria: él tan rico como ella hermosa, y ella la más hermosa del mundo!

Oyendo lo cual don Quijote, dijo entre sí:

— Bien parece que éstos no han visto a mi Dulcinea del Toboso, que si la hubieran visto, ellos se fueran a la mano en las alabanzas desta su Quiteria.

De allí a poco comenzaron a entrar por diversas partes de la enramada muchas y diferentes danzas, entre las cuales venía una de espadas, de hasta veinte y cuatro zagales de gallardo parecer y brío, todos vestidos de delgado y blanquísimo lienzo, con sus paños de tocar, labrados de varias colores de fina seda; y al que los guiaba, que era un ligero mancebo, preguntó uno de los de las yeguas si se había herido alguno de los danzantes.

— Por ahora, bendito sea Dios, no se ha herido nadie: todos vamos sanos.

Y luego comenzó a enredarse con los demás compañeros, con tantas vueltas y con tanta destreza que, aunque don Quijote estaba hecho a ver semejantes danzas, ninguna le había parecido tan bien como aquélla.

También le pareció bien otra que entró de doncellas hermosísimas, tan mozas que, al parecer, ninguna bajaba de catorce ni llegaba a diez y ocho años, vestidas todas de palmilla verde, los cabellos parte tranzados y parte sueltos, pero todos tan rubios, que con los del sol podían tener competencia, sobre los cuales traían guirnaldas de jazmines, rosas, amaranto y madreselva compuestas. Guiábalas un venerable viejo y una anciana matrona, pero más ligeros y sueltos que sus años prometían. Hacíales el son una gaita zamorana, y ellas, llevando en los rostros y en los ojos a la honestidad y en los pies a la ligereza, se mostraban las mejores bailadoras del mundo.

Tras ésta entró otra danza de artificio y de las que llaman habladas. Era de ocho ninfas, repartidas en dos hileras: de la una hilera era guía el dios Cupido, y de la otra, el Interés; aquél, adornado de alas, arco, aljaba y saetas; éste, vestido de ricas y diversas colores de oro y seda. Las ninfas que al Amor seguían traían a las espaldas, en pargamino blanco y letras grandes, escritos sus nombres: poesía era el título de la primera, el de la segunda discreción, el de la tercera buen linaje, el de la cuarta valentía; del modo mesmo venían señaladas las que al Interés seguían: decía liberalidad el título de la primera, dádiva el de la segunda, tesoro el de la tercera y el de la cuarta posesión pacífica. Delante de todos venía un castillo de madera, a quien tiraban cuatro salvajes, todos vestidos de yedra y de cáñamo teñido de verde, tan al natural, que por poco espantaran a Sancho. En la frontera del castillo y en todas cuatro partes de sus cuadros traía escrito: castillo del buen recato. Hacíanles el son cuatro diestros tañedores de tamboril y flauta.

Comenzaba la danza Cupido, y, habiendo hecho dos mudanzas, alzaba los ojos y flechaba el arco contra una doncella que se ponía entre las almenas del castillo, a la cual desta suerte dijo:

-Yo soy el dios poderoso
en el aire y en la tierra
y en el ancho mar undoso,
y en cuanto el abismo encierra
en su báratro espantoso.
Nunca conocí qué es miedo;
todo cuanto quiero puedo,
aunque quiera lo imposible,
y en todo lo que es posible
mando, quito, pongo y vedo.

Acabó la copla, disparó una flecha por lo alto del castillo y retiróse a su puesto. Salió luego el Interés, y hizo otras dos mudanzas; callaron los tamborinos, y él dijo:

-Soy quien puede más que Amor,
y es Amor el que me guía;
soy de la estirpe mejor
que el cielo en la tierra cría,
más conocida y mayor.
Soy el Interés, en quien
pocos suelen obrar bien,
y obrar sin mí es gran milagro;
y cual soy te me consagro,
por siempre jamás, amén.

Retiróse el Interés, y hízose adelante la Poesía; la cual, después de haber hecho sus mudanzas como los demás, puestos los ojos en la doncella del castillo, dijo:

-En dulcísimos conceptos,
la dulcísima Poesía,
altos, graves y discretos,
señora, el alma te envía
envuelta entre mil sonetos.
Si acaso no te importuna
mi porfía, tu fortuna,
de otras muchas invidiada,
será por mí levantada
sobre el cerco de la luna.

Desvióse la Poesía, y de la parte del Interés salió la Liberalidad, y, después de hechas sus mudanzas, dijo:

-Llaman Liberalidad
al dar que el estremo huye
de la prodigalidad,
y del contrario, que arguye
tibia y floja voluntad.
Mas yo, por te engrandecer,
de hoy más, pródiga he de ser;
que, aunque es vicio, es vicio honrado
y de pecho enamorado,
que en el dar se echa de ver.

Deste modo salieron y se retiraron todas las dos figuras de las dos escuadras, y cada uno hizo sus mudanzas y dijo sus versos, algunos elegantes y algunos ridículos, y sólo tomó de memoria don Quijote —que la tenía grande— los ya referidos; y luego se mezclaron todos, haciendo y deshaciendo lazos con gentil donaire y desenvoltura; y cuando pasaba el Amor por delante del castillo, disparaba por alto sus flechas, pero el Interés quebraba en él alcancías doradas.

Finalmente, después de haber bailado un buen espacio, el Interés sacó un bolsón, que le formaba el pellejo de un gran gato romano, que parecía estar lleno de dineros, y, arrojándole al castillo, con el golpe se desencajaron las tablas y se cayeron, dejando a la doncella descubierta y sin defensa alguna. Llegó el Interés con las figuras de su valía, y, echándola una gran cadena de oro al cuello, mostraron prenderla, rendirla y cautivarla; lo cual visto por el Amor y sus valedores, hicieron ademán de quitársela; y todas las demostraciones que hacían eran al son de los tamborinos, bailando y danzando concertadamente. Pusiéronlos en paz los salvajes, los cuales con mucha presteza volvieron a armar y a encajar las tablas del castillo, y la doncella se encerró en él como de nuevo, y con esto se acabó la danza con gran contento de los que la miraban.

Preguntó don Quijote a una de las ninfas que quién la había compuesto y ordenado. Respondióle que un beneficiado de aquel pueblo, que tenía gentil caletre para semejantes invenciones.

— Yo apostaré —dijo don Quijote— que debe de ser más amigo de Camacho que de Basilio el tal bachiller o beneficiado, y que debe de tener más de satírico que de vísperas: ¡bien ha encajado en la danza las habilidades de Basilio y las riquezas de Camacho!

Sancho Panza, que lo escuchaba todo, dijo:

— El rey es mi gallo: a Camacho me atengo.

— En fin —dijo don Quijote—, bien se parece, Sancho, que eres villano y de aquéllos que dicen: "¡Viva quien vence!"

— No sé de los que soy —respondió Sancho—, pero bien sé que nunca de ollas de Basilio sacaré yo tan elegante espuma como es esta que he sacado de las de Camacho.

Y enseñóle el caldero lleno de gansos y de gallinas, y, asiendo de una, comenzó a comer con mucho donaire y gana, y dijo:

— ¡A la barba de las habilidades de Basilio!, que tanto vales cuanto tienes, y tanto tienes cuanto vales. Dos linajes solos hay en el mundo, como decía una agüela mía, que son el tener y el no tener, aunque ella al del tener se atenía; y el día de hoy, mi señor don Quijote, antes se toma el pulso al haber que al saber: un asno cubierto de oro parece mejor que un caballo enalbardado. Así que vuelvo a decir que a Camacho me atengo, de cuyas ollas son abundantes espumas gansos y gallinas, liebres y conejos; y de las de Basilio serán, si viene a mano, y aunque no venga sino al pie, aguachirle.

— ¿Has acabado tu arenga, Sancho? —dijo don Quijote.

— Habréla acabado —respondió Sancho—, porque veo que vuestra merced recibe pesadumbre con ella; que si esto no se pusiera de por medio, obra había cortada para tres días.

— Plega a Dios, Sancho —replicó don Quijote—, que yo te vea mudo antes que me muera.

— Al paso que llevamos —respondió Sancho—, antes que vuestra merced se muera estaré yo mascando barro, y entonces podrá ser que esté tan mudo que no hable palabra hasta la fin del mundo, o, por lo menos, hasta el día del Juicio.

— Aunque eso así suceda, ¡oh Sancho! —respondió don Quijote—, nunca llegará tu silencio a do ha llegado lo que has hablado, hablas y tienes de hablar en tu vida; y más, que está muy puesto en razón natural que primero llegue el día de mi muerte que el de la tuya; y así, jamás pienso verte mudo, ni aun cuando estés bebiendo o durmiendo, que es lo que puedo encarecer.

— A buena fe, señor —respondió Sancho—, que no hay que fiar en la descarnada, digo, en la muerte, la cual también come cordero como carnero; y a nuestro cura he oído decir que con igual pie pisaba las altas torres de los reyes como las humildes chozas de los pobres. Tiene esta señora más de poder que de melindre: no es nada asquerosa, de todo come y a todo hace, y de toda suerte de gentes, edades y preeminencias hinche sus alforjas. No es segador que duerme las siestas, que a todas horas siega, y corta así la seca como la verde yerba; y no parece que masca, sino que engulle y traga cuanto se le pone delante, porque tiene hambre canina, que nunca se harta; y, aunque no tiene barriga, da a entender que está hidrópica y sedienta de beber solas las vidas de cuantos viven, como quien se bebe un jarro de agua fría.

— No más, Sancho —dijo a este punto don Quijote—. Tente en buenas, y no te dejes caer; que en verdad que lo que has dicho de la muerte por tus rústicos términos es lo que pudiera decir un buen predicador. Dígote, Sancho que si como tienes buen natural y discreción, pudieras tomar un púlpito en la mano y irte por ese mundo predicando lindezas...

— Bien predica quien bien vive —respondió Sancho—, y yo no sé otras tologías.

— Ni las has menester —dijo don Quijote—; pero yo no acabo de entender ni alcanzar cómo, siendo el principio de la sabiduría el temor de Dios, tú, que temes más a un lagarto que a Él, sabes tanto.

— Juzgue vuesa merced, señor, de sus caballerías —respondió Sancho—, y no se meta en juzgar de los temores o valentías ajenas, que tan gentil temeroso soy yo de Dios como cada hijo de vecino; y déjeme vuestra merced despabilar esta espuma, que lo demás todas son palabras ociosas, de que nos han de pedir cuenta en la otra vida.

Y, diciendo esto, comenzó de nuevo a dar asalto a su caldero, con tan buenos alientos que despertó los de don Quijote, y sin duda le ayudara, si no lo impidiera lo que es fuerza se diga adelante.

5 El Elefante y otros animales[editar]

Ningún particular debe ofenderse de lo que se dice en común.

FÁBULA I
    Allá, en tiempo de entonces,
Y en tierras muy remotas,
Cuando hablaban los brutos
Su cierta jerigonza,
Notó el sabio Elefante
Que entre ellos era moda
Incurrir en abusos
Dignos de gran reforma.
Afeárselos quiere,
Y a este fin los convoca.
Hace una reverencia
A todos con la trompa,
Y empieza a persuadirlos
En una arenga docta,
Que para aquel intento
Estudió de memoria.
Abominando estuvo
Por más de un cuarto de hora
Mil ridículas faltas,
Mil costumbres viciosas:
La nociva pereza,
La afectada bambolla,
La arrogante ignorancia,
La envidia maliciosa.
    Gustosos en extremo,
Y abriendo tanta boca,
Sus consejos oían
Muchos de aquella tropa:
El Cordero inocente,
La siempre fiel Paloma,
El leal Perdiguero,
La Abeja artificiosa,
El Caballo obediente,
La Hormiga afanadora,
El hábil Jilguerillo,
La simple Mariposa.
    Pero del auditorio
Otra porción no corta,
Ofendida, no pudo
Sufrir tanta parola.
El Tigre, el rapaz Lobo
Contra el censor se enojan.
¡Qué de injurias vomita
La Sierpe venenosa!
Murmuran por lo bajo,
Zumbando en voces roncas,
El Zángano, la Avispa,
El Tábano y la Mosca.
Sálense del concurso,
Por no escuchar sus glorias,
El Cigarrón dañino,
La Oruga y la Langosta.
La Garduña se encoge,
Disimula la Zorra,
Y el insolente Mono
Hace de todo mofa.
    Estaba el Elefante
Viéndolo con pachorra,
Y su razonamiento
Concluyó en esta forma:
"A todos y a ninguno
Mis advertencias tocan:
Quien las siente, se culpa;
El que no, que las oiga."
    Quien mis fábulas lea,
Sepa también que todas
Hablan a mil naciones,
No sólo a la española.
Ni de estos tiempos hablan,
Porque defectos notan
Que hubo en el mundo siempre,
Como los hay ahora.
Y pues no vituperan
Señaladas personas,
Quien haga aplicaciones
Con su pan se lo coma.

[editar]

La edición primera de esta colección de prosistas apareció en 1899. La obra, abandonada desde entonces por mí, aparece ahora en una segunda edición, bastante corregida y aumentada con trozos de algunos autores más.

Es útil la lectura de un autor antiguo, porque su pensamiento puede instruir y educar el nuestro; mas, para que esto tenga lugar, es preciso comprender sus ideas, no en lo que tienen de común a muchos tiempos, lugares y gentes, sino en aquello más escondido y particular propio de tal época, tal región o tal persona, que, comparado con lo que tenemos delante y habitualmente nos rodea, nos ayuda a apreciar mejor lo que esto tiene de bueno o de malo, de pasajero o de permanente, dando seguridad y madurez a nuestro juicio. Por esto el comentario del autor antiguo se debe fijar en lo que la obra comentada difiere más de lo actual, en lo que tiene de más peculiar, por menudo que parezca; pues sólo conseguimos comprender bien el pensamiento de un autor cuando llegamos a entender el sentido especial con que él escribió cada palabra, representándonos en nuestra imaginación lo mismo que él en la suya tenía presente al escribir; en suma, cuando reconstruímos en nuestro entendimiento las menores circunstancias particulares del tiempo y lugar en que fué escrita la obra, cuando llegamos a despertar en nosotros la impresión que los pormenores y el conjunto de la misma hicieron en los contemporáneos del autor cuando la leían.

Claro que es muy difícil siempre acercarse a este ideal, y que es imposible realizarlo tratándose del estudio de autores en la segunda enseñanza; pero, de todos modos, es preciso que las observaciones gramaticales, retóricas y literarias que continuamente han de surgir en la lectura de los clásicos, no se descarríen por el terreno de las consideraciones abstractas y tomen un aspecto principalmente histórico.

Las notas que acompañan a la presente colección, no quieren ser un comentario suficiente para el alumno: no se proponen más que hacer al profesor más llevadera la difícil tarea de poner un trozo antiguo al alcance de los alumnos, y de hacer que éstos entren, en lo posible, dentro de la época, y dentro de la intención y estilo de cada autor.

Las breves introducciones que preceden a cada autor, sólo pretenden dar una orientación general, de muy diverso alcance y carácter en cada caso, para esbozar una sumaria historia del desarrollo de la prosa; sugieren, nada más, algunas cuestiones relacionadas con esa historia.

Las notas son una muestra de las múltiples explicaciones de puntos de gramática, de estilo, y a veces de historia literaria, que ocasionalmente deben hacerse con motivo de la lectura. Claro es que cada profesor tiene que multiplicar estas explicaciones de acuerdo con la índole y objeto principal de su enseñanza. Sobre todo, queda al profesor el comento literario; ha de enlazar el fragmento aquí publicado con la obra entera de donde procede; ha de hacer comprender el plan y fondo de esa obra, relacionándola con el conjunto de la producción literaria española de la época; ha de ahondar en el pensamiento del autor, y descubrir su nota distintiva. En todo debe llevar al alumno a que formule juicios propios sobre las cuestiones tratadas; a que ejercite su discernimiento y su crítica independientemente de las nociones recibidas en los manuales; a que eduque su buen gusto, en fin.

Esta colección proporcionará a los alumnos trozos bastante extensos de obras que no podrían o no deberán leer enteras. Sólo incluye autores hasta comienzos del siglo XIX, porque son los que están más fuera de la mano del estudiante; no porque los autores modernos no deban formar parte, y muy principal, de las lecturas de clase.

Los textos van, en general, ajustados a las ediciones más antiguas de la obra de donde proceden. Para Moratín se sigue la edición de la Academia de la Historia. Para Santa Teresa, Jovellanos y Toreno, la edición de la Biblioteca de Autores Españoles. Para Mendoza se tienen presentes los manuscritos de La Guerra de Granada. Para don Juan Manuel se han consultado todos los códices del Conde Lucanor. El Arcipreste de Talavera va según la edición de Pérez Pastor.

RAMÓN MENÉNDEZ PIDAL (La Coruña, 1869; † Madrid 1968)

Fuente: Project Gutenberg (dominio público)
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notas



Del mismo libro (L6):
Advertencia sobre la lengua medieval  •  Lazarillo de Tormes (Tratado III)

BIBLIOTECA:
Catálogo  •  Ayuda

7 Migración[editar]

7.1 Libros[editar]

  1. Biblio:Fábulas de Samaniego/Armand Colin 1902 > Biblio:Fábulas de Samaniego (L1)
  2. Biblio:Fábulas y cuentos en verso/Revista de Archivos 1922 > Biblio:Fábulas y cuentos en verso (L2)
  3. Biblio:La Celestina (Fernando de Rojas)/Tomás Gorchs 1842 > Biblio:La Celestina (L3)

7.2 Textos[editar]

  1. El asno y el caballo/Armand Colin 1902 > El asno y el caballo > El asno y el caballo (fábula)
  2. El charlatán/Armand Colin 1902 > El charlatán (fábula)
  3. El ciervo en la fuente/Armand Colin 1902 > El ciervo en la fuente (fábula)
  4. El congreso de los ratones/Armand Colin 1902 > Congreso de los ratones (fábula)
  5. El cuervo y el zorro/Armand Colin 1902 > El cuervo y el zorro (fábula)
  6. El hacha y el mango/Armand Colin 1902 > El hacha y el mango (fábula)
  7. El muchacho y la fortuna/Armand Colin 1902 > El muchacho y la fortuna (fábula)
  8. El viejo y la muerte/Armand Colin 1902 > El viejo y la muerte (fábula)
  9. El zagal y las ovejas/Armand Colin 1902 > El zagal y las ovejas (fábula)
  10. La alforja/Armand Colin 1902 > La alforja (fábula)
  11. La cigarra y la hormiga/Armand Colin 1902 > La cigarra y la hormiga (fábula)
  12. La lechera/Armand Colin 1902 > La lechera (fábula)
  13. La zorra y la gallina/Armand Colin 1902 > La zorra y la gallina (fábula)
  14. Las dos ranas/Armand Colin 1902 > Las dos ranas (fábula)
  15. Los animales con peste/Armand Colin 1902 > Los animales con peste (fábula)

  1. La zorra y el busto/Revista de Archivos 1922 > La zorra y el busto (fábula)
  2. Los pedazos de mármol (Manuel del Palacio)/Revista de Archivos 1922 > Los pedazos de mármol (fábula)

  1. La Celestina-acróstico (Fernando de Rojas)/Tomás Gorchs 1842 > La Celestina (acróstico)

8 Menéndez Pidal (NO ESTÁ EN DOMINIO PÚBLICO)[editar]

Advertencia


… nunca se tendrá bastante en cuenta que el aprendizaje de un niño, y, por último, el de un hombre también, se hace siempre a fuerza de percibir incompletamente aquellas cosas que exceden a la comprensión del instante y que esperan tiempo venidero para ser asimiladas de un modo más perfecto, ora con la conveniente repetición, ora sin ella. No de otro modo el niño aprende el lenguaje: sin darse él cuenta apenas de que tropieza en palabras ininteligibles, llegan éstas a iluminársele con plena comprensibilidad…

Ramón Menéndez Pidal, filólogo e historiador español (1869-1968)

EDICIÓN   Instituto-Escuela, Tipografía de la "Revista de Archivos", Madrid 1922 (L2)
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Hace tiempo que el Instituto-Escuela[1] tropieza con bastantes inconvenientes para que las lecturas literarias de sus alumnos sean todo lo extensas y variadas que es menester[2]; la misma dificultad tocarán, en más o menos grado, todos los profesores que se dedican a la enseñanza de la lengua y de la literatura españolas en sus primeros grados.

Cierto que abundan las colecciones de trozos escogidos y que éstas cumplen un importante fin pedagógico, sirviendo para el examen en detalle de muy diversas cuestiones gramaticales o artísticas, pero no satisfacen la necesidad que el estudiante tiene de conocer y apreciar el conjunto mismo de la obra a que pertenecen esos trozos.

Y para ese conocimiento de conjunto faltan los medios. El estudiante podría quizá remediarse asistiendo a una biblioteca; pero ésta, en muchas partes no existe, o no está suficientemente dotada; en otras ocasiones, la índole o la extensión de muchas obras que pueden hallarse en bibliotecas excede a la comprensión o capacidad propias de los primeros años de trabajo; y, en todo caso, si el lector puede tener en su mesa las obras que debe conocer, logrará siempre ganar mayor familiaridad con ellas. Es, pues, muy conveniente entregar al más fácil manejo del estudiante una colección literaria de las obras principales que por él deben ser conocidas.

… es, pues, muy conveniente entregar al más fácil manejo del estudiante una colección literaria de las obras principales que por él deben ser conocidas…

Por eso trabajamos hace tiempo en formar esta Biblioteca que ahora sale a luz y para la cual se hallan ya preparados gran parte de los textos, esperando mantener continuidad y rapidez en la publicación. No excluiremos enteramente de ella algunos extractos fragmentarios, como los de las antologías; pero serán extensos y pocos. En general se incluyen producciones literarias tomadas en su conjunto.

Claro es, sin embargo, que muchas de las obras incluídas tienen que ser acortadas a fin de que, descartado lo excesivo o inconveniente, se haga su lectura fácil y llana para cualquier joven que no se haya de especializar en la literatura. La tarea, como bien se comprende, es delicada en extremo, sobre todo tratándose de obras de extensión considerable, como el Amadís[3], donde lo que se suprime es muchísimo más que lo que se conserva. Pero al eliminar trozos de cualquier composición se ha puesto todo cuidado y empeño en conservar tanto el pensamiento fundamental del autor como los pasajes principales en que ese pensamiento se manifiesta. También nos hemos prohibido alterar irrespetuosamente los textos y huímos de acortarlos con supresiones menudas y frecuentes que desfiguran el estilo del autor, cosas ambas que hemos sentido intolerables en algún ensayo de reducción que se ha publicado, por ejemplo, del Quijote.

Proponiéndose la presente colección servir a una iniciación literaria bastante extensa, incluye piezas de muy diverso carácter: junto a las obras maestras, otras de diverso valor artístico o histórico, entre ellas algunas demasiado olvidadas (esperamos que en los jóvenes lectores podrá revivir fácilmente mucho del interés aventurero que encierran los Historiadores de Indias), llegando hasta un Cancionero musical compuesto principalmente de cantos tradicionales. Incluímos también autores americanos. Dada la amplitud del propósito, lo reducido del espacio que nos hemos impuesto y las encontradas razones que pueden abogar por la inclusión o exclusión de una obra, se comprende que la selección tiene que ser discutible y expuesta a inevitables omisiones; especialmente se notarán éstas en los autores más recientes, pues aquí la falta es siempre menos sensible, por hallarse los libros modernos más al alcance de todos.

Desea esta Biblioteca ser parte en aminorar el caso tan frecuente de los que se educaron en la más cerrada ignorancia de nuestra vida artística pasada…

Otros notarán más bien cierto exceso en la Colección, sobre todo pensando que, para los comienzos del estudio, varias de las obras aquí incluídas exceden a la comprensión y al gusto de un muchacho en los primeros años de su estudio. Pero nunca se tendrá bastante en cuenta que el aprendizaje de un niño, y, por último, el de un hombre también, se hace siempre a fuerza de percibir incompletamente aquellas cosas que exceden a la comprensión del instante y que esperan tiempo venidero para ser asimiladas de un modo más perfecto, ora con la conveniente repetición, ora sin ella. No de otro modo el niño aprende el lenguaje: sin darse él cuenta apenas de que tropieza en palabras ininteligibles, llegan éstas a iluminársele con plena comprensibilidad.

Pero evidente es que no todas las obras aquí publicadas son para la edad primera. Como hay que abominar en la enseñanza del lenguaje excesivamente incomprensible, hay que evitar la lectura de aquello en que las dificultades se hagan notar demasiado.

Para que pueda esquivarse tal escollo, esta Biblioteca ha procurado dos cosas. Primeramente trata de comprender aquellas principales obras maestras cuyo conocimiento es más urgente en la historia de nuestras letras. En segundo lugar ha de incluír ciertas obras que por su sencillez y carácter elemental cuadran a los primeros años de la vida y de los estudios mejor que otras obras de mayor significación y alcance artístico; pero aún esas obras han sido escogidas entre las que tienen por sí un positivo valor histórico. Véase, por ejemplo, cómo se puede ensanchar el habitual campo de las Fábulas incluyendo en él nombres de muy altos autores.

Reuniendo estas dos clases de material, la presente Biblioteca trata de incluír en treinta tomitos las obras cuyo conocimiento nos parece más esencial o más oportuno en los primeros años de la enseñanza, ordenándolas bajo el doble método de géneros y épocas, para que el conjunto pueda con facilidad ser entendido históricamente. Así los treinta volúmenes están formados obedeciendo a un canon literario, a un catálogo previamente establecido, de aquellas obras mejores que el estudiante debe frecuentar en el comienzo de sus estudios para adquirir los fundamentos de su cultura tradicional hispánica.

... esta Biblioteca se propone entrañar los principales productos literarios en la inteligencia del lector asiduo, para que el pensamiento y el lenguaje de éste se enriquezcan ... y tomen como punto de partida el pasado a fin de poder proseguir la línea de progreso que la tradición señala hacia lo por venir.

Desea esta Biblioteca ser parte en aminorar el caso tan frecuente de los que se educaron en la más cerrada ignorancia de nuestra vida artística pasada y vivieron, y aun escribieron, ora venerando meros fantasmas de los nombres famosos que alegran su oído como una charanga estrepitosa, ora despreciándolos por apaciguar el disgusto de ignorarlos o el sinsabor de haber descubierto demasiado tarde figuras que debiera haber conocido antes y con mayor preparación para comprenderlas.

Pero es necesario advertir muy encarecidamente que esta amplia orientación histórica, que consideramos base precisa de la educación literaria, no ha de aspirar nunca a la imitación de los autores estudiados, cosa pueril y funesta. La abundancia misma y la gran disparidad de los textos aquí reunidos indican bien claro que esta Biblioteca no se propone dar modelos para la imitación que cohiban la nativa frescura del que los estudia, sino que se propone algo más elevado y eficiente: quiere entrañar los principales productos literarios en la inteligencia del lector asiduo, para que el pensamiento y el lenguaje de éste se enriquezcan, y desenvolviéndose con fuerte arraigo en la tradición, tomen como punto de partida el pasado a fin de poder proseguir la línea de progreso que la tradición señala hacia lo por venir.

Una espontaneidad ingenua y despreciadora de toda tradición convertiría la producción literaria de cada día en flor efímera y sin semilla. El ideario y el lenguaje de cada generación serían como un aposento cerrado, tan sin comunicación con las generaciones de ayer como sin acceso para las de mañana, despreciadoras también del pasado. Y no vale asegurar que la perfecta ignorancia de la tradición es prácticamente imposible. Una ingenuidad abandonada a aquellas impresiones tradicionales más cercanas o que como a la desbandada y a más no poder se entran por los resquicios, no producirá por lo común sino abortos sin completa gestación; estará siempre expuesta en máximo grado a ser presa incauta de cualquier éxito del momento que se le presente con aureola de novedad. Sólo cuando las impresiones se multiplican y se hacen densas, la espontaneidad está más segura de poder madurar en sí misma sus frutos, mejor y más conscientemente.

Abril de 1922

RAMÓN MENÉNDEZ PIDAL (La Coruña, 1869; † Madrid 1968)
Fuente: Project Gutenberg (dominio público)
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notas

  1. Instituto-Escuela: institución educativa española fundada en Madrid en 1918 (Wikipedia)
  2. ser menester algo: ser necesario (DLE en línea) / → locución verbal
  3. Amadís de Gaula: novela de caballería (siglo XIII), obra maestra de la Edad Media (Wikipedia).


Del mismo libro (L2):
CALDERÓN DE LA BARCA   El ciego  •  Culpar al prójimo de la falta propia  •  Desprecio de la grandeza humana   RAMÓN DE CAMPOAMOR   La carambola  •  El concierto de los animales  •  Los dos gorriones  •  Los padres y los hijos   MANUEL DEL PALACIO   Naturalismo  •  Los pedazos de mármol   CONCEPCIÓN ARENAL   El lobo murmurador   SAMANIEGO   La zorra y el busto   RAFAEL POMBO   El pinzón y la urraca  •  El sol y el polvo   ANTONIO DE TRUEBA   Los tres amigos

BIBLIOTECA:
Catálogo  •  Ayuda

9 Referencias[editar]

Ramón Menéndez Pidal

10 Textos[editar]


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Libro Primero: Capítulo I: En que cuenta quién es el Buscón.

Yo, señora, soy de Segovia. Mi padre se llamó Clemente Pablo, natural del mismo pueblo; Dios le tenga en el cielo. Fue, tal como todos dicen, de oficio barbero, aunque eran tan altos sus pensamientos que se corría de que le llamasen así, diciendo que él era tundidor de mejillas y sastre de barbas. Dicen que era de muy buena cepa, y según él bebía es cosa para creer. Estuvo casado con Aldonza de San Pedro, hija de Diego de San Juan y nieta de Andrés de San Cristóbal. Sospechábase en el pueblo que no era cristiana vieja, aun viéndola con canas y rota, aunque ella, por los nombres y sobrenombres de sus pasados, quiso esforzar que era descendiente de la gloria. Tuvo muy buen parecer para letrado; mujer de amigas y cuadrilla, y de pocos enemigos, porque hasta los tres del alma no los tuvo por tales; persona de valor y conocida por quien era. Padeció grandes trabajos recién casada, y aun después, porque malas lenguas daban en decir que mi padre metía el dos de bastos para sacar el as de oros. Probósele que a todos los que hacía la barba a navaja, mientras les daba con el agua levantándoles la cara para el lavatorio, un mi hermanico de siete años les sacaba muy a su salvo los tuétanos de las faldriqueras. Murió el angelico de unos azotes que le dieron en la cárcel. Sintiólo mucho mi madre, por ser tal que robaba a todos las voluntades. Por estas y otras niñerías estuvo preso, y rigores de justicia, de que hombre no se puede defender, le sacaron por las calles. En lo que toca de medio abajo tratáronle aquellos señores regaladamente. Iba a la brida en bestia segura y de buen paso, con mesura y buen día. Mas de medio arriba, etcétera, que no hay más que decir para quien sabe lo que hace un pintor de suela en unas costillas. Diéronle doscientos escogidos, que de allí a seis años se le contaban por encima de la ropilla. Más se movía el que se los daba que él, cosa que pareció muy bien; divirtióse algo con las alabanzas que iba oyendo de sus buenas carnes, que le estaba de perlas lo colorado.

Mi madre, pues, ¡no tuvo calamidades! Un día, alabándomela una vieja que me crió, decía que era tal su agrado que hechizaba a cuantos la trataban. Y decía, no sin sentimiento:

-En su tiempo, hijo, eran los virgos como soles, unos amanecidos y otros puestos, y los más en un día mismo amanecidos y puestos.

11 Wikilengua:Textos[editar]

11.1 apólogo/fábula/alegoría/parábola[editar]

Colección medieval de apólogos moralizantes o enxiemplos, obra de

... don Juan, hijo del muy noble infante don Manuel, con el deseo de que los hombres hagan en este mundo tales obras que les resulten provechosas para su honra, su hacienda y estado...

Algunos de los apólogos se valen de fábulas para aconsejar, como el cuento V, que nos previene de halagos engañosos: Lo que sucedió a una zorra con un cuervo que tenía un pedazo de queso en el pico.



  • OBRA: Miguel de Cervantes (1547-1616), Don Quijote de la Mancha (1605-1615)
  • Fuente: Wikipedia, alegoría
    Alegorías de la vida, como comedia y como partida de ajedrez.

«Dime: ¿no has visto tú representar alguna comedia adonde se introducen reyes, emperadores y pontífices, caballeros, damas y otros diversos personajes? Uno hace el rufián, otro el embustero, éste el mercader, aquél el soldado, otro el simple discreto, otro el enamorado simple; y, acabada la comedia y desnudándose de los vestidos della, quedan todos los recitantes iguales.

-Sí he visto —respondió Sancho.

-Pues lo mismo —dijo don Quijote— acontece en la comedia y trato de este mundo, donde unos hacen los emperadores, otros los pontífices, y, finalmente, todas cuantas figuras se pueden introducir en una comedia; pero, en llegando al fin, que es cuando se acaba la vida, a todos les quita la muerte las ropas que los diferenciaban, y quedan iguales en la sepultura.

-¡Brava comparación! —dijo Sancho—, aunque no tan nueva que yo no la haya oído muchas y diversas veces, como aquella del juego del ajedrez, que, mientras dura el juego, cada pieza tiene su particular oficio; y, en acabándose el juego, todas se mezclan, juntan y barajan, y dan con ellas en una bolsa, que es como dar con la vida en la sepultura.

-Cada día, Sancho —dijo don Quijote—, te vas haciendo menos simple y más discreto».

• QUIJOTE II, capítulo XII
De la estraña aventura que le sucedió al valeroso don Quijote con el bravo Caballero de los Espejos

12 Wikilengua:Plantillas/Avisos de[editar]

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aclarar Nota volada intercalada en la línea de texto requiriendo mayor aclaración de lo expuesto.

13 categorización Categoría:Plantillas[editar]

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14 tabla[editar]

ABREVIATURAS
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15 Ortografía (acentuación)[editar]

  1. Cualquier forma verbal acaba en vocal, «n» o «s», con las excepciones del infinitivo y la segunda persona plural del imperativo que lo hacen en «r» y «d» respectivamente.
  2. Con «i» átona las secuencias «ai», «ia», «ei», «ie» son diptongos.
  3. Con «i» tónica, el grupo «iai» es un hiato seguido de un diptongo: í.ai

15.1 formas agudas[editar]

La sílaba tónica es la última.

  • Todas llevan tilde.
amé   [a.]
amarás   [a.ma.rás]
amarán   [a.ma.rán]
  • Si el acento cae en diptongo («ai», «ei») la tilde irá en la vocal abierta «a» o «e».
amáis   [a.máis]
améis   [a.méis]

15.2 formas llanas o graves[editar]

La sílaba tónica es la penúltima.

No se tildan, excepto las de hiato de vocal cerrada «í.a», que siempre se acentuarán en la «i».

Así:

amo   [a.mo]
aman   [a.man]
amas   [a.mas]
amarais   [a.ma.rais]
amareis   [a.ma.reis]

Pero:

amaría   [a.ma..a]
amarían   [a.ma..an]
amarías   [a.ma..as]
amaríais   [a.ma..ais]

15.3 formas esdrújulas[editar]

Todas con tilde.

amaríamos   [a.ma..a.mos]
amáremos   [a..re.mos]

15.4 Formas sin diptongos ni hiatos[editar]

con tilde sin tilde articulación norma
amó [a.] aguda, acabada en vocal
amás [a.más] aguda, acabada en «s»
amo [a.mo] llana, acabada en vocal
aman [a.man] llana, acabada en «n»
amas [a.mas] llana, acabada en «s»

15.5 Formas con diptongo[editar]

con tilde sin tilde articulación diptongo norma
amáis [a.máis] «ai» aguda, acabada en «s»
amarais [a.ma.rais] «ai» llana, acabada en «s»
améis [a.méis] «ei» aguda, acabada en «s»
amaseis [a.ma.seis] «ei» llana, acabada en «s»
amaréis [a.ma.réis] «ei» aguda, acabada en «s»
amasteis [a.mas.teis] «ei» llana, acabada en vocal

15.6 Formas con hiato[editar]

con tilde sin tilde articulación hiato norma
amaría [a.ma..a] hiato: «í.a» llana, acabada en vocal, CON HIATO
amaríamos [a.ma..a.mos] hiato: «í.a» esdrújula

16 Mediateca[editar]

Plantilla:galerías navegación

Wikimedia Commons es una fuente terciaria que aloja archivos originales junto con muchos otros -los más- de muy diversa procedencia. Por ello se deben comprobar las licencias otorgadas en cada caso.

Para cada archivo:

  • Descripción, suficientemente explicativa.
  • Autor, si es conocido.
    Las licencias CC BY-SA ya obligan a ello, pero aunque así no fuera, como es el caso con las licencias PD, es una norma de cortesía facilitar la autoría de cualquier obra.
  • Fuente de procedencia: copie/pegue la URL de la barra de direcciones del navegador.
  • Licencia:
    • Dominio Público (PD)
    • Creative Commons CC BY-SA
    • Cualquier otra compatible con ellas.

17 diptongos/hiatos[editar]

  • «abierta tónica»–«cerrada átona»
ai au ei eu oi ou
cainita causa peine coito
  • «cerrada átona»-«abierta tónica»
ia ie io ua ue uo
gracia tiene atrio cuatro puente
a e o
i ai paisaje
[pai.sa.je]
ei peine
[pei.ne]
estoico
[es.toi.co]
u au causa
[cau.sa]
eu neutral
[neu.tral]
ou
i u
a ia ua
e ie ue
o io uo

18 Nuevo[editar]

Cómo don Quijote perdió el juicio

Doré Don Quijote capítulo 1.jpg

Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso, que eran los más del año, se daba a leer libros de caballerías, con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aun la administración de su hacienda. Y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías en que leer, y así, llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos; y de todos, ningunos le parecían tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de Silva, porque la claridad de su prosa y aquellas entricadas razones suyas le parecían de perlas, y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafíos, donde en muchas partes hallaba escrito: «La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura». Y también cuando leía: «... los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza».


Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el mesmo Aristóteles, si resucitara para sólo ello. No estaba muy bien con las heridas que don Belianís daba y recebía, porque se imaginaba que, por grandes maestros que le hubiesen curado, no dejaría de tener el rostro y todo el cuerpo lleno de cicatrices y señales. Pero, con todo, alababa en su autor aquel acabar su libro con la promesa de aquella inacabable aventura, y muchas veces le vino deseo de tomar la pluma y dalle fin al pie de la letra, como allí se promete; y sin duda alguna lo hiciera, y aun saliera con ello, si otros mayores y continuos pensamientos no se lo estorbaran. Tuvo muchas veces competencia con el cura de su lugar —que era hombre docto, graduado en Sigüenza—, sobre cuál había sido mejor caballero: Palmerín de Ingalaterra o Amadís de Gaula; mas maese Nicolás, barbero del mesmo pueblo, decía que ninguno llegaba al Caballero del Febo, y que si alguno se le podía comparar, era don Galaor, hermano de Amadís de Gaula, porque tenía muy acomodada condición para todo; que no era caballero melindroso, ni tan llorón como su hermano, y que en lo de la valentía no le iba en zaga.


En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el celebro, de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamentos como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles; y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas sonadas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo.

19 Guía[editar]

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