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RECUERDOS DE MI VIDA
Santiago Ramón y Cajal (1852-1934)
TOMO I    Mi infancia y juventud

CAPÍTULO XVI
Vuelta al estudio. — Matricúlome en dibujo. — Mis profesores de Retórica y Psicología. — Impresión causada por las enseñanzas filosóficas. — Una travesura desdichada. — En busca de aventuras.


Había transcurrido un año de mi vida zapateril cuando mi padre, satisfecho del experimento educativo, y considerándome curado de mis delirios idealistas, dispuso mi vuelta a los estudios. Ofrecíle sinceramente aplicarme, a condición de que me consintiese matricularme en dibujo, asignatura perfectamente compatible con la cultura clásica, y sobre todo con el estudio de las ciencias físicas y naturales. Accedió, por fin, no sin escrúpulo, a mi ruego, y para garantizar mi quietud y formalidad en lo futuro, asentóme de mancebo en la barbería de un tal Borruel, situada en la plaza de Santo Domingo. Si mis recuerdos no mienten, tocóme cursar aquel año Psicología, Historia sagrada, Latín y Retórica y Poética.

Según adivinará el lector, en cuanto empezaron las clases me entregué con ardor infatigable al dibujo. Pronto pasé de la pepitoria fisionómica (ojos, narices, bocas) a las cabezas completas y a las figuras enteras. Trabajé con tan furiosa actividad, que antes de los tres meses agoté la colección oficial de modelos litográficos. Mi profesor, don León Abadías, sorprendido de tan extraño caso de afición pictórica, puso galantemente a mi disposición sus colecciones privadas de dibujos, que me consentía llevar por turno a casa para trabajar durante las veladas invernales. Embeleso y deleite de mis sentidos resultaba la citada labor, en la cual me pasaba, infatigable, los días de turbio en turbio, ocupado en copiar fervorosamente las nobles líneas de los héroes griegos y la expresión beatífica de las espirituales madonas de Rafael y de Murillo. Aquella embriaguez era la satisfacción del ciego instinto pictórico, que aspiraba a ser arte verdadero; la felicidad suprema del amador de lo bello, que sacia por fin su sed de ideal en las puras corrientes de la belleza clásica.

Con nada se saciaba mi lápiz infatigable. Habiendo don León agotado sus cartapacios, ascendióme a copiar del yeso y del natural, y por último, tanteó mis fuerzas en la acuarela. Quedó satisfechísimo de mis trabajos, considerándome —según declaró más de una vez— como el discípulo más brillante de cuantos habían pasado por su Academia. Tan lisonjero juicio llenóme de noble orgullo. Según era de esperar, llegados los exámenes, galardonó mi laboriosidad con la nota de sobresaliente y premio. Pero llevado de su altruísmo, mi excelente maestro hizo más: se tomó la molestia de visitar a mi padre en Ayerbe, a quien instó encarecidamente para que, sin vacilar un momento, me consagrara al hermoso arte de Apeles, en el cual me esperaban, en su sentir, triunfos resonantes. Arrastrado por su fervor, extremó los elogios al catecúmeno...; pero todo fué en vano. Imposible fué persuadir al autor de mis días de que en las inclinaciones artísticas de su retoño había algo más que pasajero dilettantismo.

No obstante mi manía pictórica, estudié también con algún provecho la Retórica y Poética, asignatura que armonizaba bien con mis gustos y tendencias. El retórico don Cosme Blasco (hermano del ilustre escritor D. Eusebio), joven maestro de palabra suave y atildada, bajo la cual ocultaba carácter enérgico y entero, poseía el arte exquisito de hacer agradable el estudio, y el no menos recomendable de estimular la aplicación de sus discípulos. Preguntábanos la lección a todos; tomaba nota diaria de las contestaciones, y con arreglo a ellas nos ordenaba en los bancos. Yo salía casi siempre airoso de las conferencias; sin embargo, a despecho de mis buenos deseos, no conseguí pasar nunca del segundo o del tercer lugar. El puesto de honor era alcanzado siempre por alguno de esos estudiantes que, a la aplicación y despejo de los mejores, juntan obstinada retentiva verbal y saben recitar de coro largos pasajes latinos y castellanos. Ese don exquisito que los psicólogos modernos llaman memoria espontánea u orgánica; esa capacidad de retener sartas inacabables de voces inconexas; ese precioso capital orgánico, archivo de la razón, descanso de la atención y del juicio, es precisamente la cualidad en que la naturaleza se ha mostrado conmigo más avara. Mi facultad de retener corresponde casi exclusivamente a la memoria lógica o sistemática, que se nutre con la atención y asociación, y opera solamente a condición de establecer concatenación natural y lógica entre las nuevas y las antiguas adquisiciones. Tan desgraciado he sido bajo este respecto, que jamás pude recitar de coro la plana de un texto científico o literario. Consigo, es cierto, retener con relativa facilidad las ideas y hasta el orden lógico de exposición; pero al evocarlas en la mente, el ropaje verbal se desarregla, cambiando de forma y de matiz. Compruébase en mí, de exagerada manera, una nota o propiedad de la reviviscencia de las ideas, bien estudiada por Wundt, James y otros psicólogos, a saber: que el recuerdo o imagen no es mera copia de la percepción, sino nuevo acontecimiento mental, resultado de síntesis especial que entraña elementos preexistentes añadidos. La conciencia de tan desdichada imperfección no dejó de contribuir a desanimarme del estudio, y, tiempos adelante, fué causa también de que me apartara sistemáticamente de las ocasiones de hablar en público, renunciando a toda pretensión oratoria. ¿Ha sido esto un bien o un mal para mi carrera?

Por mal, y gravísimo, lo reputé siempre; pero hoy, mirando las cosas de más alto, considero mi deficiencia mnemónica verbal como una fortuna. El talento oratorio —que se nutre, como es sabido, en el terreno de una gran retentiva de voces y giros retóricos— como la hermosura, representan para sus posesores invitación perpetua a la tiranía y a la holganza. Decía Cánovas, no sin gracejo, que la clásica definición de orador «vir bonus dicenti peritus» debía ser sustituída por esta otra: «el que es capaz de hablar bien de lo que no entiende». Y pudo añadir que muchas de nuestras celebridades oratorias, al verse aplaudidas gracias a su desgaire y desahogo, acaban por encontrar superfluo el estudio. Por el contrario, cuando no se puede ser baratamente elocuente, hay mucho camino andado para resultar laborioso.

Con harto menos provecho, por falta de adecuada disposición del ánimo y por mi repugnancia invencible contra toda clase de dogmatismos, estudié la Psicología, Lógica y Ética. El profesor de esta asignatura, D. Vicente Ventura, era maestro docto y celoso, cuya voz ronca y nasal deslucía un tanto la brillantez de su oratoria. Penetrado de profundo sentimiento religioso (que le impulsaba a postrarse horas enteras en la catedral con los brazos en cruz y el alma en éxtasis), sus palabras traducían la robusta fe del creyente más que la crítica razonada del filósofo. Era, ante todo, panegirista de la religión y orador pomposo, de vibrantes apóstrofes rugientes de apostólica indignación contra el error materialista y la impiedad protestante. Ferviente admirador de la escolástica, para él no habían existido sino dos grandes genios filosóficos: Aristóteles y Santo Tomás. De vez en cuando, arrastrado por su fogosidad tribunicia, se exaltaba, poniendo como chupa de dómine a Locke, a Condillac, y sobre todo a Rousseau y a Voltaire. Ignorante yo de la vida y milagros de dichos filósofos, me dije más de una vez: ¿Qué le habrán hecho estos señores a D. Ventura para que les censure tan duramente? Y fué lo peor que, a fuerza de execrar de los racionalistas, casi nos resultaban simpáticos.

Arma dificilísima de esgrimir es la indignación retórica. A poco que se extremen los adjetivos denigrantes, la verosimilitud abandona al orador; el crítico se convierte en sectario y el criticado en víctima. Los vehementes panegiristas de la ortodoxia harían bien en recordar el trop de zèle del diplomático francés y la ley psicológica de la inversión de los efectos, comparable a la fisiológica de la producción de las imágenes consecutivas negativas. Al oir tan sañudas diatribas, acababa uno por preguntarse: «¿Qué diablos de doctrinas habrán propalado esos herejes y con qué argumentos las habrán apoyado? Me gustaría saberlo». ¡Y en efecto... se llegan a saber!

Fuera largo e impertinente analizar aquí los estados de conciencia, no siempre suficientemente precisos y luminosos, producidos por aquella iniciación en la psicología dogmática y metafísica elemental. Sólo diré que me extrañaron muchas cosas: primera, que mientras en Geometría, Álgebra y Física toda verdad se apoyaba firmemente sobre el razonamiento o la experiencia, en Metafísica y Psicología se mirara con recelo o se concediera secundaria importancia a los referidos métodos, adoptando con ciega confianza el principio de autoridad y las alegaciones del sentimiento; segunda, que verdades tan transcendentales y decisivas como la existencia de Dios y la inmortalidad del alma, que debieran constituir, al modo de los axiomas matemáticos, indiscutibles postulados de la razón, tuvieran que ser sutilmente defendidos con argucias y recursos de abogado; tercera, que el mismo profesor de Lógica, que tanto encarecía aplicáramos a los problemas de la vida común los criterios de la certeza, al tratar después de los problemas de la Metafísica, se amparase sin recelo en los dictados, no siempre infalibles, y a veces contradictorios, de la tradición, y en las afirmaciones dogmáticas de la fe religiosa; finalmente, sorprendióme sobremanera la pluralidad de las escuelas filosóficas, pluralidad reveladora, o de que las cabezas humanas funcionan diversamente, estimando las unas por error lo que las otras diputan por verdad, o que la esfera de la religión y de la filosofía se substrae casi enteramente a la aprehensión del entendimiento humano.

Pero dejemos estas digresiones, impropias de una autobiografía, y reanudemos el hilo de la narración.

Avanzaba el curso del 68 y aproximábanse los exámenes, en los cuales esperaba salir medianamente airoso, cuando un suceso inesperado malogró mis esperanzas.

Paseábame cierta tarde por la carretera inmediata a la muralla, no lejos de la plaza de Santo Domingo. De improviso divisé una tapia recién revocada y perfectamente blanca. En aquellos heroicos tiempos de mi grafomanía, una superficie limpia, lisa y virginal, constituía tentación pictórica irresistible, atrayéndome como atrae la luz a las mariposas nocturnas. Ver, pues, la pared y mancharla con tiza y carboncillo, fué cosa de breves instantes. Pero aquel día quiso el diablo que me propasara a retratar, en tamaño natural, a algunos de mis profesores, y señaladamente a mi maestro de Psicología y Lógica, D. Vicente Ventura, cuyos rasgos fisonómicos, sumamente acentuados, prestábanse admirablemente a la caricatura. Con lápiz nada adulador —lo confieso— hice resaltar su ojo tuerto, su nariz algo roma, y sus anchurosas y rapadas mejillas eclesiásticas, que denunciaban a la legua, en virtud de esa íntima correlación entre la idea y la forma, la devoción al tomismo y la lealtad a D. Carlos. Acabado el diseño, apartéme de la pared para juzgar del efecto. Acertaron a pasar varios chicuelos y tal cual estudiante, quienes contemplando los monigotes y reparando en seguida el parecido, prorrumpieron a coro: «¡Mirad el tuerto Ventura!» Y sin poder evitarlo, apedrearon la caricatura, acompañando el acto con toda suerte de dicterios.

Dispuso mi mala estrella que precisamente en aquellos momentos llegara el original del dibujo y sorprendiera la ridícula escena del fusilamiento en estampa. Sobrecogido de miedo al advertir la endiablada coincidencia, me escabullí, ocultándome detrás de un árbol.

Acérrimo partidario del principio de autoridad, D. Ventura, al verse escarnecido en efigie, estalló en santa indignación, enderezó a los chicos acre reprimenda y les amenazó con denunciarlos a la autoridad si no delataban al autor de la burla. Supo con pena que el autor de la caricatura era el chico del médico de Ayerbe, es decir, ¡el hijo de uno de sus amigos más estimados!...

¡Quién podría contar la exasperación de D. Ventura cuando al siguiente día, enfrontó conmigo en clase! Perdió su calma habitual y se desató en un chaparrón de calificativos denigrantes. ¡Jamás vi hombre más fuera de sí!

Anonadado quedé al escuchar la formidable filípica. Balbuciente de emoción, no acerté a formular excusa satisfactoria; intenté, empero, con frase tímida expresarle que no había sido mi ánimo molestarle en lo más mínimo con aquel desdichado monigote, forjado sin intención y por mero pasatiempo; y, sobre todo, que no tuve arte ni parte en la descomunal pedrea. Todo en vano. D. Ventura se mantuvo implacable. La indignación le ahogaba, y sin paciencia para escuchar mis disculpas, arrojóme violentamente del aula... Era preciso —según decía— que la oveja contumaz no contaminase al resto del rebaño.

Supo mi padre lo ocurrido y escribió a D. Ventura tratando de aplacarle; mas no logró su intento. A duras penas consiguió se me admitiese nuevamente en clase, en donde se me relegó, no obstante mi sincero arrepentimiento, al pelotón de los irredimibles y de los suspensos por derecho propio.

No me desanimé a pesar de todo. Durante el mes de Mayo entreguéme al estudio con ahinco, y las eras de Cáscaro, y mis buenos amigos —el hoy ilustre Salillas, entre otros— fueron testigos de las largas horas pasadas hojeando la Psicología de Monlau, y ocupado en extraer el jugo oculto en los conceptos enrevesados de substancia y accidente, esencia y existencia, transcendencia e inmanencia.

Muchas eran las nociones que escapaban a mi débil penetración; pero me propuse aprenderlas de memoria, según costumbre general, a fin de salir airoso del examen. Logré, de este modo, en los últimos días de Mayo, tener prontas y a punto de ser quemadas unas cuantas carretillas de fuegos artificiales, es decir, de castillos de palabras enlazadas como los cohetes de traca valenciana. Todo consistía en que el examinador pusiese el cebo en el principio del artificio pirotécnico, y en que la emoción no me mojase la pólvora... Desgraciadamente, la pólvora se mojó.

Acababa de sentarme en el banquillo de los reos, cuando D. Ventura, presidente del Tribunal, cuyo enojo no fué mitigado por mi compostura y aplicación de los últimos meses, irguióse olímpicamente en el estrado y dirigió al público y compañeros jueces estas o parecidas expresiones:

«Señores: Cediendo a inexcusable deber de conciencia, me abstengo de examinar al Sr. Ramón. Deseo que en la hora de la justicia nadie pueda acusarme de apasionado. Entrego, pues, el examinando a la probada rectitud de mis compañeros, para que, libres de toda sugestión, califiquen como se merezca al alumno más execrable del curso, al que en su furor insano no reparó en mofarse pública e insolentemente de su maestro, exponiendo la honrosa toga del profesorado al escarnio de truhanes y a la befa del populacho.»

Aterrado quedé al oir tan severas palabras. Quise retirarme del examen, y así lo signifiqué humildemente al Tribunal, alegando: «He estudiado atentamente el texto, pero en el estado en que me hallo, ha de faltarme la serenidad indispensable para contestar. Me abstengo, pues, a mi vez, siguiendo el ejemplo de D. Ventura, y me retiro. —Hace usted muy mal —me respondió con agrio gesto uno de los jueces— desconfiando de la rectitud del Tribunal, cuya imparcialidad e hidalguía están muy por encima de sus malévolas insinuaciones. Siéntese usted, y si positivamente sabe, será usted aprobado, a pesar de todo.»

Tuve la ingenuidad de morder el anzuelo. A todo contesté algo, según el texto, y a mi ver, bastante más de lo exigido a mis condiscípulos para obtener el aprobado, sobre todo teniendo en cuenta la intensa emoción que me embargaba; pero los jueces, como obedeciendo a una consigna, metiéronme en honduras y tiquis miquis metafísicos. Y transcurrida más de media hora de mortal angustia, acabaron por desconcertarme. Entonces me despidieron satisfechos.

A qué seguir... Quisieron darme una lección, y en efecto la recibí, la agradecí y no la olvidé nunca.

¡Mi situación moral era terrible!... ¿Qué decir al llegar a mi casa? ¿Cómo soportar la justa indignación de mis padres? Cediendo al fin a un sentimiento de vergüenza y desaliento, resolví hacer una calaverada gorda: marcharme lejos, muy lejos, huyendo de mi familia y de mis maestros... Deseaba ardientemente vegetar desconocido entre gentes desconocidas, ser juzgado por mis obras y no por mi historia...

Comuniqué mi designio a varios compañeros de infortunio, y agradóles el proyecto. Y reunidos por todo capital unos cuantos reales, nos lanzamos en busca de aventuras. Ya en marcha, varios fueron los proyectos formados: quiénes pretendían que, arribados a Zaragoza, sentáramos plaza de soldados; quiénes proponían que nos asentáramos de aprendices en algún obrador o comercio; cuáles, en fin, aconsejaban imprudentemente que nos entregáramos, en tanto la casualidad o la providencia proveían a nuestro sustento, al pillaje y merodeo...

En estas pláticas y disputas llegamos a Vicien. Anochecía, y como el hambre comenzase a dejarse sentir, cierto compañero llamado Javierre tuvo la salvadora idea de visitar al maestro del pueblo, tío suyo, hombre campechano y a carta cabal. Aprobado el plan, entramos solemnemente en la aldea, que encontramos ardiendo en fiestas, con baile y algazara en la plaza y mayos en las calles. Satisfecho de ver a su sobrino, así como a la honrada compañía, el buenísimo del maestro nos dió franca y generosa hospitalidad. Comimos de lo lindo y dormimos diez horas de un tirón.

Al siguiente día, sosegados los ánimos y las piernas, nuestras ideas tomaron otro rumbo; y entre los compañeros dominó el prudente propósito de retornar al abandonado redil. El profundo sueño había disipado los románticos ensueños; y la excelente digestión de la cena, después del baile (a que algunos camaradas se entregaron la víspera), había creado en la cuadrilla sano optimismo propicio al arrepentimiento.

Nada pudieron contra aquellas tornadizas voluntades mis especiosos sofismas. Como quien oye llover escucharon mis supremos llamamientos al honor de la palabra empeñada, y la evocación calurosa de las hermosas perspectivas que una existencia libre, fértil en aventuras, abría ante nosotros. Todos prefirieron la azotaina cierta a la fortuna quimérica, el sombrío pasado al glorioso porvenir...

Al fin hube de ceder. Y en el crepúsculo de un día aciago, que debió de ser el primero de éxodo épico y triunfante, regresé a Huesca, con la negra melancolía de Don Quijote vencido, con la decepción dolorosa de Calicrates herido antes de comenzar la gloriosa batalla.


EDICIÓN   Imprenta y Librería de Nicolás Moya, Madrid 1917
Fuente: Project Gutenberg (dominio público)
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1 Biblioenlaces[editar]

1.1 Índice del libro

TOMO I
Mi infancia y juventud

Advertencia al lector  •  1. Mis padres  •  2. Excursión tardía a mi pueblo natal  •  3. Mi primera infancia  •  4. Mi estancia en Valpalmas  •  5. Ayerbe  •  6. Desarrollo de mis instintos artísticos  •  7. Mi traslación a Jaca  •  8. El padre Jacinto, mi dómine de latín  •  9. Continúan mis distracciones  •  10. Mi regreso a Ayerbe  •  11. Dispone mi padre llevarme a Huesca a continuar mis estudios  •  12. Mis nuevos compañeros de algaradas  •  13. Las vacaciones  •  14. Mi padre me acomoda de aprendiz en una barbería  •  15. Inquina de mi catedrático de griego  •  16. Vuelta al estudio  •  17. El ferrocarril y la fotografía, dos inventos que me causaron indecible asombro  •  18. Revolución de septiembre en Ayerbe  •  19. Comienzo en Zaragoza la carrera médica  •  20. Mis catedráticos de Medicina  •  21. Continúo mis estudios sin grandes mortificaciones  •  22. Recién licenciado en Medicina, ingreso en el cuerpo de Sanidad Militar  •  23. Llegada a La Habana  •  24. Mis distracciones en San Isidro  •  25. Me traslado a La Habana, donde recaigo de mi dolencia

Índice de la obra (dos volúmenes)

1.2 Biblioteca

Catálogo  •  Ayuda


notas