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El hombre siente la necesidad de identificarse con un elemento designador concreto: un antropónimo. Los hebreos daban nombre a sus hijos según la primera cosa que decía el padre al verlos; los romanos tenían tan pocos nombres propios que cuando se les acababan daban a sus hijos nombres de números: Quintus, Sextus, Septimius, Octavius, Nonius, Decius, etcétera. El Cristianismo extendió la costumbre de usar nombres hebreos bíblicos, litúrgicos y de virtudes morales, y de utilizar una ceremonia específica para imponer los mismos, denominada bautismo; los pueblos celtas y germánicos por el contrario señalaron en sus nombres las virtudes relacionadas con el mérito guerrero y extendieron este tipo de nombres por Europa durante las invasiones bárbaras del siglo V. El Concilio de Trento (siglo XVI) consagró la costumbre de adoptar nombres de santos de la Iglesia católica, con lo que se redujo mucho la riqueza en el surtido de los nombres y se extinguieron muchos que eran muy antiguos. En la actualidad el nombre propio de los hijos se suministra al Registro Civil, y puede cambiarse por motivos justificados ante un juez.

El nombre de una persona (antropónimo) consta de un nombre de pila y de uno o varios apellidos según las costumbres de cada idioma y país. El nombre de pila lo dan los padres a los hijos cuando nacen o en el bautizo (pueden ser diferentes, ya que el primero cuenta a efectos civiles y el segundo a efector religiosos). De ahí la expresión "de pila", que procede de "pila bautismal". En cambio, el apellido o nombre familiar, comúnmente el del padre o el del padre y el de la madre (aunque en algunos países se puede invertir el orden, o cuando se contrae matrimonio cambiar uno por el del cónyuge o adoptar en exclusiva el del cónyuge), pasa de una generación a otra. La palabra apellido procede del latín y tiene el mismo origen que "apelación", es decir, "acto de llamar".

Hasta la Edad Media se usaban únicamente los nombres de pila. Para diferenciar a dos personas con el mismo nombre se añadía una indicación relativa al lugar en que la persona vivía, al trabajo que realizaba, o a cualquier otro rasgo característico. Así, a dos personas con el nombre Juan, se las distinguía, por ejemplo, llamando a uno Juan, el molinero y a otro Juan, el de la fuente. Cuando se instituyeron los apellidos esta costumbre se mantuvo, motivo por el cual existen todavía en la actualidad apellidos como Molinero o Lafuente.

En español son muy frecuentes los apellidos terminados en "-ez", como Gómez y Rodríguez. Estas terminaciones indican que un antepasado tenía como nombre de pila, en este ejemplo, Pedro o Gonzalo, y que a sus hijos se les denominaba antiguamente Juan, hijo de Pedro o Juan, hijo de Gonzalo.

En otras lenguas ocurre lo mismo. Así,

  • los prefijos "Mac" o "Mc" escoceses significan "hijo" (por ejemplo, "MacPherson" es hijo de Pherson)
  • el prefijo "Ben" hebreo significa "hijo" (por ejemplo, "Ben Hur" es hijo de Hur)
  • la terminación "-sen", "-son" y "-sohn" en alemán y "-sen" y "-son" en los idiomas escandinavos expresan lo mismo (por ejemplo, "Petersen" es hijo de Peter (Pedro), "Mendelssohn" es hijo de Mendel y "Gustafson" es hijo de Gustaf).
  • la terminación -vich o -vic de los países eslavos indica también filiación.