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RECUERDOS DE MI VIDA
Santiago Ramón y Cajal (1852-1934)
TOMO I    Mi infancia y juventud

CAPÍTULO IX
Continúan mis distracciones. — Los encierros y ayunos. — Expedientes usados para escaparme. — Mis exámenes. — Retorno a Ayerbe y vuelta a las andadas.


Dejo apuntado ya en otra parte, que no sentía la menor afición por los estudios llamados clásicos, y singularmente por el latín, la filología y la gramática. Vivía aún en esa dichosa edad en que el niño siente más admiración por las obras de la Naturaleza que por las del hombre; época feliz cuya única preocupación es explorar y asimilarse el mundo exterior. Mucho tiempo debía transcurrir aún antes de que esta fase contemplativa de mi evolución mental cediera su lugar a la reflexiva, y pudiera el intelecto, maduro para la comprensión de lo abstracto, gustar de las excelencias y primores de la literatura clásica, las matemáticas y la filosofía. Esta sazón llegó también; pero muy tardíamente, como veremos más adelante.

Por entonces, pues, más que el insufrible martilleo de las conjugaciones y las enrevesadas reglas de la construcción latina, atraíanme, según dejo consignado, los pintorescos alrededores de la ciudad, cuya topografía general, (carreteras, caminos, senderos, ríos, ramblas, fuentes, regatos y regajos) y flora y fauna, llegué a saber al dedillo.

Hombre de tesón el padre Jacinto, había dado palabra solemne de domar el potro y se propuso cumplirla a todo trance. Se imponía, empero, un cambio de plan. Vista la inutilidad de los castigos, contra los cuales hallábame perfectamente vacunado, acordaron los dómines ensayar conmigo la pena del ayuno. Todas mis faltas constaban en un libro especial llevado por uno de los alumnos mimados, el primero del bando de los cartagineses. Desgraciadamente, mis débitos crecían de continuo, y, no pudiendo ser liquidados sino a razón de ayuno por día, temióse fundadamente que el curso entero sería insuficiente para enjugar el déficit. Al objeto, pues, de aligerar la deuda, conmutáronse algunos ayunos por sendas tandas de correazos y aun por exhibiciones afrentosas; mas todos los arbitrios fueron vanos. Estábamos en Abril y mi deuda apenas había disminuído, no obstante lo macizo de mis espaldas y las torturas de mi estómago.

Cada día, como dejo dicho, debía cumplir una condena. Al acabar la clase se me encerraba en el aula, quedándome sin comer hasta la noche. Poco a poco me transformé en comensal veinticuatreno[1], con harto contento de la cocinera, que se despachaba conmigo con sólo la cena. Al principio, mi estómago protestó algo; mas, siguiendo el ejemplo de mi piel, acabó por acomodarse. De enmienda, Dios la dé.

¡Qué digo! Ocurrió todo lo contrario. Discurriendo con la lógica del pigre, consideré que, llegado al límite de la pena, igual daba pecar por uno que por ciento. Y puesto que el resultado irremediable —el temible suspenso— teníalo ya descontado, acabé por echarme la vergüenza a la espalda, y díme con furia a enredar y hablar en clase, a distraer a mis camaradas con caricaturas grotescas, y a tramar, en fin, todo género de burlas y desafueros.

Con todo eso, transcurridos algunos meses del citado régimen dietético, reflexioné si no sería posible retornar alguna vez al ritmo alimenticio natural, comiendo a medio día como todo el mundo, y evitando así la dilatación estomacal, obligada consecuencia de concentrar en un solo envase y en un solo plato, más o menos recalentado, las materias de dos yantares y de dos digestiones: la cosa merecía ensayarse y se ensayó.

En efecto, aprovechando un día la falta de vigilancia de los claustros, motivada por suculento banquete y copiosas libaciones con que los padres celebraban no sé qué fiesta, probé mover el muelle de la cerraja de mi cárcel con diversos objetos. Cierto lapicero sirvióme de palanca; cedió el muelle, corrí prestamente el pestillo y salíme de rondón, cuidando de entornar la puerta. Había descubierto el secreto de comer diariamente. Al presentarme en casa sorprendí mucho a mi patrona, que se había acostumbrado ya a suprimir mi parte de la común refacción.

Mas[2] la alegría dura poco en casa de los pobres[3]. A pesar de mi cautela, averiguáronse mis escapadas, y castigóseme cruelmente, haciéndome pasar, además, por la afrenta de vestirme de rey de gallos[4]

Se me atavió con grotesca hopalanda[5] y se me tocó con mitra descomunal, ornada de plumas multicoloras. Parecía un indio bravo. Mi cínica tranquilidad al ser paseado por entre los camaradas exasperó al padre Jacinto, que me añadió de propina algunos cachetes y pescozones. Yo le miraba frío, iracundo, sin pestañear. Mi rencor, o si se quiere, mi dignidad ultrajada, no me consintió llorar y no lloré. ¿Qué venganza mejor podía tomar contra mis verdugos?

En los días siguientes cambióse la cerraja, y arreció la vigilancia de tal manera, que todos mis arbitrios quedaron frustrados.

Recuerdo que un jueves, los buenos de los frailes se olvidaron de libertarme al anochecer, y así hube de pasar la noche en el aula, acostado en un banco, tiritando de frío, sin comer ni beber en treinta y dos horas. Al día siguiente, acabada la clase, dejáronme ir a comer, excusando el olvido. Ocioso es decir cuánto me irritó la negligencia y la insensibilidad de mis guardianes.

Yo juré que no me volvería a ocurrir trance semejante; y así, durante las horas del próximo encierro, díme a imaginar el modo de librarme de una vez de mis cuotidianas gazuzas. El aula donde se me encerraba estaba en el piso primero y tenía ancho ventanal, que daba al jardín del colegio. Subido al estrado, saqué la cabeza por la ventana y exploré la topografía del jardín, la altura de las tapias y la posición de los árboles. Este rápido examen sugirióme un plan osado y peligroso, pero factible, que debía poner en práctica al siguiente día: consistía en convertir la pared, por debajo de la ventana, en una especie de escalera de estacas y de grietas, que permitiera descender desde aquélla hasta lo alto de un emparrado arrimado al muro. Para realizar mi empresa, cierta noche de luna escalé desde la calle las tapias del cercado, crucé las calles del huerto y llegué al pie del edificio enfrente de mi habitual prisión; luego trepé hasta lo alto del emparrado, y encaramado en un sólido madero, descarné en dos o tres parajes las junturas de los ladrillos, fijando, para mayor seguridad, dos cortas estacas a diversas alturas. Mi plan salió perfectamente.

Al siguiente día, y cuando los frailes estaban en el refectorio, escabullíme apoyando los pies en las grietas y estacas del muro, gané el jardín, metíme en cierto patio comunicante con éste, y pude, en fin, reanudar triunfante la salutífera costumbre de comer en casa, con gran sorpresa de mi tío, que, teniendo pésimos informes de mí, extrañóse de tan pronto y sincero arrepentimiento. Para evitar sospechas, una vez saboreado el condumio y antes de que los orondos padres terminaran las pláticas de sobremesa, me restituía a mi encierro, donde a la tarde me encontraban con aire tranquilo y resignado.

Transcurrieron así bastantes días sin tropiezo. Estaba orgulloso de mi invención, en cuya virtud había regularizado el régimen digestivo. Pero el diablo, que todo lo enreda, hizo que algunos de mis camaradas, a quienes se condenaba de vez en cuando a la pena de encierro, averiguasen mi procedimiento de evasión, y se propusieran aprovecharlo, sin estudiar a fondo el problema. Anticiparon, contra mis consejos, la hora de la escapatoria, se enredaron en el juego de estacas de la pared, y cogidos in fraganti, precisamente en el momento de ganar el patio, fueron severamente castigados, confesando su delito y el plan de ejecución. Y los ingratos delataron al inventor de la traza.

La indignación de los frailes contra mí fué enorme; hablaban de expulsarme y de formarme consejo de disciplina. Consternado estaba al barruntar la tempestad que se cernía sobre mi cabeza. Al fin dejé de asistir a clase y escribí a mi padre lo que pasaba, dándole cuenta del lastimoso estado a que la forzada abstinencia de cinco meses me habían reducido, sin ocultarle la necesidad en que me había visto de proveer a mi alimentación por un medio, pecaminoso ciertamente, pero disculpable como todo caso de fuerza mayor.

No hay que decir el disgusto de mi padre al conocer mi desaplicación y el triste concepto en que mis preceptores me tenían. Tentado estuvo por abandonarme a la indignación de los dómines, caso de que éstos consintiesen en admitirme en el colegio. Sin embargo, sus sentimientos de padre se sobrepusieron a todo, y escribió a los escolapios rogándoles que cediesen algo en sus rigores para conmigo, en consideración a mi salud gravemente quebrantada por el régimen de los diarios ayunos y de las correcciones harto contundentes.

Al efecto moral de la carta se juntó también la recomendación verbal de mi tío, que tenía alguna amistad con los dómines. Los citados ruegos produjeron alguna impresión; en todo caso cesaron mis encierros. Tuve, pues, los últimos días del curso, la dicha de alimentarme como todo el mundo, aunque este nuevo régimen extrañara un tanto al desfallecido estómago, acostumbrado ya a funcionar por acumulación y a grandes intervalos, cual molleja de buitre[6].

Descontado estaba, después de lo dicho, el fatal desenlace de los exámenes. El suspenso era irremisible[7]. Pero a fin de parar el golpe, si ello era posible, mi progenitor buscó recomendaciones para los catedráticos del Instituto de Huesca, a quienes incumbía la tarea de examinar en Jaca. Precisamente uno de ellos era D. Vicente Ventura, gran amigo suyo. Éste, por entonces redentor mío, estaba agradecido y obligado a las habilidades quirúrgicas de don Justo, por haber sanado a su mujer de gravísima dolencia que exigió peligrosa intervención.

Llegado el examen, propusieron los frailes, según era de prever, mi suspensión; pero los profesores de Huesca, apoyados en un criterio equitativo, y recordando que habían sido aprobados alumnos tan pigres o más que yo, lograron mi indulto, no sin que el padre Jacinto protestara de que se concediera piedad al alumno más peligroso, díscolo e inepto de la clase.


EDICIÓN   Imprenta y Librería de Nicolás Moya, Madrid 1917
Fuente: Project Gutenberg (dominio público)
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1 Biblioenlaces

1.1 Índice del libro

TOMO I
Mi infancia y juventud

Advertencia al lector  •  1. Mis padres  •  2. Excursión tardía a mi pueblo natal  •  3. Mi primera infancia  •  4. Mi estancia en Valpalmas  •  5. Ayerbe  •  6. Desarrollo de mis instintos artísticos  •  7. Mi traslación a Jaca  •  8. El padre Jacinto, mi dómine de latín  •  9. Continúan mis distracciones  •  10. Mi regreso a Ayerbe  •  11. Dispone mi padre llevarme a Huesca a continuar mis estudios  •  12. Mis nuevos compañeros de algaradas  •  13. Las vacaciones  •  14. Mi padre me acomoda de aprendiz en una barbería  •  15. Inquina de mi catedrático de griego  •  16. Vuelta al estudio  •  17. El ferrocarril y la fotografía, dos inventos que me causaron indecible asombro  •  18. Revolución de septiembre en Ayerbe  •  19. Comienzo en Zaragoza la carrera médica  •  20. Mis catedráticos de Medicina  •  21. Continúo mis estudios sin grandes mortificaciones  •  22. Recién licenciado en Medicina, ingreso en el cuerpo de Sanidad Militar  •  23. Llegada a La Habana  •  24. Mis distracciones en San Isidro  •  25. Me traslado a La Habana, donde recaigo de mi dolencia

Índice de la obra (dos volúmenes)

1.2 Biblioteca

Catálogo  •  Ayuda

2 Locuciones y expresiones

Artículo principal: locución
  • la alegría dura poco en casa de los pobres   (los problemas y dificultades se suceden, parecen no acabar)
...Mas la alegría dura poco en casa de los pobres. A pesar de mi cautela, averiguáronse mis escapadas, y...
  • cual molleja de buitre:   ocasionalmente (→ locución adverbial)
    Los buitres se alimentan de carroña que no siempre encuentran, por lo que ingieren gran cantidad cuando dan con una (Cajal había sido castigado a comer una sola vez al día).
... al desfallecido estómago, acostumbrado ya a funcionar por acumulación y a grandes intervalos, cual molleja de buitre...


notas

  1. comensal veinticuatreno: que comía cada veinticuatro horas (DLE en línea).
  2. Yes check.svgmas/Red x.svgmás
  3. la alegría dura poco en casa de los pobres (expresión)
  4. rey de gallos: personaje carnavalesco motivo de burla o bromas (DLE en línea) :
    Se me atavió con grotesca hopalanda y se me tocó con mitra descomunal, ornada de plumas multicoloras. Parecía un indio bravo.
  5. grotesca hopalanda: vestimenta llamativa para escarnio.
  6. cual molleja de buitre (locución)
  7. Red x.svgirremisible, Yes check.svgirremediable (→ DLE en línea)