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|Título capítulo o sección= ''Mi actividad docente y la multiplicación espiritual. — Discípulos aventajados. — La escuela histológica española. — Realización parcial de mi ideal patriotico-científico. — Aptitud de los españoles para la investigación científica. — Sentimiento del deber cumplido. — Lista de trabajos del autor y de sus discípulos ó inmediatos continuadores.''
 
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Revisión del 04:53 23 jul 2021


RECUERDOS DE MI VIDA
Santiago Ramón y Cajal (1852-1934)
TOMO II    Historia de mi labor científica

CAPÍTULO XXIII
EPÍLOGO
Mi actividad docente y la multiplicación espiritual. — Discípulos aventajados. — La escuela histológica española. — Realización parcial de mi ideal patriotico-científico. — Aptitud de los españoles para la investigación científica. — Sentimiento del deber cumplido. — Lista de trabajos del autor y de sus discípulos ó inmediatos continuadores.


Tocamos al fin del presente libro. Con la mayor claridad compatible con la brevedad, dejo expuesto lo fundamental de mi modesta labor y las condiciones que la motivaron.

Conforme he avanzado en la narración, mi autobiografía se ha despersonalizado. El trabajo regular y el espíritu de aventuras son cosas incompatibles. De cada vez más pobre en episodios amenos, mi vida ha sido gradualmente absorbida en mi obra. La abeja ha sido olvidada en consideración al panal.

Incompleta fuera la actividad del científico si se contrajera exclusivamente á actuar sobre las cosas; opera también sobre las almas. Ello es un deber si el hombre de laboratorio pertenece al magisterio universitario. Entonces hay derecho á esperar que buena parte de su labor sea em[p. 576]pleada en forjar discípulos que le sucedan y le superen. Nadie negará que el cumplimiento de tan capital función constituye la más noble ejecutoria del investigador y el más preeminente título á la gratitud de sus compatriotas.

Conforme dejamos expresado en otro libro[286], importa mucho al cultivador de la ciencia proceder á su multiplicación espiritual. De esta suerte la vida del maestro alcanza su plenitud, ya que entraña en potencia nuevas existencias. «La tarea es sin duda penosa —decíamos—. La actividad del profesor bifúrcase en las corrientes paralelas del laboratorio y de la enseñanza. Crecen así sus desvelos, pero aumentan también sus venturas. Sobre dar pábulo á elevadas tendencias, gozará los deleites de la paternidad ideal, y sentirá el noble orgullo de haber cumplido honradamente con su triple misión de investigador, de maestro y de patriota. Ya no declinará su vida en melancólica soledad; antes bien, verá su ocaso rodeado de un séquito de discípulos entusiastas capaces de comprender su obra y de hacerla, en lo posible, fecunda y perenne.»

Excusado es decir que procuré siempre seguir mis propios consejos. Aunque al alborear mi carrera hube de confinarme, por imperio del hábito y de la necesidad, en la categoría de los trabajadores solitarios, me preocupé siempre, sobre todo después que el Estado puso en mis manos decoroso y bien provisto laboratorio, de fundar una escuela genuinamente española de histólogos y biólogos. Y pese á los lúgubres voceros de nuestra decadencia y á los aguafiestas para quienes la ciencia, como la aurora boreal, sólo embellece el cielo de las regiones hiperbóreas, el ideal soñado está en gran parte conseguido. La ansiada[p. 577] escuela existe y es foco de vivísima actividad. Sus descubrimientos importantes (excluyo los modestos míos) han traspasado las fronteras, y sus métodos é invenciones aplícanse corrientemente en los laboratorios extranjeros.

No con hueras declamaciones, que pretenden ser patrióticas y resultan jactancias de ignaro chauvinismo, sino con hechos positivos é indiscutibles he demostrado la aptitud de la gente hispana para la investigación científica. La pretendida incapacidad de los españoles para todo lo que no sea producto de la fantasía ó de la creación artística, ha quedado reducida á tópico ramplón. Cuando durante la noche el tenebroso mar aparece tranquilo, basta agitar las aguas para que nubes de noctílucos apagados enciendan su luz y brillen como estrellas. De igual modo ocurre en el océano social. Ha sido suficiente que dos ó tres personas (una de ellas el ilustre Dr. Simarro) sacudiéramos la modorra de la juventud, para que surgiera entre nosotros brillante pléyade de eméritos investigadores. Por afirmar estoy, sin temor á la nota de optimista, que en orden á ciertos estudios, que exigen ingeniosidad, paciencia y obstinación, nuestros compatriotas compiten si no superan á los más cachazudos é infatigables hijos del Norte. Todo consiste en despertar el espíritu de curiosidad científica, adormecido durante cuatro siglos de servidumbre mental, y de inocular con el ejemplo el fuego sagrado de la indagación personal. Vivimos en un país en que el talento científico se desconoce á sí mismo. Deber del maestro es revelarlo y orientarlo.

Los jóvenes laboriosos á quienes aludo son ya legión, sobre todo si juntamos los pretéritos con los presentes. Entre los antiguos (algunos fallecidos en plena juventud y otros perdidos por desgracia para la ciencia patria en el[p. 578] desierto de la clínica) citaré á Cl. Sala, Terrazas, C. Calleja, Olóriz Aguilera, Blanes Viale, J. Bartual, I. Lavilla, Del Río Lara, Márquez, etc.

Y, entre los modernos, me es muy grato nombrar á mi hermano, P. Ramón Cajal, á F. Tello, á N. Achúcarro, á Domingo Sánchez, á Rodríguez Lafora, á Del Río-Hortega. Este grupo de entusiastas trabajadores acabaron ya su formación y saben caminar solos y triunfar en el terreno de la investigación. Muchas de las investigaciones que luego citaré, son fruto de su exclusiva iniciativa. En vías de formación, y con promesas de ópimos frutos, figuran Arcaute, Fortún, Sacristán, Calandre, Sánchez y Sánchez, Ramón Fañanás, Luna, Fernando de Castro y otros.

La lista abrumadora de monografías (y sólo incluyo las efectuadas en mi Laboratorio) de los citados investigadores, registrada al final de este libro, dará idea de la magnitud é intensidad relativa de la obra de cada uno. Se verá, además, que, dentro del común fervor hacia la religión del Laboratorio, cada iniciativa ha corrido por diferente camino.

Los arriba nombrados han sido mis discípulos, en el amplio sentido de la palabra. Todos han vivido algo mi vida y participado de mis emociones; todos me han oído pensar, con palabra balbuciente, durante el ensimismamiento de la atención y en los breves paréntesis del trabajo febril.

Fuera, sin embargo, pueril vanidad é injusta pretensión atribuirme por entero la paternidad espiritual de los actuales cultivadores de la histología española. Varios de ellos, singularmente Achúcarro, Tello y Rodríguez Lafora, han perfeccionado notablemente en el extranjero su educación técnica y su formación intelectual. Y de los Laboratorios alemanes, franceses ó ingleses, han aportado á España,[p. 579] amén del dominio de los idiomas y de la bibliografía, novísimos métodos de investigación, y lo que vale más, la costumbre de la autocrítica y la severa disciplina del trabajo metódico.

Mi papel principal ha consistido en fomentar el entusiasmo. Fué siempre mi lema confortar é ilustrar la voluntad con pleno respeto á las iniciativas individuales. Siempre procuré —y de ello me felicito— pesar lo menos posible sobre el cerebro de mis discípulos. Toda opinión fruto de esfuerzo honrado de pensamiento, sobre todo si ha surgido de hechos recién descubiertos, infúndeme simpatía y respeto, aunque contradiga concepciones personales largamente acariciadas. ¿Cómo había de caer yo en la tentación de imponer mis teorías, cuando he dado sobrados ejemplos de abandonarlas ante la menor contrariedad objetiva?

Profundamente penetrado de estas ideas; deseoso de evitar que mis continuadores vengan á ser lectores de un solo libro y oyentes de un solo maestro; resuelto, además, á descartar en lo posible deplorables polarizaciones ideológicas y metodológicas, puse especial empeño en que mis discípulos gozasen del beneficio de una pensión en los Laboratorios más prestigiosos del extranjero. Injusto fuera olvidar que, en esta obra de sano patriotismo y de confortador oreo doctrinal, ayudáronme solícitos mis dignos compañeros de la Junta de pensiones, de que soy indigno Presidente.

Y los resultados de semejante táctica han sido excelentes. Á su vuelta, los pensionados más sobresalientes no sólo han efectuado conquistas valiosas en los dominios predilectamente explorados por mí, sino en otros terrenos apenas desflorados en mi Laboratorio, por ejemplo: en el de la Neurología patológica del hombre, donde Achúcarro[p. 580] y Lafora han recogido datos de subido valor. Excusado es advertir que los citados pensionados han desarrollado sus trabajos en mi propio Laboratorio y que mi Revista se ha visto enriquecida y honrada con comunicaciones interesantes y variadas. Mención especial merece Achúcarro, quien, gracias al hallazgo de nuevo y fecundo método de investigación (proceder del tanino-plata amoniacal) y á sus envidiables dotes docentes, ha creado á su vez importante escuela anatomo-patológica. Sus discípulos Fortún, Gayarre, Sacristán, Del Río-Hortega, Calandre, etc., se han ilustrado ya con muy estimables descubrimientos histológicos, singularmente Del Río-Hortega, autor de numerosos trabajos sobre el centrosoma, estructura de la neuroglia, textura de las células epiteliales, disposición de la trama conectiva de los invertebrados, etc. Estos fervorosos trabajadores vienen á ser algo así como mis nietos espirituales. Contémplolos con orgullo de abuelo. La eclosión inesperada de esta segunda generación intelectual demuestra que la semilla cayó en buen terreno. Todo asegura que la cosecha de investigadores no se interrumpirá en adelante. En sus manos está, y ellos lo saben, el porvenir de la histología española.

Debo ahora terminar. Lo exige la impaciencia del lector; lo impone mi fatiga.

He procurado que mi vida sea en lo posible, conforme al consejo del filósofo, poema vivo de acción intensa y de heroísmo callado, en pro de la cultura de mi país. Pobre es mi obra, pero ha sido todo lo extensa y original que mis escasos talentos consintieron. Para juzgarla con algún conocimiento de causa, bastará recordar lo que era la histología hispana cuando yo empecé tímidamente en 1880 y[p. 581] lo que representa en la actualidad. Lejos estoy —lo he dicho ya—, de excluir otras valiosas colaboraciones: séame empero permitido pensar que mi obstinada labor ha entrado por algo en el actual renacimiento biológico de mi país.

Doy por seguro y hasta por conveniente que en el fluir del tiempo, mi insignificante personalidad será olvidada; con ella naufragarán, sin duda, muchas de mis ideas. Nada puede substraerse á esta inexorable ley de la vida y menos los trabajadores humildes. Contra todas las alegaciones del amor propio, los hechos vinculados inicialmente á un nombre acabarán por ser anónimos, perdiéndose para siempre en el nirvana de la Ciencia Universal. Por consiguiente, la monografía, impregnada todavía del aroma humano, se incorporará, depurada de sentimentalismos, en la doctrina abstracta del libro de conjunto. Al sol caliente de la actualidad sucederá —si sucede— la fría claror de la historia erudita...

Mas no tengo el derecho de afligir al lector con reflexiones melancólicas. No pensemos en cosas tristes. Preocupémonos de la vida, que es energía, renovación y progreso. Y continuemos trabajando. Sólo la acción intensa en pro de la verdad justifica el vivir y consuela del dolor y de la injusticia. Sólo ella posee la rara virtud de convertir al obscuro parásito social en héroe de leyenda.

Y cultivemos —repito— nuestro jardín, cumpliendo en lo posible con el doble y austero deber de hombres y de patriotas. Para el biólogo, el ideal supremo consiste en resolver el enigma del propio yo, contribuyendo á esclarecer al mismo tiempo el formidable misterio que nos rodea. No importa que nuestra labor sea prematura é incompleta; de pasada, y en tanto alborea el ansiado ideal, el mundo se dulcificará gradualmente para el hombre. La naturale[p. 582]za nos es hostil porque no la conocemos: sus crueldades representan la venganza contra nuestra indiferencia. Escuchar sus latidos íntimos con el fervor de apasionada curiosidad, equivale á descifrar sus secretos: es convertir la iracunda madrastra en tiernísima madre.

¿En qué más noble y humanitaria empresa cabe emplear la inteligencia?...


EDICIÓN   Imprenta y Librería de Nicolás Moya, Madrid 1917
Fuente: Project Gutenberg (dominio público)
leermas.gif BIBLIO info

1 Biblioenlaces

1.1 Índice del libro

TOMO II
Historia de mi labor científica

Dos palabras al lector  •  1. Me preparo para oposiciones a cátedras  •  2. Caigo enfermo con una afección pulmonar grave  •  3. Mi traslación a Valencia  •  4. Decido publicar mis trabajos en el extranjero  •  5. Mi traslación a la Cátedra de Histología de Barcelona  •  6. Algunos detalles tocantes a mis trabajos de 1888  •  7. Excesiva reserva de los sabios acerca de mis trabajos  •  8. Mi actividad continúa en aumento  •  9. Trabajos de 1891  •  10. Mi traslación a la Corte  •  11. Peligros de Madrid para el hombre de laboratorio  •  12. La Sociedad Real de Londres me encarga la Croonian Lecture  •  13. Mis trabajos durante los años 1894, 1895 y 1896  •  14. Las teorías y los hechos  •  15. Mi producción en 1898 y 1899  •  16. Mi labor durante los años 1899 y 1900  •  17. Invitado por la Universidad Clark  •  16 bis. Aquejado de una crisis cardíaca, resuelvo vivir en el campo  •  17 bis. Congreso médico internacional de 1903 celebrado en Madrid  •  18. Mis hallazgos con la nueva fórmula de impregnación argéntica  •  19. Trabajos del trienio 1905 a 1907  •  20. Honores y recompensas extraordinarios  •  21. Trabajos efectuados entre 1907 y 1917  •  22. Continúa la exposición de los trabajos del último decenio  •  23. Epílogo. Mi actividad docente y la multiplicación espiritual

Índice de la obra (dos volúmenes)

1.2 Biblioteca

Catálogo  •  Ayuda

2 Locuciones y expresiones

Artículo principal: locución


notas